Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Jesús ha querido hacerse semejante a toda historia humana: al padecer el dolor y al entender desde dentro  lo que hemos sufrido puede compadecerse, sanarnos y perdonarnos.

Homilía i013017a, predicada en 20250115, con 7 min. y 38 seg.

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Transcripción:

Podemos decir que la primera lectura de la Santa Misa de hoy es una continuación o un desarrollo del texto que escuchábamos ayer. Ayer se nos hablaba de cómo Dios Padre ha querido que su Hijo fuera perfeccionado a través del sufrimiento para salvación nuestra. Y hoy lo que nos encontramos es que Cristo nuestro Señor, según nos dice el mismo documento, la Carta a los Hebreos tenía que parecerse en todo a sus hermanos para ser un sacerdote compasivo.

Entonces, las dos palabras claves de la primera lectura de hoy, de nuevo Carta a los Hebreos, que es el comienzo de este tiempo ordinario, un tiempo ordinario, un tiempo litúrgico ordinario que empieza con bastante fuerza. Esto empieza realmente con todos los motores, porque la Carta a los Hebreos, ya vemos los niveles de profundidad a los que nos va llevando. Entonces, tenemos que decir que dentro de este desarrollo es muy profundo lo que nos propone la primera lectura de hoy, en dos palabras, la palabra semejanza y la palabra compasión. ¿Eso cómo se traduce en la vida de cada uno de nosotros?

La palabra semejanza se traduce como que yo debo reconocer a Cristo semejante, Cristo semejante a mí. Y segundo, experimentar Cristo compasivo hacia mí. Cristo se parece a mí, Cristo se compadece de mí. Lo puedes aplicar también a otras personas, por ejemplo, Cristo ha querido parecerse a tu hermano, a tu hermana, a tu papá, a tu esposa, a tu vecino. También a las personas que te caen mal, Cristo ha querido ser semejante a toda historia humana. Cada uno de nosotros puede aplicar eso para sí mismo, y cada uno de nosotros puede aplicarlo refiriéndose a otras personas. Cristo ha querido parecerse a nosotros, a cada uno de nosotros. Y Cristo ha querido compadecerse, parecerse y compadecerse.

Desarrollemos un poco estos dos, estos dos puntos. ¿En qué consiste ese parecido? Bueno, el solo hecho de que Él tenga una naturaleza humana como la nuestra, por supuesto que ya lo hace semejante. Es evidente que ver a otro ser humano que vive con coherencia, con sencillez, con pureza, con sinceridad, una vida, una vida que implica lo que trae una vida, es decir, el crecer, el pasar por dificultades, el pasar por hambre, el sentir cansancio, el tener que dormir, el experimentar incluso cosas muy fuertes como las calumnias, como el rechazo, como el dolor, como la pasión. Todo esto indudablemente nos impacta mucho, pero con la ayuda del Espíritu Santo, tratemos de ir más allá.

¿Cuál es el parecido más profundo que yo encuentro entre Cristo y mi propia historia? Porque hay muchas cosas que vivió Cristo, muchas cosas que Cristo mostró, reveló que no se dan en mi vida. Por ejemplo, en Cristo vemos una santidad perfectísima y ese no soy yo. En Cristo vemos una sinceridad absoluta, una pureza completa, ese no soy yo. Entonces, ¿en dónde está realmente ese parecido? Y aquí llegamos a un punto hermosísimo, es en el padecer. El padecer está relacionado con el compadecer, el que ha padecido aprende a compadecer, padecer y compadecer. Es difícil compadecerse en aquella persona que no ha padecido nada.

Cristo, ya dijimos, tiene una sabiduría que rebasa a todos, una santidad que rebasa a todos, una sinceridad, una pureza que nos rebasa a todos. Pero Cristo, Cristo conoce el dolor. Y lo conoce tal vez, incluso mejor que yo. Y ese dolor que conoce Cristo es lo que me hace sentirlo más cercano. Fíjate, yo no sé si esto se podrá comprender completamente, trato de expresarme lo mejor que puedo, que Dios me ayude. Pero fíjate, cuando uno pasa por un dolor, tal vez las voces que uno siente más cercanas son las voces de aquellas personas que han pasado por algo semejante.

Yo me acuerdo hace años, un buen predicador que trabajaba con jóvenes, especialmente con jóvenes adictos, con todo el drama que trae la adicción. Es decir, tú imagínate cómo se siente un adicto, un adicto que ha robado a su propia familia para alimentar su adicción. Imagínate esa mezcla de culpa, de baja autoestima, de odio hacia sí mismo, de falsas justificaciones, es decir, la persona siente realmente dolor. Y este predicador que les cuento ayudaba a estas personas con una característica, él también había sido un terrible adicto con hospitalizaciones para desintoxicarse. Lo que quiero decir, obviamente, no es que Cristo tuviera ningún pecado, sino, repito, aquella persona que ha pasado por el dolor tiene un tono, tiene una cercanía que me hace sentir lo cercano precisamente.

Y de ahí viene el compadecerse, compadecerse. Es muy difícil compadecerse para la persona que la ha pasado muy bien, que nunca ha tenido problemas, que todo ha sido a pedir de boca, que se ha podido dar gusto en todo. Esa persona, dime, ¿podrá realmente conectar con el dolor de los demás? En cambio, Cristo que ha padecido, pues también llega a compadecerse. El padecer lleva al compadecer. Y por eso Cristo se compadece, por eso Cristo, y esto no me lo invento, mira los Evangelios, por eso Cristo mira con esa ternura, por eso Cristo mira con esa cercanía, con esa comprensión y compasión, la miseria nuestra.

Esa manera como le habla a los más terribles pecadores y les dice cosas como: Mira, no vayas a pecar, te puede suceder algo peor o vete y no peques más. Claro, Cristo los sana, Cristo los perdona, pero con suavidad y a la vez con claridad, les está diciendo: Entiendo lo que has vivido, entiendo lo que has sufrido y no quiero que sufras lo peor y lo peor siempre viene por el pecado. Así que semejanza y compasión, las dos grandes palabras que nos trae esta primera lectura de la Misa de hoy. Y como siempre, la gloria, la alabanza para Cristo nuestro Señor. Amén.

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