Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Jesús se puso de nuestra parte y abrió camino a nuestra libertad.

Homilía i013015a, predicada en 20210113, con 11 min. y 9 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, cuando se tiene a un grupo de animalitos en un corral, por ejemplo, y alguno de ellos tiene la audacia o la suerte o la destreza para abrir un hueco en ese corral, si son animales que aman la libertad, por donde sale uno, salen todos. Esa comparación tan elemental nos ayuda a acercarnos a la primera lectura de hoy. El corral en el que todos hemos estado encerrados, son las terribles realidades de la tentación victoriosa del pecado victorioso y de la muerte victoriosa.

Tentación victoriosa quiere decir que todos nosotros, todos nosotros, pecadores, hemos sucumbido a la tentación, nos ha ganado, la tentación ha sido victoriosa. Quizás los pecados en los que yo caigo no son los mismos en los que tú caes. Pero la realidad es que tú has caído y yo también. O sea, la tentación nos ha ganado, el pecado nos ha ganado, la muerte también nos ha ganado, porque la certeza de la muerte produce un instinto de aferrarse a las cosas de este mundo y exprimirlas, como tratando de encontrar en ellas esa infinita felicidad que nunca nos van a poder dar. Porque, como dijo San Agustín, y citamos con frecuencia, nosotros fuimos hechos para el infinito de Dios y, por consiguiente, las cosas no nos van a saciar.

Pero la presión de la muerte hace que muchas personas vivan su juventud como si fuera un vaso de cerveza que hay que acabarse. Es decir, tengo que experimentarlo todo, tengo que vivir todo, tengo que disfrutar todo. Y el que tiene dinero trata de embriagarse con ese dinero y llenarse de más dinero. En unas cifras absolutamente fabulosas, hay discusión entre algunos economistas sobre quién es el hombre más rico del mundo en este momento. Las cifras están más allá de mi imaginación, estamos hablando de más de ciento ochenta mil millones de dólares, de ese orden está la fortuna del fundador y director de Amazon, el señor Jeff Bezos, y por ese orden está la fortuna del fundador de Tesla y SpaceX, el señor Elon Musk.

De manera que gente que tiene toda esa cantidad de dinero, esa inmensa cantidad de dinero, ojalá lo utilicen bien, lo utilicen para bien, a veces a uno le quedan muchos interrogantes. Entonces, el pecado, la tentación, la muerte, nos mantienen como en un corral donde más se nota esto es, en el caso de los vicios. Una persona que está sujeta a un vicio es una persona que de alguna manera siente que no puede salir de ahí, quizás lo ha intentado más de una vez y no puede salir de ahí. La persona que está adicta a una sustancia o al alcohol u otro tipo de adicciones que son menos escandalosas, pero no menos reales, hay una cantidad de adicciones sexuales y también hay adicciones que incluso parecen inocentes, como lo que es la mediocridad, lo que es la pereza, lo que es el resentimiento.

Hay gente apegada a sus resentimientos, están metidos en el corral del odio. Pero la primera lectura de hoy nos cuenta que uno de nosotros, uno que aceptó entrar a ese corral, lo rompió. Se abrió una puerta, como dice el salmo: «La trampa se rompió y escapamos, escapamos». Y ese que es de los nuestros, pero que ha hecho por nosotros lo que nadie más podía hacer se llama Jesucristo. Eso es lo que nos cuenta la Carta a los Hebreos cuando dice que Él es de nuestra familia, Él es de los nuestros. Dice: «Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, de nuestra carne y sangre también participó Jesús».

Ahora la manera de abrir esa puerta fue terrible, a Él le costó la vida. Él tuvo que dar su vida, pero en ese camino marcado por la sangre de Jesús, nosotros tenemos libertad. Esa es la primera y la más importante idea que debemos conservar de esta Santa Misa, que Cristo ha roto el corral que nos apresura, que nos apresaba y ahora somos llamados a apresurarnos para salir. Los que éramos prisioneros tenemos que seguir el camino que nos marcó Jesús, esa es la idea. Y para eso se necesitan tres cosas. Para eso se necesita primero detestar lo que hemos vivido, el pecado en el que hemos vivido.

No caer en la tentación de decir: Este es mi destino. Hoy digo solemnemente a todos, hermanos, no es destino de nadie ser prisionero, no es destino de nadie ser adicto, no es destino de nadie ser un fracasado, no es destino de nadie permanecer bajo cadenas. Nos dice bien claramente San Pablo en la carta a los Gálatas: «Para ser libres, nos liberó Jesucristo». Entonces, lo primero es detestar lo que ha infectado mi vida, lo que ha aprisionado mi vida, lo que quizás hasta ahora yo decía que era mi vida. Eso es lo primero, ese es el primer paso. El segundo paso, que está unido necesariamente al primero, es recuperar el anhelo de libertad en Dios.

No de libertinaje, no es el anhelo de hacer lo que a mí me parezca, no es el anhelo de darme gustos y más gustos, ya sabemos que por ese camino es como lo aprisiona a uno el pecado. Es el camino de la verdadera libertad, es ese rostro nuevo que tiene el que había sido adicto y dice: Llevo meses en sobriedad, no ha tenido más poder sobre mí. A eso estamos llamados hermanos, hay que anhelar esa libertad. Entonces, primero hay que detestar lo que hasta ahora nos ha encadenado. Segundo, hay que anhelar esa libertad. Y tercero, que es lo decisivo, hay que creer, hay que creer en el camino que ha abierto Jesús, hay que creer que es por el poder de Él, no son solamente las fuerzas nuestras.

Nuestras fuerzas cuántas veces han intentado, cuántas veces hemos intentado liberarnos. Cada uno de nosotros tiene sus propios pecados y seguramente hemos intentado muchas cosas y seguramente hemos experimentado derrota muchas veces. Entonces, hay que creer que Él está con nosotros, que el paso no lo damos nosotros solos. Por eso, su nombre es Emmanuel, Dios con nosotros. Y precisamente, para descubrir que Él está con nosotros, está todo el testimonio que nos dan los Evangelios. Los Evangelios nos muestran a este Señor Jesús, a este bendito, a este hermoso Salvador nuestro, lo muestran entregándolo todo por sanar, por liberar, por perdonar, por traer esperanza.

Mira, por ejemplo, ese texto que nos da el Evangelio de hoy, eso es una hermosura: «La población entera se agolpaba a la puerta de la casa donde estaba Jesús. Curó a muchos enfermos de diversos males, expulsó muchos demonios». Esto es hermoso, este es Jesús. Entonces, detestar lo que nos hunde, amar la libertad que Él puede darnos y creer que a nuestro lado, tomándonos de la mano, Él puede sacarnos por esa brecha, por ese roto que se abrió en el corral, la trampa se rompió y escapamos, no somos prisioneros. Lo importante es que podamos creerlo, no somos prisioneros, mis hermanos, para ser libres, nos liberó Cristo.

Una última anotación, no todas las personas llegan a esta convicción, pero si tú estás llegando a esta convicción en tu corazón, si está llegando a ti esta certeza, esta alegría, te digo una buena noticia, tu oración cualifica para el siguiente nivel, no solo para que te ocupes de ti. Sube un nivel más, sube de nivel y tu nivel es oración de fe y de poder por aquella persona que ya no cree en sí misma, que ya no cree en la gente, que ya no cree en el mundo y que le cuesta demasiado trabajo creer en Dios. Por esa persona, tú y yo podemos orar, nosotros, los que hemos recibido el regalo, la gracia de creer, nosotros podemos orar por esa persona, nosotros podemos clamar a Dios por esa persona. Y la oración potente de intercesión hace maravillas en las personas.

Así que vamos a tener esa confianza, en primer lugar, de que Él puede sacarnos porque la trampa se rompió y escapamos. Tarea, busque que Salmo es ese, hay un salmo que dice así: Hemos salvado. Le cito el texto más completo: «Hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador. La trampa se rompió y escapamos». Ese es un salmo, búsquelo, búsquelo, familiarícese con la palabra de Dios, ame la palabra de Dios, tome esa palabra de Dios, abrácela, haga la suya. Diga: Esta palabra tiene que cumplirse en mi vida. Esa es la potencia del amor de Dios obrando en nosotros.

Y luego, como dicen en inglés next level, hay que subir un nivel y hay que tener esa certeza. Y hay que tener esa confianza de que nuestra oración no cae, nuestra oración no cae. Fíjate lo que le decía al profeta Samuel: Ninguna de sus palabras cae. Nuestra oración no cae. La oración del pobre, dice Job, la oración del pobre atraviesa las nubes, nuestra oración no cae. Vamos a seguir suplicando con ese amor y con esa fe, y vamos a experimentar el poder de la libertad que Dios trae a nuestras vidas. Amen.

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