Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Parte esencial de la libertad del corazón es una especie de decepciónde la naturaleza humana, que ha sido profundamente herida por el pecado pero también llamada a la redención.

Homilía i013013a, predicada en 20190116, con 16 min. y 9 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, Jesucristo cura a una persona, después a una población, y después Pedro le dice: «Todo el mundo te busca». En rápidos círculos concéntricos, pero que se expanden, nos damos cuenta la dimensión de amor y sanación que trae Cristo, pero también nos damos cuenta de la inmensa necesidad que hay en el corazón humano. Una mujer, una población, el mundo entero, tres momentos que muestran la expansión del ministerio de Cristo.

No es, hermanos, el único lugar donde la Escritura y, concretamente, el Nuevo Testamento nos presenta esa expansión. En el capítulo primero del libro de los Hechos de los Apóstoles encontramos una expansión semejante, Cristo les dice: «Quédense en Jerusalén. Oren, viene la promesa del Padre». Y añade: «Ustedes serán mis testigos». Y aquí vienen otros círculos en Galilea, en Jerusalén, primero, en Jerusalén, en Samaria, en Galilea, hasta los confines del mundo. El mal, por ejemplo, el mal que crea una explosión, un ataque terrorista, es una onda expansiva que destruye.

Podemos decir que Jesucristo es una onda expansiva que restaura. Podemos decir que Cristo, empezando por su corazón, es una explosión del amor de Dios en nuestra tierra. Ha venido Cristo, y esa bomba de amor explota, la vemos actuar primero, en la humildad, en la humilde casa de la suegra de Pedro, luego en la población de Cafarnaún, y luego seguirá expandiéndose hasta llegar a cada corazón. Una onda expansiva de amor. Pero esta onda expansiva también nos recuerda que hay inmensas necesidades.

Si tenemos un corazón solidario, como es de esperar, inevitablemente debe llamarnos la atención esta frase: «La población entera se agolpaba a la puerta». Parece que en todo corazón, parece que en toda historia siempre hay algo que sanar. Esta parece una afirmación muy dramática, quizás triste, pero deja de ser triste cuando caemos en cuenta que cada enfermedad es una ocasión para manifestación, para que se manifieste el poder y el amor de Dios.

Algunos santos han destacado por el ministerio de la confesión, es el caso del Padre Pío, es el caso de Juan María Vianney y de otros. Se puede mirar el sacramento de la Confesión, la administración de este sacramento, como una carga insoportable. Pero se puede mirar también como parte de esta explosión de amor. En realidad, esas personas que a través de la confesión y a través del confesor buscan a Jesucristo, esas personas son el Cafarnaún de hoy. Cada uno tiene su propia dolencia, su propia herida, su propia llaga, su propia infección. En no pocos casos han sido víctimas del ataque artero del demonio.

Y es muy importante que nuestra mirada como sacerdotes, sea una mirada llena de realismo. No nos hagamos ilusiones, el capítulo segundo del Evangelio de Juan nos muestra que Cristo era una persona llena de amor, pero sin ilusiones, dice el final de ese capítulo segundo de San Juan que Cristo no se fiaba de nadie, de nadie, porque los conocía bien a todos. Parece un mensaje un poco pesimista, pero si lo analizas bien, en realidad es el comienzo de una sana actitud pastoral. Cuando lleguemos a una realidad nueva, por ejemplo, una nueva parroquia, qué bueno llegar con esta actitud. Aquí hay inmensas necesidades, el que llega con esa actitud realista, llega dispuesto a colaborar, a trabajar en la viña del Señor, podríamos decir, hacer su parte para que el Reino de Dios crezca en ese sitio.

Lo contrario es hacernos ilusiones, lo contrario es suponer lo que no vamos a encontrar. Entonces hay una lección para nosotros en la medida en que somos pastores, la mirada decepcionada. En un estudio muy interesante que leí sobre los Anawin, los pobres de Yahvé, ese sector de la población judía que hace el puente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Hay que estudiar mucho la espiritualidad Anawin, porque ese es el puente entre los testamentos. Los Anawin son el pequeño resto, son ese germen del que habló Isaías, son esa semilla nueva, esa población de la que habló también Sofonías, los profetas hablaron de este pequeño resto que permanece fiel.

Y una de las características del pequeño resto es la absoluta decepción, la decepción de los poderes de este mundo y, sobre todo, la decepción también de ellos mismos. La persona que se ha decepcionado radicalmente de las riquezas es la persona que puede utilizar los bienes de la tierra sin idolatrarlos. La persona que se ha decepcionado del corazón humano, es la persona que sabe ayudar sin esperar demasiado y, a veces, sin esperar nada a cambio. En realidad, la espiritualidad de la decepción es una espiritualidad extraña, pero es la espiritualidad Anawin y es la espiritualidad de Cristo, por el texto que ya les dije del capítulo segundo de San Juan, no se fiaba de nadie.

Es decir, Cristo es el primero entre los decepcionados y parece algo extraño, pero cuanto más decepcionado está uno de la humanidad, más cerca está de la verdadera caridad. Porque el que está radicalmente decepcionado de la humanidad cuando hace un bien, lo hace por un amor muy puro. En cambio, el que todavía no se ha terminado de decepcionar de la humanidad, cuando hace un bien, de algún modo está esperando siempre algún reconocimiento, hombre, un agradecimiento tal o cual aplauso. Cristo es el primero y príncipe de los decepcionados, y esta es característica de la espiritualidad Anawin.

La espiritualidad de los decepcionados tiene un texto que lo vamos a escuchar mucho más adelante en el año litúrgico. El texto, la constitución fundamental de los decepcionados son las bienaventuranzas. No se entienden las bienaventuranzas sin una espiritualidad marcada precisamente por la decepción de los bienes de esta tierra, de lo que puede dar este mundo, de lo que más se aplaude ahora, incluso de lo que uno más puede idolatrar. Si todavía me faltan argumentos para convencerlos de la necesidad de la espiritualidad de la decepción, por favor vayan al capítulo séptimo de la primera carta de San Pablo a los Corintios. Allí nos dice el apóstol Pablo una síntesis de la espiritualidad de la decepción.

¿Cuál es la síntesis? La figura de este mundo pasa. Queda como solución que los que tengan vivan como si no tuvieran, los que están casados, como si no lo estuvieran. Los que gozan, como si no disfrutaran. Es un texto que queda absolutamente incomprensible, a menos que uno lo conecta con las bienaventuranzas, a menos que uno lo conecte con las bienaventuranzas, con la espiritualidad Anawin, solamente así, solamente así se entiende ese texto. Entonces, es una espiritualidad que es muy vecina, ya que hemos mencionado a San Buenaventura, es muy vecina del carisma franciscano.

El matrimonio gozoso de San Francisco de Asís con la dama pobreza es eso, es por fin encontrar. Él hablaba, Francisco hablaba del gozo de ese matrimonio con la dama pobreza. Es el gozo de por fin ser libre porque el pobre que ansía tener dinero, o el rico que levanta rejas altísimas y contrata escoltas para que no lo roben, ambos son prisioneros del dinero. El pobre que codicia o el rico egoísta son prisioneros. En cambio, aquél que está libre de esa cadena, es lo que Francisco llamaba el matrimonio con la dama pobreza, aquel que está casado con la dama pobreza, pues puede repetir con San Pablo: «Sé vivir en la abundancia y en la escasez». Es decir, eso no es problema para mí.

Por favor, trasladar ese mensaje también a otras realidades. Sé vivir entre gente que me quiere mucho y son cariñosos conmigo, y sé vivir en medio de gente que es indiferente, le interesa muy poco si yo estoy o no estoy. Sé vivir con una salud exuberante y trabajar y ver el resultado de mi esfuerzo o sé vivir con una salud quebrantada donde parece que no estoy haciendo nada y soy solamente una carga, eso es espiritualidad Anawin. La verdad es que los santos han hablado, cada uno a su manera, de esta espiritualidad, del despojo, del desprendimiento.

Santa Teresa de Jesús pensaba que ese desprendimiento tenía que ser, ante todo, el desprendimiento de nuestro propio parecer y de nuestra tendencia constante a imponerle planes a Dios. El verdadero desprendimiento, según Santa Teresa, está en su famosa poesía, donde dice: Ya del todo me rendí. ¿Qué mandáis hacer de mí? Esa poesía que vale la pena meditarla en estos días de retiro es una hermosura, porque esta mujer, esta santa monja, conoció las dos cosas. Hubo conventos, ustedes saben que ella hizo una serie de fundaciones, hubo conventos donde la recibían como lo que era, como una santa en vida, con una veneración, con un cariño, con unos detalles, con una fineza.

Y hubo otros conventos donde la recibían como si ella acabara de salir del infierno vivo, con rechazo, con indiferencia, con todos esos gestos que a veces saben tener las mujeres para hacer sentir muy mal a la otra, así la recibían a ella. Entonces, como Teresa pasó por esas experiencias de los aplausos y el cariño, el desprecio y la sospecha, finalmente su corazón se adiestró en la espiritualidad Anawin. Adiestrada y educada en esa espiritualidad, entonces Teresa escribe esa poesía, entre otras cosas, dice expresiones como estas: Dadme muerte, dadme guerra o paz crecida, guerra o paz, dadme guerra, muerte también, dadme guerra o paz crecida. Honra o deshonra me dad. ¿Qué mandáis hacer de mí?

Entonces, esa disponibilidad, esa es la espiritualidad Anawin. Más Santos, citemos el último, San Ignacio de Loyola. San Ignacio de Loyola enseña lo mismo a sus jesuitas. El mensaje de San Ignacio va en otro ropaje, pero es el mismo mensaje. San Ignacio llama a eso la santa indiferencia. La santa indiferencia supone este tipo de desprendimiento. Entonces, el gran mensaje es la espiritualidad de la decepción. Y hemos llegado a hablar de la espiritualidad de la decepción, partiendo de lo que pasó en Cafarnaún. Es que todo el mundo tiene necesidad, todo el mundo cojea de algo, todo el mundo tiene su historia, tiene su dolor, como decía Ignacio de Loyola, tiene su pecado dominante.

Si uno aborda la vida desde la perspectiva del realismo de Ignacio de Loyola, pecado dominante, santa indiferencia. Si uno aborda la vida desde la perspectiva de una Teresa de Jesús, ¿qué mandáis hacer de mí? Ya del todo me rendí. Si uno aborda la vida desde una perspectiva de un Francisco de Asís, matrimonio con la dama pobreza, desprendimiento de todo. Si uno sigue el ejemplo de estos santos, mire, uno tiene una excelente preparación para el ministerio pastoral, porque entonces se llega con una combinación de realismo y auténtica caridad. Y ese desprendimiento que corresponde a la letra D del desinterés que hemos dicho por ahí, ese desprendimiento la gente lo nota.

Lo nota de dos maneras, lo nota en la libertad interior que se siente en cada uno de nosotros y lo nota en que cuando amamos, amamos y no estamos simplemente negociando. Que Dios nuestro Padre, llegue a nosotros con esta convicción. En el fondo, si lo piensas bien, desde la teología, de lo único que estamos hablando es de la gratuidad. Y así nos amó Cristo, y en ningún lugar experimentamos más ese Dios que sabe lo que somos y sigue contando con nosotros. Lo vivimos en el sacramento del orden y lo vivimos de manera sublime en la Eucaristía.

Por supuesto que hay recomendaciones y prescripciones sanas y sabias que tiene la Iglesia en cuanto a acercarse a recibir la Sagrada Comunión, pero uno sabe que uno es indigno. Pues aprovechemos esa conciencia de nuestra indignidad para saborear la gratuidad divina, al momento de comulgar. Y habiendo experimentado esa gratuidad, que ella nos haga más libres, más desprendidos y, por lo mismo, más capaces de verdadero ministerio pastoral.

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