Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La contemplación atenta de Jesucristo, a través de la liturgia, nos conserva en su verdad y nos permite recibir su fuerza y su presencia.

Homilía i013010a, predicada en 20150114, con 23 min. y 33 seg.

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Transcripción:

Como sabemos, la Iglesia tiene dos ciclos o secuencias de lecturas de la Biblia para la misa, una cosa son los domingos y otra cosa son los días entre semana. Para los domingos, donde se espera una mayor presencia del pueblo de Dios, cada año se toma un evangelista entre los sinópticos. Por eso tenemos el ciclo A de Mateo, el ciclo B de Marcos, el ciclo C de Lucas. Y cada uno de estos evangelistas, en su respectivo año, es el que va a ofrecer la mayor cantidad de textos. Si estamos, por ejemplo, en el ciclo B, entonces va a ser Marcos el que nos acompañe y así sucesivamente.

Para los días entre semana, la situación es distinta, cada año los Evangelios se repiten. Esto que acabamos de proclamar es el pasaje del capítulo primero de San Marcos para el miércoles de la primera semana. El año entrante, el miércoles de la primera semana se leerá también este Evangelio. ¿Qué secuencia llevan los Evangelios en el ciclo de lecturas para los días de entre semana? Se toma primero a Marcos, por eso estamos leyendo aquí a Marcos, se va leyendo muy detenidamente y de un modo continuo. Después de bastantes semanas, terminado Marcos, quitando la parte de la Pasión que se reserva para Semana Santa, se pasa a Mateo y entonces, otra parte del tiempo ordinario va a ser leyendo Mateo. En aquellos pasajes que son propios de Mateo y que no tiene en común con Marcos.

Los textos que son muy semejantes, textos paralelos, muy semejantes entre Mateo y Marcos, ya no se leen en Mateo, en cambio de Mateo, pues sí se va a leer lo que es propio suyo. Y después de terminar Mateo, se hace lo mismo con Lucas, lo que Lucas tiene como propio y así hasta terminar las semanas del tiempo ordinario. Esa es la secuencia que se sigue para los Evangelios. Marcos, luego lo propio de Mateo, luego lo propio de Lucas. Y ahí se va el año. Es una secuencia que se repite, lo mismo que se repite el ciclo de la Tierra dando sus vueltas alrededor del Sol, solo que en la liturgia el Sol es Cristo y la tierra es nuestra Madre, la Iglesia.

De modo que a lo largo del año, escuchando todos estos pasajes del Evangelio, estamos haciendo un recorrido por todo lo que nos cuentan los Evangelios sinópticos sobre Cristo. Cada evangelista tiene su propio énfasis. En general, Marcos enfatiza las acciones de Cristo, aunque también tiene, por supuesto, palabras, dichos de Cristo. Luego llega Mateo, y Mateo tiene énfasis en las palabras, entonces, en los discursos. De hecho, lo primero que hace la Iglesia cuando empezamos a leer Mateo, es tomar el Sermón de la montaña, que en el conjunto de la Biblia, es el discurso más extenso de Cristo, son tres capítulos completos, 5, 6 y 7 de San Mateo.

Entonces, Marcos enfatiza las acciones, Mateo subraya las palabras, Lucas nos deja ver las actitudes, o podríamos decir el corazón de Cristo, a Lucas se le ha llamado el evangelista de la humanidad de Cristo. Las acciones, las palabras, las actitudes, es todo un recorrido por Cristo, por el misterio de Cristo. Y por eso una persona que esté atenta durante estas lecturas, tiene un año para deleitarse y un año para aprender, tiene un año para formarse en la persona de Cristo. Cada Evangelio lo podemos mirar como una foto preciosa tomada por el Espíritu Santo, como un retrato que debe quedar grabado en nuestro corazón, más que en el papel o en la tinta.

Es admirable la riqueza de nuestra liturgia y como nosotros, religiosos y religiosas, en general, tenemos la oportunidad de vivir esta liturgia cada día, es muchísimo lo que podemos aprovechar si somos conscientes. Es maravilloso tomar esta escena de hoy, por ejemplo, dejarla bien grabada en el alma. De manera que nuestros ojos se habitúen a mirar esta luz y se cumpla lo que dice el Salmo: Tu luz nos hace ver la luz. Además, escuchando estos testimonios y escuchando al mismo Cristo, vamos educando nuestro oído.

Me parece muy importante lo que dice el Señor, en el Evangelio según San Juan, capítulo décimo: «Mis ovejas conocen mi voz». Uno conoce la voz porque la ha oído muchas veces, uno conoce la voz porque le ha permitido a esa voz hacer eco dentro de uno. Hay que dejar que la voz de Cristo ofrezca, regale todo su eco, toda su riqueza, y así uno se va acostumbrando a la voz de Cristo. Cuando uno está realmente familiarizado con esta voz, ya no se deja confundir.

En un experimento, una habitación muy grande, había unos bebés y unas mamás. Cada mamá era la mamá de uno de esos bebés. Sabemos que los bebés, en general, necesitan atención y la piden, la piden llorando. Lo hermoso de este experimento es que cada mamá se despertaba solamente cuando sonaba el llanto de su bebé. Eso me parece de una ternura, de una belleza muy grande. Supongamos que están 5 o 6 bebés. Yo diría un llanto es un llanto, un llanto es como una alarma, algo que lo despierta a uno. Pero no, las mamás no se despertaban con cualquier llanto, solo con el llanto de su bebé. Qué conexión tan profunda con ese sonido, con esa voz.

Yo creo que así tiene que ser uno con Cristo, tiene que reconocer la voz de Cristo. En toda una multitud de ruidos y voces, como es la situación del mundo contemporáneo, uno tiene que ser como esa mamá con ese bebé, y uno tiene que identificar la voz de Cristo, ahí está, ahí está él y no dejarse confundir. Tampoco dejarse confundir cuando lleguen otros queriendo vendernos una voz que no es la de Cristo. Hay que estar muy atentos porque, como ya hemos dicho, incluso en librerías católicas están vendiendo cosas que no son de alimento y que a veces son francamente perjudiciales.

La hermana, la religiosa, el religioso, el sacerdote que tiene su oído bien adiestrado, toma una obra de esas y de inmediato siente, este no es, este, no es así, no es por aquí no va, así no, así no. Ese discernimiento espiritual, ese olfato espiritual, es muy importante. Dios regala ese discernimiento, pero hay que pedirlo también y hay que cultivarlo y hay que cuidarlo.

Yo tengo un recuerdo muy lindo de mi madre, que gozaba de un discernimiento enorme en estas cosas y realmente la instrucción de ella fue simplemente la oración cotidiana, especialmente el rosario y la Santa Misa. Oyente atenta en la Eucaristía y ya había formado su oído desde jovencita, había formado su oído, de modo que era muy difícil, muy, muy difícil, engañarla. Siendo todavía una estudiante universitaria, allá donde ella estaba, en la Universidad Nacional de Colombia, estuvo de capellán un sacerdote que luego se metió de guerrillero y murió en la guerrilla. Ese sacerdote se llamaba Camilo Torres, pero desde sus primeras homilías, primeras que escuchó mi madre, ella tenía la convicción, así no es, por ahí no es. Y ella le decía a sus hermanos: No me gusta. No me gusta lo que dice ese Padre.

Ahora, ¿cuándo sucedió eso? Fácilmente hace 60 años, era mucho más conservadora la sociedad en esa época. Y seguramente había la idea de que lo que dijera un sacerdote, eso tenía que ser algo así como Palabra de Dios. Pero mi mamá estaba tan conectada con la Palabra de Jesús, la había oído tantas veces, la amaba tanto que aunque fuera un sacerdote, si no está diciendo lo que es, no está diciendo lo que es, punto. Ese discernimiento es muy importante y eso salvó a mi madre de muchas cosas.

En otra ocasión, quisieron llevarla para un grupo protestante. pero de esos grupos que disimulan su carácter protestante. Fue uno de esos primeros intentos de los protestantes en nuestros países, intentos de disimularse utilizando términos como, nosotros somos cristianos, no van a utilizar la palabra evangélico, la palabra protestante, que es la que tendrían que utilizar. Pero de nuevo ahí y en otras ocasiones, ese oído la salvó, la salvó a ella y nos salvó a nosotros porque realmente supo guiarnos, supo formarnos en muchas cosas de la fe.

Así que hay que mirar cada una de estas escenas como una entrada en la luz, y hay que mirar cada una de estas escenas como una escuela para afinar el oído, cada vez más, cada vez más. Reconocer la voz de Cristo, no solamente para descartar a los impostores, sino también reconocer la voz de Cristo que, en medio de dificultades y tormentos, en medio de tentaciones y adversidades, en medio de obstáculos y enemigos, nos sigue animando. Nosotros no somos de piedra, no somos de madera ni de bronce, nos cansamos, nos desanimamos, se nos acaban los recursos interiores y necesitamos ser fortalecidos.

En una ocasión estaba el apóstol Pablo predicando, se le acabaron los recursos interiores, eso sucedió en la ciudad de Corinto. Un lugar tan difícil, tan difícil, con tanto ruido, con tantas voces. Por supuesto, una ciudad absolutamente sumergida en el paganismo. Pablo se sintió tentado de desaliento, como le puede pasar a cualquiera, a todos nos ha pasado, yo creo. Pero su oído interior estaba despierto, una noche le habló el Señor: Sigue, sigue. En esta ciudad muchos son pueblo mío, sigue. Hay que tener el corazón despierto para oír esa voz del Señor: Sigue.

Cuántas veces un predicador, un misionero, una religiosa, una catequista puede sentirse tentada de desaliento, cuántas veces una superiora siente ya realmente llegó la mediocridad a instalarse en nuestra vida, aquí no hay más que hacer, yo no voy a pelear con nadie, yo ya me cansé. Pero, si tenemos el oído despierto, también nosotros escucharemos, como Pablo en sueños, o de otra manera, escucharemos que Jesús nos dice: No te canses, sigue. Aquí tengo mucha gente que me pertenece, sigue. Y ese sigue de Cristo es suficiente para llevarlo a uno, para vencer las dificultades.

Pero hay que tener los oídos destapados, hay que tener esa finura para reconocer el momento en el que Jesús me dice, a través de una oración, a través de la liturgia, a través de una voz que me da una hermana, a través de una inspiración, a través de un libro, a través de un niño, a través de un pobre, Jesús me dice: Sigue. Yo tengo mi testimonio pequeñito con el que quiero terminar esta reflexión. Desde hace años estoy ofreciendo el Evangelio diario en un pequeño video que se llama La Gracia. Para el día de hoy, por ejemplo, sería la gracia del 14 de enero de 2015. Y hacer ese video todos los días y dejarlo listo y publicado a tiempo en Internet todos los días, es pesado.

O sea que a mí también me ha tentado el cansancio, como a cualquiera. Y una vez, me acuerdo mucho, yo pensaba ¿qué tanto sentido tendrá esto, cuánta gente, cuántas personas verán esto? Ya estaba yo razonando mal, porque razonar a partir de números es casi siempre equivocarse cuando se trata del Evangelio. Pero verdad que yo estaba pensando eso, incluso asomaba tímidamente en mi cabeza la idea, quizás yo debo dejar de hacer esto, con la excusa de utilizar ese tiempo para otras cosas. Y ese mismo día en que yo había llegado a ese pensamiento, gracias a Dios no lo había consentido, recibo un correo electrónico. Una persona que yo no conozco, me escribe de un lugar en donde nunca he estado en México y me dice: Le escribo para darle gracias por sus videos.

Es una tontería, cualquiera le puede pasar eso, es una coincidencia. Sí, puede que sí, puede que sí o puede que sea Jesús. Tal vez era Jesús, tal vez era Jesús diciéndome: No te canses, sigue, sigue, que hay pueblo mío. A mí me conmovió mucho eso, sobre todo, porque la persona que me escribió me decía: Soy pobre. Yo no voy a poder ir donde usted está y es difícil que usted venga a este sitio en México. Pero ¿sabe una cosa, Padre? Si no nos vemos en esta tierra, nos vemos en el cielo. Gracias por todo. Hasta luego. Bueno, ya con ese mensaje ya quedé como para hacer otros ocho años de videos.

Por eso hay que tener el oído despierto, porque Jesús tiene palabras de amor para ti, tiene palabras de esperanza para ti, tiene palabras de fuerza para ti, Jesús tiene palabras de bendición. Pero Jesús puede enronquecer su voz, Jesús puede estropear su voz gritándote, si tus oídos están tapados. Por eso hemos de pedirle a este Señor Jesús que hizo tantos milagros, tantos, tantos: Jesús, pon tus manos sobre mis oídos. Jesús, pon tus manos sobre mi corazón, sánalo. Jesús, pon tus manos sobre mis ojos. Nosotros también necesitamos ser sanados de muchas cosas. Hay personas a las que yo siento que Jesús tiene que sanarlas, sanarlas de cosas que pueden sonar chistosas.

Sanarlas de la sonrisa, porque se les perdió la sonrisa, porque se han convertido en trabajadores agotados, desesperanzados. Como me decía tristemente una religiosa, de lo más triste que yo le haya oído a una religiosa en toda mi vida: Padre, es que yo me siento como una obrera sin sueldo. Qué tristeza, había perdido todo horizonte de fe, se le había extraviado Jesús. No, necesitamos que la religiosa reciba la sonrisa de Cristo para que pueda también sonreír. Necesitamos que Jesús sane nuestros ojos, dice aquí el Evangelio que Él sanaba de diversos males. Y uno solo piensa en los paralíticos, los leprosos, los ciegos.

No, él tiene que sanarme de otros males. Tiene que sanarme de la baja autoestima, tiene que sanarme de los resentimientos antiguos, tiene que sanarme de la sonrisa extraviada, tiene que sanarme de los oídos que solo escuchan lo triste y lo malo. No han conocido ustedes personas que solo parecen tener oídos para lo malo, lo malo y para repetir lo malo. Sana, Señor, mis oídos. Y Jesús lo hace, y Jesús nos sana, y Jesús nos renueva. Y sus palabras de fuerza nos levantan, y sus palabras de amor producen en nosotros esa fuente de ternura, para también servir nosotros a nuestros hermanos.

Sigamos esta celebración para conocer más a Jesús, para apegarnos más a Él, para afinar el oído y para hacer crecer la fuente de amor en nuestro corazón.

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