Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El temor a morir es también temor a entregarse, y en ese sentido termina siendo temor a vivir en plenitud.

Homilía i013008a, predicada en 20130116, con 16 min. y 1 seg.

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Transcripción:

Hermanos, la Carta a los Hebreos insiste, sobre todo, en dos realidades que están muy en el corazón de nuestra fe cristiana. La primera la podemos llamar la realidad de la Encarnación, Jesús es uno de los nuestros, nos conoce por dentro, sabe de nuestras batallas, ha sufrido nuestros dolores, podemos sentirnos representados en Él. Esta es una afirmación que aparece varias veces en este documento del Nuevo Testamento. La segunda afirmación es que la redención ha acontecido con este Cristo, tan cercano a nosotros, también tenemos entrada franca en la realidad celestial. Es decir, este Cristo no es solamente una expresión de solidaridad con nosotros, sino que es nuestro liberador, nuestro redentor.

Esa realidad de la redención se expresa con varios lenguajes, sobre todo, utilizando una terminología sacerdotal. Sabemos que los destinatarios de esta Carta a los Hebreos eran muy probablemente judíos que tenían su vida, su oficio, en torno al templo de Jerusalén. Es decir, posiblemente se trataba de familias sacerdotales que, al convertirse a Cristo, lo habían perdido todo, habían perdido su trabajo, su sustento, sus amigos, habían sido expulsados de las sinagogas, podemos decir que su vida cristiana había empezado con pruebas muy fuertes. A ellos se les anuncia, como una especie de paradoja, que en Cristo ha sucedido algo más grande que todo lo que se celebraba en el templo, por eso abunda la terminología sacerdotal.

Así que éstas son como dos claves de lectura para la Carta a los Hebreos: la encarnación y la redención. En el pasaje de hoy y en esta misma línea, quisiera destacar una frase que habla sobre qué implica, qué ha traído esa redención para nosotros. Creo que es una frase importante porque describe esa redención como una liberación de la esclavitud. Lo que encontramos es aquella frase, estamos en el capítulo segundo de Hebreos, ahí donde dice que «aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos». «Liberó a los que, por miedo a la muerte, pasaban la vida como esclavos».

Es un modo muy concreto de describir esa liberación, pero ¿tiene esa relación con nosotros? «Liberó a los que por temor a la muerte pasaban la vida como esclavos». ¿Realmente está uno tan obsesionado con la muerte como para decir que uno pasa la vida como esclavo? Es importante conectar este texto con nuestra vida, porque si no quedaría simplemente como una afirmación dogmática, como una teoría lejana de lo que nosotros somos. Lo que hay que aclarar, en primer lugar, es que el temor a la muerte no es solamente el temor al último día, es decir, cuando uno tenga que despedirse de esta tierra. La muerte nos visita no solamente cuando llega esa última visita, esa es la última.

Pero la muerte va acompañando la vida de muchas maneras, y el temor a la muerte, entonces, no es solamente el temor al momento en el que tenga que irme de la Tierra. Tal vez, podemos entender un poco lo que aquí se dice, cuando relacionamos esto con una de las tendencias más profundas del corazón humano, es decir, con el egoísmo. Vamos a decir esta frase: Nos cuesta darnos por entero, nos reservamos, nos damos a medias. Esa especie de egoísmo que no es egoísmo de cosas, sino que es egoísmo en la entrega, ese egoísmo que hace que uno solamente ame con precaución y tratando de asegurar una paga o un retorno, eso es lo que está dicho en este pasaje.

Cuando nosotros amamos y nos entregamos y servimos a medias y siempre con la reserva de qué me va a tocar a mí y cuál es mi paga y cuál es mi recompensa, esa incapacidad de morir a nosotros mismos, esa incapacidad nos hace vivir como esclavos, porque en la medida en que uno tiene todas esas reservas para amar, para servir, para trabajar, en la medida en que uno está con tanta frecuencia calculando. Esa manera de calcular, de reservarse, de medir, de sospechar, hace que uno nunca desarrolle su entero potencial, hace que uno nunca encuentre realmente quién es, hace que uno nunca florezca.

Imaginémonos una planta que antes de sacar su primera flor dijera: Bueno, pero y ¿quién va a ver esta flor, si habrá quien la aprecie o mejor no florezca porque para qué, qué hago yo perdiendo el tiempo floreciendo y no hay quien vea, y qué saco yo con florecer, yo qué gano con eso? Pero lo que vemos en la creación es lo contrario, lo que vemos es un despilfarro, si puedo usar esa palabra, lo que vemos es un desbordamiento, un despilfarro de amor, de bellezas. Dios hace unos amaneceres hermosísimos haya quien los vea o que no los vea. Dios hace llover sobre justos y sobre injustos, hace salir el sol sobre pecadores y sobre no pecadores.

Nuestro Dios es el Dios de la abundancia, es el Dios que no se mide porque la razón de su florecer, la razón de su entregarse, está dentro, como decía San Bernardo en un sermón: Él ama porque ama. El amor es la explicación de su mismo amar. Entonces, la manera de Dios es esa. La manera de Dios no es calculadora, no es ver quién va a apreciar ni qué voy a recibir. La manera de Dios es una explosión de vida que hace que yo florezca, haya quien vea o quien no vea lo que estoy haciendo. Y eso, precisamente, es lo que da tanta exuberancia y tanta hermosura a la naturaleza. Todo lo contrario es lo que nosotros solemos hacer.

Eso de estar mirando por una rendija qué me va a traer el futuro, qué va a pasar conmigo, si vale la pena que yo celebre bien la misa. Estas cuatro viejas sordas que vinieron a la misa, si será que pueden apreciar, si será que se dan cuenta, si les importará. A quién le importa si yo hago bien una confesión, a quién le importa si yo hago bien un sermón, si eso la gente casi ni entiende. A quién le importa si yo rezo, si yo no rezo, nadie se da cuenta, nadie escucha. Entonces, por ese miedo a entregarnos, nosotros somos los primeros en encadenar nuestro potencial. Entonces, la misa es mediocre y la confesión es mediocre y la oración es mediocre y la caridad es mediocre, porque uno nunca sabe exactamente qué pueda traer el futuro ni si vale la pena hacer las cosas mejor o no.

Y eso es lo que dice la frase esta: «Por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos». ¿Qué clase de esclavitud es esa? La esclavitud que te frena de amar verdaderamente, la esclavitud que te frena de orar sin medir el tiempo. Yo, por lo menos, me arrepiento aquí en público, de cómo constantemente le estoy midiendo el tiempo a Dios. Bueno, una oración, pero que no se me pase tal o cual cosa, todo es así medido. Yo pienso que los santos eran otra cosa, yo pienso que los santos cuando iban a orar eso era lo que no tenía horario. Es decir, es una exuberancia, es una abundancia, hace cuánto no tenemos una oración de esas, es una oración que sea, voy a orar hasta el fondo, voy a amar hasta el fondo, pase lo que pase, venga lo que venga.

Porque la razón de mi amar no está en que me paguen, ni en que me vean, ni en que cuenten conmigo. La razón de mi amar está en que el amor mismo ha llegado a mi vida y ese amor ha transformado lo que soy. Entonces, esta frase parece que sí tiene mucho que ver con nosotros, porque la muerte aparece en el día a día como una especie de temor, o si lo quieres describir con otro lenguaje, como una risita burlona: Uy, se va a volver fervoroso el Padre, se va a volver fervoroso. Ahora si va a rezar, ahora si va a cambiar. Y esa risita burlona hace que uno siempre se esté restringiendo. Y nos volvemos entonces duros, nos volvemos resistentes para perdonar, para dar por estar calculando. Si las flores se pusieran a calcular, jamás tendríamos quien floreciera.

Entonces, ¿qué es lo que trae Cristo, según este pasaje de Hebreos, qué es lo que nos trae Cristo? Dice aquí: «Liberó a los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos. Aniquiló al que tenía el poder de la muerte». Claro, ese es el demonio, porque el demonio es el de la risita, el demonio es el de la burlita: ¿Para qué vas a ser bueno, para qué vas a hacer? Eso nadie se da cuenta, nadie le importa, la gente no entiende eso, nadie sabe nada. Y esa frialdad y esa ironía, ese sarcasmo satánico lo mantiene a uno encadenado, lo mantiene a uno esclavo. Esclavo ¿de qué? Esclavo de la mediocridad, está uno, esclavo de la mediocridad.

Y si de algo sufre la Iglesia, más incluso que de los pecados terribles y de los escándalos horrorosos, es de una gran esclavitud de mediocridad. ¿Cómo quita Cristo eso? Pues imagínese que uno está siempre midiéndose, una persona, por ejemplo, que tiene recursos muy, muy modestos, pues le toca medirse en la plática, no puede gastar mucho y va a la tienda y dice: Pues hoy puedo comprar dos tomates, no puedo comprar tres, porque está medido en el dinero. Pero aquí en Colombia tenemos esa lotería que es el Baloto, imagínese que esa persona que siempre se estaba midiendo y que no pasaba de dos tomates, imagínese que esa persona se gana su Baloto, se ganó veinticinco mil millones de pesos.

Yo creo que ya al día siguiente ya se arriesga a comprar tres o cuatro tomates y veinte tomates y una caja de tomates porque ahora se siente abundante. Eso es lo que hace Jesús en nosotros. Jesús hace que nos sintamos abundantes, abundantemente amados, abundantemente comprendidos, abundantemente salvados. Y llega el momento en el que uno, como decía la Santa de Siena, Santa Catalina, el alma, viéndose tan amada, ya no puede defenderse de amar. Entonces, ya se le acaba ese cicaterismo, qué tal esa palabra, ya se le quita esa tacañería espiritual y apostólica porque se ha sentido fantásticamente, maravillosamente amado. Y el que se va sintiendo así, entonces ya no calcula.

Cuando el cura de Ars empezó a hacer sus primeros sermones allá en el pueblo, eran unas piezas de oratoria magníficas, con un lenguaje sencillo y esa gente que estaba ahí no entendía nada o no apreciaba nada. Pero como este hombre estaba sobreabundante en el amor, él mantuvo esa alta calidad de ministerio y la alta calidad de su ministerio un día produjo la alta calidad de la feligresía. Pidamos al Señor que tengamos la experiencia de ser abundantemente amados, para que se nos acabe la mediocridad, para que se rompa la esclavitud, para taparle la boca al diablo y para servir a Cristo como Él se merece y como Él nos ha servido trayéndonos salvación. Amén.

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