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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La Carta a los Hebreos es un impresionante mensaje de consolación y corrección de cristianos en dura tribulación.

Homilía i013007a, predicada en 20130116, con 4 min. y 39 seg.

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Transcripción:

Acabamos de iniciar el tiempo llamado ordinario, ya sabemos que se trata de ordenar la vida, ya sabemos que se trata de llevar un orden al leer la Palabra de Dios y ya sabemos que se trata de contemplar, de llegar a conocer y amar cada vez mejor a Jesucristo en esa secuencia, en esa secuencia de textos y de celebraciones, de eso trata el tiempo ordinario.

Pues bien, en este año impar, para la primera lectura tenemos la Carta a los Hebreos. El texto de hoy, por ejemplo, está tomado del capítulo segundo de esta carta. Como nos va a acompañar la Carta a los Hebreos durante varios días, pues hay que decir algo sobre ese documento. Se trata de una palabra de ánimo y de una palabra de exhortación, de corrección para una comunidad cristiana muy especial. Sucede que cuando se empezó a predicar el Evangelio, los que tenían indudablemente mayor dificultad para llegar a aceptar con todas sus consecuencias el Evangelio de Jesús ¿quiénes eran? Pues, aquellos que estaban por oficio, por raza, dedicados al servicio del templo.

En el Antiguo Testamento el sacerdocio era un asunto de raza, era un asunto hereditario. Nosotros estamos acostumbrados a pensar la vocación sacerdotal como una vocación que surge en determinadas personas, como un llamado que Dios hace a algunas personas. Pero resulta que en el Antiguo Testamento no se trataba tanto de una vocación, no era tanto un llamado que Dios hiciera, sino que simplemente todos los varones de una determinada tribu, la tribu de Leví, todos los varones tenían el oficio sacerdotal, es decir, no había un llamado personal.

El hecho concreto es que estas personas que tenían ese oficio del sacerdocio, en ese oficio tenían, al mismo tiempo, su sustento, su círculo social, tenían su oficio, su trabajo, tenían su modo de vida. O sea que el sacerdocio era para ellos no solamente algo con lo que nacían, sino que era para ellos algo que les iba a acompañar toda la vida y de lo que dependía todo en su vida y en torno a lo cual giraba todo en su vida. Por eso, para uno de estos, que tenían el oficio sacerdotal en el templo, para uno de ellos aceptar la fe en Cristo, implicaba unas consecuencias muy serias porque era perder al mismo tiempo el sustento, el oficio, era perder el círculo social, los amigos, los relacionados, era ser excluido, desterrado, empobrecido, marginado.

A ese grupo de personas, algunos que se habían convertido a la fe en Cristo, a partir de su condición de sacerdotes del Antiguo Testamento, a ellos es a quienes se dirige esta Carta a los Hebreos. Y por eso esta carta tiene un tono, podemos decir un poco más fuerte, un poco más dramático que otros documentos, porque toca darle ánimo a esta gente, pero también toca sacudirla un poco y toca, sobre todo, que descubran la grandeza del misterio de Cristo al que están ahora sirviendo. Que estas palabras que van a ser tan sabias, que van a ser tan profundas, que van a ser tan vigorosas, nos iluminen, nos ayuden, para también nosotros vivir con coraje y con alegría nuestra fe en Jesús.

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