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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¿Con qué motivación buscamos a Jesús?
Homilía i013004a, predicada en 20030115, con 17 min. y 33 seg. 
Transcripción:
Hermanos, es bonito pensar en este Evangelio que hemos escuchado, que Jesús busca a la gente, porque dice al final: «Vámonos a otra parte para predicar también allí». Jesús busca a la gente, pero resulta que la gente busca a Jesús, porque Simón Pedro le dice: «Todo el mundo te busca». De manera que la gente busca a Jesús y Jesús busca a la gente. Y esa va a ser nuestra reflexión del día de hoy. Vamos a meditar en esas dos afirmaciones: Jesús busca a la gente. La gente busca a Jesús.
¿Por qué la gente busca a Jesús? La respuesta está en el versículo que dice: «Curó a muchos enfermos, expulsó muchos demonios». ¿Por qué Jesús busca a la gente? La respuesta está en el versículo que dice: «Para predicar también allí». Observemos, la gente busca a Jesús, sobre todo para que los libre de la enfermedad y para que los libre del demonio. Jesús busca a la gente, sobre todo para predicarles el Evangelio, para darles enseñanza. Es muy interesante porque son dos frases que se complementan, la gente busca a Jesús para que la sane, Jesús busca a la gente para enseñar.
Sin embargo, la gente busca a Jesús para que la sane, pero también escucha la enseñanza. Jesús busca a la gente para enseñar, pero también la sana. Pero lo que Jesús quiere, sobre todo, es predicar. Y lo que la gente quiere, sobre todo, es que la sanen. Entonces, hay un ligero desnivel, un ligero desnivel que se soluciona porque la gente tiene paciencia y dice: Bueno, no me sané de lo que yo me quería sanar, pero de todas maneras oí una predicación bonita. Y Jesús dice: Bueno, no ponen toda la atención que yo quisiera, pero, por lo menos, ahí están y ahí escuchan.
Apliquemos esta situación a nosotros, preguntémonos ¿con qué motivaciones buscamos nosotros a Jesús? Porque evidentemente se trata como de dos escalones distintos. Una cosa es buscar a Jesús para que me sane y otra cosa es buscar a Jesús para que me enseñe, son dos niveles distintos. La mayor parte de nosotros empezamos por el primer nivel, quizá digo todos, todos empezamos buscando a Jesús para que nos sane, o hablando más en general, para que nos quite un problema de encima, para que nos quite una angustia, para que nos libere de un maleficio, para que nos conceda el empleo que necesitamos, la salud que nos hace falta, el amor que esperamos para nuestra vida. Todos empezamos buscando a Jesús para eso, para que nos quite un problema.
Pero esa motivación hay que superarla porque Jesús quiere algo más alto para nosotros. Fíjate que Jesús no le dijo a Pedro, vámonos a otra parte a seguir sanando allá. Aunque, desde luego, Él iba a seguir sanando, pero no dijo, vámonos a seguir sanando, sino vámonos a seguir enseñando, porque lo que más le interesa a Jesús es la predicación, lo que más quiere Jesús es enseñar. Por eso, apliquemos esto a nuestra vida. Cuando estamos empezando en la vida espiritual, lo que más nos interesa es que Jesús haga algo por nosotros, que nos quite un problema de encima, que nos dé la salud que esperamos, que nos permita ese trabajo, ese empleo que estamos aguardando. Eso es lo que esperamos al principio.
Pero hay que superar ese nivel, hay que llegar a un nivel un poquito mejor, sobre todo si ya llevamos un camino recorrido en la fe, tenemos que mejorar nuestra motivación. ¿Por qué vienes a buscar a Jesús? Porque quiero que me enseñe, porque quiero que me hable, porque quiero que me regale de su luz. Esa es una aplicación de esta palabra. También podemos aplicar esta palabra de otra manera. Quienes estamos reunidos hoy aquí tenemos una consigna, evangelizar. Estos son tiempos de nueva evangelización, estamos llamados a evangelizar. Cuando uno quiere evangelizar, normalmente uno quiere enseñar, uno quiere hablar, pero recuerda, el primer nivel siempre es sanar.
Antes que decir muchas cosas hay que hacer, antes de decir hay que hacer. Un buen movimiento de evangelización, un movimiento vivo de evangelización se caracteriza porque tiene como dos ondas expansivas. Es como cuando uno mira, como cuando uno mira los estanques y se arroja una piedra, tú arrojas una piedra y entonces se forma una onda y luego arrojas otra y se forma otra onda. La evangelización tiene dos ondas expansivas. La primera onda es, hay que producir hechos, cambios en la vida de la gente, hay que producir transformación de la vida. Esta es la primera onda, detrás de ella viene la segunda.
Hay que difundir la palabra, hay que enseñar, hay que hablar, porque en el fondo podemos comparar estos dos verbos con hacer y decir. La primera evangelización, nuestro primer encuentro con el mundo ha de ser un encuentro de transformación de la vida, después vendrá la evangelización con palabras, después vendrán las muchas enseñanzas. ¿Qué estamos diciendo entonces? Estoy hablando para una comunidad de personas que han tenido ya una experiencia de Dios y que han tenido ya un recorrido. A ustedes, hermanos, les digo, nuestra motivación, hablando de nosotros, nuestra motivación hay que subirla. No nos quedemos eternamente buscando que Jesús nos quite problemas. Hay que subir esa motivación buscando la luz que solo Jesucristo puede darnos, esa ha sido la primera enseñanza.
Pero luego viene una segunda enseñanza, ya no pensando en nosotros, sino pensando en la evangelización que vamos a hacer. No nos concentremos al principio solo en palabras o en muchas doctrinas, concentrémonos en transformar la vida. Fíjate un detalle y, tal vez, este sea un error muy grande que se ha cometido en la Iglesia Católica, en muchas personas, en la vida de muchas personas ¿qué ha sucedido? Han recibido palabras, doctrinas, enseñanzas muy sabias y muy ciertas, por ejemplo, el catecismo. Cuando iban a hacer su primera comunión, recibieron catecismo, recibieron palabra, llegó la onda de la Palabra, pero no había llegado la onda de la transformación de la vida.
Entonces, las palabras quedaron como muertas, quedaron como doctrinas por allá sepultadas en los recuerdos. Ahí está la comprobación de cómo tiene que ser la evangelización, La catequesis es la abundancia de palabras, de doctrinas, de enseñanza maravillosa, pero eso tiene que ir después. Lo primero es la transformación de la vida, lo primero es el cambio en la vida, lo primero es dar a saborear el poder del Señor, lo primero es dar a gustar el poder del Señor. Así es un evangelizador, un evangelizador con éxito, es así. Primero permite, da a saborear el poder del Señor, la alegría que Dios trae, la sanación, como hizo Jesús. Pero, su intención no es quedarse ahí, su intención, como hizo Jesús, es ir más allá, a la doctrina, a la enseñanza, pero en ese orden. Primero la transformación de la vida, luego la doctrina, la catequesis, la enseñanza.
Saquemos un último mensaje de este texto del Evangelio que hemos oído. Dice aquí: «Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados». Podemos imaginarnos lo que fue ese espectáculo, una casita, indudablemente, una casa pobre, la casa de Simón y de Andrés, unos pescadores, una casa muy humilde. Y a esa casita empieza a llegar la gente trayendo enfermos y trayendo endemoniados. Miremos, les invito, miremos en nuestro corazón esa escena. ¿Cómo debió de ser eso? Se iba reuniendo como lo más triste, se iba reuniendo como lo más sucio, lo más deprimente, lo más enfermo, lo más dañado, se iba reuniendo frente a esa puerta.
Te imaginas que a uno le sucediera eso en la casa de uno, que empezara a llegar la gente con enfermos, los unos llagados, los otros paralíticos, los otros desquiciados, los otros posesos, por ahí anda un epiléptico, el otro que no puede andar en su camastro inmundo, el otro gritando blasfemias. Uno se imagina esa concentración de la maldad de la enfermedad, qué cuadro más triste, que cuadro más deprimente. Pero fíjate lo que sucedió: «La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos y expulsó muchos demonios». Jesús transforma una escena deprimente en una escena maravillosa.
Llegó la gente con sus enfermos y empieza a suceder la sanación y empiezan a curarse y los demonios se alejan. Qué espectáculo maravilloso, Jesucristo transforma un episodio de dolor en un episodio de gozo. Jesucristo transforma un momento de depresión en un momento de alabanza. Jesucristo transforma esa oscuridad, porque el evangelista nos dice: era de noche, transforma esa oscuridad en un torrente de luz, ese es Jesucristo. Y esto también lo podemos aplicar a nuestra vida.
No te ha pasado que hay días en que parece que se juntaran todas las desgracias, días en que le llegan a uno todas las noticias malas, por ejemplo, todas las deudas, todos los desengaños, todos los problemas. Y cuando uno está en esas se va la luz y cortan el agua. Hay días que uno siente que se ha juntado todo. Pues hermanos, no le volvamos a tener miedo a los días así, no le vuelvas a tener miedo a un día desastroso. Jesús transforma el día deprimente en un día de alabanza, Jesús transforma la noche más espesa en el día más luminoso, Jesús transforma un episodio de dolor en un episodio de amor, hoy lo hizo en este Evangelio.
Pero donde mejor se ve eso es en la Pascua de Cristo, porque aquí se juntaron algunos enfermos y algunos endemoniados. En cambio, junto a la cruz de Cristo, se reunió lo peor del infierno, el odio más enconado de las tinieblas, y toda la llaga del mundo desfiló ante los ojos de Cristo. Y Cristo, con su poder, transformó la desgracia más grande, en la gracia más grande. No le vuelvas a tener miedo a un día malo. No le vuelvas a tener miedo a las malas noticias. No le vuelvas a tener miedo a esos momentos en que parece que se junta todo. Basta que esté Jesús, Jesús puede transformar la noche más oscura en el torrente más hermoso de luz, Él es poderoso.
Cualquiera de nosotros se asustaría, imagínate que los endemoniados se los traían por docenas, imagínate lo que es ver a un poseso, yo creo que es una escena que ya uno lo golpea, lo asusta, le preocupa. Y aquí no era uno, le llegaban los endemoniados, los enfermos y los posesos, Jesús no le tiene miedo al dolor, Jesús no le tiene miedo a la noche, Jesús no le tiene miedo a la enfermedad, Jesús no le tiene miedo al demonio. Basta que esté Jesús, Jesús transformará tus días más oscuros en días de luz, en días de gracia y de gloria. Amén.

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