Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La importancia de integrar la muerte dentro de nuestra vida.

Homilía i013003a, predicada en 19990113, con 13 min. y 51 seg.

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Transcripción:

Con esta Carta a los Hebreos, quieren enseñarnos sobre la redención de Cristo y como en Cristo está la fuente de todas nuestras alegrías y están todos los tesoros de la sabiduría, y está toda la fuerza de Dios, y está todo el plan de Dios, y está Dios mismo, pues, avancemos con la ayuda del Espíritu Santo, en la comprensión de las palabras que, poco a poco, dosificadamente nos va ofreciendo la Iglesia. Por ejemplo, hoy quisiera detenerme en aquello de la muerte de Jesucristo como victoria sobre el diablo. Muriendo, muriendo Jesús, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo. No solo eso, añade esto otro, liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos.

¿Cuál es ese poder de la muerte? No es simplemente el miedo a morir. Ese poder de la muerte no es el temor a envejecer o enfermarse o a terminar. Hay que esclarecer, con la ayuda del Señor, a qué se refiere este autor cuando habla del poder de la muerte, y hay que entender también por qué ese poder de la muerte era temido, porque estaba como en las manos del demonio, para luego comprender por qué Jesús, con su muerte, nos ha liberado del temor de la muerte, del poder de la muerte. Ese poder de la muerte pesa sobre toda la vida, porque una cosa es la muerte y otra cosa es el morir.

El proceso mismo de morir se dará conscientemente, por lo menos, solo al final de la existencia. Hay un momento en el que se declara que queda tanto tiempo de vida. En ese momento podemos decir que se vive el morir, eso está al final de la vida. O puede ser algo repentino, un asalto, Dios no lo quiera. Uno se encuentra por ahí, algunos disparos, la persona siente: Me estoy muriendo. Ese es el morir. Pero aquí la Carta a los Hebreos no se refiere al poder de ese último momento de morir, sino el poder de la muerte que tiene, como dice la misma carta, una influencia sobre toda la vida. Mira si no, dice aquí: «Liberó a todos los que, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos».

Este poder de la muerte es algo que tiene que ver con todos los días y con todas las horas de la vida. Este poder de la muerte no es solamente la circunstancia, el hecho de morir, es algo que acompaña el camino de la vida. Y por lo mismo, la gracia que nos ha traído Jesucristo no es solamente algo para una salvación en el último momento de la agonía, no es algo solamente para el más allá, sino que tiene que ser correspondientemente. Si es en verdad un triunfo sobre este poder de la muerte, la victoria de Jesucristo tiene que quitar un peso que estaba pendiendo sobre cada uno de los días y sobre cada una de las horas. Esto es de una profundidad, me parece a mí, bastante grande.

Habla del poder de la muerte y habla del miedo a la muerte. ¿Qué puede ser eso que no es solamente el morir? Santo Tomás de Aquino dice que cuando una persona se dirige a una determinada meta, llega un momento en el que orienta sus pasos hacia esa meta. Luego no tiene que pensar en cada paso, voy para esa meta, eso no lo tiene que pensar, pero aunque la persona no piense en cada paso que va hacia la meta, cada uno de sus pasos, está marcado o está condicionado por la meta que la persona ha escogido, ese es un ejemplo.

Otro ejemplo tomado de la terminología de la teología moral reciente, la llamada opción fundamental, que en cierto modo es, como una traducción, diría yo, de aquella enseñanza de Santo Tomás. Una persona toma una opción fundamental, digamos que esa opción fuera el dinero: Voy a hacer dinero. Esa opción fundamental de la persona condiciona o colorea todos los actos de la vida. ¿Por qué se levanta temprano? Porque necesita hacer mucho dinero. ¿Por qué ahorra tanto? Porque no puede desperdiciar el dinero. ¿Por qué se alimenta mal? Porque no puede gastar el dinero. Cada acto de la vida queda coloreado, queda condicionado por la opción fundamental. Yo creo que en esa línea va esta enseñanza de la Carta a los Hebreos.

Este miedo a la muerte, que es más que miedo al morir, es un modo de estar en el mundo, es algo que tiene que ver con lo que los teólogos morales contemporáneos llaman opción fundamental, es algo que tiene que ver con la meta que uno tiene en la vida, con el cuadro, con la referencia en la que uno se mueve. Uno no está pensando en la muerte a todas horas, así como el avaro no está repitiendo en su mente señales o signos de dólares o de pesos, no los está repitiendo en su mente, pero todos sus intereses, todos sus actos, todos sus esfuerzos, todas sus alegrías, todas sus tristezas, tienen el color del dinero, que es su opción fundamental.

Entonces, lo que se nos está diciendo aquí es que, si en la opción fundamental, el hecho de morir está mal integrado, si hay un vacío, si hay un hueco ahí, va a ser lo mismo que cuando tú tienes un edificio inmenso y resulta que te das cuenta de que en el sótano algún chistoso ha ido tumbando las columnas del edificio y entonces el edificio, aunque se sostiene precariamente, está a punto de derrumbarse. La muerte es ese chiste triste, la muerte, el morir, es esa desgracia que pende en lo profundo de la vida, que acecha en lo profundo de la vida.

Y si una persona no ha integrado la muerte dentro de la vida, aunque ella no piense nunca en la muerte, aunque ella cumpla aquel refrán que citaba San Pablo: Comamos y bebamos, que mañana moriremos. Aunque la persona se quiera olvidar de que se va a acabar, su misma actitud de no pensar en la muerte, de no reflexionar en ella, de no integrarla dentro de la vida, su esfuerzo desesperado por rechazar a la muerte y no integrarla en la vida, hace que la persona viva en la superficie de sí misma, es decir, viva en la trivialidad, viva en la finitud, hace que la persona viva pegada de las cosas de esta tierra.

Por eso, cuando la muerte no se puede integrar en la vida, cuando aparece como un hueco, como un monstruo que acecha las entrañas de la vida y la persona tratando de no pensar en eso, por eso se habla de miedo a la muerte, y la persona tratando de no pensar en eso, huye hacia la superficialidad o hacia los bienes de esta tierra, cuando eso sucede, hay un pastor tenebroso, hay un agente de maldad, que es el demonio, que aprovecha esa circunstancia. ¿Para qué? Para que la persona aferrándose a las criaturas, no vuelvas mirada hacia el Creador. Así entendemos, me parece un poco mejor, lo que dice aquí, así entendemos qué es ese miedo a la muerte.

No es el miedo al morir, es la incapacidad de integrar la muerte como parte de la vida. Por consiguiente, es la actitud de continua huida de lo trascendente, de lo definitivo, de lo eterno. Y esa actitud aterrorizada, esa actitud superficial, necesariamente es aprovechada por el demonio y necesariamente se convierte en un obstáculo en nuestro acercamiento a Dios. Teniendo esta claridad, ahora miremos qué es lo que ha sucedido con la muerte de Jesucristo. Las palabras de la Carta a los Hebreos son muy escuetas, dice aquí: «Muriendo aniquiló al que tenía el poder de la muerte», es decir, al diablo.

Resulta que la muerte tiene una estructura muy paradójica, porque por una parte, es completamente personal, yo no le puedo endosar mi muerte a nadie ni nadie me puede pasar su muerte, es absolutamente personal. Pero, por otra parte, siendo lo más personal de cada uno de nosotros, es algo que nos pasa a nosotros, no es algo que nosotros manejamos. Y esto ¿qué quiere decir? Que nosotros los seres humanos amamos tener el control sobre nuestra propia vida, queremos tener el control sobre nuestra propia vida, eso no es malo. El problema es que queremos tener también el control sobre todo lo que tenga que ver con nosotros. Y, en ese sentido, nos cuesta entregarle el control de nuestra vida a Dios nuestro Señor.

Precisamente porque no nos atrevemos a entregarle el control de la vida a Dios, nos cuesta trabajo morir, porque el morir finalmente no lo voy a controlar yo, ni siquiera el que pretende controlar su muerte suicidándose, esas horas o esos instantes, ese trance definitivamente es un misterio que se escapa del poder del hombre, de su ciencia, de su filosofía, de su historia, de sus esfuerzos, de sus afectos. Es algo que está más allá de él, porque, finalmente, es el momento en el que deja de ser, en el que tiene que buscar la nada. Y la consecuencia que se sigue de aquí es gravísima, si la persona en ese instante no puede fiarse completamente de Dios, entonces ¿de qué se va a agarrar?

Si intenta agarrarse de esa superficialidad o de esas cosas pasajeras que han sido su vida, esas cosas de algún modo mueren también para él, porque él mismo ya no tiene fuerzas para agarrarlas. Esto quiere decir que la única respuesta para el misterio de la muerte está en aquel que nos hizo, porque nosotros no nos hicimos a nosotros mismos. Pero si el ser humano ha vivido presa de ese terror del que aquí se nos habla, y agarrado a las cosas de esta tierra y no ha entregado el control de su vida a Dios, llegada a la hora de la muerte, se hunde en la nada, en el abismo, a eso se le llama el infierno. Jesucristo es el caso de un personaje que se sumerge en la muerte, que se entra en la muerte fiado de aquel que le ha dado ser.

Y detrás de Jesucristo, todos nosotros, los que creemos en Él, tenemos plena confianza, tenemos plena certeza de que también en ese trance nosotros podemos ser reconstruidos, podemos ser resucitados por Él. Pero esta verdad, como antes decía, no se refiere solo al final de nuestra vida, sino se refiere a toda nuestra vida, porque una vez que la muerte ha quedado integrada en la vida, entonces ya no tenemos que asirnos desesperadamente a las cosas de esta tierra. Entonces, ya tenemos la mirada serena y podemos buscar, conocer y amar a Aquel que nos ha creado. Esta es la maravilla, una de las maravillas que se pueden decir de la redención de Jesucristo, nuestro bendito Señor y Salvador.

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