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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Una reflexión sobre dos aspectos del misterio de Cristo: fue "perfeccionado" en el sufrimiento y enseñaba "con autoridad".
Homilía i012017a, predicada en 20230110, con 25 min. y 36 seg. 
Transcripción:
Hermanos queridos. En la primera lectura, destaca aquella frase sobre el sufrimiento. En el Evangelio, destaca aquella frase sobre la autoridad. El primer texto está tomado de la carta a los Hebreos, donde se nos dice que Dios perfeccionó a su Hijo mediante el sufrimiento. En el Evangelio según San Marcos se dice que la gente estaba asombrada de Él porque enseñaba con autoridad. Les invito a que con la ayuda del Espíritu Santo, reflexionemos un momento en estas dos dimensiones que parecen en un primer instante, bastante distantes, bastante separadas. Cristo que Sufre y Cristo que tiene Autoridad. En primer lugar, eso de que el sufrimiento perfecciona. Y en segundo lugar, eso del asombro de la gente. Este tiene autoridad.
Pues vayamos con lo primero ¿ Así que el sufrimiento perfecciona? Creo que en nuestro tiempo, el sufrimiento solo es visto como algo que hay que evitar, evitar a toda costa. Hasta el punto que si en la vida lo único que queda es sufrimiento, mejor eutanasia. Es un poco, un pensamiento que se va difundiendo por todas partes. En América Latina, Colombia tiene el dudoso honor de ser el país con la ley de eutanasia más avanzada. La ley de eutanasia de Colombia es mucho más abierta. Facilita más la muerte de la gente que la ley en Francia o que la ley en Holanda o en Inglaterra. Es una expresión, la eutanasia es una expresión de la idea que tiene nuestro tiempo de que sufrir es inútil. Y si no se puede sufrir, si no se puede evitar el sufrimiento, mejor morirse uno.
La Biblia piensa diferente. Hay una frase impresionante que está por ahí en un salmo que dice Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus justos mandamientos. Y por lo menos en dos ocasiones, la Carta a los Hebreos nos habla en términos positivos sobre el sufrimiento. Una de esas dos ocasiones es la que acabamos de oír hoy. Cristo fue perfeccionado por medio del sufrimiento. ¿Cómo es que el sufrimiento perfecciona? No es una respuesta fácil de dar. Pero según enseñan algunos doctores de la Iglesia, como la amiga Catalina de Siena, cuando un concepto parece difícil, a veces es importante irse al concepto opuesto. Pensemos ¿qué se puede esperar de una vida sin sufrimiento? Y tal vez esa respuesta es un poco más fácil de obtener. Cuando una persona no ha conocido sufrimiento, quiere decir que no ha conocido límite en sus deseos, en sus caprichos, en sus pretensiones, en sus placeres. Y creo que de ahí podemos responder rápidamente, cómo se vuelve el ser humano cuando no tiene ninguna clase de sufrimiento. Se vuelve caprichoso, se vuelve egoísta, se vuelve insensible y mirara siempre las desgracias de otros como si fueran la culpa de ellos. Si una vida sin ninguna clase de sufrimiento produce eso, es decir capricho, egoísmo, insensibilidad. Pues debe ser que alguna dosis de sufrimiento hace bien. En la medida en que precisamente nos saca de nuestra comodidad, de nuestro egoísmo, nos hace más sensibles también al dolor de otros. Y por ahí podemos empezar a aprender.
La escuela del sufrimiento ¿para dónde va? Nuestros fundadores y una multitud de santos hablaron en términos positivos del sufrir. Recuerdo, por ejemplo, un texto de Teresa de Jesús donde ella habla precisamente de un cierto predicador que estuvo allá en el monasterio de ellas, y ella dice Y puso en tal punto el sufrimiento, que a todas nos quedó no otra cosa sino el deseo de padecer. También se expresa con palabras semejantes otra doctora de la Iglesia, la que ya mencioné, Catalina, cuando en sus oraciones le pedía al Señor la gracia de sufrir por Él. De hecho, estaba tan enamorada del sufrimiento, Catalina, que cuando pasaba un tiempo y no le llegaba ninguna persecución, enfermedad, contradicción grave, calumnia, le reclamaba a Cristo, su esposo y le decía ¿Es que estamos peleados o qué pasa? ¿Cómo es esto de que no tengo sufrimiento? El patrono de la provincia dominicana de Colombia es un misionero valenciano, de Valencia España, que se llama Luis Bertrán. Y una frase que se me quedó de San Luis Bertrán es: no cabe pensar una cabeza coronada de espinas y un cuerpo en regalo.
¿Qué nos da entonces el sufrimiento? Pues aclaremos dos cosas. En primer lugar, no estamos hablando de masoquismo. Como sabemos bien, el masoquismo es un desorden psicológico, afectivo, psiquiátrico, sexual, que hace que la persona busque placer. El masoquista no está buscando sufrimiento, está buscando placer a través del sufrimiento. El sufrimiento físico o el sufrimiento incluso emocional, le produce una sensación de placer. O sea, que cuando aquí hablamos de sufrimiento no estamos hablando de masoquismo, porque no estamos hablando de una búsqueda de placer, que es lo que finalmente busca el masoquista a su manera. La segunda aclaración que hay que hacer es que no es el sufrimiento por sí mismo lo que nosotros buscamos, sino más bien los sufrimientos contienen, si son según la providencia y en obediencia a Dios, contienen no solo grandes lecciones, sino grandes bendiciones, gran libertad de corazón y otros bienes, es decir, que no absolutizamos. El sufrimiento no es un valor máximo, sino que entendemos su importancia. Con esas aclaraciones podemos empezar a ver el bien que trae el sufrimiento en nuestra vida.
Uno que aparece ya desde el Capítulo Tercero del Génesis, en los llamados castigos. Por favor, ponerle grandes comillas a ese castigo. En los castigos que Dios impone sobre nuestros primeros padres, según el relato bíblico, Adán y Eva. Una de las primeras consecuencias o una de los primeros frutos del sufrimiento, es que nos lleva a descubrir o a redescubrir nuestra condición de criaturas. Básicamente, el primer mensaje que te envía el sufrimiento, el sufrimiento que no puedes esquivar. El primer mensaje que te envía, es que tú no eres Dios, que tú eres criatura. Y esto parece evidente, pero es importantísimo, porque, como lo han dicho muchos pensadores de nuestro tiempo, vivimos en una época en donde el hombre, el ser humano, pretende hacerse Dios. Pretende cambiarlo todo, pretende que puede decidir con absoluta autonomía qué es lo bueno, qué es lo malo, cuál es su bien, cuál es su mal, en dónde está su felicidad. Y considera, que es uno de los últimos pensamientos del Papa Benedicto, considera que puede transformarse indefinidamente, hasta el punto de lo que conocemos de género. Es decir, yo decidiré cuándo ser mujer, yo decidiré cuándo ser hombre. Aunque lamentablemente para nosotros del tercer mundo, yo no puedo decidir cuándo ser europeo. Entonces, yo me autopercibo como mujer y todo el mundo, según esta ideología, tiene que percibirme como mujer. Pero si yo me autopercibo francés y reclamo mi pasaporte, no me lo dan. Entonces, se ve que hay límites políticos y que hay un juego de poder en esta historia de la autopercepción. Pero ese es otro tema. El sufrimiento trae una riqueza, una primera riqueza, y es devolverme a la verdad de mi condición de criatura. Y devolverme a mi condición de criatura es ponerme exactamente en la ruta en la que podré ser auténticamente libre y auténticamente feliz.
En segundo lugar, por darle un orden. En segundo lugar, el sufrimiento también tiene la capacidad de llevarme a lo que es permanente, a lo que es trascendente. Las vidas sin sufrimiento, las vidas de la gente que ha sido criada y mimada todo el tiempo, como se dice entre cojines. En algunos países llaman a eso los niños o las niñas fresas, es decir los hijos de papi y los hijos de mami. En fin, en cada país eso se llama de otro modo, pero ustedes me entienden. Esas personas súper mimadas suelen ser personas vanidosas. El sufrimiento te lleva a la profundidad, te lleva a la trascendencia porque te lleva a buscar lo que es permanente. No puede ser coincidencia, que muchas veces en el sufrimiento la gente cambia radicalmente sus opciones más profundas. Y un ejemplo, lo tenemos en el querido San Ignacio. En medio del sufrimiento de su larguísima convalecencia, San Ignacio descubre lo que es trascendente, mucho más allá de la fama humana que antes era su ídolo. Él descubre el valor de servir al Dios eterno. Entonces, el sufrimiento nos lanza hacia la trascendencia.
En tercer lugar, el sufrimiento nos ayuda a redescubrir nuestra propia temporalidad, nos ayuda a descubrir que estamos de paso, que no podremos esquivar las distintas limitaciones. Es verdad que uno puede recuperarse de una enfermedad, o de una operación o de una fractura, no puede recuperarse con la ayuda de Dios. Pero cada uno de esos eventos, le está recordando a uno lo que viene más adelante. De esto habla el apóstol San Pablo, por ejemplo, en su segunda Carta a los Corintios, cuando dice que si esta tienda de campaña, refiriéndose al cuerpo, se deshace, tenemos morada permanente. De manera que lo fugaz que es la vida, la fugacidad de la vida, lo descubrimos también en el sufrimiento. Llevamos tres. El sufrimiento me devuelve a mi verdad de criatura. El sufrimiento me invita a la trascendencia. El sufrimiento me muestra la fugacidad de la vida.
El sufrimiento me ayuda a comprender a los que sufren. Antes hemos dicho, que las vidas demasiado mimadas son vidas en las que suele abundar la insensibilidad. Es frecuente la insensibilidad. Como que los demás no importan, si yo estoy bien, si yo la estoy pasando bien, los demás no importan. Con mucha frecuencia no es una ley automática, pero con mucha frecuencia la persona que sufre es una persona que descubre la solidaridad. El padecer, una que otra vez enfermedad, hambre, contradicción, frustración, pobreza, hace que empecemos a mirar automáticamente a los que están en esas condiciones. Aunque dije mal el adverbio, no es algo tan automático. Se necesita un cierto toque de sensatez y de sabiduría para llegar allá. Y por eso, muchas veces el sufrimiento se une a la solidaridad. El sufrimiento va unido al caminar con otros. Las vidas del lujo y de la comodidad suelen ser tan individualistas que difícilmente entran en proyectos comunes. Allí donde hay desprendimiento, allí donde hay pobreza voluntaria, allí donde hay sufrimiento, allí donde hay confianza, en la providencia la comunidad se hace fuerte. Aprendemos a depender de Dios y también a depender y a confiar en los hermanos.
Todos estos hechos nos explican o nos ayudan a entender, por qué muchos santos hablaron del papel de la ascesis, el papel de la abnegación, el papel de la mortificación. Esos términos que no son los más amables ni los más frecuentes hoy, siguen siendo términos necesarios. De verdad los necesitamos. Necesitamos redescubrir el valor de eso, para el dominio propio, para la educación de nosotros mismos, para la solidaridad con los hermanos, para no dejarnos llevar del hedonismo, del consumismo y de otros ismos tan frecuentes ahora. El sufrimiento de Cristo aparece representado en el libro del Apocalipsis de una manera inesperada. Cuando Cristo aparece en el Apocalipsis, Capítulo Primero, cuando aparece frente al vidente del Apocalipsis que se llama Juan. Cristo tiene el cabello blanquísimo, como el de un anciano de muchísimos, muchísimos días. Pero Cristo no murió tan anciano. Y esto nos lleva a una dimensión muy particular del sufrimiento. El sufrimiento da una especie de experiencia. Es como si Cristo en la cruz hubiera envejecido siglos, hubiera envejecido los siglos de la humanidad. El Anciano del Apocalipsis, el primer anciano. Porque luego aparece Dios Padre también. Pero el primer anciano que aparece en el Apocalipsis es Cristo. Y de ese Cristo anciano se predica muy poco. ¿Por qué está anciano Cristo, en el Capítulo Primero del Apocalipsis? Cristo está anciano porque el sufrimiento es como una especie de vida. Vida condensada, vida acelerada. Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus justos mandamientos. O lo que dice otro salmo, pasamos por fuego y por agua, pero nos has dado respiro. A veces uno se encuentra con gente que ha pasado por una experiencia terrible de sufrimiento. Uno dejó de ver los tres meses, por ejemplo, y en esos tres meses algo durísimo les pasó y en tres meses aprendieron y maduraron lo que no habían aprendido y madurado en tres años o más tiempo.
El sufrimiento en ese sentido, también nos da como una especie de inyección de sabiduría. Y necesitamos recorrer ese camino, porque ese camino y aquí conecta con el Evangelio. Ese camino es el que también da autoridad. Esto no me lo invento yo, esto lo dice el Capítulo Cincuenta y tres de Isaías. En este capítulo se describe al siervo de Dios y los cristianos vieron en el Señor precisamente ese siervo. El Capítulo Cincuenta y tres de Isaías describe al siervo de Dios con estas palabras que todos hemos oído. Varón de dolores, acostumbrado a sufrimientos. El sufrimiento da esa profundidad, da esa sabiduría, da esa palabra verdadera y certera, esa palabra que nace como de la verdad misma de la existencia. Así hablaba Cristo. Esa era la palabra de Cristo, esa era la fuerza de Cristo. Y en la medida en que nosotros, configurados con Cristo crucificado, en la medida en que nosotros unidos al Señor en su padecer. Porque si sufrimos con Él, resucitaremos también con Él, dice Pablo. En la medida en que nosotros nos vamos asociando al misterio de esa cruz, nuestra palabra adquiere una inesperada profundidad. Ni siquiera nosotros mismos logramos percibir, hasta dónde puede calar una palabra, cuando proviene de la boca de alguien que ha envejecido como Cristo, a través del camino del sufrimiento por amor y en obediencia al Padre. Muchos hoy se preguntan con respecto a la vida consagrada, ¿cómo podemos llegar a ser relevantes? Y a veces se piensa que la relevancia consiste en hacer obras, que se yo, inéditas, necesarias, inesperadas, nuevas. Puede que haya algo de verdad en eso, pero sin esa palabra sabia, sin esa palabra profunda y penetrante, que solo tienen las personas que han sufrido, es difícil que tengamos verdadera autoridad.
Termino esta reflexión recordando algo que sucedió en el Concilio de Nicea, en el año Trescientos veinticinco. Recordemos que el tema principal en ese concilio fue el arrianismo. Arrio decía que Cristo era la primera entre las criaturas basándose a su manera, en una interpretación de Colosenses. Que Cristo era la primera entre las criaturas, que Cristo era el Logos del Padre, que Cristo era sublime y alto, y santo y bello, pero que el honor que merecía el Padre era incomparablemente mayor que el honor que merecía el Hijo. La frase famosa de Arrio era Hubo un tiempo en que Dios era Dios y no era padre. Bueno, muchos se opusieron a esa enseñanza de Arrio. Entre ellos, el principal, San Atanasio. Y Atanasio, fue clave en la derrota del arrianismo en Nicea, por lo menos la derrota doctrinal, porque luego la derrota, llamémoslo así, pastoral, demoró muchísimo más tiempo. Pero doctrinalmente Atanasio fue clave.
Sin embargo, conviene recordar aquí algo impresionante del Concilio de Nicea, que creo que es la mejor manera de terminar esta reflexión. En el Concilio de Nicea se reunieron obispos, pues fue el primer Concilio Ecuménico o el segundo si se cuenta como primero el de Jerusalén, del que nos hablan los Hechos de los Apóstoles. O sea, que era algo totalmente nuevo en la Iglesia. Concilio en la Iglesia, se reúnen obispos de todo el mundo y hablaron muchos obispos, pero no solo obispos, hablaron también sacerdotes. Atanasio era diácono, según recordamos. Pero yo quiero referirme a los sufrientes que hablaron. Como sabemos, hasta esa época llegaron algunas de las peores persecuciones contra los cristianos, persecuciones durísimas. Y tomaron la palabra en el Concilio de Nicea algunos de aquellos que en ese momento se llamaban confesores. ¿Qué significa confesores? significa personas que fueron torturadas brutalmente pero que no murieron. Los mártires fueron torturados brutalmente y murieron. Pero hubo gente que fue torturada de una manera espantosa, les cortaban miembros de su cuerpo, los quemaban, les sacaban los ojos, en fin todo tipo de crueldad fue aplicada contra hombres o mujeres. Y en el Concilio de Nicea algunos de estos confesores. Puedes imaginarte el espectáculo. Personas, por ejemplo, sin piernas, personas ciegas, personas con la piel destrozada por las quemaduras, hablaron para decir la fe verdadera es la que está enseñando a Atanasio. Por supuesto estas personas, estos mutilados, estos torturados, es decir los confesores, no eran especialistas en teología. Su estudio no había sido el estudio de los libros, pero habían vivido el Evangelio y lo habían experimentado en su propia carne hasta el sufrimiento más horrible. Cuando estos mutilados les hablaron a los obispos y les dijeron la fe verdadera es la que enseña el obispo de Alejandría, que se llamaba Alejandro. La fe verdadera es la que está predicando Atanasio. Ese fue el toque de gracia. Ahí Nicea decidió realmente, la fe verdadera es esta y tenemos que rechazar el arrianismo. Y se rechazó. Estoy contando esta historia, porque muestra lo que es tener autoridad a través del sufrimiento. Algunas de estas personas ni siquiera sabían leer o escribir. Habían sido, ya dije fracturados, mutilados, quemados. Y habiendo sobrevivido a toda esa tragedia, estaban en Nicea para hablarles a los obispos y decirles en el nombre del Crucificado. La fe verdadera es la que enseña Atanasio.
Si nosotros queremos ser relevantes en la Iglesia, si nosotros queremos servir en la Iglesia, definitivamente necesitamos una dosis alta de cruz, una dosis alta de sufrimiento, no cualquiera, sino aquel sufrimiento que es seguimiento del Crucificado, que es amor al Crucificado y que es unión con el Crucificado. Así hablaba, por ejemplo Pablo cuando en algún lugar escribe y dice a mí que no me molesten, yo ya llevo en mi cuerpo las marcas de Cristo.

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