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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Inferior a los ángeles al asumir nuestra humilde naturaleza, Jesucristo es ahora Señor de todos, por la gloria de su pascua redentora.
Homilía i012015a, predicada en 20210112, con 17 min. y 12 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, como comentábamos al comienzo de la Eucaristía, la Carta a los Hebreos es el documento que tiene la voz cantante en la primera lectura de la Santa Misa. Durante estos días. Y estos días son las primeras tres semanas del tiempo ordinario. Sabemos que en nuestra Iglesia Católica tenemos algo maravilloso que se llama el año litúrgico. Siempre digo la misma comparación así como la tierra va dando su vuelta alrededor del sol, así la Iglesia va dándole la vuelta al misterio de Jesucristo a lo largo del año litúrgico. Y es bueno recordar que en el año litúrgico tenemos cinco llamados tiempos que van por parejas. De esta manera Adviento que va con Navidad, Cuaresma que va con Pascua. Y luego el tiempo llamado ordinario, el que acabamos de empezar precisamente el día de ayer. Adviento y Navidad se refieren a la entrada de Cristo en este mundo. Cuaresma y Pascua se refieren a la salida de Cristo de este mundo. El tiempo ordinario se refiere a la presencia y la obra de Cristo mientras estuvo en este mundo. Te das cuenta cómo es bella nuestra liturgia. Adviento y Navidad los encontramos básicamente en el mes de diciembre y primeros días de enero, Cuaresma y Pascua, más o menos desde la mitad de febrero, eso va cambiando desde la mitad de febrero y luego tienes a marzo, abril más o menos hasta finales de abril o cosa parecida, suele ser la pareja Cuaresma y Pascua. Cuando termina Pascua entonces viene otra vez el tiempo ordinario. O sea que el tiempo ordinario llega en dos dosis. Una primera dosis está entre el final de la Navidad y el comienzo de la Cuaresma. El final de la Navidad, como acabamos de aprender, es la fiesta del bautismo del Señor. Eso fue el domingo pasado, anteayer, y luego vendrá el Miércoles de Ceniza, ¿cuando es el Miércoles de Ceniza en el año dos mil veintiuno? Le queda la tarea para que lo averigüe. Pero desde esta fiesta del bautismo del Señor, es decir, desde anteayer hasta el Miércoles de Ceniza, que será en febrero, le adelantó eso. Esa es la primera porción del tiempo ordinario. Y ahí le ponemos pausa al tiempo ordinario. Y entonces viene Cuaresma y Pascua, que es todo este recorrido por el final del ministerio de Cristo, hasta que asciende a los cielos y envía el don del Espíritu Santo. El don del Espíritu Santo es la fiesta de Pentecostés con la fiesta de Pentecostés termina el tiempo de Pascua. Tenemos Cuaresma y Pascua. Termina el tiempo de Pascua con Pentecostés. Y entonces, ¿qué es lo que nos toca? Pues volvemos con la segunda porción del tiempo ordinario, que es mucho más extensa. Y esa segunda porción del tiempo ordinario va desde Pentecostés. ¿Hasta cuándo? Hasta el final de noviembre o comienzos de diciembre, final de noviembre. Típicamente que tenemos la gran fiesta de Cristo Rey y los días que siguen. Y ya el domingo siguiente a Cristo Rey, otro año litúrgico, vuelve y empieza Adviento. Navidad, primera porción de tiempo ordinario, Cuaresma y Pascua, segunda porción de tiempo ordinario. ¿Y qué sigue? Adviento y Navidad, y así sucesivamente. Esa es la pedagogía que tiene nuestra Iglesia Católica para que nosotros vayamos como recorriendo el misterio de Cristo. Su entrada humilde, su partida ignominiosa, pero después también gloriosa, y luego todo su ministerio. Bueno, pero volvamos a la Carta a los Hebreos. Tenemos un texto del capítulo segundo. Ya hemos dicho tiempo ordinario empieza con tres semanas de la Carta a los Hebreos. No es un documento tan fácil porque no es tan narrativo. A nosotros los seres humanos nos encantan las narraciones. Por eso es tan fácil acercarse a los evangelios. La carta a los Hebreos no es tan narrativa. La carta a los Hebreos hace una especie de profundización. Es como una reflexión profunda sobre qué significa el sacrificio de Cristo para descubrir en ese sacrificio toda la fuerza de salvación, toda la gracia, todo el poder, toda la fortaleza que requiere nuestra alma para perseverar en el regalo que hemos recibido de la salvación, llevarlo a plenitud y empujar las puertas del cielo con la fuerza que nos da Jesús. El texto de hoy es especialmente difícil porque nos menciona algo sobre los ángeles y tal vez nos preguntamos ¿Qué tienen que ver los ángeles con esto? Pues te lo voy a contar. Tanto en el mundo judío como en el mundo pagano, en la época de Jesucristo había un cierto interés, a veces sano y correcto, otras veces un poco desviado, exagerado o torcido. Con respecto a los ángeles. Tenemos huellas de esta, de esta atención popular hacia los ángeles, tanto ángeles buenos como ángeles malos. Eso lo encontramos varias veces en el Nuevo Testamento. Permíteme que te recuerde algunos pasajes. Nosotros observamos que cuando el apóstol San Pedro fue apresado por los sumos sacerdotes y metido a la cárcel. Recuerdan ustedes que hubo una liberación. Pedro fue liberado y fue liberado por ministerio de un ángel. Bueno, este ángel que guió a Pedro fuera de la cárcel, después de recorrer unos metros más, se desapareció. Y siguió Pedro, solo que le parecía que estaba soñando, había sido liberado de la cárcel. Entonces Pedro se dirigió a una casa donde estaban orando algunos hermanos en la fe. Y cuando Pedro llegó allá y tocó en la puerta. Resulta que le respondieron y reconocieron la voz de Pedro, pero no le abrieron. Y entonces decían: Será su ángel. Ves, había un cierto interés por el tema de los ángeles. En la carta de San Judas, que por supuesto no es Judas Iscariote sino Judas Tadeo, también se habla de los ángeles, tanto buenos como malos. Por ejemplo, en un tema muy propio de la espiritualidad judía la disputa sobre el cuerpo de Moisés. Esto se menciona en la carta de San Judas. En el Apocalipsis se nos habla de miríadas y miríadas, miles de millones y millones de ángeles que hacen coro, que hacen alabanza y que proclaman la grandeza de Dios ante el trono de Dios y del Cordero. Los ángeles tienen bastante presencia. Pero también había una espiritualidad un poco desviada sobre esto de los ángeles. Lo encontramos, por ejemplo, en la carta a los Colosenses. En la carta a los Colosenses, el apóstol San Pablo hace una enumeración de lo que nosotros llamamos en teología los coros de los ángeles, como por ejemplo serafines, querubines, tronos, dominaciones, principados, potestades. Estos son nombres de rangos, por darle un nombre. Se les llama usualmente los coros de los Ángeles, porque ya desde esos tiempos está claro que todos los ángeles no son, por decirlo así, de la misma categoría, sino que como enseña Santo Tomás de Aquino, tenemos ángeles que están mucho más cerca de la gloria de Dios. Así, por ejemplo, según la enseñanza teológica más común, los más altos ángeles de todos los ángeles son los serafines. La palabra serafín proviene de lenguas antiguas. Así pasó al hebreo y significa los que arden. Todo el ser y el obrar de los serafines es una llama de amor que adora a Dios por ser quien es. Son los más altos, los más altos. Por cierto, esto explica un adjetivo que se le atribuye o que se le aplica a San Francisco de Asís. Nuestros queridos hermanos franciscanos llaman a San Francisco nuestro seráfico Padre, porque efectivamente, entre las muchas virtudes y dones que tuvo San Francisco, fue un amor ardentísimo hacia Dios. De manera que quienes vieron a San Francisco en su oración lo veían arder de amor de Dios como los santos serafines. Bueno, en la carta a los Colosenses se mencionan estos coros de ángeles, pero básicamente San Pablo en la carta a los Colosenses, lo que hace es advertirle a la gente y lo que hace es decirles cuidado con darle demasiada importancia a los ángeles. Por supuesto que existen los santos ángeles y por supuesto que existen los ángeles caídos, pero nuestra existencia no está en primer lugar determinada por los ángeles, porque nosotros tenemos a uno que está por encima que ha recibido, como dice Mateo veintiocho: Ha recibido toda potestad en el cielo y en la tierra. Y por supuesto, la manera de entender la potestad de Cristo en los cielos es que Él está por encima de todos los ángeles. Bueno, con este pequeño contexto se entiende mejor lo que nos trae la primera lectura de hoy empieza diciendo Dios no sometió a los ángeles el mundo venidero del que estamos hablando. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? Lo hiciste poco inferior a los ángeles. Lo coronaste de gloria y dignidad. Todo lo sometiste bajo sus pies. Esta es una cita del Salmo ocho. El Salmo ocho es citado en este capítulo segundo de la Carta a los Hebreos, y es un salmo que, si lo piensas bien, es un poco extraño porque se refiere al ser humano y dice: Lo hiciste poco inferior a los Ángeles, cosa que es totalmente cierta los ángeles son superiores a nosotros porque no están sometidos a la muerte, porque tienen una inteligencia directa y no discursiva, porque su voluntad es estable y no voluble como la nuestra, porque no dependen de la materia como nosotros, que nos da un resfriado, nos da covid, nos da, tenemos un accidente, una herida y quedamos básicamente fuera de combate. Eso no sucede con los ángeles. Nosotros somos inferiores a los ángeles, pero el Salmo ocho tiene esta expresión rara. Dice: Lo hiciste poco inferior a los ángeles, y luego dice: Lo coronaste de gloria y dignidad. Todo lo sometiste bajo sus pies. Entonces, es extraño realmente lo que dice el Salmo ocho. Uno se pone a pensar ¿Cómo así que nosotros somos al mismo tiempo inferiores a los ángeles? Pero luego dice todo lo sometiste bajo sus pies. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? Todo lo sometiste bajo sus pies. Entonces la carta a los Hebreos lo que viene a decir es que Cristo, por una parte, si es inferior a los ángeles, en el sentido de que él asumió una naturaleza humana como la nuestra en su naturaleza humana, Cristo es inferior a los ángeles, pero todo lo sometiste bajo sus pies. No es algo que se pueda aplicar directamente a cada uno de nosotros. Eso no se puede decir de cada uno de nosotros, pero si se puede decir de Cristo. O sea que Cristo es al mismo tiempo aquel en quien se cumple perfecta y divinamente el Salmo ocho. Él es el que está bajo los ángeles porque asumió la naturaleza humana. Pero por encima de todo, y todo está sometido bajo sus pies. Porque Cristo nuestro Señor, es Señor en cielos y tierra. Esa es la reflexión que nos trae la carta a los Hebreos. Como quien dice, se les está invitando a los destinatarios de esta carta y se nos está invitando a nosotros. Apreciemos, por supuesto, la devoción a los santos ángeles. Nosotros, por ejemplo, en estas misas, especialmente los días sábados, estamos haciendo una oración especial a los santos ángeles. Sí, hay que tener amor y devoción a los santos ángeles, pero nuestra devoción debe ser correcta, correcta en el sentido de entender que por encima de todos los ángeles está Jesucristo y que lo que Cristo nos da no nos lo podía dar nadie. Eso es lo que hay que tener presente. Ningún gurú, ningún maestro, ninguna técnica de meditación, ninguna técnica de channeling, ninguna técnica de unión o de búsqueda de espiritualidad. Nada, nada, nada ni nadie me puede dar lo que solo Cristo me puede dar. Ese es el contenido fundamental de esto. Es decir, que Cristo, el que ha pasado por el sufrimiento y ha llegado a la gloria, es el único en el que puedo poner toda mi esperanza y lo que Dios me quiere dar en Cristo no me lo va a dar a través de ninguna otra criatura. Ese es el mensaje poderoso. Quiere decir eso que entonces son inútiles nuestros, nuestras oraciones, devociones a los santos ángeles. ¿O es inútil nuestra devoción y amor a nuestros hermanos santos, empezando por María Santísima? ¡Claro que no! De la misma manera que yo te puedo pedir. Y con frecuencia yo pido y el Papa pide, también pedimos oraciones y tus oraciones me hacen bien a mí. De la misma manera, ¡ojo! De la misma manera nosotros podemos acudir a la intercesión de los santos ángeles o de los bienaventurados que han llegado a los cielos. Por supuesto que sí. Pero entendamos que todo bien que llegue a nuestra vida, todo proviene de Jesús, que es el que está por encima de todo principado, potestad y toda dominación en los cielos o en la tierra. Sigamos nuestra celebración entonces, con esa mirada fija en Jesús, con esa convicción de que es de Él de quien puedo esperar. Y la aplicación práctica muy importante que esto tiene es que yo no puedo distraerme entonces, si esto es así, yo no puedo distraerme. ¿A qué llamo yo distraerme? Aquellas personas que ponen su esperanza de salvación o de paz interior en cualquier otra forma de espiritualidad desconectada de Cristo, se han extraviado, mis hermanos, se han extraviado. Es en Cristo en donde tenemos nuestra verdadera esperanza por encima de todo poder, de toda llamada espiritualidad o de cualquier llamada religión. Es únicamente en Jesucristo, únicamente en Jesucristo. Y entonces alguien dirá Bueno, pero si Él está por encima de toda todo religión. Entonces no importan las religiones. ¡Ay Dios mío! Tratemos de aclarar eso en un minuto. Mira, cuando nosotros hablamos de nuestra religión cristiana y católica, no estamos diciendo nada diferente del reinado de Cristo, porque Cristo es cabeza y la Iglesia es su cuerpo. O sea que nuestra religión no es algo inventado por hombres, no es algo que nosotros nos imaginamos, no es algo que nosotros suponemos, sino que nuestra amada religión católica no es otra cosa sino la continuidad y presencia de la gloria y el poder de Cristo a lo largo de las eras, a lo largo de la historia. Eso es lo que significa que nosotros amamos nuestra Iglesia Católica. Sigamos, pues, nuestra celebración proclamando a Cristo como nuestro Señor y creyendo, por supuesto, en su presencia dentro de la Iglesia, que es su cuerpo. Amén.

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