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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El demonio pretende falsificar las obras de Dios y por eso trata de mimetizarse allí donde se anuncia su gloria.
Homilía i012013a, predicada en 20190115, con 11 min. y 26 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, la imitación en el sentido de falsificación, es una especialidad del espíritu de las tinieblas. Parecer, pero no ser. Mimetizarse, escabullirse, infiltrarse, estos son verbos muy cercanos a la acción de las tinieblas. Nos damos cuenta que al final de su vida, nuestro Señor Jesucristo fue traicionado por un infiltrado. Quizás no desde el principio, pero sí alguien que dejó que se infiltrara en él la acción del maligno. Falsificar, mimetizar, parecer y no ser son expresiones de lo que llamamos mentira. En un análisis muy fino que hace Santo Tomás. Él estudia esta pregunta. ¿Así como hay un sumo bien que es Dios, por supuesto, existe también un mal completo? algo que llamaríamos, aunque la expresión es contradictoria, un sumo mal. La tendencia, tal vez al primer momento, sería decir que sí, como en una especie de simetría. Se supone que Dios sería la cúspide del bien y en lo más hondo del abismo del mal estaría el demonio. Pero con su agudeza característica Santo Tomás nos enseña que esa respuesta no es correcta y dice esta frase que puede parecer extraña: El sumo mal no existe porque el mal, para existir necesita de algo bueno, de algo verdadero, de algo cierto. Efectivamente, el poder de un mentiroso no está en decir muchas mentiras, sino en envolverlas en verdades convincentes. El mal solo se vuelve malo mezclándose. Por eso es tan necesario el discernimiento de los espíritus del que nos habla la Escritura en varios lugares. Por ejemplo, en el capítulo quinto de la primera carta a los Tesalonicenses disciernan todo, quédense con lo bueno, porque suele suceder que junto con lo que es bueno, se van mezclando cosas que son malas y también en otras oportunidades, aún en aquello que está plagado de maldad, hay flores de bondad que hay que saber rescatar. Por eso el cristiano, y especialmente quien tiene pastoreo de las almas, debe afinar su oído, su vista y su olfato para hacer un buen discernimiento. Por supuesto, estas reflexiones las hago con motivo de la presencia del endemoniado en la sinagoga. O sea, el diablo va a la sinagoga. Y parece que aprovecha bastante su tiempo en la sinagoga. Porque en las tentaciones de Cristo el demonio todo lo que utilizó fueron textos de la Escritura. Entonces, el arte, el arte es espantoso, escalofriante, del demonio. Es ese utilizar lo bueno en contra del bien. Retorcer la creación en contra del Creador. Tomar, por ejemplo, un rostro bello y llenarlo de sensualidad y corrupción. Tomar un hombre poderoso y volverlo egoísta y opresor. El que debía ser administrador de bienes en favor de sus hermanos se convierte en un opresor de ellos. Una persona muy inteligente que tendría que descubrir con mayor claridad las grandezas de Dios y exponerlas de modo apropiado, se vuelve una montaña de soberbia y llega incluso a negar al Creador. Esa es la obra típica del demonio. Entonces, ese es un primer punto de reflexión que les ofrezco, porque cada uno de nosotros tiene sus propios talentos. Cada uno de nosotros tiene el bien y el demonio tratará de alguna manera de utilizar lo bueno que tienes para sus propios fines, que siempre son tomar la creación y tirársela por la cara al Creador, porque eso es lo propio del espíritu de las tinieblas, el envidioso desde el principio. Lo dramático del demonio es que le toca siempre jugar en cancha ajena. Él no es creador, él no puede crear nada. Entonces tiene que utilizar lo que Dios a quien mira como su enemigo ha hecho. Y por eso todo el esfuerzo del demonio es tomar la creación y arrojársela en la cara al Creador. Cada uno, pues, entonces vigile no solamente las malas tendencias o concupiscencias que todos tenemos, sino vigila también lo que hay de bueno en ti, porque es eso especialmente lo que el enemigo querrá utilizar. Si uno mira la historia de las herejías, uno se da cuenta que la mayor parte de los heresiarcas eran personas de gran cultura, de gran inteligencia, de gran impacto. Arrio, por ejemplo, era un hombre extraordinariamente carismático y la difusión del arrianismo no se debió tanto a él en su acción personal, sino más bien a los discípulos y sobre todo discípulas que tenía. Según consta en la historia de la Iglesia. El arrianismo se difundió especialmente a través de mujeres consagradas. Hoy las llamaríamos religiosas y a través de la música, la música y la generosidad de estas consagradas. Sobre la base de un extraordinario carisma de Arrio, tuvieron un efecto devastador. Entonces el mal trata de mimetizarse en lo bueno. Segundo punto de reflexión que podemos tomar el día de hoy. Observemos que en las frases que el demonio dice aquí y en otros pasajes del Evangelio, todo lo que dice es cierto. Llama a Jesús. Jesús Nazareno, ¿has venido a acabar con nosotros? Pues sí. Y mira lo que dice: Sé quién eres, el Santo de Dios. O sea, todo lo que el demonio dice es cierto. En otro pasaje del Evangelio encontramos algo parecido en que el demonio estaba diciendo la verdad sobre Cristo, la realidad de Cristo. Y el evangelista comenta que Cristo mandaba callar a los demonios y da esta explicación. Lo dice San Marcos los mandaba callar porque sabían quién era. Entonces aquí uno se queda un poco perplejo. Por una parte tenemos al demonio diciendo verdades y por otra parte tenemos a Cristo diciéndole al demonio que dice verdades. ¡Cállate! ¿Por qué tiene que callarse el que está diciendo verdades? Porque ese es otro grado. Ese es otro grado de corrupción que aparece ahí. Es que resulta que el enunciado de la verdad no es todo. Al enunciado de la verdad ha de seguirle la conversión. El hecho de saber que Cristo es Señor y decirlo, eso todavía no es, tiene que tener un impacto, tiene que producir un resultado. El mismo Jesús advierte: No todo el que me diga Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad. Entonces decir con absoluta y perfecta ortodoxia la verdad de la fe, y apartarse de esa verdad, que por supuesto, es el actuar del demonio. Es eso lo que Cristo quiere impedir. El problema no está en lo que el demonio dice. El problema está en la ruptura absoluta que hay entre esas palabras que son ciertas y el actuar perverso, asqueroso, ponzoñoso del demonio. Esa ruptura es la que Cristo no quiere. Por supuesto, eso también se aplica a nosotros. Resulta detestable que sepamos tantas cosas que son ciertas y sin embargo, a veces nuestra vida se aparte de la verdad del Evangelio. Por último, pues, obsérvese antes en el Evangelio cómo Jesús hace el exorcismo con estas palabras. ¡Cállate! Lo primero es, o sea, deja esa burla, que tus palabras digan una cosa y tu seas otra cosa es una burla. ¡Cállate! Es lo que corta la burla del demonio y sal de él. Y es la palabra de Cristo que realiza el exorcismo. Pensemos hermanos, que también nuestras instituciones y con esto quisiera terminar también nuestras instituciones estarán siempre amenazadas. Las mejores fundaciones, las mejores comunidades, las más santas comunidades religiosas están amenazadas. Los planes pastorales más sabios están amenazados. Nuestras comunidades están amenazadas, pero no debemos vivir ni en paranoia ni en pánico. Debemos saber que junto a nosotros está el mismo Cristo. Y mientras él esté, y mientras su Palabra esté viva en nuestras comunidades, en nuestros corazones, será Él quien dé la victoria. ¿Cuánto tiempo llevaría ese endemoniado asistiendo a esa sinagoga? Pero el tema se acaba, la burla se acaba, la profanación se acaba. Cuando Cristo se levanta, se cumple lo del salmo, se levanta Dios y se dispersan sus enemigos huyen de su presencia los que lo odian. Entonces tengamos por cierto eso que aún en nuestros círculos más cercanos, estas cosas suceden y muchas veces nos dejan perplejos y desanimados. Pero si Cristo está, y si Cristo se levanta y su Palabra es poderosa, si dejamos que esa palabra se despliegue, seguirá haciendo su obra en nuestros días, como la hizo en esta página del Evangelio.

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