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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Aunque el demonio intenta por envidia robar nuestra atención y obediencia, es clara y victoriosa la acción de Cristo.
Homilía i012009a, predicada en 20150113, con 5 min. y 19 seg. 
Transcripción:
El Evangelio del día de hoy ha sido tomado del capítulo primero de San Marcos. Esto no debe resultarnos extraño después de la explicación que hemos ofrecido el día de ayer. Nuestra Madre, la Iglesia, quiere que así como la tierra gira alrededor del sol, nosotros giremos en torno al misterio de Cristo, contemplándolo de la mano primero de San Marcos, luego de San Mateo y luego de San Lucas. A lo largo de todo el año, o más exactamente a lo largo del tiempo llamado ordinario. En el pasaje de hoy encontramos el enfrentamiento entre el poder de Cristo y el poder de las tinieblas. Cristo se ha ganado nuestra atención y nuestro afecto con la bondad que sale de su corazón y de sus manos, y con la luz y la elocuencia que brota de sus palabras. Como buen envidioso, el demonio intenta ganar también nuestra atención. Pero si Cristo gana nuestra atención con el bien que genera, que produce en nosotros. El demonio, en cambio, quiere ganar atención con las amenazas del mal, con el mal. El mal con el que nos amenaza es su manera de presionarnos y es su manera de ganar un remedo de atención y de veneración. Es muy importante recordar esta actitud envidiosa del demonio. Si Cristo, cuando gana nuestra atención, gana nuestro silencio de admiración y de escucha. El demonio pretende causar también silencio, pero por otro recurso, a través del escándalo, a través del pánico que genera. Y por eso viene este enfrentamiento en la sinagoga de Cafarnaún, entre Cristo, Hijo de Dios encarnado y un hombre que está lamentablemente poseído por el Espíritu de las tinieblas. Es importante destacar que algunas personas, algunos incluso con título de teólogos y de conocedores de la Biblia niegan la existencia y la obra del demonio, pretendiendo atribuir a enfermedades mentales, psicológicas, psiquiátricas, todos los casos que en los Evangelios aparecen de personas endemoniadas. Seguramente muchos de ustedes habrán escuchado esa explicación, que esas personas tenían problemas de epilepsia o tenían problemas cerebrales, o tenían problemas de paranoia o esquizofrenia. Pero fíjate que el pasaje de hoy, si somos atentos, nos muestra algo muy distinto: el tipo de inteligencia, el tipo de lenguaje que brota de este pobre hombre poseso. No es un lenguaje desarticulado, no es el lenguaje confuso, absurdo que caracteriza la persona que padece una enfermedad mental. No está diciendo algo ilógico, ni algo contradictorio ni algo fantasioso e irreal. De hecho, en cierto sentido, el lenguaje del enemigo es un lenguaje mucho más penetrante. Es un lenguaje que denota una observación mucho más profunda de lo que los ojos humanos podían alcanzar en ese momento. O sea que no estamos aquí ante un caso de una inteligencia disminuida, como se presenta en una enfermedad mental, cuando muy pronto brotan la fantasía, la irrealidad o cosas parecidas. No, aquí estamos ante una inteligencia muy, muy superior, pero lamentablemente muy, muy perversa, porque todas esas afirmaciones que hace el demonio. Tú eres el Hijo de Dios, por ejemplo, le dice aunque eso es cierto, termina siendo una burla porque en el demonio no hay conversión. O sea que el reconocimiento del señorío de Dios sin la posibilidad de cambio en el demonio atrapado en su propio orgullo, pues está indicando lo que podríamos llamar una verdadera burla. Entonces quitémonos esa idea de que los casos de endemoniados son simplemente casos de enfermedades mentales. No. Lo que encontramos aquí es verdaderamente una batalla, es una batalla espiritual. Y la victoria que Cristo toma en esta batalla es muy importante para nuestra convicción. Es muy importante para nuestra alegría. Por algo dirá un texto muy relevante de la primera carta de San Juan el que está en ustedes, refiriéndose al Espíritu Santo de Dios, el Espíritu Santo que está en ustedes es más fuerte, más fuerte que el Espíritu que está en este mundo, refiriéndose al espíritu de las tinieblas. Así que tomamos en serio la presencia del mal y del maligno. Pero eso no nos paraliza en el miedo, sino que eso hace que nos volvamos con humildad y con confianza a Jesucristo. Eso hace que clamemos su auxilio y eso hace que confiemos plenamente en su hermosa victoria. Amen.

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