Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La autoridad de Cristo nace de su infinita cercanía al Padre. También el cristiano se hace vecino de Dios por los dones del Espíritu.

Homilía i012007a, predicada en 20110111, con 12 min. y 41 seg.

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Transcripción:

¿De dónde salieron las sinagogas? En el Antiguo Testamento no aparecen mucho. Abraham nunca fue a una sinagoga. David tampoco. Las sinagogas empezaron cuando los judíos fueron desterrados. Una vez que tuvieron que salir de su tierra y ya no tenían templo donde ofrecer los sacrificios, entonces se aferraron a lo que nadie les podía quitar. Se aferraron a la Palabra de Dios. Observemos cómo Dios transformó una tragedia en una bendición. Porque, por supuesto, es una tragedia la manera como fueron perseguidos los judíos y prácticamente desde el siglo seis antes de Cristo, hasta las barbaridades que cometieron los romanos en el siglo primero. Esos seiscientos años, por dar una cifra, fueron espantosos para ellos. Fueron una tragedia. Pero de esa tragedia Dios sacó una bendición.

La religión judía se volvió distinta con el destierro. No era una religión tanto de las cosas. Cosas como decir el altar, el cordero, el sacrificio, el templo, sino que se volvió una religión ante todo de la palabra, de la promesa, de la reflexión, de la meditación, es decir, como Dios los dejó sin templo, el corazón de cada judío tuvo que volverse un templo. Y es en ese corazón donde la Palabra de Dios vino a habitar. Toda una reforma espiritual nació de ese hecho y por eso la sinagoga se convierte en el santuario de la Palabra. Pero este santuario estaba como desgastado o desacreditado en el tiempo de Jesús.

Porque resulta que la Biblia tiene muchos pasajes de difícil interpretación, pasajes oscuros en los cuales los estudiosos no se ponen de acuerdo. Entonces los jefes de las sinagogas habían tomado un estilo de predicación, un estilo de enseñanza que consistía básicamente en citar lo que otras personas habían dicho. La predicación se había vuelto algo como esto. Hay algunos que dicen que otros han dicho que otros más habían dicho, es decir, palabras que se soportan en otras palabras y en otras palabras, opiniones sobre otras opiniones. La sinagoga ya no era ese canal vivo de encuentro con la Palabra de Dios, sino era más bien como una feria de opiniones. En ese contexto nos encontramos con Jesucristo en el pasaje del Evangelio que acabamos de oír.

Desde el principio su actitud es otra. La gente lo nota. Jesús no necesita estar invocando tantas autoridades, sino que Él mismo habla con autoridad. Jesús no tiene que apelar a una gran cadena de testigos, sino que Él habla como verdadero testigo del amor del Padre. Y esto es lo maravilloso del encuentro con Jesús, que la palabra que sale de sus labios es una palabra que tiene la frescura del pan bendito. Es una palabra que habla de la inmediatez y de la cercanía maravillosa del Dios vivo. La autoridad que tiene Jesús es la autoridad del testigo, como dice el evangelista Juan: Jesucristo es aquel que viene del cielo y nadie puede hablar de lo que hay en el cielo, sino el que viene del cielo. La palabra de Jesús es como una palabra sacada, una palabra fresca sacada de las entrañas del Dios vivo para alimentarnos. Y esa palabra cautiva inmediatamente a sus oyentes. Es una palabra que pueden entender. Es directa, es profundamente salvadora, es clara, es transparente, se deja comprender.

¿Cómo podemos aplicar esta situación de la sinagoga y Jesucristo a nuestra propia vida? Yo creo que hay muchos católicos que carecen de una experiencia de encuentro vivo y gozoso con Dios. Por algo será que estos últimos papas nos hablan tanto de la palabra encuentro. Hay que encontrarse con Jesús en el encuentro vivo con Cristo. Nuestra vida se renueva, se llena de alegría, se llena de fecundidad, de esperanza y de sentido. Entonces, una primera forma de aplicar esta historia de la sinagoga a nosotros es preguntarnos primero ¿cuál ha sido nuestro encuentro con el Dios vivo? y luego suplicarle a Dios que renueve ese encuentro. Si algo hemos tenido, quizás en un momento de fervor. Quizás hace muchos años, en una primera comunión o en una confesión bien hecha. Por algo el libro del Apocalipsis nos dice: Acuérdate del amor primero. Nos invita a renovar ese encuentro quizás inicial, fragmentario, incompleto, que ya hemos tenido.

Entonces tenemos que ver en Jesucristo el modelo de una vida que palpa la presencia de Dios. A veces uno se encuentra con personas así, personas que están como inmersas en Dios, personas que fácilmente nos ayudan a descubrir los pasos del Señor por los senderos de esta vida. Santo Tomás nos explica que esto es lo propio del don de ciencia. Entre los siete dones que suelen enumerarse como dones del Espíritu Santo. El don de ciencia que nos permite reconocer el paso de Dios, ver a Dios actuando en las cosas de esta tierra, no quedarnos únicamente en el plano humano, que es lo más sencillo. A veces cuando uno tiene una dificultad, únicamente piensa en las personas y sus querencias o malquerencias sus simpatías o antipatías. El verdadero cristiano, el que se ha encontrado con Cristo, el que conoce la fuerza del Espíritu, jamás se queda en ese plano. Bien pronto se levanta de esas realidades tan pobres, tan pasajeras, tan contingentes. Y más bien lo que se pregunta es ¿a dónde me lleva Dios con esto? Cuando uno se enreda tanto en quién lo quiere, quién no lo quiere, quién simpatiza, quién no, quién no simpatiza. Que cara me hacen, si me aceptan, si no me aceptan. Cuando la mente está llena de eso se llama una mente carnal. Carne en la Biblia no necesariamente alude a cuerpo ni a sexo. Muchas veces se refiere a esa realidad frágil que somos nosotros en nuestra necesidad de urgencia, de estar en comunicación y cierta solidaridad con otros.

Entonces, la primera enseñanza es renovar nuestro encuentro con Cristo, poder hablar de Dios. Como me decía hace muchos años un padre que fue profesor mío de Pastoral Social. Decía: el buen evangelizador tiene que ofrecer una palabra que llegue como un telegrama de amor para los que escuchan, como una noticia fresca. Y otro evangelizador decía: Quien te escuche por la tarde debe sentir que has pasado la mañana con Cristo. Hay que hablar del Señor, hay que manifestarlo desde esa cercanía, desde esa familiaridad. El mismo Santo Tomás nos habla de la superioridad del conocimiento por connaturalidad. Tenemos que aprender a ser connaturales con el Señor, es decir, cómo a vivir en él, a percibir su paso. En eso nos ayuda el Espíritu Santo, especialmente con el don de ciencia. Esa fue la primera enseñanza.

Y la segunda, superar la mente carnal que nos acecha a todos, a los sacerdotes también nos acecha a los religiosos. Cuando el religioso se queda únicamente pensando en por qué me mandaron esto, esto fue porque el otro le dijo porque el otro pensó, porque el otro influyó, porque el otro intrigó cuando se nos enreda, cuando se nos empobrece la mente con esos tristes y bajos razonamientos. Lo grave no es que estemos juzgando de otras personas, que seguro ese pecado se está cometiendo también. Lo grave es que nos estamos perdiendo de percibir el paso de Dios mientras uno está mirando. Mientras uno está mirando qué cara hicieron y si torcieron o no torcieron la boca, si me miraron, si me quisieron, si me aceptaron. Se le olvida que la única aceptación que interesa es la aceptación del Cristo vivo, que es el único que puede abrir la puerta para la eternidad. Es el único que puede decir: Entra al banquete de tu Señor.

Así que pidamos hoy al Dios Altísimo que nosotros, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, seamos telegramas de amor. Hoy habrá que decir SMS de amor, mensajes de texto, e-mails. No sé qué palabra utilizar. Tenemos que hacer telegramas de amor para nuestros hermanos. Con el poder del Espíritu Santo. Ayudar a ver las huellas de Dios en nuestra tierra. Y segundo, superar esa mentalidad carnal, mundana, baja que nos empobrece tanto. Qué hermoso, en cambio, cuando se conoce, cuando conoce uno a esas personas que sí tienen verdaderamente sensibilidad, como la mirada, como el olfato, para percibir el paso de Dios, como que todo lo santifican y sobre todo habitan en una gran paz.

Que Dios nos dé esa sabiduría, ese don del Espíritu y que en el encuentro con Cristo, que es la Eucaristía, el encuentro más perfecto que tenemos nosotros, gustemos y veamos cuán suave es el Señor. Amen.

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