Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El sufrimiento nos hace más humildes, más profundos, más comprensivos y más solidarios.

Homilía i012004a, predicada en 20030114, con 13 min. y 22 seg.

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Transcripción:

Hermanos, hagamos un momento de meditación en esa palabra que nos ha dado la carta a los Hebreos, refiriéndose a nuestro Señor Jesucristo, dice: que Dios quiso perfeccionar y consagrar a su Hijo por medio del sufrimiento. Y en este mismo pasaje que hemos oído, también dice: Que a Dios le agradó que su Hijo probara gustará la muerte en beneficio de todos. El misterio del sufrimiento de Cristo y el misterio de la muerte de Cristo. Fíjate lo que nos dice. Dios perfeccionó por el sufrimiento a su Hijo y consagró por el sufrimiento a su Hijo. Son palabras muy extrañas, porque, desde luego, a ninguno de nosotros quiere sufrir. Sin embargo, está demostrado que el sufrimiento tiene un aspecto positivo cuando se sabe llevar. El sufrimiento es el que le da profundidad a la vida.

La gente que no conoce nada de sufrimiento suele ser superficial, egoísta, falta de comprensión con los demás. Todo le parece fácil. ¿Qué hay pobres? Ah, pues porque son perezosos. ¿Qué hay enfermos? Con tal de que no me enferme yo. Todos los problemas los ve lejos. Todos los dolores. Los ve lejos porque no los ha tenido cerca. Así que una aplicación práctica que nos deja esa frase del día de hoy es: El sufrimiento tiene un aspecto positivo sabiéndolo llevar. El sufrimiento puede traer una gran bendición. Incluso hay un salmo, el Salmo ciento diecinueve, que por allá dice en uno de sus versículos: Me estuvo bien el sufrir así aprendí tus justos mandamientos.

Y fíjese que muchos de nosotros, si a veces hemos estado como retirados de Dios y hemos vuelto, ¿qué nos ha traído? Casi siempre un sufrimiento, un pariente que se nos murió, un amigo que nos traicionó, una desgracia en la familia, una quiebra en nuestra economía. Así que no podemos despreciar el sufrimiento. El sufrimiento puede ser camino de perfección. El sufrimiento también nos hace humildes porque uno cree que lo puede todo. Excepto cuando llega el sufrimiento. El dolor bien llevado conduce a la humildad. Un problema que uno no logra espantarse, que uno no logra quitarse de encima un dolor permanente. Eso trae humildad. Por eso, fíjese usted que, por ejemplo, las personas que se casan y tienen sus hijos uno los va viendo a lo largo de los años. Normalmente hay una edad en la que sentimos que tenemos al mundo agarrado con las manos. Tenemos salud. De pronto hay un buen trabajo o unos buenos negocios, unos buenos ingresos. La fortuna parece sonreírnos. A veces eso trae como un orgullo. Pero luego vienen una cantidad de sufrimientos que traen los hijos. Casi siempre los hijos traen sufrimientos porque uno se enfermó. Dios no lo quiera. Un hijo que falleció no lo vaya a permitir. Dios, un hijo secuestrado. No seamos tan trágicos. Simplemente un hijo rebelde o un hijo vicioso. O un hijo desagradecido, o un hijo mal causado.

Por eso, cuando uno habla y habla ya con las personas mayores, normalmente ya son más humildes, porque seguramente hicieron todo lo que sabían hacer, hicieron todo lo que querían hacer, hicieron todo lo que podían hacer. Y los hijos, sin embargo, el uno con un problema, el otro con otro problema, se da cuenta de que yo como papá, de pronto fallé. Esas son las confesiones que a veces oye uno como sacerdote, yo como mamá, yo creo que yo creo que es así. Yo lo he tenido que oír en mi propia familia. ¿En qué fallamos? ¿Por qué nos pasa esto? El sufrimiento, entonces, nos ayuda también en eso, en la humildad.

Hemos visto dos cosas. El sufrimiento ayuda a tener una visión más profunda y el sufrimiento ayuda también a la humildad. Además, el que ha sufrido normalmente es más solidario. Eso que les contaba al principio, esas fórmulas tan sencillas Los pobres son pobres porque son perezosos. Que rabia oír eso. ¿Saben quién lo dijo? Yo. ¡Cómo me da vergüenza! Yo fui un niño tan tonto, tan consentido. Pues cuántas cosas tendrá que corregirme Dios todavía. Pero yo era de los que decían Sí. Y yo me acuerdo. Un profesor cuando yo estaba en tercero de bachillerato, lo que hoy llaman grado octavo, varios compañeritos hablábamos así y como si nosotros fuéramos ricos. Tan tontos, tan tontos, tan superficiales en un país como Colombia diciendo esas bobadas a tan tontos. Y yo me acuerdo que el profesor únicamente nos dijo espere que pasen los años, no digan tonterías, muchachos, esperen que pasen los años. Y uno tenía ya la fórmula lista porque a uno no le había tocado.

¿Y ustedes creen que era, que mi familia era de ricos? No. Trabajos pasaban nuestros papás, pero como uno no veía el trabajo del papá porque era el del papá, a uno le tocaba era estudiar y gozar. Uno no veía los sacrificios, mi papá rompiéndose la espalda, mi mamá privándose de tantas cosas, pero uno únicamente veía que a uno le llegaban todas las cosas que necesito, que necesito, que necesito. Ese es el verbo de uno, no. O ese era el verbo mío que necesito este libro, que necesito estas copias, que necesito, estos útiles, que necesito. Todo es yo necesito. Qué egoístas somos. Entonces Jesús, con su ejemplo, nos muestra que es necesario el sufrimiento. Verdaderamente es necesario. El sufrimiento nos trae muchas bendiciones, pero hay que saberlo vivir, hay que saberlo vivir. Y Jesús es el gran Maestro que nos muestra cómo se vive santamente el sufrimiento, cómo se vive el sufrimiento.

Eso no nos lo dice el texto de la Carta a los Hebreos de hoy, pero eso sí nos lo dice la Biblia en otras partes. Por ejemplo, la Biblia nos cuenta cómo Jesús miró en el sufrimiento, en lo que le tocaba padecer. Miró ante todo un plan de Dios. Jesús no se enredó en que este amigo me traicionó. Es un desgraciado hijo de mala madre. ¿Porque me va a hacer eso después de todo lo que yo le hice? ¡Ojo! Jesucristo no se enredó con la maldad humana. Los amigos lo traicionaron, los enemigos fueron cobardes y a traición lo buscaron. Pero Jesús no se enredó con la maldad humana. Jesús puso su mirada en el cielo. Jesús dijo: Hay un plan detrás de esto. Jesús dijo: Voy a avanzar en ese plan, en ese querer de mi Padre. Todo lo hizo mirando al Padre Celestial, amando la voluntad del Padre celestial. No se enredó con la gente. ¿Saben por qué el sufrimiento es tan terrible? Porque uno se enreda con la gente. Esa es mi conclusión.

Uno se enreda, uno se pone a recordar a las personas y las personas que somos. El Miércoles de Ceniza nos van a decir Polvo eres. ¿Sabe qué somos nosotros? Costales de polvo. Y uno se enreda con las personas que el vecino, que la vecina, que mi papá, mi mamá, mi esposo, mi ex-esposa, el novio, la novia. Uno se enreda con la gente. No espere tanto de la gente. No espere tanto de la gente. La gente está hecha de polvo. Hoy son y mañana no son. Mañana se acabaron. Un día me invitaron. Me pidieron el favor. Estaba yo en Bogotá en esa época. Una confesión urgente. Bueno, vamos. Vamos a la confesión urgente. Fueron allá a recogerme a mi casa. Vamos a la confesión. A la confesión. Llegábamos a la confesión urgente. Una casa grande, bonita, descuidada, hasta que ya se caía de mugre. Me presentan a la persona que se iba a confesar una de las grandes figuras de la farándula colombiana que estaba muriendo. Me acuerdo que tenían unos, como unos unas carpetas, unos álbumes con recortes de periódico cuando era locutor, cuando salía, cuando actor, cuando no sé qué. Pasan tantas cosas. Todo un recorrido. Ahí está. Y aquí que teníamos un hombrecito paralítico, temblequeo, pobrecito, lleno de dolor, tratando de acordarse cuáles eran sus pecados. Ese es el ser humano. Para allá vamos todos. Todos vamos para allá.

Entonces ¿qué hace uno? Eso es lo que yo pregunto. ¿Qué hace uno enredado peleando con otro saco de polvo con otro costal de polvo que es otro ser humano? La vecina suya, que a usted le causa tanta rabia, se va a podrir comida de gusanos, lo mismo que usted. Igualito. Entonces Jesús nos enseña: No te enredes con el ser humano, el ser humano, lo que lo que merece es compasión. Todos los seres humanos somos así. Somos débiles. Todos somos débiles. Esta semana se murió uno de los hombres más poderosos de Argentina. Estábamos vivos varios de los de aquí, casi todos. Cuando este señor, Leopoldo Galtieri determinó que había que iniciar la guerra de las Malvinas, de las Islas Malvinas. Cuánta gente murió en ese acto que yo no digo si era justo, no era justo, pero era un acto loco, era un acto loco de por Dios. ¿Cómo se le ocurre enfrentarse a lo a los ingleses, a cómo se le ocurre? Y este señor como corona de su gran carrera militar. Entonces vamos a meter al país en eso. Yo he oído unos relatos espantosos de lo que sufrieron los pobres soldaditos argentinos. Es que uno tiene que medir las proporciones y él creía que estaba defendiendo el orgullo de su país. Bueno, pero la historia es ese señor con toda esa importancia y que amistades las que tenían y qué cosas las que tenía. Y eso no iba a cualquier Nelson Medina a hablar con él. Ese no le pasaba el teléfono a cualquiera. ¿Qué? ¿Qué pasó con él? Se lo comió. Un cáncer de páncreas. Dos, tres semanas. Se acabó. Le puede pasar a usted. Le puede pasar a usted. Me puede pasar a mí.

Esa es la realidad. ¿Qué hace uno de por Dios peleando con seres humanos? Eso es lo que nos hace sufrir tanto los seres humanos que uno se enreda con la gente y no se da cuenta de que todos estamos hechos de barro, que todos somos pequeños y que hoy estamos y mañana no estamos. Jesús nos enseña a poner la mirada en el cielo, a encontrar el valor positivo del sufrimiento y verá que eso nos hace más humildes, más profundos, más comprensivos y más solidarios.

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