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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¿Cómo puede el sufrimiento perfeccionar y consagrar a una persona?
Homilía i012002a, predicada en 19990112, con 23 min. y 45 seg. 
Transcripción:
Dice la Constitución Dei Verbum del Vaticano dos, que Dios se reveló por medio de obras y por medio de palabras. Esto se nota bien en las lecturas que la Iglesia nos presenta en este día. Mientras que el Evangelio nos manifiesta o deja de manifiesto obras maravillosas de Jesucristo. La Carta a los Hebreos reflexiona sobre esa preciosa enseñanza, esa preciosa teología del Padre que es Jesucristo. Jesús es al mismo tiempo la palabra que ilumina y la palabra que transforma. Es una palabra que se dirige a nuestro entendimiento, pero también es una palabra que hace posible el mismo entender .Una palabra que obra y una palabra que enseña. En este caso quisiera yo referirme sobre todo a la Carta a los Hebreos. Hay una comparación con los ángeles y luego hay un par de misterios que asoman en este texto que hemos escuchado. Primero, ¿cómo se da ese cambio entre el hombre que estaba como inferior a los ángeles y que luego recibe el que le sean sometidas todas las cosas? Ese es el primer misterio. ¿Cómo se da ese ascenso? Un segundo. Visto que se trata de un ascenso. ¿Qué lugar tiene el sufrimiento dentro de ese cambio, dentro de esa evolución, esa promoción del ser humano que ya contemplamos en Jesucristo, pero que también la creemos posible para nosotros? Porque dice en efecto, Dios juzgó conveniente para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación. Esto suscita una pregunta ¿No habíamos pensado tal vez en que el sufrimiento fuera una manera de consagrarse uno? ¿Y no habíamos pensado tal vez en que el sufrimiento fuera una manera de perfeccionarse? En realidad, nuestras dos inquietudes quedan ahí como resumidas. Mire usted que tenemos a Jesucristo y el camino de ascenso que incluso supera los Ángeles, es el camino del sufrimiento. Es como una especie de doble paradoja. Cómo así que es el sufrimiento el que hace esa obra, el que perfecciona y el que consagra. Cuánta importancia pueda tener entonces la pasión de Cristo. Queda ahí, ante nuestros ojos. Porque la Pasión de Cristo es sin duda, el culmen de ese sufrimiento que entonces perfecciona y consagra. Pero nos preguntamos esto ¿cómo es? El Santificador y los santificados proceden todos del mismo. El Santificador, el que hace santos indudablemente se refiere a Jesús y los santificados, indudablemente se refiere a nosotros, los que creemos en Jesús. Y esa procedencia, ese de donde proceden, evidentemente se refiere a Dios porque ha dicho que Dios es aquel para quien y por quien existe todo. Entonces ahí tenemos una inquietud, ahí tenemos una pregunta ¿Cómo puede el sufrimiento perfeccionar? ¿Cómo puede el sufrimiento consagrar? Tal vez ese texto, no lo hemos explotado suficientemente. Qué tal eso. Una consagración por el sufrimiento. O qué tal esto otro. Personas consagradas en el sufrimiento. Tal vez a eso aluden las llamadas almas víctimas ¿que es un alma víctima? Eso a veces suena por ahí en círculos piadosos o místicos, pero de ahí no, no suena más, un alma víctima. A veces en los monasterios se escucha ese deseo: Padre, quiero ser un alma víctima. Es muy importante la palabra alma, porque si solo quiere ser víctima, es posible que. Es posible que más bien quiera que la traten como víctima. Ahí debe haber algo. La consagración a través del sufrimiento. Sigámosle la pista. En la antigua iglesia, cuando se realizaba el sacramento de la Confesión, pues no era según nuestra costumbre actual. Estoy hablando de los primeros siglos. La confesión no era privada propiamente dicho. La confesión era más bien pública, era solemne y era administrada casi solo por el obispo. Era el obispo el que administraba este sacramento y administraba en fechas señaladas usualmente en la Pascua. Entonces, ante ciertas faltas doctrinales o de costumbres muy graves, las personas entraban en un proceso, en un camino de reconciliación, y ese camino de reconciliación les llevaba a tomar un estado de vida. Ese estado de vida era el orden de los penitentes. Empezaban a hacer penitencia, empezaban a hacer penitencia y hubo lugares en donde había el hábito de los penitentes. Entonces, por ejemplo, en la Santa Misa, pues asistía al pueblo de Dios, claro. Y en cierto lugar había un grupo de personas con un sayal tosco, un poco marginadas en cierto sentido del resto de la asamblea, en actitud recogida, humilde. ¿Quiénes eran los penitentes? Y esto duraba semanas, duraba meses a veces y casos se conocían que durara años hasta que llegaba el gran día de la reconciliación. Ese gran día. Entonces el obispo presentaba a estas personas ante la comunidad y toda la gente sabía de quién se trataba. Se trataba de los que habían hecho penitencia durante ese tiempo. Ellos habían sido consagrados por el sufrimiento. El sufrimiento, la penitencia les había dado un rostro particular dentro del pueblo de Dios. Y estos penitentes se presentaban ante el obispo. Y el obispo después de decir las palabras correspondientes, recordando a todos de la misericordia y de la gracia de Cristo y del poder que ha dado a la Iglesia para absolver pecados, absolvía efectivamente a estos que entonces podían recobrar una vestidura blanca, señal de su bautismo, y quedaban reconciliados, y era fiesta en la iglesia. Podía en ese tiempo el pueblo de Dios podía como mirar muy claramente con sus propios ojos la realidad de aquello del hijo pródigo. Este hijo estaba muerto y ha vuelto. Hoy nuestra manera de confesarnos quizá es demasiado privada. Casi nadie sabe cuando uno se confiesa, si uno se confiesa con quien se confiesa, cómo se confiesa, de qué se confiesa. Pero el signo sacramental tiene mucho sentido, pero yo soy uno de los que piensa que debería de alguna manera la Iglesia recobrar las expresiones públicas de sufrimiento, de penitencia. Porque ahí está la carta a los Hebreos, que habla de que el sufrimiento consagra. Hay una consagración por el sufrimiento y las personas, los creyentes de aquella época iban teniendo como una evolución. A medida que pasaba el tiempo iban teniendo una evolución con esos penitentes. Usualmente se trataba de faltas graves. Por ejemplo, haber tergiversado la fe, haberla enseñado mal, haber apostatado, haber renegado de Dios, haber cometido adulterio, cosas así. Pues bien, las personas empezaban mirando ese dolor de esos penitentes como una especie de castigo. Indudablemente se podía ver así tal vez que tengan su merecido. Pero el tiempo pasa, las semanas pasan, los meses pasan. Y esos humildes que iban con hábito humilde, esos humildes, ya no suscitaban expresiones de rabia ni de castigo, sino más bien expresiones de misericordia. Porque toda la asamblea se daba cuenta de que pasaban las semanas y estas personas perseveraban en sus ayunos, perseveraban en sus penitencias. No podían comulgar, se retiraban silenciosa y humildemente del templo. Entonces ya no suscitaban el anhelo del castigo, sino un sentimiento de compasión que hacía que toda la Iglesia pudiera de alguna manera participar del corazón de Papá Dios. Y pasaba el tiempo, y cuando llegaba ya el momento de la reconciliación, cuando ya era el momento último, y cuando ya se veían las lágrimas de gozo en estos penitentes que se iban a reconciliar. Entonces se veía ahí como el rostro de Jesucristo, esos rostros demacrados por la tristeza, avergonzados, macerados por los ayunos. Esos rostros ya eran como el rostro del Crucificado, eran rostros en los que se veía la perfección que había traído el sufrimiento. Y entonces esos que habían sido los últimos, esos que habían sido los peores y los más excluidos el día de su reconciliación, eran como imágenes vivas de Jesucristo y así los podía recibir la Iglesia. La práctica penitencial que tenemos hoy por hoy es muy pobre en ese sentido. Es muy pobre. Claro, siempre es Jesús el que hace la obra, siempre es su gracia. Cuando nos confesamos, es Él el que hace la obra. Pero cuánto le hace falta a la Iglesia. Cuánto por Dios le hace falta a la Iglesia recuperar estas, estas expresiones que de algún modo habrá que recuperarlas, porque en ellas aparecía y en ellas aparecerá el rostro de Jesús. Catalina de Siena era hermana de penitencia y ya serán consagradas por el sufrimiento. Así como el sacerdote es consagrado para que consagre, es consagrado para que enseñe, es consagrado para que pastoree. Así, estas mujeres sentían su consagración. Era casi como un sacramento, podríamos decir. Consagradas ¿a qué consagradas? Hacer imágenes vivas de la cruz, a que Siempre pudiera contemplarse en la Iglesia el rostro de Jesús crucificado. A que siempre se pudiera ver, a que estuviera siempre de algún modo, presidiendo toda la economía de la gracia dentro del pueblo de Dios. Eran hermanas de penitencia. ¿En qué quedaron las hermanas de penitencia? Pues muchas de ellas quedaron en los cielos, como Catalina de Siena, como Rosa de Lima quedaron en los cielos. Pero por ese género de vida se fue extinguiendo. ¿Y porque se extinguió? porque se acabó también la predicación de la cruz, porque se disminuyó el amor a la santidad, por eso desaparecieron esas formas de consagración. Bueno, estos ejemplos tomados así furtivamente de la historia de la Iglesia. Estos ejemplos nos muestran que efectivamente el sufrimiento tiene un modo de consagración y tiene un modo de perfección. Uno como que puede entender un poquito más lo que el sufrimiento perfeccione, lo puede entender por contraste. Ya lo dice el salmo: Antes de sufrir yo andaba extraviado y en otro lugar dice: Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus justos mandamientos. Y uno también ve que aquellas personas que nunca han tenido problemas, que nunca tienen una enfermedad, ni una estrechez económica, ni una angustia, ni nada, esas personas que son como consentidas y relamidas de la vida, esas personas difícilmente desarrollan la humildad, desarrollan la misericordia, desarrollan el hambre de Dios. Yo no sé, es una cosa que ya está ahí, en el libro de los jueces, no. Cómo me impresiona aquella frase del libro de los jueces: cuando los hacía morir lo buscaban? Sí, parece que es una condición del ser humano herido por las consecuencias del pecado original que se necesita experimentar los propios límites. Se necesita volver un poco a la tierra, dejar el polvo y saber uno de qué está hecho, para entonces entender cómo ciertas entrañas del Evangelio y cuando ha faltado ese sufrimiento. Cuando una persona no es consciente de sus propios límites, cuando la vida lo ha consentido o la ha consentido demasiado, la persona se malacostumbra, se convierte como en su centro de intereses. Difícilmente pone a Dios como verdadero rey y Señor de su vida. Es tan difícil encontrar personas que sean realmente acomodadas, por ejemplo en lo económico y al mismo tiempo sean sinceramente piadosas y al mismo tiempo interesadas en una evangelización a todos. Esto es difícil de conseguir. Debe haber personas así, pero es muy difícil de encontrarlas. Jesús dijo que eso era muy difícil y que era tan difícil que más fácil era que entrará un camello por el ojo de una aguja. Eso se necesita que las personas experimenten el sufrimiento, y ese sufrimiento les muestra sus límites. Pero entonces nos preguntamos Bueno, y en el caso de Jesús, en el caso de nuestro Señor Jesucristo, ¿por qué había que someterle a ese tratamiento? ¿porque había que perfeccionarlo así? Porque todavía podemos decir en el caso nuestro, dadas las condiciones del pecado original y todo lo otro que venimos comentando. Pero en el caso de Jesucristo, ¿porque era necesario perfeccionarlo en el sufrimiento? Yo no voy a describir, lo voy a describir con esta imagen. Con esta comparación. Nosotros somos hechura de Dios y somos imagen de Dios. De alguna manera estamos todos, estamos todos puestos sobre las manos de Dios. Cuando llega el dolor, cuando llega el sufrimiento y arrasa con nuestra vida, de alguna manera deja a la vista esa imagen que está en el fondo. El sufrimiento en Jesucristo, de algún modo fue como la destrucción, como el vaciamiento de su ser. Y el vaciamiento de su ser, dejó a la vista la imagen más perfecta de Dios. Cristo en la cruz es el ser humano vaciado de sí, no solo porque otros le hubieran arrebatado lo suyo. A él nadie le quita la vida él la entrega, sino porque él mismo, él mismo, quiso vaciarse, quiso dar todo de sí. El sufrimiento entonces, perfeccionó a Cristo. Porque este sufrimiento es el sufrimiento del que hace un vacío profundo. Es el sufrimiento del vaciamiento de sí. Y cuando Cristo queda totalmente vacío en el acto de darse infinitamente, queda manifiesto Dios, que es la perfección sobre toda perfección. Así entendemos que el sufrimiento, en cuanto vaciamiento por amor hasta el extremo, es la manifestación plena de Dios, y por lo tanto es una perfección para Cristo. Una perfección que ciertamente, una perfección que ciertamente no pueden tener los ángeles, y por esto resulta el Hijo superior a los ángeles, incluso en su naturaleza humana. Ningún ángel puede vaciar de sí su naturaleza angélica. Sería necesario que pudiera padecer. Pero padecer requiere tener una entidad. Requiere tener un ser que se pueda perder como el nuestro, que puede ser torturado, que puede ser amenazado, que puede ser angustiado. Así resulta que solo el ser humano entre las criaturas racionales puede ser vaciado de sí mismo, y por eso solo en el ser humano se puede dar ese misterio de encarnación que se dio en Jesucristo. Así entendemos un poco más la perfección que trae el sufrimiento a la vida de Jesucristo, y entendemos también que se puede esperar del sufrimiento en nuestra vida. Nos hace falta solamente, nos hace falta solamente ver ¿en qué sentido de qué manera el sufrimiento puede consagrar? En el caso de nosotros los cristianos, nosotros los santificados, como nos llama la Carta a los Hebreos, el sufrimiento podemos decir que nos consagra, porque como en el caso de Catalina, como en el caso de Rosa, nos cose a la cruz. Si ese sufrimiento nosotros lo vivimos desde el fondo del corazón, así es un sufrimiento que nos consagra porque hace que se vierta en nosotros la misma unción que a Jesús le hizo Cristo. Así entendemos que el sufrimiento nos puede consagrar a nosotros. Pero ¿de qué manera se puede decir que Jesús fue consagrado por el sufrimiento o fue consagrado en el sufrimiento? Entonces se puede decir porque esta consagración requiere haber sido elegido, haber sido separado, haber sido ungido, haber sido, si se me entiende, bien utilizado dentro del plan de Dios. Y todo esto lo hizo Dios en Jesucristo, precisamente a través del desposeimiento, a través del sufrimiento, a través de la entrega de sí. Me explico. Dice Santo Tomás de Aquino con una profundidad digna de una gran contemplación. Dice: Todo lo que Jesús aceptó de nosotros, lo aceptó para entregarlo por nosotros. Esto quiere decir que cada uno de los sufrimientos. Sufrir es como perder algo. Todo ese sufrimiento tiene una estructura de pérdida. No perder la paz, perder la salud, perder los años, en fin. Todo lo que Jesús perdió se inscribe dentro de la obra de su encarnación. Como quien dice, todo lo que Jesús asumió de nosotros lo asumió para perderlo por nosotros. Todo lo que Jesús recibió de nosotros lo recibió para entregarlo por nosotros. Por esta razón, toda la misión de Jesucristo, todo lo que Jesús hizo, es también todo lo que Jesús perdió, o mejor dicho, todo lo que Él padeció es también todo lo que Él hizo. De esta manera entendemos que la misión de Jesucristo, toda la misión de Jesucristo, todo lo que Jesús hizo, se inscribe dentro de este recibir para perder, acoger de nuestra historia lo que nosotros somos para entregarlo y en el acto de entregarlo, salvarnos a nosotros y darle la gloria a Dios. Así, la vida de Cristo, la misión de Cristo, la unción de Cristo y el amor de Cristo tienen el mismo ritmo y el mismo compás. Y así el sufrimiento de Jesucristo es también la consagración de Jesucristo. Contemplemos entonces en la renovación de este misterio en la Santa Misa, contemplemos a Jesús partiéndose y repartiéndose. Y cuando no quede nada de Cristo ante nuestros ojos, porque estará todo en quienes leemos comulgado. Cuando ya no veamos nada, estaremos viendo todo lo que se puede ver de Dios en esta tierra.

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