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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Aprendiendo lo que NO se debe hacer con la vocación: ingratitud, tardanza, condiciones.
Homilía i011008a, predicada en 20190114, con 22 min. y 34 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos nos encontramos en los comienzos del año litúrgico y también en los comienzos de la misión de Cristo y encontramos a Jesucristo llamando colaboradores. Precisamente porque el verbo llamar se dice vocare en latín. Por eso hablamos de vocación y podemos decir que este es un evangelio vocacional. Aprendamos entonces, porque la vocación está desde el principio de nuestra misma existencia. Dice la carta a los Hebreos: que Dios es el que llama a lo que no existe para que exista. Dios que llama Dios que nos ha llamado a la existencia. El primer llamado suyo es precisamente para que lleguemos a la existencia para que podamos existir. Pero su voz luego nos va pastoreando, su voz, luego nos va guiando. Y esa voz de él es la que aparece referida en un texto diferente en el texto del Buen Pastor, allá en el capítulo décimo de San Juan. Cuando escuchamos que Cristo dice: Mis ovejas conocen mi voz, mis ovejas conocen mi voz. O sea que Él va a seguir guiándonos. Él va a seguir llamándonos y a lo largo del camino será su voz quién nos va guiando. ¿Hasta dónde? Pues hasta que escuchemos ese llamado último que también aparece en el Evangelio, el llamado último, podríamos decir la vocación última es la que tenemos, por ejemplo, en Mateo capítulo veinticinco, donde dirá Jesús: Venid, benditos de mi Padre, a tomar posesión del reino, preparado para vosotros desde el comienzo de los siglos. Así que Él nos llama al principio para que lleguemos a la existencia. Él nos llama a lo largo de la vida, porque si somos ovejas suyas, reconoceremos su voz y Él nos llamará al final de nuestra vida mortal. Así lo esperamos con confianza en su misericordia, y nos dirá: Venid, benditos de mi Padre. La vocación, pues, atraviesa toda nuestra existencia. Y por eso la vocación no es únicamente lo propio, por ejemplo, de las religiosas, de los sacerdotes o de los monjes. Vocación es lo que Dios ha hecho con nosotros desde el comienzo de nuestra existencia, como he dicho, y hasta el final de nuestra vida mortal, para que estemos para siempre con Él. Pero esa vocación que está ahí, podríamos decir de un modo profundo, de un modo íntimo, de un modo misterioso, se hace explícito cuando Él quiere que trabajemos en su viña. Cuando Él quiere que sirvamos a nuestros hermanos, cuando Él quiere que gastemos nuestro tiempo en la obra del Reino de Dios. Y eso es lo que aparece en el Evangelio de hoy. Caminando a orillas del mar de Galilea, Jesucristo llama a dos parejas de hermanos, Pedro y Andrés, por una parte, Santiago y Juan por otra parte. Y estos llamados de Cristo van a ser luego un camino con Él, un largo camino que los transformará de pescadores de peces en pescadores de hombres, y que hará que en vez de tener ganancia únicamente para esta tierra, tengan ganancia en el cielo, tengan ganancia para la eternidad. Esa es la grandeza de escuchar el llamado de Cristo, porque así como Él, siendo el Eterno, se hizo presente en nuestra historia, para quienes responden a su llamado, también se cumple que lo que nosotros hacemos en esta vida mortal adquiere un valor de eternidad. Esto tan pequeño que podemos hacer en esta tierra, sin embargo, cuando está unido a Cristo como volviéndose Eucaristía con el mismo Cristo, pues adquiere valor de eternidad. La vocación, el llamado de Cristo, es lo más grande que puede sucedernos y por eso conviene que aprendamos de este Evangelio las cosas que debemos hacer, pero también las cosas que no debemos hacer. Así que examinemos un poco cuáles son esas cosas que no debemos hacer cuando se trata de servir al Señor, cuando se trata de responder a su amor, responder a su vocación, a su llamado. El primer error que hay que evitar, cuando es Él quien nos está llamando, es la ingratitud. La ingratitud que proviene de no tomar en cuenta quién es el que nos está llamando. Cuando tú descubres quién es el que te está llamando, pues te das cuenta que es un regalo inconmensurable de amor que él se haga presente en tu vida. Cuando tú descubres que es Él el que te está llamando, descubres también que tu existencia puede tener y está llamada a tener un valor mucho más grande. Con frecuencia llamamos a ese nuevo valor la trascendencia. Estás llamado a trascender, a ir más allá de lo que tú tal vez podías imaginar. Entonces, primer error que uno puede cometer es la ingratitud, que es despreciar el llamado, distraerse del llamado, no tomarlo en cuenta, o tal vez recibirlo, pero no cuidarlo, no cultivarlo. Porque el hecho de que Dios nos dé sus regalos no quita nuestra responsabilidad. Si te dan, por ejemplo una piedra preciosa o si te dan una gran cantidad de dinero, pues ese dinero es tuyo. Pero así como es tuyo, el dinero también es tuya la responsabilidad en cómo vas a administrar ese dinero, ¿Qué vas a hacer con ese dinero? Te pueden dar una suma muy grande, como tenemos el caso de personas que han recibido grandes herencias, pero después han sido tan dolorosamente irresponsables que esa gran herencia ha acabado en nada. Esa gran herencia finalmente se ha disuelto en medio de la irresponsabilidad y el despilfarro. Lo mismo sucede con este tesoro, que vale más que cualquier dinero. Si Dios nos llama y nosotros no cuidamos ese llamado, no cuidamos esa vocación, no cuidamos ese regalo que hemos recibido, pues el regalo, podríamos decir se pierde, el regalo no cumplió su propósito y no fue culpa del regalo y no fue culpa del que nos dio el regalo, sino que la responsabilidad cae plenamente en nosotros. Entonces, llámalo como quieras menospreciar la vocación, ser ingrato ante el que nos llamó o desperdiciar la oportunidad. Le puedes dar el nombre que quieras, pero ese es el primer error. Yo me voy a quedar con la palabra ingratitud. Es ingrato aquél que recibe semejante regalo y no lo cuida. ¿Y cuál es el camino? ¿Cuál es el error más frecuente con el que nosotros descuidamos nuestra vocación? Pues sobre todo cuando nosotros comparamos. Cuando nosotros comparamos con otras personas, es decir, con otros llamados, con otros amores. Imaginémonos una persona, por ejemplo, una joven que tiene su novio, un buen hombre. Se aman mucho, son muy cercanos, la relación ha ido madurando y en un momento dado este hombre pues le hace un llamado a ella. Eso es, eso es lo que se llama la propuesta. La propuesta matrimonial es eso, es un llamado te llamo, llamo a tu corazón porque quiero que estés conmigo, porque quiero que formemos un hogar. Porque quiero que seas mi esposa. Ese es un llamado. Y ella sabe que es un hombre muy valioso. Sabe que han compartido momentos realmente muy bellos. Ella sabe que hay un buen futuro que se anuncia junto a ese señor. Pero qué tal que ella diga no, espérate, voy a ver, voy a ver si alguien más se interesa en mí, voy a ver si puedo conseguir algo mejor. Resulta hasta gracioso decirlo, no. Cuando ella dice esas palabras. Cuando ella da la oportunidad de comparar con algo supuestamente mejor. Pues ahí precisamente está, menospreciando el llamado que ha recibido el llamado a ser esposa de este magnífico varón. Pues eso es lo que también nos sucede a nosotros cuando hemos sido llamados por Dios. Pero estamos todavía como atentos a ver qué otras voces aparecen, a ver qué otros caminos aparecen, a ver qué otras oportunidades surgen. Eso es irresponsabilidad, eso es ingratitud y eso es descuido a la vocación. Veamos una segunda característica de esa respuesta negativa que lamentablemente se da. Es el caso de la persona que aplaza, aplaza innecesariamente la respuesta. Podemos decir que Dios, nuestro Dios, es un Dios celoso. Esa expresión aparece muchas veces en la Biblia. Celoso quiere decir precisamente que no quiere que se le compare con nadie más. Él es el incomparable. Pero además de ser un Dios celoso, podemos decir que es un Dios que tiene prisa. En los evangelios aparece esa prisa en las palabras de Cristo, cuando él muchas veces manifiesta que si no hay una respuesta, él simplemente sigue su camino. Hay un pasaje del Evangelio, por ejemplo, en el que Él le dice a una persona, le dice a un cierto hombre: Sígueme. Y este dice: Voy a esperar, voy a esperar a que muera mi padre. Eso es lo que significa la expresión de corte semita. Déjame ir a enterrar a mi padre. No es que el Papá ya se hubiera muerto, sino que él desea esperar a que el Papá termine su ciclo y muera. Y entonces Jesús le dice Tú deja que los muertos entierren a sus muertos. Vete a anunciar el reino de Dios. Y Cristo sigue. Esto es muy importante tenerlo claro. Dios no se va a detener porque nosotros nos detengamos. Dios no se va a detener porque nuestra respuesta sea insuficiente o porque nuestra respuesta sea irresponsable o porque nuestra respuesta sea lenta, perezosa, desganada. Dios no se va a detener por eso. Otra señal que tenemos de cómo Dios tiene prisa y lo que he dicho. Dios no se va a detener, está en que una vez le dice Cristo a algunos judíos de aquel tiempo, es decir, los que habían sido llamados en primer lugar para vivir en amistad y en alianza con Dios. Y les dice Cristo: ustedes se van a quedar con la casa vacía y van a venir muchos de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob. Eso demuestra que Dios no se va a detener. Tú fuiste irresponsable, tú fuiste perezoso para responder, pues el que pierde eres tú, porque el plan de Dios no se va a detener. Lo mismo le sucedió al apóstol San Pablo. El apóstol San Pablo tenía como estrategia apostólica predicar en primer lugar a los judíos. El método de Pablo consistía precisamente en eso. Él predicaba en las sinagogas. Cuando él sale a anunciar el Evangelio guiado por la fuerza del Espíritu Santo, pues él se mueve en la red, podríamos llamarla así la red de sinagogas que había en aquella época. Y Pablo va de un lugar a otro. Pero la respuesta en la mayor parte de los casos fue una respuesta de desprecio, de ingratitud, incluso de oposición, incluso de persecución. Entonces hay un momento en el que Pablo dice estas palabras: Teníamos que predicarles en primer lugar a ustedes les dice a los judíos; pero como ustedes no se consideran dignos del reino de Dios, entonces nos vamos a los no judíos, nos vamos a los gentiles. Con esa expresión lo que está diciendo Pablo es la obra del Evangelio. No se va a detener porque tú te detengas, tú te quedas enredado en tu manto de dudas y de intereses, tal vez, y de conveniencias. Tal vez tú te quedas encerrado en eso, pues esa es tu opción y esa es pérdida para ti. Pero esa fue la decisión que tú tomaste. Dios no se va a detener por eso y por eso nos damos cuenta como lo estudia muy bien San Pablo en los capítulos nueve, diez y once de la Carta a los Romanos. Por eso nos damos cuenta que en el plan providente de Dios, incluso la negativa, la negativa de los judíos, significa un paso más dentro del plan de Dios. ¿Cómo es posible que una negación sea parte del plan de Dios? Pues porque la negativa del plan de Dios hizo vigorosa la predicación en medio de los no judíos, en medio de los gentiles, y esa predicación en medio de los gentiles, según lo que opina el apóstol Pablo, Pues un día va a producir la emulación, el deseo de los mismos judíos de volver hacia Dios. Lo que quiero destacar es que la negativa nuestra, no detiene el amor de Dios, no detiene el plan de Dios. Y por otra parte, que dentro de ese plan amoroso del Señor, pues también hay llamados inesperados. Quizás ya Dios no llamará de la misma manera, pero Él con su amor, sabe perseverar y lo ha mostrado y lo va a mostrar, por supuesto, en el pueblo judío. Entonces llevamos dos errores graves que tienen que ver con la vocación, la ingratitud por una parte, y la tardanza, el aplazamiento, muchas veces envuelto en dudas y envuelto en justificaciones. Hay un tercer punto que también podemos aprender del Evangelio de hoy. Llama la atención que estos pescadores del mar de Galilea lo dejan todo y se van con Cristo. Se van con Cristo sin poner una condición. Eso es absolutamente notable y es muy importante no poner condiciones. Uno de los grandes místicos y doctores de la Iglesia, San Juan de la Cruz, describe la acción del amor de Dios en términos de: El todo y la nada. ¿En qué sentido? En el sentido de que Dios no se da a pedazos ni parcialmente, se da entero, se da todo. Pensemos, por ejemplo, en la Divina Eucaristía Cuando Cristo se da a nosotros, se da entero, se da todo, y lo que Él promete y lo que Él quiere darnos es el todo de él, el todo de él y por lo mismo, la alianza que él quiere con nosotros es también una alianza que se apoya en el todo. Las personas que ponen condiciones, pues normalmente lo que les está sucediendo es que detrás de esas condiciones están tratando de garantizar que una parte de sus intereses esté a salvo. Es decir, no me entrego completamente porque yo me reservo esta parte, yo guardo esta parte. Y ese no es el lenguaje de Dios, ese no es el lenguaje de la vocación. Recordemos que en la famosa profesión de fe que tenían y tienen los judíos lo que solemos recordar con las palabras hebreas Shema Israel. Lo que se dice precisamente es el Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas. Fíjate la importancia de la Palabra todo, con todo, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas. Entonces lo que nosotros nos reservamos en el fondo le está haciendo guerra a lo que supuestamente queremos entregar. Le está haciendo guerra, está luchando contra eso que queremos entregar y por eso la persona que se reserva algo en el fondo lo que está haciendo es establecer dentro de su corazón una batalla, una guerra. En esto creo que ayuda mucho la comparación con el amor humano, el amor de pareja. Piensa en una persona que se casa y bueno, él se casó con ella, pero sigue teniendo una conversación y un cariño y una relación con una chica con la que fueron novios tiempo atrás. Ese hombre va a tener perpetuamente un conflicto. Y por supuesto, esto es absolutamente degradante y desagradable para la mujer con la que se casó. Pero él va a tener todo el tiempo un conflicto y va a tener ese conflicto porque va a estar comparando y va a pensar: Si yo doy esto, entonces no va a alcanzar para para lo otro que también quiero. Así que el que no se entrega completamente, establece una división, establece una guerra, establece un conflicto dentro de su corazón. Por eso la única respuesta vocacional válida es la que no tiene condiciones. Eso se expresa en la vida religiosa, particularmente con el voto de obediencia. En realidad, cada uno de los votos está hablando de una entrega total, ya sea la pobreza, la castidad, pero sobre todo la obediencia está mostrando eso, está diciendo no quiero poner condiciones. Bueno, ahí tenemos tres ejemplos de cosas que no se deben hacer cuando es el Señor el que llama. Mucho cuidado con la ingratitud. Atención, no vaya a suceder la tardanza. Y por supuesto, nada de someter a esas comparaciones y esas divisiones interiores. El lenguaje del amor de Dios siempre, siempre, será el de la entrega total.

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