Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

No están separados convertirse, que Dios reine, y que llegue a nosotros la buena noticia. Podemos decir que son sinónimos.

Homilía i011007a, predicada en 20190114, con 20 min. y 58 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, con las lecturas que acabamos de escuchar empieza propiamente el Tiempo Ordinario. Es interesante recordar algunas características del orden de las lecturas en el Tiempo Ordinario. Con motivo de esta fecha en que nos encontramos. Básicamente, lo que hace el Tiempo Ordinario en las lecturas de entre semana. Sabemos que los domingos tienen su propio ritmo. Lo que hace el Tiempo Ordinario es darle la vuelta al misterio de Cristo bajo la luz de los evangelios sinópticos. El misterio de Cristo visto con tres poderosos reflectores, en su orden van a aparecer a lo largo del año. Primero Marcos. Por eso tenemos texto del Capítulo Primero de San Marcos. De hecho, el texto que sigue después del Bautismo. Después tendremos Mateo, omitiendo algunos pasajes en los que Mateo coincide con Marcos. Y después, ya llegando el segundo semestre del año civil, prácticamente hacia el final del año litúrgico, vamos a encontrar a San Lucas. Marcos, Mateo y Lucas, en ese orden se van leyendo en las lecturas de entresemana en los Evangelios. Esto es igual todos los años.

La primera lectura va cambiando. En los años impares, empezamos, la primera semana del tiempo ordinario, con la Carta a los Hebreos, que nos va a acompañar unos buenos días, como unas tres semanas. En los años pares, la primera semana del tiempo ordinario empieza con el primer libro de Samuel. En el que se abre una etapa particular de la historia del pueblo de Dios. La etapa de los reyes y profetas. Eso en cuanto a la primera lectura. Esa va cambiando entre año, par y año impar. En cambio, el Evangelio siempre sigue la secuencia que ya mencionamos. Pasajes en una lectura casi continua de Marcos, después Mateo y después Lucas. Con ese contexto general, lo primero que podemos reflexionar es que solo hay una alternativa para que estas lecturas no sean repetición, simple repetición. Dado que los textos van a ser iguales, la única posibilidad es que los ojos sean distintos. El año entrante, si Dios nos da la vida, hacia estas mismas fechas, estaremos otra vez empezando el Tiempo Ordinario y de nuevo volveremos a escuchar exactamente este pasaje. Lo interesante es que mis oídos de aquí a un año hayan evolucionado en la dirección de Dios. Y lo interesante es que mis ojos de aquí a un año tengan una nueva claridad, una nueva profundidad para acercarnos al Señor. De modo que esa es la primera reflexión que podemos hacer con respecto a este texto. Pero vayamos al contenido mismo.

Es el comienzo del ministerio público de Cristo después del Bautismo. ¿Y qué encontramos después del Bautismo y de las tentaciones en el desierto? Encontramos una ubicación cronológica. Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Esta ubicación cronológica no es solo un asunto de tiempo. También muestra la manera como Jesús lee lo que está sucediendo y a partir de esa lectura que Él quiere que también nosotros hagamos. Se llama leer los signos de los tiempos. A partir de esa lectura, Jesús obra. ¿Qué es entonces lo que despierta el ministerio público de Cristo? Cuándo empieza Él, según San Marcos, ¿Cuándo empieza Él toda su labor de predicación? Cuando Juan es apresado. En otro pasaje dice Jesús refiriéndose a Juan Bautista. Juan era una lámpara que ardía, y por un tiempo disfrutásteis de su luz, por un tiempo, porque luego esa luz fue llevada al calabozo de Herodes. Entonces, lo que hace Cristo en cierto sentido es el relevo. Es un dato interesante. Lo que hace Cristo es tomar el relevo. La lámpara, la lámpara que brillaba ante el pueblo, era la gran figura de Juan Bautista. Pero Juan ha sido apresado. Conocemos bien el motivo porque él denunciaba el pecado de Herodes. Entonces, Juan fue apresado. Y cuando esa lámpara queda oculta, queda escondida una nueva lámpara. Por supuesto, infinitamente más brillante, la lámpara del Dios hecho hombre. La lámpara de Cristo va a brillar con toda su fuerza. Estamos en los comienzos del ministerio público del Señor.

El hecho de que Cristo haya tomado el relevo, indica la actitud de su corazón compasivo que no quiere dejar al pueblo en tinieblas. Pero también indica la marca, el sello de realismo que tiene Cristo desde el comienzo de su misión. Juan, el hombre santo, el gran profeta, del cual diría Cristo más adelante. De mujer no ha nacido nadie mayor que Juan. Eso es demasiado elogio viniendo de la boca de Jesús. Ese Juan tan virtuoso, ese Juan verdadero profeta. La Escritura nos dice Todos tenían a Juan como un profeta. Efectivamente, en el Capítulo Once de este mismo San Marcos, en una discusión que él tiene con las autoridades judías, llega un momento en el que le preguntan en el templo de Jerusalén ¿Tú con qué autoridad haces estas cosas? Y Jesús les dice: Yo también les voy a hacer una pregunta. ¿El bautismo de Juan era de Dios o era de los hombres? Y así calló. Así tuvieron que quedarse callados los oponentes de Cristo. Porque ellos razonaron de esta manera, si decimos que venía de Dios, Jesús nos va a nos va a decir que por qué no lo seguimos. Pero si decimos que viene de los hombres, pues resulta que todo el mundo tiene a Juan por profeta. Ese era el tamaño de la fama de Juan. Y estoy insistiendo en esto porque si era tan grande la fama de Juan, si era tan virtuoso Juan y va para el calabozo, desde el principio la misión de Cristo nace bajo el signo de la persecución.

Ha habido por ahí algunos teólogos que han presentado la muerte de Cristo como algo que posiblemente sobrevino de una manera casi inesperada para Él. Esa es la teoría de estos hombres. Pero si uno mira los textos de la Escritura, es algo absurdo, porque, como nos damos cuenta, ya desde este Capítulo Primero, Jesús empieza su predicación sabiendo que el gran predicador Juan Bautista está en la cárcel y está esperando sentencia. Sentencia que llegó en las circunstancias absurdas del cumpleaños de Herodes, como todos recordamos. Entonces, Jesús desde el principio, sabe cuál es el precio de anunciar el Evangelio. No se anuncia el Evangelio sin pagar una cuota y la cuota que está pagando Juan, que es simplemente el precursor del Evangelio, la cuota que paga Juan es un calabozo frío, asqueroso, que va a ser su último lugar de vivienda. De ahí saldrá solamente su cadáver. Entonces, Jesús sabe que el Evangelio tiene un precio.

De aquí quiero tomar la segunda enseñanza para nosotros. La primera enseñanza era que las lecturas se van a repetir. Luego la única posibilidad es que los ojos se vuelvan nuevos. La segunda enseñanza para nosotros es que el Evangelio siempre tiene un precio. Anunciar el Evangelio siempre tiene un precio. La Buena Noticia es una noticia buena, es una noticia feliz y alegre, pero es una noticia costosa. Y esto es bueno recordarlo entre nosotros, queridos hermanos sacerdotes, recordar que hay un precio que pagar. Ese precio nos lo muestran de distintas maneras los santos. Algunos de ellos, con el sufrimiento que llega hasta el martirio, como el muy recordado beato Pedro María. Algunos llegando hasta el martirio, otros en cambio, han pagado el precio de quemarse, de desgastarse, como el cirio que se consume dándolo todo. Otros han pagado el precio de ser calumniados, de no ser entendidos. Hay un precio que pagar. Es muy importante, ya que me he enterado que varios de los aquí presentes son formadores en el seminario. Es muy importante, que desde el principio, diría yo, desde la promoción vocacional se presenta el camino de la vida sacerdotal, como un precioso combate en el que hay un precio que pagar. Por supuesto, la manera de evitar el precio es la infidelidad. Cuando llega el momento de dar la cuota, si uno no quiere dar la cuota, pues no la da. Pero ya sabemos cuál es el precio que se da. Cuál es el precio que hemos dejado de pagar y, por lo tanto, cuál es el resultado para nuestra gente.

Yo me acuerdo la época de la Revolución Francesa, porque en esas circunstancias se le exigía a los sacerdotes, un juramento de fidelidad al gobierno francés. Muchos sacerdotes no quisieron abrir su boca para jurar fidelidad al gobierno. Un gobierno que además se manifestaba racionalista, anticlerical y sobre todo, antiromano. ¿Y cuál fue el precio que ellos tuvieron que pagar? Pues fue terrible. Algunos de ellos fueron simplemente desalojados de una manera violenta, humillante, de sus propias casas curales, mientras que el gobierno iba imponiendo a otros. Se trataba a menudo de sacerdotes muy jóvenes y muy buenos estrategas, que sabían que ese era el momento de pactar con el gobierno francés. Entonces, puedes imaginarte la escena. Estás en tu parroquia, la que tú estás sirviendo y llegan por la fuerza los soldados y físicamente te sacan, te arrastran de tu casa y ante tus ojos ponen a otro sacerdote, porque ese sí es fiel. Yo creo que es bueno hacerse estas consideraciones, porque una y otra vez el mundo quiere que nosotros nos pleguemos, nos dobleguemos a sus caprichos. Y esto sucede con mucha facilidad. En el caso de los franceses de finales del siglo dieciocho, de lo que se trataba era de jurar fidelidad al gobierno.

Pero yo lo que me pregunto, en nuestra época cuáles son las fuerzas, algunos hablan del Nuevo Orden Mundial. ¿Cuáles son las fuerzas que quieren que nosotros los sacerdotes, le juremos fidelidad? ¿A qué quieren que nosotros le juremos fidelidad? Es decir, ¿cómo tiene que portarse hoy un sacerdote para que el mundo lo acepte? Así como en la época de los franceses de la Revolución, el sacerdote tenía que ser muy simpático y muy agradable y muy dócil a todo lo que dijera la Asamblea Nacional y todo lo que dijera el gobierno y mucha venia, mucha venia para el gobierno. Yo creo que es bueno que nos preguntemos nosotros hoy ¿qué fuerzas son las que hoy pretenden que nosotros nos dobleguemos y digamos amén, amén, amén? A mí se me ocurre así, un poco por encima. A mí se me ocurre que hay una serie de fuerzas y de tendencias prácticamente universales hoy, que están cada rato tocando a la puerta de nuestras casas curales y están diciendo bueno, padre ¿se va a arrodillar sí o no? ¿se va arrodillar delante de la ideología de género? Dígalo de una vez, ¿se va arrodillar o no se va arrodillar? Y estoy seguro que, como en la época de los franceses, tristemente habrá algunos sacerdotes que digan sí, sí, ya me arrodillo, espere, que estoy un poco mal de la pierna, pero ya me arrodillo, ya me arrodillo. Y hay sacerdotes que ya se están arrodillando y están diciendo sí, sí, sí. Hoy tenemos que ser así, hoy todos somos bisexuales, hoy todos somos de los mismos, y nos vamos plegando y nos vamos doblegando.

Pero si nosotros, hemos nacido de Cristo, y si nuestro sacerdocio ha nacido de Cristo, lo que aprendemos en el Evangelio es muy distinto. El camino del Evangelio es No, yo no estoy llamado a arrodillarme frente a eso. Me arrodillo delante de Cristo, para no arrodillarme delante de los poderes que quieren doblegar a la Iglesia. Esa es la lección que aprende uno de los grandes obispos y de los grandes curas que nos han precedido. Esa es la lección que se aprende. Yo sé delante de quién me arrodillo. Y no porque todo el mundo esté doblegándose frente a esas tendencias actuales, entonces, ahora también me toca a mí. ¿Se va a arrodillar usted delante del consumismo, se va a arrodillar delante de la tecnocracia, se va arrodillar delante del llamado progreso? Ustedes y yo conocemos que hay sacerdotes que salen por muchos medios internacionales y dan conferencias en muchas partes y son los grandes arrodillados frente a estos poderes. Entonces, ahí tenemos una enseñanza también para nosotros. ¿Quien quiere doblegar mi sacerdocio o quien ya lo doblegó? ¿Quien quiere doblegar mi sacerdocio? Porque Cristo empieza su misión sabiendo lo que viene. Si aquél a quien yo estoy relevando, si a ese al que yo le estoy recibiendo la antorcha, está pudriéndose en un calabozo, ¿qué me espera a mí? Y sabemos que con ese realismo empieza Cristo su misión. Los que no terminaban de darse cuenta, o como dicen los españoles, los que no se enteraban eran los apóstoles. Esos, sí no se enteraban. Los apóstoles eran los que sí seguían soñando con grandes victorias y un mesías político y qué sé yo. Pero Cristo desde el comienzo sabe, esto para dónde va.

El último mensaje que quisiera que compartiéramos. La tercera y última enseñanza que tomo de este pasaje de San Marcos, está en el contenido de la predicación de Cristo. He aquí lo que dice el Señor. Son las primeras palabras que Él dice, abre su boca Jesús y estas son las primeras palabras del Señor en San Marcos. Se ha cumplido el tiempo. Está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio. Se ha cumplido el tiempo. Hay una maduración en la historia y luego viene el reino, la conversión y la fe. Yo creo que ese es un programa pastoral y sacerdotal magnífico. Que Dios reine, con todo lo que eso implica en el orden social, en el orden familiar, en el orden académico, en el orden económico. Estamos viendo aquí en nuestra región, pues yo ya me he ido enterando, estamos viendo de la cantidad de abusos que se han cometido contra campesinos, que si no fuera por la voz de la Iglesia no hubiera voz que se levantara en favor de ellos. Eso no puede ser Reino de Dios, que el que es más grande, porque puede pagar mejores abogados, es el que se impone burlándose del más pequeñito al que se le quita no sólo lugar de habitación, sino modo de sustento. Eso no puede ser Reino de Dios.

Entonces, que Dios reine en todos los órdenes. Esto también incluye la espiritualidad, claro está. Esto incluye la unidad de la Iglesia, claro está. Entonces, que Dios reine, esa tiene que ser santa obsesión de nosotros sacerdotes. Que Dios reine. Segundo, conversión. Tercero. La fe, creed en el Evangelio, la fe. Entonces, eso es lo primero a lo que nosotros estamos llamados. Algunos sacerdotes, después de ordenados, descubren otra vocación. No, yo sirvo más para otra cosa. Tuvimos en América Latina, el caso de un obispo que ya después de obispo, encontró más claramente su vocación, yo sirvo para presidente. Entonces, bueno, esos casos se dan. Pero lo hermoso de la vida sacerdotal, como brota de la Sagrada Escritura, es muy distinto. Lo que aparece aquí es que lo nuestro es eso, la fe, está creciendo la llama de la fe en nuestro pueblo y en nosotros mismos. Y por supuesto, la palabra conversión.

Una vez me preguntaba un amigo en formación, en su teología de mi comunidad, lo que llamaríamos seminarista. Me preguntaba este seminarista, entre tanta literatura que hoy se difunde. ¿Cómo sabe uno lo que realmente conviene tener? Una regla sencilla, a mí lo que se me ocurrió decirle es mire, si un autor, el que sea, y de la comunidad religiosa que sea, o si es de Europa, no importa si es de América, no importa. Lo importante aquí, ¿qué es? si la persona está hablando de conversión. Conversión como la muestra la escritura, arrepentimiento de los pecados, búsqueda de la gracia, apertura a la misericordia divina, inserción en la Iglesia por los sacramentos. Si ese autor le habla de conversión, por ahí es. Si es un autor que habla de espiritualidad y pasan páginas y páginas y páginas y páginas y qué delicia leer este hombre. Pero no aparece por ninguna parte conversión, victoria sobre el pecado, valor de la sangre del Señor, realidad y verdad de los sacramentos. Pues es un muy buen retórico, es un excelente escritor, pero de predicador cristiano tal vez tiene muy poco. Tal vez está predicando, incluso otra religión.

Bueno, esas tres enseñanzas creo que podemos tomar de aquí. Primero, pedirle a Dios que nos dé siempre ojos nuevos para asomarnos a sus textos. Segundo, saber que hay un precio en esto del Evangelio y preguntarnos seriamente ¿Quién quiere arrodillar nuestro sacerdocio hoy en día? ¿Qué fuerzas pretenden hoy que nos dobleguemos y que les digamos amén porque todo el mundo lo hace? Muchas veces bajo el lema de que hoy las cosas son así. Y tercero, importante, que miremos el contenido de la predicación de Cristo sintetizado. Que Dios reine el avance y profundización de la fe y el llamado profundo a la conversión. Así nos lo conceda el Señor por su bondad. Amén.

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