Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Recomendaciones prácticas para enfrentar como auténticos cristianos, el misterio de la muerte: señalamos cuatro errores típicos de nuestro tiempo y cómo evitarlos.

Homilía fdif019a, predicada en 20211102, con 16 min. y 57 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, uno de los rasgos propios de la especie humana es la atención y cuidado a los difuntos. Allí donde se encuentra, en restos antiquísimos, que a alguien le importó la muerte de otro, ahí se sabe que ha sucedido Humanidad. Es un criterio que han utilizado los antropólogos desde hace muchas décadas. La muerte aparece siempre como un misterio, a veces como una tragedia, a veces como una liberación. Es un interrogante profundo que reaparece en nuestra propia vida, sobre todo cuando tenemos experiencias de riesgo o, lo que es más frecuente, cuando perdemos a alguien muy cercano, a alguien muy querido. Las condiciones de pandemia han hecho que muchos de nosotros pasemos por esa experiencia. Ya se trate de amigos, vecinos, parientes, el esposo, la esposa, el papá, la mamá. Muchos contamos en nuestro recuerdo reciente esa clase de pérdidas.

¿Cuál es la actitud cristiana frente a la muerte? ¿Qué podemos decir frente a este misterio que todos tendremos que enfrentar? Hoy es un buen día para plantearlo. Sobre todo para darnos cuenta que, aunque la muerte en sí misma es inevitable, la manera de acercarnos a la muerte no es inevitable. De hecho, parece que la reflexión y la oración que hagamos en torno a la muerte nos ayuda a prepararnos mejor para nuestra propia muerte y para darle sentido a las muertes de las personas que tenemos cerca. Si la muerte es inevitable, no es inevitable que sea una tragedia o que sea completamente incomprensible. Algunas veces se maquilla o se evita simplemente el tema de la muerte. Otras veces, con un gesto de cierta piedad, se manda a la gente de una vez para el cielo. Otras veces nos quedamos únicamente rumiando nuestro dolor por la persona que se fue. Creo que ninguna de estas actitudes es genuinamente cristiana. Lo cristiano es reconocer la pérdida y al mismo tiempo saber que en Cristo este misterio adquiere una luz nueva. Al mismo tiempo, tenemos la seriedad del dolor y la confianza que nos da la victoria del Señor. Entonces, es un dolor, pero no un dolor desesperado. No trivializamos la muerte. No nos escondemos de la muerte. Somos invitados a no tenerle miedo a la muerte, repitiendo con San Pablo. Muerte, ¿dónde está tu victoria? Y sin embargo reconocemos que es una pérdida, que es una transición dolorosa. Y que sólo adquiere su significado uniéndonos a Cristo. Por eso, en esta breve reflexión, quiero muy fraternalmente invitar a que evitemos algunas actitudes que no son propiamente cristianas. Y voy a ser muy práctico en esto me voy a referir a cuatro cosas.

Primera, ¿qué hacer con los restos? Para nosotros los restos de las personas muertas no son simplemente material orgánico. Hay empresas que están haciendo compost, como una especie de abono a partir de cadáveres humanos. No, el cuerpo nunca fue, el cuerpo de una persona nunca fue simplemente. Es orgánico, pero no es simplemente material orgánico. Muy particularmente para aquellos que se han unido a Cristo a través de los sacramentos, empezando por el bautismo. El cuerpo es templo, el cuerpo es instrumento de la gracia. Por eso nosotros tratamos el cuerpo humano aún después de la muerte, con el respeto debido a aquello que ha servido de morada de Dios por el Espíritu. Pablo decía a los corintios ¿No sabéis que sois templos del Espíritu? Entonces, los restos humanos no se pueden tratar como simple desecho orgánico y por eso tampoco conviene mirarlos como si fueran solo parte de la naturaleza física. Esos comportamientos así un poquito poéticos, romantizados. Regar las cenizas al viento, echarlas en un río junto a un árbol. En el fondo, esas expresiones corresponden a una integración con la naturaleza física. Y repito, nosotros no somos solamente naturaleza física. O sea, que en el tratamiento a los muertos es importante recordar la vocación de eternidad que tenemos.

Además, en el Credo siempre decimos creemos en la resurrección de la carne. Y si alguien me dice que ¿cómo se puede creer en la resurrección de la carne cuando el cuerpo seguramente se desintegró? Pues no es mayor misterio que la creación misma del universo. Así que, sin entrar en disquisiciones teológicas, nosotros creemos en la resurrección del cuerpo y el cuerpo es este cuerpo. Lo cual también nos invita a tratar con pureza y con santidad nuestro cuerpo y el cuerpo de cualquier persona. El cuerpo humano nunca es juguete, nunca es herramienta, nunca es simple instrumento de placer o de poder. Esas visiones puramente, ojo al adverbio, puramente naturalistas, nos llevan a mirar el cuerpo como si fuera solo una cosa natural. Y sí somos parte de la naturaleza física, pero mucho más que eso. Entonces, primera recomendación. El respeto, el amor a los restos de nuestros difuntos. El único lugar adecuado es un lugar donde haya oración. Es allá donde deben estar los restos. Con todo el respeto, con todo el amor y cariño para con todos. No es en la casa de una persona, ni mucho menos simplemente regándolos en la naturaleza como si solo fuéramos naturaleza física.

Segunda advertencia con respecto a la muerte. La poesía ha sido utilizada por los paganos y por todas las culturas para referirse a la muerte. Eso está muy bien, utilizar la poesía, pero nosotros, vuelvo a utilizar la misma expresión. Tenemos mucho más que la poesía. Yo veo que a veces se muere una persona y entonces le sale la vena poética, los amigos. ¡Está bien! Lo que quiero es que no nos quedemos ahí. ¿A qué me refiero concretamente? se muere una persona y entonces le escriben en los recordatorios o en redes sociales. Vuela alto. Vuela alto. Pues sí, es muy poético. Es un deseo bonito. Los romanos también eran poetas tratándose de la muerte. Y entonces le escribían o hacían discursos diciendo que la tierra te sea leve. Sit terra tibi levis. Que la tierra te sea leve. Eso suena bonito. Pero debemos entender. Y esto vale para este consejo y para el que sigue. Que lo único realmente útil por los difuntos es orar por ellos.

Otros, en cambio, toman una poesía un poquito con tinte cristiano. Yo por lo menos le voy a pedir un favor aquí a mis frailes. Yo tengo mi vida entregada a la Orden de Predicadores. Y les voy a pedir aquí a los frailes, cuando yo me muera, no me manden para el cielo, recen por mí, por favor, porque es que es un afán de mandar a la gente al cielo. Por eso, aunque tiene un tinte cristiano, yo sé que el tema es polémico. No se debe utilizar la expresión la Pascua de Fray Nelson. Cuando yo me muera no digan la Pascua de Fray Nelson. Más bien agarren esos rosarios y a rezar, ahora sí se dijo, y el altar y la Eucaristía. No, no es la Pascua. La Pascua se completará cuando entremos en la gloria. Y salvo que la Iglesia canonice a alguno con su autoridad que está en la sede de Pedro, yo no declaro en el cielo a nadie. Yo no declaro en el cielo a nadie. Con el amor tan grande que le tengo a mi papito que se fue este año. O a mi mamá que se fue hace diez u once años. Yo no los declaró en el cielo. Yo sigo rezando por ellos con amor, con confianza. Yo quiero que estén en el cielo, sí, pero yo no sé si están. Entonces, ¿cuándo habrá Pascua para mi papá? ¿cuándo es la Pascua de mi papá? La Pascua de mi papá es cuando él participe de la resurrección de Cristo. Esa es la Pascua de mi papá. Y yo no sé, sí ya participa de la resurrección de Cristo, que será su entrada en la gloria. Y si leemos a Santo Tomás, sólo hay participación plena de la Pascua de Cristo en la última jornada. En el juicio universal, ahí es cuando se participa la Pascua de Cristo. Entonces, si somos dominicos, orden de teólogos, nosotros no estamos para mandar la gente al cielo. Eso no nos toca a nosotros. A rezar, por lo menos para mí. Yo lo pido, recen por mí, por favor. A rezar. A interceder. Entonces, la segunda advertencia es bonita la poesía. Pero en vez de estar diciendo que la tierra te sea leve, que vueles alto y no sé cuántas cosas muy evocadoras. Lo que más necesitan los difuntos es la oración, no una oración desesperada ni dolida, no una oración confiada. Por eso también existe la indulgencia plenaria, que se puede aplicar por los difuntos. Eso es lo propio de este día.

Tercera advertencia. Con motivo de la pandemia aparecieron una cantidad de homenajes a las víctimas. Entonces, como a mí me enseñaron aquí en la Orden Dominicana, que uno tenía que tener pensamiento crítico. Desde que yo hice mi filosofía nos hablaban pensamiento crítico. Entonces yo me pongo a pensar en lo de los homenajes a las víctimas y a poco que usted lo piense, se da cuenta de que esa frase no se sostiene por ningún lado. Homenaje a las víctimas. ¿A ver qué es un homenaje? Un homenaje es reconocer el bien, es darle la honra a quien honra merece. Eso es propiamente un homenaje. Homenaje a las víctimas. No, no es un homenaje. Lo que tenemos que hacer es recordar a las víctimas. Y si somos creyentes, pues ¿qué quieres que te diga? orar por las víctimas, eso es lo que tenemos que hacer. Víctimas de la pandemia y víctimas de mil cosas; de violencia, de guerra, de injusticia, de tanta hambre que hay en este mundo. Entonces, esa palabra homenaje, ¿qué es lo que quiere decir? Se nos vuelve la muerte, se nos vuelve un acto social.

Y en esta misma línea también muere una persona y entonces, ese recordar el legado, por ejemplo artístico de la persona ¿está mal eso? no, está muy bien. Se murió Diomedes Díaz, hombre, recordemos el legado de Diomedes Díaz. Claro que sí. Se suicidó Emmy Winehouse. Se suicidó esta cantante británica, se suicidó, hombre, ¿qué hay que hacer? Bonitas sus canciones, realmente una voz única, entre otras cosas. Pero qué voz, oiga, qué voz la de esa señora, impresionante. Sí, recordemos lo que hicieron pero vuelvo y digo, lo cristiano siempre será preguntarnos a ella, sobre todo en caso de suicidio ¿a ella qué le sirve? ¿qué le sirve? ¿que pongamos sus canciones y las repitamos? ¿eso es lo que le sirve a ella? no, lo que le sirve a ella es que intercedamos. Y yo le cuento que yo hago eso con los artistas y unos más conocidos, otros ni sé quiénes son, pero yo siempre procuro hacer una oración por todo el que se haya muerto. Entonces, la tercera recomendación es que la muerte no es para homenajes. La muerte es en primer lugar, para aprender, pero sobre todo para interceder. Y esa es la última recomendación.

La última recomendación es que sigamos lo que dice la Iglesia. Mire este, por ejemplo, este es el libro de las exequias. Y entonces esto trae aquí unas recomendaciones al principio y una de las cosas que le dicen a uno de sacerdote o diácono es que cuando se vaya a predicar de un difunto, lo más importante no son los elogios. Lo más importante es lo que ya hemos dicho tres veces, orar y también prepararnos nosotros. Termino con una frase de un sacerdote dominico que quiero mucho y le debo mucho, el padre Ernesto Mora, misionero. Testimonio de generosidad y de entrega al Evangelio. Él, con un lenguaje tan suyo cada vez que escucha, o por lo menos yo se lo oí varias veces. ¡Que murió fulano de tal! dice él, haciendo una comparación agrícola. Ahí va el corte, ahí va el corte y el corte nos va a alcanzar también a nosotros. Lo más importante en esto, es la reforma de nuestra vida, es saber que tenemos el tiempo contado, es vivir con amor, con verdadero amor, nuestra entrega al Señor. Aprovechar los días que nos quedan, porque Él es compasivo y misericordioso. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

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