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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Los difuntos en el purgatorio tienen la esperanza de ver el rostro de Dios y nosotros podemos acudir en su auxilio para acortar su sufrimiento con nuestras oraciones.
Homilía fdif016a, predicada en 20191102, con 6 min. y 46 seg. 
Transcripción:
El Primero de Noviembre estábamos celebrando la Santidad de la Iglesia, esa es la Iglesia triunfante. Ahora, el Dos de Noviembre, recordamos a la Iglesia que purifica sus pecados. La Iglesia que en el purgatorio purifica sus pecados. Y oramos por nuestros difuntos. Dos de Noviembre. Sabe una cosa. Orar por los difuntos, particularmente ofrecer la Eucaristía por nuestros difuntos es un acto bellísimo de caridad, pero bellísimo. Pensemos en lo que significa amar, en lo que significa hacer obras de caridad, y descubriremos que pocas obras de caridad son tan perfectas como el amor, las oraciones y los sufragios que ofrecemos por nuestros difuntos.
Efectivamente, nos dice Santo Tomás de Aquino que la perfección del amor está en buscar el bien. Por supuesto, cuanto más alto es el bien, más perfecto es el amor. La persona que busca, por ejemplo, que alguien tenga agua potable o que alguien reciba justicia frente a un país, o que tenga alimentos, está buscando cosas muy buenas y muy nobles. Pero si hasta ahí llegan tus deseos, en realidad te has quedado muy corto, porque el bien que Cristo quiere para esa persona es mucho mayor que el agua potable, mucho mayor que la justicia en este mundo, mucho mayor que la salud. No es que eso esté mal, es que es demasiado chico para todo lo que Cristo quiere para esa persona. Pues bien, cuando oramos por nuestros difuntos, especialmente en la Santa Misa, el bien que estamos pidiendo para ellos es el bien mayor de todos. ¿Cuál es ese bien mayor de todos? La plenitud, la bienaventuranza, el cielo. El cielo, lo máximo. Por ahí empezamos, muy bien.
Segundo, la caridad tiene mayor mérito cuanto más grave es la situación de indigencia, es decir, desvalimiento, incapacidad de hacer algo por sí mismo. Te voy a dar este caso, el del buen samaritano. ¿Por qué nos conmueve tanto esta parábola? Porque aquel hombre que fue atacado, tirado al borde del camino, malherido y golpeado, no podía hacer prácticamente nada por sí mismo. Si le hubieran robado, ya sería una tristeza y casi una tragedia, por lo menos una tragedia personal. Si solamente le hubieran robado. Pero el hombre estuviera entero en su salud y en su cuerpo. Ayudarlo es una gran cosa, pero nadie duda de que es una mayor ayuda, cuando la persona está más desvalida. Y ahora yo hago esta pregunta ¿Quiénes son los seres humanos más desvalidos? Los que de ninguna manera pueden hacer nada por sí mismos. Uno podría pensar en los embriones, en los fetos que no pueden hacer nada por sí mismos. Eso es cierto. Pero potencialmente más adelante podrán hacer algo por sí mismos. Los difuntos no. Entonces la situación de los difuntos es de absoluta indigencia. Es que ellos dependen totalmente, absolutamente, completamente del amor de la Iglesia y por eso ayudarlos con nuestras oraciones, con nuestros sufragios, ofreciendo obras de caridad en su nombre, es algo muy hermoso, porque estamos socorriendo a personas que están en extrema necesidad.
Veamos un tercer y último rasgo de la caridad. Si una persona, por ejemplo, se cae y se raspa y bota algo de sangre. Se cayó en la calle y se raspa y alguien lo auxilia, pues está haciendo una obra bonita, una obra de caridad. Pero si alguien no solamente se raspó sino que se fracturó, si alguien tuvo una herida que fue muy grave. Cuanto más grave es la situación de salud, cuanto más grave es la herida, claramente, más grave es la situación y más profunda es la caridad. En particular, cuanto más terrible es el dolor. Si una persona tiene un dolorcillo de cabeza y otra persona, en cambio, está enloqueciéndose con una migraña que ya le hace reventar su cráneo, pues es evidente que ayudar a la persona que está sufriendo más es más caridad. Bueno, ¿qué nos dicen los santos, sobre los sufrimientos que padecen los difuntos en el purgatorio? Es un sufrimiento que tiene esperanza, porque evidentemente, si están en el purgatorio tienen claridad de que algún día van a contemplar el rostro de Dios. Y esa esperanza es el gran refrigerio y consuelo de ellos. Ahí estamos todos de acuerdo. Pero los sufrimientos del purgatorio son indescriptibles. No se pueden comparar con los sufrimientos de esta tierra porque son mucho peores. Tampoco se pueden comparar con los sufrimientos del infierno, porque estos están fuera de toda escala, porque ahí se ha perdido toda esperanza y se ha perdido a Dios. O sea que los sufrimientos del purgatorio son terribles, no son tan terribles como los del infierno, porque los del infierno están fuera de toda escala. Pero sí son más terribles que cualquier cosa en esta tierra.
Acudir en auxilio de los difuntos, entonces, es un inmenso amor, inmenso, inmenso amor. Porque hay mucho sufrimiento ahí. Hoy es un día para realmente orar por nuestros hermanos difuntos, para pedir a Dios que realice su obra en ellos y para saber que no es virtud recordarlo solo un día. Gracias a Dios, en cada Eucaristía siempre estamos orando por los vivos y por los difuntos. Para recordarlos de un modo especial, tenemos esta celebración en nuestra Iglesia Católica.

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