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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Oremos por nuestros hermanos difuntos para que sea retirado todo obstáculo y lleguen a contemplar la gloria del Señor, la plenitud para la cual fueron creados.
Homilía fdif011a, predicada en 20151102, con 5 min. y 27 seg. 
Transcripción:
El dos de noviembre nuestra Iglesia Católica tiene la conmemoración de todos los fieles difuntos. Si el día de ayer, primero de noviembre, estábamos celebrando la belleza de la santidad de Cristo en el pueblo que Él adquirió con su sangre. Sí, ayer era el día para admirarnos de nuestra vocación a la santidad. Hoy es un día para recordar con humildad y también con espíritu de intercesión a nuestros amigos, a nuestros parientes, a nuestros conocidos difuntos. Me parece tan bella la relación entre el primero y el dos de noviembre. El primero de noviembre eleva nuestra mirada a la altura a la belleza de nuestra vocación última, que es la santidad. Podríamos decir que es un mensaje de esperanza. El dos de noviembre nos recuerda que somos pecadores y que posiblemente muchos de nuestros parientes amigos difuntos necesitan de nuestra oración. Lo que nosotros estamos haciendo con esta oración no es salvarlos. El único que salva es Jesucristo, por supuesto, y por supuesto también que aquellos que un día, por misericordia de Dios, contemplarán su rostro, podemos decir ya tienen certeza de salvación. Nuestra oración no es para otorgarles la salvación a los difuntos. Lo repito, solo Cristo, por el valor infinito de su sacrificio en la cruz, salva. Solo Jesucristo. Entonces nuestras oraciones, que son nuestras oraciones, se unen al fuego purificador del amor divino, para que cualquier obstáculo que esté retrasando la plena victoria de Cristo en esas vidas se quite. Nuestra oración es una manera de apresurar si así podemos decirlo, apresurar el momento bendito en que estos nuestros hermanos puedan contemplar la gloria del Señor. Esta es la hermosa enseñanza que tiene nuestra Iglesia Católica sobre el Purgatorio. No es exactamente un lugar físico, como diríamos que queda en la Luna, o que queda en Marte, o que queda en otra galaxia. No es un lugar en ese sentido, pero sí es una condición humana, una condición del alma humana que, aunque habiendo aceptado, habiendo acogido el mensaje de Cristo Redentor, no siguió con verdadera coherencia ese llamado del Señor. Esto puede parecer una contradicción, pero si lo examinamos bien, no hay nada que contradecir aquí. Es lo mismo que sucede, por ejemplo, en un matrimonio. Nos damos cuenta que el día de la boda se dicen palabras muy bonitas Te amo. Quiero dedicar toda mi vida el resto de mi vida a ti. No va a haber otra persona en mi vida. Voy a estar contigo en la pobreza y en la riqueza, en la salud, en la enfermedad. Se dicen muchas cosas bellas el día de la boda, pero a veces, cuando pasa el tiempo, cuando pasan los años, ese amor intenso parece que decae y a veces incluso llegan momentos de gran crisis. Se puede llegar a la infidelidad. A eso se puede llegar también. ¿Y qué sucede ahí? Pensemos en un matrimonio que es un matrimonio válido y sin embargo tiene estas heridas. Heridas por el maltrato, heridas por la infidelidad, heridas por la desconfianza. ¿Sigue siendo matrimonio? Claro que sigue siéndolo. Pero tiene estas heridas. Es evidente que para llegar a una plenitud tendría que darse una purificación. Tiene que haber un proceso de conversión en ellos para que lleguen a ser una pareja realmente plena y feliz. Algo parecido es lo que acontece en nuestra relación con Dios. Por supuesto que sí. Nosotros le hemos dicho sí a Dios. Por supuesto, somos de él. Si nosotros tenemos confianza en su misericordia, somos de Él. Pero si hemos sido gravemente incoherentes, como creo que es el caso de muchos, sí hemos sido gravemente incoherentes en nuestra vida, aunque le hemos dicho que sí a Dios. La Escritura dice: Nada impuro ni manchado puede entrar en el cielo. Lo dice claramente en el Apocalipsis. Entonces tiene que haber una purificación. Esa purificación es la que da origen a la palabra purgatorio. Purgatorio es el lugar donde sucede esa purga, donde sucede esa limpieza. Por eso hemos de orar hoy con espíritu de caridad, con gran generosidad. Hemos de orar por nuestros hermanos difuntos para que quitado todo obstáculo, puedan llegar a la plenitud para la que fueron creados.

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