Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El amor, como clave de nuestra relación con los difuntos.

Homilía fdif007a, predicada en 20121102, con 14 min. y 9 seg.

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Transcripción:

Como es sabido, para esta conmemoración de los fieles difuntos hay posibilidad de escoger distintas lecturas. He querido que escuchemos una vez más el evangelio del capítulo veinticinco de San Mateo, que insiste en las obras de misericordia. Y la razón es que la oración por los difuntos hay que clasificarla precisamente entre las obras de misericordia. Y ciertamente no una de las menores en importancia ni en necesidad. Dice Santa Catalina que la primera obra de caridad que hay que cumplir con cualquier persona es la oración. Por muchas razones. Porque la oración siempre la podemos realizar, no siempre tenemos los recursos materiales, no siempre tenemos los medios para prestar una asistencia, no siempre somos nosotros el instrumento más adecuado para dar un consejo. Cuántas veces dice uno quisiera poder decirle esto a tal persona, pero no me va a oír. O ¿cuántas veces se encuentra uno en situación en que por la distancia o por otros factores no puede uno inmediatamente cumplir con lo que quisiera? Ahí la oración ya está trabajando.

Además, la oración misma mejora la calidad de la caridad que uno tiene. De modo que aunque tengamos ocasión de hacer algo más por un prójimo, pues no debe faltar la oración, porque la oración va a mejorar la calidad de lo que hagamos por esa persona. Esto se vale especialmente cuando se trata de obras de misericordia corporales. Cuando estamos ofreciendo una asistencia material a una persona o enviando un dinero. Es fácil creer que en eso está todo. Pero resulta que en el Evangelio la misericordia de Cristo es siempre una parte y solo una parte de algo mucho más profundo. Por eso se dice que la misericordia o que los milagros de Cristo son señales del Reino. Lo que en realidad interesa cuando se tiene una obra de caridad es la caridad, porque la obra va a desaparecer. El pan que damos va a ser consumido. La ropa que donamos va a gastarse y no es eterna.

En cambio, el amor, el amor con que lo damos, ese sí tiene promesa de durar. Así que tenemos que orar en toda obra de misericordia para que sea sobre todo el amor, nuestro mensaje, y para que ese amor nos lleve tanto a la persona a unirse a nosotros, sino a encontrar a través de nosotros al que es la fuente misma de toda caridad y de todo amor, es decir, a Dios mismo. La oración también es necesaria cuando practicamos la caridad. Porque necesitamos que nuestra intención permanezca en su justo límite. Existe el peligro cuando se es benefactor. Existe el peligro de una cierta suficiencia, de una cierta soberbia. Se puede creer uno un poco importante. Al fin y al cabo, la gente necesita de mí. Por eso la oración también la necesitamos para protegernos nosotros mismos y para no olvidarnos de que también nosotros somos indigentes en otros sentidos, seguramente. Así que, por lo menos por esas tres razones, la oración tiene que ir delante y tiene que ir presidiendo toda caridad. Primero porque la podemos practicar con todos.

Segundo, porque hace que nuestra intención sea más perfecta y tercero, porque nos preserva a nosotros mismos. Quedando eso claro. Ahora miremos lo que significa orar por los difuntos y cómo es una obra muy especial de caridad. Lo que deseamos para ellos es lo más perfecto que puede desearse, precisamente por la misma condición en que se encuentran. Ya no deseamos para ellos simplemente un sustento material. Lo que deseamos es lo más grande, es lo más perfecto, es lo más alto que se puede desear. No que se alimenten con un pan de esta tierra, sino que se alimenten con el pan del cielo, no que se arropen con unas mantas, sino que sean arropados por la ternura y la bondad de Dios. No solamente que tengan una casa para resguardarse del invierno, por ejemplo, sino que tengan esa casa, la de los hijos de Dios, esa casa que tiene tantas mansiones, tantas moradas, como dijo Cristo. Por eso, el fin propio de la oración por los difuntos es muy alto. Es el más alto de todos.

Además de eso, téngase en cuenta que cuando practicamos las obras de misericordia corporales y no las vamos a disminuir en su importancia, uno tiene siempre una cierta satisfacción que es muy humana la satisfacción de causar un resultado, de producir una diferencia. Por eso, y es apenas humano y normal, y así tiene que hacerse. Los que tienen hogares de acogida para inmigrantes, los que tienen hogares para huérfanos, los que tienen hogares para mujeres maltratadas. Siempre hacen unos preciosos vídeos y van mostrando. Mira, estos son los niños, así llegaron, luego están así. Luego la foto del niño sonriente y eso anima al donante, porque el donante dice pues yo quiero despertar esa sonrisa, yo quiero ser parte de esa alegría. Y se ve lo que uno hace en la oración por los difuntos. Salvo uno o dos casos de apariciones que han tenido algunos santos, eso se cuenta, por ejemplo, de Santa Faustina Kowalska. Salvo algunas apariciones o dones muy especiales, no existe esa satisfacción de decir bueno, ya llevo veinticinco que llegaron al cielo, voy por el veintiséis, no tengo manera de saberlo. Queda en la bruma, queda en la incertidumbre.

Y sin embargo, por supuesto que tenemos certeza de que nuestra oración no se pierde, pero como que hay un ejercicio más intenso de la fe, como que tenemos que confiar más en la misericordia divina y por eso mismo es grande la caridad con los difuntos, porque es muy fácil olvidarlos muy pronto el curso de los acontecimientos, como si fuera una especie de río en bajada, pues se va llevando, se va llevando el recuerdo de la gente. Este sentimiento es muy presente en los orientales. Tuve la ocasión hace unos años de ir al Extremo Oriente. Estuve en Hong Kong, en Kaohsiung, allá al sur de la isla de Taiwán y también en Macao, que había sido territorio portugués, pero que ahora es parte de el ecosistema chino. Y en Macao hay un régimen especial. Se parece mucho a la situación de Hong Kong. En Macao hay iglesias con mucha libertad y en plena comunión con el Papa. Y hay educación tanto protestante como judía, como católica.

Bueno, conocí un colegio que tienen los dominicos allá en Macao, una obra monumental muy interesante. Y los niños desde pequeños aprenden a participar en la misa. Estuvimos en una misa admirable. ¡Cómo cantan esos, esos chicos! Y el silencio y el orden. Ya quisiera uno que los niños de Bogotá no conozco los de Lerma, pero ya quisiera uno que los niños de Bogotá tuvieran esa presencia en misa. Pero me llamó la atención que en el altar apenas preparaban una patena, que tendría menos de veinte hostias, y resulta que evidentemente eran cientos y cientos de niños. Entonces, discretamente quise llamar la atención del padre, por si acaso había olvidado algo. Me hizo entender rápidamente: Todo está bajo control. Bueno, si él lo dice, será que después traerán reserva. Pues no, tampoco había reserva en total. De todos esos cientos de niños comulgaron, tal vez unos ocho o diez. Resulta que la inmensa mayoría de esos niños no están siquiera bautizados. Un porcentaje importante quiere ser cristiano, pero no se bautiza. Y entonces pregunto yo Bueno, ¿pero estos niños se saben la misa? Estos niños no los veo, uno forzados. Están aquí. ¿Por qué no se bautizan? Pues porque las familias los echan si se bautizan. Porque a lo que más le tiene terror uno de estos chinos es a que los hijos se pasen a una religión como el cristianismo, que ya no tiene culto a los antepasados. Porque aunque se dice del ateísmo y todo eso, las costumbres ancestrales de Confucio están muy vivas en el Extremo Oriente.

Y si hay algo que es muy importante en la tradición confuciana es el culto a los antepasados. Ellos tienen unos ritos, una especie de oración del Pawpaw o una cosa parecida se pronuncia. Y esa oración que tiene unas inclinaciones y no sé qué, es un recuerdo que se hace por los antepasados. Y ese es el único tipo de supervivencia que ellos reconocen. Eso significa que cuando se deja de hacer el Paw Paw por alguien, se disolvió en la nada. Es decir, mi supervivencia depende de que tu descendiente mío me hagas el Pawpaw. Y si tu no me haces el Paw Paw, pues yo me disolveré en la nada. No queda nada de mí. Es un modo un poco extraño de pensar. Bueno, esto lo menciono porque nosotros no somos de la tradición de Confucio. Pero lo cierto es que los antepasados se disuelven en la nada y a uno le llama la atención cuando ya va teniendo cierta edad. A uno le llama la atención cómo personajes que significaron tanto para uno porque uno los conoció, ya llegan otras generaciones y no les significan nada. Entonces la gente de mi generación, los que estamos así un poquito antes o después de los cincuenta, recordamos a ciertos provinciales, maestros de novicios, gente valiosa, gente que dejó cosas muy interesantes. Pero resulta que eso ya se fue río abajo, ya eso no se recuerda y a eso como que se perdió.

Y esto lo destaco para cerrar nuestra reflexión de hoy sobre los difuntos. ¡Qué fácil es dejar que se disuelvan en la nada! ¡Qué fácil es perder el buen ejemplo que nos dejaron y qué fácil es olvidar que algo puede necesitar! Por eso la Iglesia en un día como éste, como que quiere despertarnos y decir: Oye, no los dejes disolver. En la nada puede haber necesidades que tienen hora con amor. También recibe el ejemplo, pero sobre todo ora con amor por lo que ellos puedan estar necesitando.

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