Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La reflexión sobre la muerte es muy provechosa para el corazón humano.

Homilía fdif002a, predicada en 19981102, con 11 min. y 54 seg.

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Transcripción:

Este día nos invita a reflexionar con seriedad en el misterio de la muerte. Nuestro mundo intenta esconder o maquillar el hecho de la muerte. Las personas detestan aquello que les haga sentir débiles, viejas, enfermas. Todo lo que nos muestre que somos frágiles y que vamos a terminar. De esa manera, pues parece que absolutizamos este tiempo en el que estamos viviendo y hacemos de él todo nuestro tiempo. Con una consecuencia desastrosa no pensar en la muerte no destruye a la muerte. Nuestra falta de preparación no impide el hecho de que de todas maneras nos vamos a morir. Y de este modo, pues la consecuencia que se sigue es que estamos menos preparados para nuestra propia muerte y para la muerte de las personas que nos rodean. El pensamiento o la reflexión sobre la muerte es muy provechoso para el corazón humano. Nos lleva a aprovechar el tiempo de otra manera. Nos lleva a agradecer el amor que recibimos y a no darle demasiada importancia a los problemas de cada día.

Efectivamente, cuando tenemos, por ejemplo, problemas o disgustos con otra persona, si miramos ese disgusto o ese problema a la luz de la eternidad y de la muerte que se acerca, ¿quién es uno para guardar resentimientos? ¿Quién es uno para guardar malos sentimientos? El mismo Jesús lo dice en alguna parte: Cuida de ponerte de acuerdo con tu adversario mientras vais de camino. Ante la seriedad de ese juez que nos espera al final del camino, pues nuestros juicios y el tomar nosotros el papel de juez es casi una usurpación, por no decir algo ridículo. De manera que los dolores o los problemas de esta vida, particularmente los problemas que tenemos con las personas que están cerca, adquieren su proporción justa cuando pensamos en la eternidad. Cuando caemos en cuenta de que todos tenemos limitaciones y por lo mismo, la meditación sobre la muerte nos lleva a buscar lo que realmente permanece.

Una persona que esté cerca de esta meditación difícilmente pondrá gran alegría o gran esperanza en las vanidades, en los lujos, en los adornos, en aquellas cosas que son transitorias, que son fútiles, que son demasiado pasajeras. La meditación sobre la muerte nos invita a reconocer lo que vale la pena, lo que sí permanece. Uno se pone a pensar, por ejemplo, en lo que van a hacer, las cosas que uno tiene y las palabras que uno dijo. Ese es un ejercicio un poquito fuerte, pero hay que hacerlo alguna vez en la vida. Ponerse uno a pensar bueno, y después de que yo me muera, ¿qué van a hacer con mis cosas? Repartirlas. Van a repartir mis cositas, van a repartir, pero no solo las cosas de uno, la ropita de uno, de pronto tal o cual libro que tenía, de pronto las joyas o los adornos, eso se repartirá. Eso es bueno. Mirarlo en la mente, no mirar uno. Cómo ya están repartiendo todas las cosas de uno y cómo en ese momento cada cosa adquiere su verdadero valor.

Pero digo, no solo las cosas físicas, sino también uno tiene que pensar qué va a pasar con las palabras de uno. Fíjese que cada palabra que uno dice eso es como una bola que uno echa a rodar. Las palabras que uno dice y uno ya luego ya no las puede parar. Hay una historieta de una señora que se puso a hablar mal de una vecina y después de que había inventado una historia completa, se dio cuenta de que su historia era mentira, que eran puras suposiciones de ella y que estaba haciendo acusaciones sobre la vecina. Entonces fue donde un santo sacerdote y le dijo: Bueno, ¿y ahora qué hago yo? Porque ya me di cuenta de que lo que yo había dicho que era, que me parecía que tal vez sí, eso es mentira, pero yo ya dije eso y eso ya se regó. Entonces le dijo el sacerdote Mire, haga una cosa muy sencilla ahora que salga de aquí, consígase una gallinita, una gallinita ya muerta, y usted se va de aquí para la casa y va echando las plumitas. Mañana vuelve la señora no entendió por qué eso, pero así lo hizo y fue dejando las plumitas. Cuando volvió al otro día le dijo el padre Bueno: ahora devuélvase y recójame todas las plumas, le dice la señora ¿Pero yo qué plumas voy a encontrar a estas alturas? Y le dijo: Eso es lo que pasa. Eso es lo que pasa con los chismes. Eso es lo que pasa con las palabras que uno va soltando. Después se las lleva el viento. ¿Y quién parará esas plumas? ¿Quién encontrará esas palabras? Entonces, cuando uno piensa en la muerte y cuando uno piensa en que muchas de las cosas que uno va a hacer, pues ya no las puede parar, ya no las puede detener. ¡Uy! Uno se vuelve mucho más recatado en las palabras y más recatado en los pensamientos.

Estamos leyendo allá en el convento donde yo vivo. Estamos leyendo la autobiografía del Papa, del Papa Juan Pablo Segundo, una autobiografía que lleva por título Don y misterio. Y cuenta el Papa que él tuvo un compañero de preparación en el seminario. Al Papa le tocó muy dura la preparación en el seminario, porque eran la época de la Segunda Guerra Mundial y entonces le tocó en parte pues ser como un seminarista clandestino. Fue una situación muy terrible la que le tocó a él. Y él cuenta cuando ya narra esa parte de su ordenación sacerdotal, él cuenta cómo para ese día se hubiera podido ordenar un compañero suyo, un compañero que estuvo en el seminario pero no se pudo ordenar. ¿Sabe por qué? Porque las autoridades lo reconocieron como sacerdote que se había preparado en la clandestinidad, lo apresaron, se lo llevaron y murió en un campo de concentración. No alcanzó a ser sacerdote. Eso lo hubiera podido pasar al mismo Juan Pablo Segundo. Entonces, eso es patético para uno escuchar el relato y más patético pensar uno ¡Uy! un compañero mío, un compañero mío que estuvo conmigo y ya no está. Hubiera podido estar aquí, hubiera podido recibir la ordenación sacerdotal y ya no está. Él ha muerto y yo estoy aquí.

Cuando uno piensa en estas cosas o cuando se muere una persona muy cercana a nosotros, uno toma la vida de otra manera. Uno recibe cada día como un regalo. Uno dice: Bendito sea, Señor, por este día que me estás regalando, por la vida, por la salud, por poder orar. Uno podría estar muerto, uno podría estar muerto. Miren a mis compañeros de colegio con los que yo me gradué. Tres han muerto ya. Yo no soy una persona demasiado, demasiado mayor, yo creo. Tres de mis compañeros ya han muerto en accidentes. Uno, por ejemplo. Muy tristemente lo atracaron. Lo drogaron o lo drogaron para atracarlo. El hombre llegó a su casa, vivía en un edificio y bueno, quién sabe qué ha hecho el hombre se ha caído. Murió despedazado por allá se cayó una torre de esas. De esas torres de apartamentos, de esos multifamiliares. Murió despedazado. Yo digo Bueno, Dios disponga de nuestras vidas Él es el único dueño.

Pero dice uno a uno podría sucederle eso. ¿Quién está exento de un accidente, de una enfermedad, de un problema congénito? Todas estas meditaciones sobre la muerte nos invitan a apreciar la vida. Uno no debe pensar en la muerte para asustarse. Uno debe pensar en la muerte para apreciar la vida, para agradecer la vida. ¿Cuántas cosas tan bellas podemos hacer nosotros en un día? ¿A cuántas personas les podemos hacer bien? Pero también nos sirve esta celebración para saber que todos tenemos, como la señora de la historieta, aquella muchas plumas que hemos regado y que ya no las podemos detener, el daño que hemos hecho, los malos ejemplos que hemos dado. Yo me pongo a pensar, por ejemplo, en mi condición de sacerdote y me pongo a pensar, hombre, tantas cosas que lamentablemente uno no hizo bien, que hizo regular o que hizo mal. A veces uno alcanza a seguir tratando a las personas y como tratar de acercarlas a Dios. Pero yo digo a veces una ha dado malos testimonios o no se ha explicado bien o lo que sea, y de pronto uno ha dejado males por ahí, como rodando, como como regados, no. A veces uno le habla muy duro a una persona y luego uno tiene tiempo de explicarle las cosas porque ya esa persona se murió porque no se la volvió a encontrar.

Entonces lo que estamos celebrando hoy, esta fiesta, esta conmemoración de los fieles difuntos, es para darnos cuenta de que esas personas que ya salieron de esta tierra, muy probablemente salieron, digámoslo así, como popularmente, con cuentecitas pendientes, con cosas que no quedaron bien hechas, que no alcanzaron a corregirlas. La última corrección, lo último que uno puede ofrecerle a Dios para corregir lo que ya no puede corregir es el amor. Amarlo mucho a Él, entregarse a Él, ofrecer la propia vida en reparación por los pecados de uno y del mundo entero. Eso es lo último que uno puede hacer. Pero muchas veces pasa o algunas veces pasa, que las personas mueren y ni siquiera ese acto perfecto de caridad y de amor y de ofrenda de sí mismos lo alcanzan a hacer como plenamente. Por eso la Iglesia en esta celebración nos recuerda que todos tenemos que orar por esos fieles difuntos, porque en la medida en que quedaron como esas cuentecitas pendientes, vamos a hablarlas así, es necesario que sea el amor, el amor de toda la Iglesia, el que cubra todas esas faltas, todos esos errores, el que de alguna manera recoja todas esas plumas y pueda hacer que incluso esos errores que ya no podemos reparar, pues algo. El amor de Dios es siempre creador y es siempre creativo.

Por esto es una práctica maravillosa orar por los fieles difuntos, porque nos ayuda a tomar en serio nuestra vida y porque es un acto de caridad muy grande entender que uno muchas veces no alcanza a reparar todo lo que quisiera reparar y que tal vez esas personas que ya se murieron, pues hubieran querido amar más a Dios, hubieran querido servir mejor, hubieran querido, pero no pudieron, pero no pudieron. Entonces ahora nosotros, con nuestro amor, con el amor de Cristo en la Eucaristía, nos unimos en una sola ofrenda para pedirle a Dios que lleve a todas esas personas a la plena contemplación de su rostro, al gozo de mirarle, de gozarse, de tener la alegría de Él en los cielos.

Sigamos, pues, esta celebración, tomando con mucha seriedad y al mismo tiempo con mucho agradecimiento nuestra vida. No desperdiciemos la vida, no maltratemos la vida, jamás maldigamos la vida, jamás atentemos contra la vida, nunca la vida es la presencia más cercana, la más inmediata de la providencia de Dios. Nosotros agradecemos nuestra vida y nos unimos a la ofrenda de Jesús para que un baño inmenso de amor lleve a estos fieles difuntos a la plena contemplación.

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