Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Somos como aquellos personajes del oriente: reyes de algún pequeño o gran imperio; sabios en lo que es peculiar de nuestra historia, que no ha de repetirse; peregrinos de la Verdad que nos seduce aun sin conocerla plenamente.

Homilía epif021a, predicada en 20120108, con 39 min. y 40 seg.

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Transcripción:

Un antiguo chiste dice que los tres Santos Reyes Magos ni eran tres, ni eran santos, ni eran reyes, ni eran magos. Pero la verdad es que podemos aprender algo de estos títulos que la piedad popular y la costumbre les ha dado a estos hombres. Vamos a decir que eran reyes, vamos a decir que eran sabios y vamos a decir que eran peregrinos. Y las tres cosas tienen bastante sentido.

Sobre el número nos interesa un poco menos, aunque hay una cierta probabilidad de que sea el número tres, porque ese fue el número de los regalos. ¿Qué tienen que ver ellos con nosotros? Pues mira, no vamos a decir que eran magos, pero sí vamos a decir que eran sabios, porque lo que ellos buscaban era sabiduría.

Eran escrutadores de estrellas. Tú sabes que hasta bien avanzada la Edad Media, la astrología y la astronomía eran lo mismo. Entonces estos eran escrutadores de estrellas. Intentaban encontrar un sentido a la existencia humana, un sentido al caminar de los pueblos, mirando lo que sucedía en el cielo. La intuición que ellos tenían era que el cielo estaba conectado con la tierra. Creo que la astrología es un saco de basura, pero en ese saco hay una perla, y es la idea de que el cielo está conectado con la tierra.

Pensaban los astrólogos de aquella época que todo acontecimiento grande en la tierra tenía que estar conectado con un acontecimiento en el cielo. Por eso, cuando ellos vieron salir una estrella, algo nuevo en el cielo, dijeron: -Esto tiene que anunciar algo nuevo en la tierra-. Y bueno, la verdad es que sí hay una conexión entre el cielo y la tierra. Por supuesto que la hay, por supuesto que la hay, porque nosotros hemos recibido del Dios del cielo todos los bienes, y porque nosotros somos guiados por esa providencia celestial.

Si queremos relacionar a estos personajes con nosotros, me gustan las palabras rey, sabio y peregrino. ¿Será que se puede decir que nosotros somos reyes? Pues a ver..., así, como decir mucha sangre real, mucha sangre noble, con lo que se suele entender como nobleza o realeza en esta tierra, quizás no tengamos mucha, aunque solo Dios sabe cuánta sangre de los antiguos Incas está aquí presente. No sabemos si aquí hay algún sucesor del Inca. Ese es un misterio. Pero yo no me refiero a esa clase de realeza. Me refiero más bien a que cada uno de nosotros tiene poder sobre algo en esta tierra.

Nosotros mandamos. Cada uno tiene un imperio. A veces es un imperio diminuto, así como un pedazo de mosaico, como un pedazo de baldosa. Cada uno de nosotros tiene un imperio. Cada uno tiene un reino. No sé si ustedes han tenido, seguramente que sí, han tenido la experiencia de visitar a una persona en su oficina o en su taller, es un rey en su taller.

Tú vas a ver, por ejemplo, al carpintero, el humilde carpintero, el carpintero de toda la vida, ese señor que llega a tu casa y es así, tan tímido y como que mira y piensa y no habla. Pero tú lo visitas en su taller y el hombre se desenvuelve con una libertad y sabe dónde está todo y dispone, hace, quita, pone. Cada uno de nosotros tiene un imperio. A veces nuestro imperio es un jardín, en casos extremos es una matera; nuestro imperio puede ser una cocina o puede ser un comedor, o puede ser una portería, nuestro imperio puede ser un cruce de calles... Hay algunos policías de tránsito que tratan el cruce de calles como si ellos fueran los dueños.

El ser humano ha sido hecho para eso, para mandar. Fíjate un detalle en el Génesis le dice Dios a Adán, le dice que rija la tierra. Regir viene de la misma raíz de rey. En latín rey se dice rex, genitivo regis, y de ahí viene regere, regente, el que rige. Nosotros hemos recibido el encargo de regir. Tú tienes tu imperio, tú gobiernas cosas, gobiernas tu cuerpo, gobiernas tu tiempo, gobiernas tu futuro. Tú tienes imperio sobre un pedacito del universo. Y nosotros, en la misma medida en que somos reyes, también somos sabios. Nosotros somos expertos en algo. A mí me gusta tanto observar las cualidades que tienen las personas aún en cosas sencillas.

Cuando yo era niño me gustaba mucho mirar a los conductores, sobre todo de los buses grandes de los camiones, esos camiones..., yo me quedaba así, asombrado, viendo esos camiones que tienen, yo no sé, diez, doce cambios de para adelante, tres o cuatro cambios de para atrás, y yo miraba, cómo la mano del conductor juega con la palanca, saca un pistón o una palanquita, la mete, hunde un cloche pasa para acá, vuelve para allá, el hombre sabe lo suyo. Cada uno de nosotros tiene una pequeña área de experticia. Cada uno de nosotros es sabio en algo. Cada uno de nosotros, así como tiene un pequeño terreno en el que desarrolla su poder, cada uno desarrolla su sabiduría en otra cosa.

Por ejemplo, uno mira a los músicos, es una cosa, casi como mágica, ¿no?, como van paseando sus dedos por esas teclas y van produciendo armonías, y a veces con su delicadeza, con la delicadeza de una tonada, casi nos hacen llorar y después pasan a una melodía tan alegre y saltarina que uno no sabe por qué, pero está contento y casi da risa, los músicos tienen poder, es casi como una magia, la que tienen.

Se dice de los antiguos antiguos indígenas que sabían tocar esas quenas y esas flautas hasta producir llanto. Era como un lamento infinito que se difundía en las sierras de los Andes. Y ese lamento era capaz de producir sentimiento en otras personas. ¡Qué poder el que tienen los músicos! Y también nosotros vamos teniendo distinto arte. Un vendedor de lotería sabe mucho de psicología humana. El vendedor de lotería; después de tres, cuatro, diez, quince años vendiendo lotería, mira a una persona y sabe cómo tiene que ofrecerle. Somos sabios.

Tenemos una serie, una serie de experticias. Las mamás..., ¡oh las mamás!, saben muchas cosas, las mamás tienen posgrados y doctorados. Lo que sucede es que eso no se los acreditan fácilmente las universidades. Mi mamá, por ejemplo, tenía cuatro doctorados que se llamaban Bruno, Carlos Nelson y Saulo. Ese conocimiento que la mamá tiene de cada uno, el conocimiento que las novias tienen de sus novios y de sus esposos?, lo miran y con mirarlo, ya saben, está triste, está preocupado, le sucede algo..., estoy en peligro. Peligro, Peligro, Peligro. Saben muchas cosas. Son sabias. Oh, la sabiduría de la mujer es un asunto muuuuuuy serio.

Somos reyes, tenemos un ámbito de poder y somos sabios; tenemos un ámbito de conocimiento y somos peregrinos. Nosotros nos parecemos a estos señores de hoy. Seguramente ellos eran reyes o tenían un dominio más amplio que el nuestro, no debía ser muy grande; sería algo así como que..., sería algo así como que eran jefes de un clan, tal vez? No, esperen ustedes que estamos hablando aquí del rey de Persia ni del rey de Caldea. Debían ser jefes relativamente menores. Tal vez nosotros tenemos un dominio incluso más pequeño que el de ellos. Pero somos reyes y somos sabios también.

Observen ustedes un poco más a las personas y verán la cantidad de sabiduría que tienen para una serie de pequeñas cosas, en las pequeñas cosas el ser humano es tan interesante. Me acuerdo la primera vez que vi a un compañero mío de colegio amarrarse los zapatos y se los amarraba, distinto de como yo aprendí a hacerlo. Es una tontería, -pero no-, la suma de esas peculiaridades hace que tú tengas una determinada manera de ver el mundo.

Tú eres rey y tú eres sabio, tú sabes muchas cosas, conoces muchas cosas, pero también eres un peregrino. Lo que sabes, no es suficiente, definitivamente siempre hay algo que falta. Siempre hay un gran ¿para qué? que está pendiente. ¡Si!, yo puedo saber organizarme los lazos o cordones de los zapatos de otra manera, o yo puedo saber cocinar de un modo que nadie más sabe hacerlo, o yo puedo saber qué está pensando mi amigo antes de que diga una palabra. Pero el ¿para qué? subsiste y ¿para qué sirve todo eso?

Esta cantante que les mencioné en otra charla, Amy Winehouse, la que murió de una sobredosis, o de alcohol, o de droga, o de las dos cosas, tenía una voz; ya lo he dicho, una voz que a mí personalmente me gustaba muchísimo -la voz-, vuelvo y repito, no las letras de las canciones ni el tipo de persona, ¡no!. La voz y su voz era potente, no en el sentido de que pudiera levantar mucho el volumen o subir mucho el tono, sino potente para transmitir, potente para impactar, potente para llegar. Podía convocar un concierto de miles de jóvenes. Su voz era potente, tenía poder sobre miles de jóvenes. Y ¿para qué le sirvió?, Ella nunca pudo encontrar el verdadero, ¿para qué?. Su rostro era angustiado, su rostro era sombrío?, vivía haciendo experimentos con maquillajes extraños, con tatuajes extraños. No lograba encontrar, no veía la estrella. Hasta donde sabemos, no pudo asomarse a la casa de Jesús. No pudo postrarse ante el regazo de María para adorar a Cristo. Qué pesar, no pudo encontrar el ¿para qué?.

¿De qué sirve tener poder, un poder para conmover a miles de jóvenes? ¿De qué sirve tener poder para mover a miles si luego no puedes moverte tú para salir de tu cama en medio de la depresión? ¿De qué sirve que tu voz deleite a muchos si luego esa voz, es tu propia tortura y te retumba en la conciencia y no sabes qué hacer con eso?

Somos reyes, aunque sea de algo muy pequeño, somos sabios, aunque sea en un saber que puede parecer inútil a otros, somos peregrinos. Nosotros somos como ellos, nosotros somos como estos magos de Oriente. Nosotros somos reyes y sabios y peregrinos y el Dios que les regaló una estrella a ellos, que les dio una señal a ellos, ese Rey nos regala estrellas.

¿Cómo puede uno encontrar una estrella?, ¿Cómo puede uno ver una estrella nueva? Para detectar una estrella nueva hay que conocer las estrellas viejas, ¿Cierto?. Si yo veo el cielo de ayer y veo el cielo de hoy, y hay algo muy nuevo en el cielo de hoy... Ahí hay una estrella nueva, entonces lo primero es que tienes que conocer tu cielo. Tu cielo es el mundo de tus esperanzas, el mundo de tus ensueños, el mundo de tu inspiración, el mundo de tus nostalgias, el mundo de tu poesía. Lo primero es que tienes que conocer ese mundo. Si quieres encontrar la estrella nueva, tienes que conocer las estrellas viejas.

Tienes que conocer tus anhelos, tus frustraciones, tus recuerdos, tus nostalgias, tus esperanzas, tus proyectos. Ten el mapa, -hermano mío-, ten el mapa de tu cielo, tenlo, ten ese mapa grabado. Un día aparece una estrella, un día tal vez?, Esto es nuevo, aquí hay algo nuevo.

Entonces fíjate los consejos que vamos a sacar de esta fiesta de la Epifanía. Consejo número uno: -Conoce tu cielo-. Consejo número dos: -Detecta la estrella, percibe la estrella nueva-. Dios te da una estrella nueva, no la desprecies. ¿Que puede ser una estrella nueva? Puede ser muchas cosas..., una estrella nueva puede ser una canción, una canción.

Me acuerdo una de las primeras veces que vine al amado Perú y escuché una canción que a ustedes también les gusta mucho, que dice algo como: -Fuego, fuego, fuego, fuego, yo quería, pero lo buscaba donde no lo había-. Esa canción fue para mí un mensaje, cuando yo la oí, yo dije: ¡Qué mensaje tan poderoso!. Es que eso se parece a muchas cosas en mi vida, esa canción resplandeció en mi cielo, esa canción me dice algo..., -como yo no he terminado de hacerme amigo de los músicos, sé que no la van a cantar en esta Misa porque ellos son así, es eso, esa es una característica que ellos tienen conmigo-, pero esa canción es muy hermosa. -Ve- a través de una canción, a través de una persona, a través de una sonrisa, a través de un chiste, a través de una predicación, a través de algo que vi en la calle, una noticia en el periódico, hay muchas estrellas que pueden aparecer.

Consejo número uno: Conoce bien tu cielo. Consejo número dos: Detecta lo que es nuevo no lo desprecies, ahí puede haber algo bueno para ti, ¡no lo desprecies!. Uno de los matemáticos más admirados por este servidor de ustedes, matemático de nacionalidad húngara que vivió en el siglo veinte llamado Paul Erdos, Paul Erdos, un genio de la matemática, era un hombre ateo. Lamentablemente, lo poco que dijo de Dios fue horrible, él decía que Dios era un fascista, es decir, blasfemaba de Dios, pero él no perdía tiempo; perder, entre comillas, perdía tiempo con la cuestión de Dios. Él trabajó un tiempo donde unas religiosas católicas, él daba clases ahí. En una época él estaba ahí, por supuesto, como era un colegio católico, tenía una cantidad de cruces, cruces y más cruces, en los salones, en los patios, la capilla..., este matemático decía: -lo único que me parece curioso de ese colegio es que tiene muchos signos más-. Qué tristeza. ¡No vio lo que había en esa cruz! ¡No vio esa estrella!, él únicamente repitió su mundo, su mundo era la matemática, él repitió su mundo.

Cuando veas la estrella, no repitas tu mundo. Dios trae novedades a tu vida, pero no repitas tu mundo, Dios trae algo nuevo. A veces uno oye algo, que a uno le llama la atención. Uno oye, por ejemplo, la palabra penitencia, yo nunca había pensado en la penitencia, dice uno. Pero ¿qué tal que ahí haya algo para mí?Uno oye la palabra sanación, todos nosotros tuvimos algún día en el que resonó por primera vez la palabra sanación, y esa palabra hizo un eco dentro de nosotros y seguramente esa palabra fue como una estrella, una estrella que nos guió hacia el que sana y salva, a Jesús. ¿Ves? Era una estrella. -No dejes perder las estrellas porque te estrellas-. Dios te da estrellas.

Consejo número uno: Conoce tu cielo. Consejo número dos: Detecta la estrella y no la desperdicies. Tercer consejo: Sigue la estrella. Ellos siguieron esa señal.

Yo oí la palabra sanación, yo había oído la palabra sanar, había oído la palabra sano, por supuesto, algo había oído del vocabulario de la salud, pero, -Sanación- yo no lo había oído, pero la palabra sanación fue como una estrella. -Pero vino Cristo, el Señor de la vida. Y me dio del fuego-, es que dice (la canción), ¿no? -me dio del fuego, que quería...-, (no, no, no estoy hablando del fuego primero, no me confunda, porque entonces a ¿dónde vamos a parar?) Primero es el fuego. ¿Cierto?, Y me dio, ¿del qué?, del fuego del que yo quería.

Entonces, fíjate. Esa canción me dice que lo que yo estoy buscando, lo que es mi mundo interior, lo puedo encontrar a través de un camino exterior que me lleva hacia Jesucristo. O también puedo pensar que Cristo conoce mejor lo que yo soy. Conoce mejor mi mundo interior, lo conoce mejor que yo mismo. Pero hay que ponerse en movimiento.

Entonces yo fui a un grupo de oración donde oí de sanación y me interesó la sanación. Oí de liberación, oí penitencia, oí reconciliación, y esa estrella me fue guiando. Y yo seguí la estrella, sigue la estrella, sigue la inspiración de la gracia.

Hay otro punto muy interesante: Los reyes sabios peregrinos fueron donde Jesús y le llevaron ¿unos qué? -Unos regalos-. Y de estos regalos vamos a aprender otras dos lecciones. La primera: ¿por qué en la antigüedad los reyes entregaban regalos? Para abrir rutas de comercio y para abrir alianzas. El regalo era una muestra de benevolencia, una muestra de admiración, pero también tenía un mensaje político, el regalo es para hacer alianza. Es decir, la estrella cumple su papel. La estrella sigue allá, pero ya cumplió su función.

Ya no me quedo en la estrella, no me quedo en la estrella, no me quedo en el milagro, no me quedo en la sanación, no me quedo en lo extraordinario. Eso sirvió para llevarme a Cristo, el importante es Cristo y a ese Cristo yo le llevo mi regalo, es decir, hago alianza con Cristo, Alianza. Hay que hacer alianza con Cristo, yo hago alianza con Cristo, yo abro una ruta.

Los que eran expertos en esto de los regalos y las rutas de comercio eran los chinos. Por eso un hombre que tiene fama de ser un inculto en el siglo doce, aquel hombre llamado Gengis Khan, el rey de los mongoles o jefe de los mongoles, era experto en abrir rutas. Él abrió rutas que cubrían Asia, Asia, ¡por Dios!, Asia, miles de kilómetros desde China y Mongolia hasta Persia hasta Irak hasta los montes Urales, toda Asia a base de regalos. También batallas, porque el que ponía problema tenía que vérselas con él. Pero su ruta preferida, su método preferido, eran los regalos.

Los regalos establecen rutas. La estrella me muestra el camino, una vez el regalo deja abierto el camino para siempre, lo importante es hacer alianza con Cristo. Lo importante es tener una ruta hacia Cristo para que yo le pueda llevar a Cristo lo que yo soy y lo que yo tengo. Y para que yo pueda recibir de Cristo lo que Cristo es y lo que Cristo tiene, el regalo establece una alianza. El regalo establece un camino, el regalo establece una ruta, lo importante del regalo desde el punto de vista político, no es si era mucho oro o poco oro. Los teólogos de la Edad Media se preguntaban, bueno, y ¿Qué hicieron José y María con ese oro? Entonces algunos dicen que se los dieron a los pobres, otros dicen que se les fue en la ruta a Egipto, pero esos son especulaciones, lo que interesa aquí no es la cantidad del regalo. El regalo, en términos de reyes de la antigüedad, quiere decir: -Quiero una alianza contigo, Quiero una ruta contigo-.

Y ese es el mensaje que nosotros debemos tomar aquí. Una ruta con Cristo, la estrella va a pasar, el encanto va a pasar, la fascinación se va a acabar. Lo que tiene que quedar es una ruta más allá de la fascinación, porque la fascinación un día dura y otro día no está. Necesitamos una ruta que nos consolide en Cristo Jesús. Para eso es el regalo.

Dijimos que el regalo tenía dos significados Uno es el significado político. El significado político es quiero hacer alianza contigo, quiero establecer una ruta contigo. Pero el regalo también tiene un sentido de vasallaje. Cuando se establece, cuando se da un regalo propio de reyes, como es el oro, se está reconociendo: Tú eres soberano. Darle oro, sobre todo el oro, darle oro a Jesucristo tenía un sentido clarísimo reconocerle como digno de señorío y reconocerse uno mismo como su vasallo.

Entonces hay que establecer alianza con Cristo. Pero una alianza que consiste en que tú serás mi Señor y yo seré tu siervo. Fíjate todo lo que aprendemos de estos reyes eran reyes sabios y peregrinos, y ellos nos enseñan a conocer nuestro cielo, es decir, nuestras preguntas, nuestras inspiraciones, nuestras nostalgias.

Oye, no desprecies tus nostalgias. Vivimos en un mundo tan acelerado que uno ya no tiene tiempo para estar nostálgico. Simplemente uno se deprime rápido y se mata y se acabó. La nostalgia tiene su importancia, no como idolatría del pasado, cuidado con eso, pero es que la nostalgia te hace sensible a aquello que es más permanente en tus propios valores. Por ejemplo, muchas personas cuando están lejos de su patria sienten nostalgia. Esa nostalgia tiene un valor, tiene el valor de recordarme que hay valores..., -ahí donde yo vivía, ahí de donde yo soy-. La nostalgia es un valor si, me ayuda a reconocer los valores.

Conoce tu cielo, conoce tus nostalgias, conoce tus proyectos, conoce tus?, tus más profundos anhelos, conócelos. Detecta lo nuevo que Dios trae y no lo desprecies. Sigue las inspiraciones de la gracia, pero no te quedes únicamente en lo extraordinario. Llega hasta Jesús. Sella pacto con Jesús. Haz alianza con Jesús. Reconócelo como tu Señor.

Bueno, una última enseñanza de estos reyes sabios y peregrinos está en algo muy curioso: la relación de ellos con Herodes. Ellos llegaron a Jerusalén, que era la capital de Judea:, -Oiga, dicen que hay un rey- Herodes, nada más abrió los ojitos..., -está grave esto- ¿rey?, Y entonces ¿yo que vengo siendo?.

Ustedes saben que Herodes era un impostor, Herodes no venía de la descendencia de David. Herodes era un impostor. Herodes venía incluso de otro pueblo, él era Idumeo. Eso era más falso que una moneda de cuero. Herodes tenía un reinado falso. Y Herodes abre sus ojitos y dice Ah, sí, sí, sí, el rey. Claro, claro. ¿A quién no le interesa el rey? Sí, sí. Está muy bien lo del rey, claro, importantísimo, importantísimo, el rey, claro..., imagínese, el rey, importantísimo. -Averigüen bien lo del rey ese; y entonces vienen por mí y yo voy allá y lo mato... esto, lo adoro-. -Ese era Herodes-.

Observa un detalle., Los magos le dicen abiertamente a Herodes., -Hemos visto salir su estrella-, dicen ellos. -Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo-, a ver si esas son las palabras, así, tal cual: -Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo-. Ellos eran reyes, Herodes era rey. ¿Por qué Herodes no se une a ellos? Ustedes no piensen que estos magos de Oriente o sabios de Oriente salieron los tres al tiempo...., lo más probable es que se fueron encontrando en el camino a medida que fueron siguiendo la misma señal.

Los nombres tradicionales que se dan son Melchor, Gaspar y Baltasar. Entonces, vamos a suponer aquí: por simplificar las cosas, que Melchor se puso en camino y de camino se encontró con Gaspar y Melchor y Gaspar, más adelante se encontraron con Baltasar y se fueron uniendo y después se encontraron con Herodes, pero Herodes no se unió.

Ahí hay un dato importante. Ellos de camino se fueron encontrando y se fueron uniendo y vamos juntos. Somos todos reyes, somos todos sabios, somos todos peregrinos. Vamos a adorar al Rey Nuevo, al Rey grande cuya estrella hemos visto salir. ¡Vamos, vamos!, pero llegan donde Herodes y Herodes tenía el nuevo rey ahííí nomás. Belén no está tan lejos de Jerusalén, son unos kilómetros. Llegan donde Herodes y Herodes les dice: -Es en Belén, vayan ustedes, yo me quedo-. Esa es una señal muy importante, una señal que quedó ahí, en el recuerdo, en el inconsciente, diríamos de estos personajes. Ahí les quedó esa señal, nada de raro que después tuvieran un presentimiento: Ese tipo está muy raro, -eso no nos devolvamos donde ese señor-. ¿Por qué no vino él? ¿Por qué tiene que venir después el solo? ¿Por qué tiene que sacar la información primero? -Ese tipo está muy extraño-.

Entonces se fueron por otro camino. ¿Qué nos enseña esta parte de la historia? Bueno, que hubieran sido cuatro Reyes Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar y Herodes. Pero Herodes no fue a adorarlo. No fue, Herodes vio o supo de la señal, así como la estrella fue una señal para los reyes. Los reyes fueron una estrella para Herodes, pero Herodes no siguió la señal. ¿Te das cuenta?

Repito, la señal para los reyes fue la estrella y la estrella, para Herodes eran los reyes. Eso significa dos cosas que tú eres estrella, -yo sabía que tú lo presentías, ok, de acuerdo-. Tú eres una estrella, tú eres una estrella que invitas a otros, que atraes a otros que llevas a otros. Lo que la estrella hizo a los reyes, los reyes querían hacerlo con Herodes. ¡Vamos!

Pero lo segundo que esto muestra es el peligro de no seguir la estrella. Herodes prefirió la seguridad de su castillo, la seguridad de su palacio, la seguridad de su imperio, y desde ahí planeó el horrendo crimen que recordamos el veintiocho de diciembre en la fiesta de los Santos Inocentes. Este es el peligro de no seguir la estrella. Este es el peligro de no responder a la gracia.

¿Tenemos más ejemplos de esto? -Sí-. Había un muchacho que andaba buscando qué hacer con la vida. Era un muchacho bueno en el sentido de que cumplía los mandamientos de Dios. Y era un muchacho adinerado. Sólo que tenía una cierta pregunta. ¿Cómo hago yo para tener vida eterna, para tener verdadera vida? ¿Qué hago yo? Supo que Jesús, el gran profeta, estaba por ahí cerca y se acercó y le dijo Maestro bueno, -¿qué hago para tener vida eterna?- Y Jesús le respondió -Cumple los mandamientos-. Y el muchacho le dijo: -Pues yo ya los he cumplido desde niño-. Y entonces Jesús le dijo: -Te hace falta una cosa, ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres. Luego vienes y me sigues-. Ahí la estrella eran las palabras de Jesús. Ahí la estrella era la mirada de Jesús. El evangelista San Marcos nos dice que Jesús se quedó mirando al joven y lo amó. Lo miró con amor, era la estrella. Eran los ojos de Dios. Era la mirada, la bendita y dulcísima mirada de Jesús. -Ven, ven, sígueme, sígueme, ven-. Pero el muchacho hizo lo mismo que Herodes. Retrocedió. Se afianzó en su castillo. Se quedó en su palacio. Tenía muchos bienes, -me van a sacar aquí de mis bienes, me van a sacar aquí, de mi palacio; mejor no me sacan de mi palacio, mejor me quedo en mi palacio-.

Herodes pagó su desobediencia amontonando sobre su cabeza uno de los crímenes más repugnantes que cuenta la Biblia. El joven rico pagó su desobediencia, al imperio de la gracia, con uno de los peores males que se pueden contar de alguien. El muchacho arrugó la frente y se fue, triste, triste, triste para su palacio; triste para la soledad de su palacio, triste a encerrarse en lo que parece un palacio, pero que en realidad es una prisión.

Tú eres rey y tú tienes palacio, pero sin Cristo tu palacio es prisión. Oye eso que te hace falta. -Sin Cristo, tu palacio es prisión-. Y el muchacho este, se devolvió para su palacio, pero ya no era palacio, era su prisión. Y ya no se devolvió solo, cuando fue a buscar a Cristo, lo fue a buscar solo, cuando se devolvió ya no se devolvió, solo lo acompañaba una tenebrosa señora que nunca lo abandonó, la señora tristeza, y esa mujer se quedó con él, le hizo amargas, sus comidas insoportables, sus noches, él rechazó a Cristo, perdió a Cristo y se ganó esa pésima huésped, la señora amargura, que tiene por apellido tristeza. Perdiste a Cristo, quédate entonces con esa pésima inquilina, quédate con la tristeza y lo que tú llamabas palacio, quítale ese título, llámalo ahora prisión. Ese es el precio de desobedecer.

Pidamos al Señor la gracia de obedecer. Mira, sin Cristo, tu juventud, que debería ser un jardín, se va a convertir en un lugar de tortura, sin Cristo tu inteligencia, que debía ser casa de diamante, va a ser la opacidad de la confusión, sin Cristo, tu fuerza que debería abrirte caminos, va únicamente a tejer para ti una horca, sin Cristo, tu castillo será tu prisión, y tu prisión será tu sepulcro.

¡Oh! Señor Jesucristo, no permitas que pase esta hora, no permitas que pase esta estrella, no permitas que yo pierda este momento, ¡Oh !Señor Jesucristo, si yo llego a desobedecer esta hora de la gracia, mi vida será prisión y mi prisión será sepulcro. ¡Oh! Señor Jesucristo, ya que eres regalo que el Padre dio a mi vida, dame el regalo de acoger mi regalo.

Amén. Amén.

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