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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesucristo es la plenitud del judaísmo porque en él se revela cómo la elección es vocación de servicio y revelación de salvación.
Homilía epif019a, predicada en 20110102, con 14 min. y 14 seg. 
Transcripción:
Hermanos, aprendamos o recordemos hoy un par de cosas. Cuando yo era niño y cuando era adolescente, me daba como impaciencia a veces ir a la misa y salir de la Iglesia sin saber qué era lo que había encontrado, qué era lo que había aprendido. Yo creo que uno debe salir siempre de la Iglesia con una alabanza en los labios, con el corazón calientito de amor y también con una idea en la cabeza. Algo que le ayude a uno a conocer mejor a Cristo. Y algo que le sirva también para la vida. Por eso yo le pido al Espíritu Santo que me ayude siempre y también en este instante, para que yo pueda decir algo que nos ayude a querer más a Jesucristo, admirarlo más, adorarlo mejor. Y también algo que nos sirva para nuestra propia vida. Por eso les propongo dos cosas. La primera es la maravillosa relación que tiene esta fiesta de la Epifanía, que a veces se llama de los Reyes Magos con la fiesta de la Navidad y con la fiesta del bautismo del Señor. Porque el tiempo litúrgico que llamamos de Navidad empieza con la Nochebuena, con la celebración de la Navidad. Tiene luego esta especie de cima, este punto alto que se llama la Epifanía, y luego el tiempo litúrgico de Navidad termina con la fiesta del bautismo del Señor. Desde que nació hasta que fue bautizado por Juan en el Jordán. Ese es el amplio arco que atrae nuestra mirada durante el tiempo de Navidad. Y es muy importante, creo yo, relacionar estas tres fiestas del Señor. Repito Navidad, Epifanía y Bautismo. Recordemos que en la misa de Navidad, el apóstol San Pablo, en su carta a Tito, ha dicho La bondad de Dios se ha manifestado. Es decir, la Navidad nos interesa porque es manifestación de la bondad de Dios, de su compasión, de su misericordia. Si Cristo está en nuestra tierra, si Cristo nace de María, es como un acto infinito de ternura, de compasión de Dios. Las entrañas misericordiosas de Dios nuestro Padre, se dejan sentir en la fiesta de Navidad. Pero la palabra clave es la de esa carta a Tito -La Navidad es manifestación-. Y resulta que manifestación en griego antiguo se puede decir con esa otra palabra ?Epifanía". Es decir, que la Epifanía y la Navidad están profundamente relacionadas. La Navidad es una epifanía, y la epifanía existe porque ha habido un nacimiento. Evidentemente, la Epifanía, la manifestación de Cristo, no podría darse si Cristo no hubiera nacido. Entonces, Navidad y Epifanía están relacionadas. En ambos casos se trata de la manifestación del Señor. Y en cierto sentido, esta fiesta de la Epifanía que está en el centro del tiempo de Navidad, sirve para que nosotros sepamos que todo en Navidad tiene que ver con Epifanía, es decir, revelación, manifestación. Dios se ha mostrado, el Dios invisible se ha hecho visible, el Dios lejano se ha hecho cercano. El Dios prometido ha llegado. Eso es Navidad. Eso es lo que celebramos en este tiempo litúrgico. ¿Y por qué es tan importante que se manifieste Jesucristo? Pues por la fiesta del bautismo. Lo más importante de la fiesta del bautismo es que en ese bautismo Cristo recibe la unción. Si Jesucristo es Cristo, es por la unción. Sucede que -la palabra Cristo quiere decir ungido-. Cristo se dice así en griego, Christos quiere decir ungido. Esa misma palabra en hebreo es Mesías. Él es el Mesías. Es decir, el bautismo es el que hace de este Cristo, el Ungido, de este Jesús, el Ungido del Padre para salvarnos. Y por eso el bautismo es la gran Epifanía, porque en el bautismo es donde aparece la voz del Padre que dice: "Este es mi Hijo amado". Ahí queda declarado, ahí queda manifiesto el elegido de Dios. Qué importante, mis hermanos, que nosotros vayamos llevando la secuencia de estas fiestas. Si lo miramos bien, son como las tres caras, como tres facetas de un hermoso diamante. Todas nos hablan de un Dios que ha querido salir de su silencio para hablarnos. Que ha querido abajarse con compasión a nosotros para, sin dejar de ser santo, ser al mismo tiempo salvador de nosotros los pecadores. Esa es la primera idea, que llevemos la palabra manifestación, la palabra epifanía, la palabra revelación. Esas palabras que son prácticamente sinónimas, vamos a llevarlas como el contenido del tiempo de Navidad. Navidad es eso, se ha mostrado, se ha manifestado la bondad y la ternura de Dios. La segunda idea que creo que debemos compartir en este día tan bello el día de la Epifanía, lo tomamos de la primera y de la segunda lecturas del día de hoy. Porque esta fiesta nos ayuda a comprender cómo es la relación entre el pueblo elegido y los demás pueblos de la tierra. ¿Por qué Dios eligió a un pueblo, siendo así que todos los pueblos estaban enfermos de la misma enfermedad, del mismo mal? Y ese mal se llama el pecado en sus diversas formas, sea por causa de soberbia, ira, lujuria, mentira, envidia. Todos los pecados son en últimas, expresiones de una enfermedad que aqueja a todas las naciones. Entonces, ¿Por qué si todos están enfermos, Dios elige únicamente a un pueblo? Esa es la pregunta que queda respondida en esta hermosa fiesta de la Epifanía. Sucede que este pueblo que ha sido elegido únicamente por la compasión divina, porque así lo declara el libro del Deuteronomio: "Si Dios te ha elegido a ti, no es porque seas el más numeroso, ni el más fuerte, ni el más rico de los pueblos, sino para mostrar en ti toda su misericordia y por sostener la palabra que prometió a tus padres". Así le habla Dios al pueblo elegido. Este pueblo que ha sido elegido, ha sido elegido para ser servidor de los demás pueblos. Es decir, en su maravillosa sabiduría. Esto es lo que San Pablo llama el designio, el designio de Dios. En su maravilloso designio, Dios se ideó un camino para entrar en nuestra historia, para hacer también la jornada con nosotros, para ir a nuestro lado y salvarnos. Y el plan que Dios designó fue este. Voy a elegir un pueblo y voy a hacer de ese pueblo instrumento de salvación para los demás pueblos. Lo más bello es ver cómo Dios supera todas las expectativas. Porque la primera lectura de hoy, tomada del profeta Isaías, ya tenía unas expectativas altísimas. Ese oráculo que hemos escuchado, que es del capítulo sesenta, hace alusión al tiempo del regreso del destierro a Babilonia. Los israelitas habían sido desterrados y entonces Isaías les dice "No solamente van a volver ustedes, sino que con ustedes van a venir las riquezas de las naciones". Y viene toda esa descripción poética, porque Isaías es un gran literato, viene toda esa descripción poética?. ?Vienen los camellos y los dromedarios?. A tus hijas las traen en brazos; los frutos del mar?.? Todo tan hermoso, tan rico, tan abundante, tan bello. Es decir, que ya a través del profeta quedaba claro que Dios iba a superar ese tiempo, el más oscuro que conoció el pueblo elegido. El tiempo del destierro. Y no solo iba a superar ese tiempo, sino que iba a traer las riquezas de las naciones. Evidentemente, para un judío, esta expresión lo que significaba era una especie de desquite. Así como en otro tiempo nos robaron a nosotros, nos saquearon, ahora nosotros vamos a saquear a los otros pueblos que van a traer gozosamente sus dádivas, sus regalos, sus ofrendas al Dios del cielo. Y sin embargo, la realidad supera a la imaginación. La realidad supera a la promesa. Lo prometido ya era grande, pero lo que sucedió es todavía mayor. Y esto es lo que despierta la admiración del apóstol San Pablo en la carta a los Efesios, según hemos oído el día de hoy. También dice el apóstol Pablo, "Dios me dio a conocer por revelación su designio. La revelación es esta ?Que vosotros los gentiles, aceptando el Evangelio, participáis en Cristo Jesús de la misma herencia, del mismo cuerpo, de las mismas promesas que el pueblo de Israel". Es decir, que a través de Jesucristo, en quien se realiza plenamente el judaísmo, Jesucristo es como el judío perfecto, el judío pleno, el judío embajador de ese pueblo elegido. A través de Jesucristo se ha realizado lo que Dios quería para el pueblo elegido, es decir, servir de instrumento, de convocatoria y de salvación para todos los pueblos. De modo que tiene razón Isaías cuando contempla con mirada gozosa que las riquezas de las naciones van a llegar hasta Jerusalén, y que van a venir todos los pueblos trayendo sus riquezas. Pero lo que Dios hizo fue más grande que eso, porque la mayor riqueza que trajeron esos otros pueblos y esos otros pueblos somos nosotros a los que la Biblia llama los gentiles, es decir, los no judíos. Lo que nosotros hemos llevado a Jerusalén, a la Nueva Jerusalén, que es nuestra Madre y que es la Iglesia. La riqueza que nosotros hemos llevado es ante todo la riqueza de nuestras propias personas. Es decir, Dios, a través del poder de su Evangelio, a través del maravilloso atractivo que tiene Jesucristo ha convocado a todas las naciones para que nosotros llevemos la riqueza de nuestro propio ser, de nuestra propia lengua, de nuestra propia cultura, de nuestros talentos, de nuestras artes, de nuestras ciencias. Que todo vaya, que todo se reúna, que todo llegue donde Jesucristo. Que se congregue en la Nueva Jerusalén y que brille la Gloria del Padre en una humanidad reconciliada. ¿Cuáles fueron las dos ideas de hoy? Primera, profunda relación entre la Navidad, la Epifanía y el bautismo. Esa relación la podemos describir con una sola palabra: revelación, manifestación, epifanía. Todo este tiempo de Navidad es para que nosotros nos llenemos de asombro ante un Dios que no se ha quedado retraído y en silencio, sino que ha salido adelante con compasión y nos ha entregado a su propio hijo. Primera idea. Y después viene la segunda idea. La relación entre el pueblo elegido y los demás pueblos de la tierra. Lo que no llegaron a comprender los mismos judíos es lo que Dios estaba realizando. Y esa vocación del judaísmo era y es ser pueblo de elección, para servicio de todas las naciones, convocando, atrayendo las riquezas de todos hacia Jerusalén. Pero Dios cumplió esa promesa a través del judío pleno y perfecto que es Jesucristo. Y así atrajo las riquezas de todas las naciones, no tanto en camellos, dromedarios, oro o plata. Lo realizó atrayendo nuestros corazones, nuestras voces, pensamientos, nuestras ciencias, nuestras artes, porque todo ha de rendirse ante el Rey de todo el universo que se llama Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos. Amén.

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