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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Una fiesta que invita a ser epifanía para los demás.
Homilía epif013a, predicada en 20090104, con 14 min. y 3 seg. 
Transcripción:
Celebramos en Colombia y en muchos otros lugares del mundo el Domingo de la Epifanía. Corresponde a lo que popularmente se llama la fiesta de los tres Reyes Magos. Esta fiesta era antes, siempre el día seis de enero, buscando que el domingo como Día del Señor, contenga siempre ese alimento espiritual y esa referencia a Jesucristo como Señor; en muchos lugares los obispos han decidido trasladar esta fiesta para el domingo. Como el domingo es el día del Señor y la Epifanía es una fiesta eminentemente cristológica, pues ese ha sido el criterio. Hay personas que están o estamos de acuerdo con ese cambio que ya tiene unos cuantos años, otras personas siguen sintiendo un poco de nostalgia por el seis de enero. Lo importante, más que el día preciso del año, es que nunca dejemos de celebrar ese gozo, esa gracia, ese regalo que es la manifestación del amor de Dios entre nosotros. Esta fiesta tiene una gran relevancia, una gran importancia en muchos lugares donde se ha predicado la fe cristiana. Podemos decir que, en general, en las iglesias cristianas de Oriente, como decir, Grecia o Turquía, o Rusia, en general, en las iglesias cristianas ortodoxas, la fiesta que se lleva como la principal relevancia es la epifanía, mientras que el nacimiento de Cristo es relativamente menor. Nosotros que vivimos hacia Occidente, estamos en el caso contrario. Solemos celebrar con gran relevancia, con gran importancia la Navidad, y a veces pasa desapercibida esta preciosa celebración, esta hermosa solemnidad de la Epifanía. La idea fundamental para esta fiesta es solamente esta frase: -Dios ya nos amaba, pero no lo sabíamos-. Dios no empezó a amarnos cuando nació Jesucristo en el portal de Belén, Dios no empezó a amarnos cuando el niño fue adorado por los pastores o cuando el niño fue circuncidado. Y sin embargo, nosotros vinimos a conocer de ese amor de Dios solamente cuando el mismo Dios, quiso manifestarlo. El amor de Dios por nosotros es eterno, como Él mismo, pero nosotros hemos sabido de ese amor en momentos particulares, en circunstancias particulares. Por eso la primera frase, tal vez la más importante del día de hoy, es la que ya he dicho: -Dios nos amó desde siempre, pero nosotros no lo sabíamos-. Y la Epifanía es, en síntesis, aquel momento en el que uno descubre ese amor que ya estaba, pero que uno no conocía. Y por eso la Epifanía es al mismo tiempo una festividad contemplativa, una solemnidad que nos invita a la adoración que nos invita al silencio recogido, que nos invita a rendirnos delante de Cristo, como lo hicieron estos magos de Oriente. Y también es una festividad y una solemnidad que nos invita a evangelizar. Es una fiesta contemplativa y es una fiesta misionera. Porque, qué es, la evangelización sino, apresurar la hora de la Epifanía para otros pueblos, para otras culturas, para otras comunidades, para otras personas. Cuando das testimonio de Cristo, cuando ayudas a que Cristo sea conocido en la vida de otra persona, tú eres instrumento, tú eres mediación, tú eres epifanía, tú ayudas a que amanezca la luz de Dios en esos otros corazones. Un consejo dado a tiempo, un buen retiro espiritual, una palabra que conduce hacia Dios, puede ser aquella circunstancia, puede ser aquel instrumento por el cual llega la luz de Dios a esa persona. Y por eso esta es una fiesta no solamente para bendecir y adorar a Jesucristo, sino esta es una fiesta para tomar conciencia de que también nosotros tenemos que ser epifanía para los demás. También nosotros tenemos que ser manifestación, tenemos que ser ocasión de encuentro con el amado Señor Jesucristo. Pero por supuesto, nadie da de lo que no tiene, o por lo menos nadie da de lo que no sabe que tiene. Hay que despertar ese bautismo que tenemos en nosotros y hay que tener viva la historia del amor de Dios en nuestra mente, en nuestro corazón, mis hermanos. Si a nosotros nos preguntaran: ¿cuáles son nuestras epifanías? De pronto titubearíamos un poco. Quizás no sabríamos qué responder. Pues hay que renovar la fe. Y eso es, recordar en cuáles momentos de nuestra vida Dios ha amanecido, Dios ha brillado. Si te pregunto ¿cuándo se ha manifestado Dios en tu vida? ¿En qué momento has sentido eso que dice una canción?, -Tan cerca de mí que hasta lo puedo tocar-, ¿Cuáles han sido tus epifanías?, Esos son los regalos del amor de Dios. Esos son los regalos de su luz y de su misericordia, con los cuales Él ha impregnado tu vida, con los cuales Él se ha ganado tu corazón. Solamente si recordamos esos lugares, si recordamos esos momentos y los mantenemos frescos, podemos también transmitir a otros el mensaje del Evangelio. Hoy se recomienda mucho a las parejas cuando tienen dificultades, cuando están en crisis, como decimos, uno de los recursos que utilizan los terapeutas, los consejeros de pareja y de familia, es invitar a esa pareja a que recuerde su propia historia..., ¿Cómo se conocieron? Trata de recordar, si tienes pareja, trata de recordar esa historia de amor que te ha unido a tu mujer o a tu marido, a ese hombre que es único en tu vida, a esa mujer que es única en tu vida. Y al recordar esos momentos, sobre todo cuando se recuerdan juntos, surge, renace la llama del amor. Y muchas veces, en ese recuerdo de la historia de amor que la pareja ha construido, se logra recuperar la vitalidad, la fuerza, la alegría. ¿Sabe qué pasa con el amor? Pasa que a veces damos por descontado el amor después de cinco años, diez años, veinte, treinta años de matrimonio. Es muy fácil decir: -esta mujer que vive conmigo está aquí porque tiene que estar aquí, no ve que es mi mujer- y se convierte, ella se convierte, en una obligación, en un deber para él y él, en un deber para ella. Ella tiene que estar porque es mi esposa, él tiene que estar porque es mi marido, y no nos damos cuenta que esa esposa que está ahí en el hogar un día quiso regalarte su tiempo, te regaló su juventud, te regaló lo más hermoso de su piel, te regaló lo mejor de sus besos, de sus abrazos porque te amó. Tú tienes que hacer memoria de todos los regalos que esa mujer te ha dado para descubrir qué es lo que tienes ahí en tu casa. Este recurso psicológico también lo podemos aplicar los que llevamos otra clase de vida. También el sacerdote, por ejemplo, tiene que recordar sus momentos de amor, porque el hecho de que nosotros no tengamos pareja y familia no significa que estemos separados del amor. Muy al contrario, la vida sacerdotal bien vivida está colmada de momentos en los que el amor casi hace reventar el corazón. Yo tengo que recordar, como sacerdote, tengo que recordar esos momentos en que el amor se ha hecho presente en mi vida, porque seguramente como sacerdote tendré también crisis, así como ustedes los casados las tienen. Y yo tengo que recordar la historia de amor que Cristo ha construido conmigo. Tengo que recordar esos momentos en los que simplemente he podido decir ¡Gracias, Señor!, porque aunque no lo merecía, quisiste llamarme a tu servicio. Una religiosa tiene que hacer otro tanto. Cada uno de nosotros tiene que mantener fresca en la memoria la historia de esos amores que son los que hacen posible seguir adelante. Son los que nos dan razones para esperar y trabajar por un mejor futuro. Pues si esto vale para la pareja, si esto vale para la familia, para el sacerdote, para la religiosa, también tiene que valer en nuestra vida cristiana. Tenemos que hacer memoria de esos momentos. Quizás han sido demasiado pocos, quizás han sido demasiado fugaces, quizás los hemos sepultado debajo de un alud de cosas materiales. ¿Sabes que Cristo estaba esperando con ansia el momento de tu primera comunión?, ¿Sabes que Cristo, que como dijo un predicador, es ganoso de darse?, Sabes que Cristo estaba esperando tu primera comunión para entregarse a ti como, solamente Él sabe entregarse?, pero es posible que tú poco recuerdes de ese día de tu primera comunión, porque había tantas distracciones, había tantas cosas, había tantos regalos. Había que ponerle atención a tantas personas y tantos arreglos, y la fiesta, que se te ha olvidado -ese amor- O tal vez no lo percibiste, pero déjame decirte que Cristo quería que esa primera comunión tuya fuera una epifanía. Cristo quería en ese momento brillar con fuerza en tu alma. Y Cristo quería que en ese momento tú pudieras sentir lo mismo o mejor que lo que sintieron los Magos de Oriente, que tú pudieras sentir que te rendías como disolviéndote en amor, como derritiéndote de amor ante Él. ¿Sabes tú que en cada confesión, cada vez que celebramos debidamente el sacramento de la Confesión, Cristo está queriendo entregarse a ti de un modo total?, Cristo está renovando en ti el amor. Muchos de los que estamos aquí podemos recordar algunas confesiones que hemos hecho y sabemos en dónde estábamos, con qué padre nos confesamos, incluso en qué confesionario o en qué lugar..., Esa fue una epifanía, ahí conocí el amor de Dios, ahí me sentí amado por Dios. Pues yo te invito. No renuncies a esas experiencias, más bien mantenlas frescas en tu corazón. Muchos de los que estamos aquí hemos tenido la gracia de hacer retiros espirituales. Si no lo has hecho, busca la manera de hacerlo, un buen retiro espiritual, un encuentro con Jesús, un encuentro personal con Jesús, que este retiro sea tu epifanía, que sea tu momento estelar. Muchas parejas han participado en encuentros de novios o encuentros matrimoniales y también les han hecho mucho bien. En fin, la lista sería bastante larga. A veces basta entrar en una capilla y postrarse ante el sagrario a solas. Y ahí puede suceder tu epifanía. Ahí puede suceder la manifestación del amor de Cristo para ti. Y así, con esa experiencia fresca, renovada, hermosa del amor de Dios, también tú vas a ser epifanía para que el mundo conozca, porque el mundo necesita de Dios, así lo desprecie a veces, el mundo necesita de Dios y tú puedes ser epifanía para muchas hermanas y hermanos.

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