Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Epifanía, fiesta de luz para recibir la manifestación del Hijo de Dios.

Homilía epif009a, predicada en 20010107, con 11 min. y 22 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, como creo que todos ustedes saben. Este convento de Santo Domingo en Bogotá es habitado en su mayor parte por jóvenes religiosos que se preparan para servir a la Iglesia con el sacerdocio. No están con nosotros en este momento los que tuvieron la idea de este pesebre, porque hay entre ellos quienes tienen inclinación especial por la Biblia, otros por la teología, algunos por las misiones, otros por el arte, la filosofía, la ciencia. Nunca olviden, dicho sea de paso, nunca olviden orar por ellos, por nuestros frailes estudiantes y también por nosotros, sacerdotes que acompañamos académicamente y vocacionalmente el camino de ellos.

Pues bien, como tenemos artistas, se les ocurrió disponer este pesebre así?, más cerca que nunca, del altar y con el lugar para la proclamación de la Palabra que se llama ambón, ¡aquí!, como en medio del pesebre, está uno predicando desde el pesebre. Eso sí, no me había tocado a mí en la vida. En otras épocas acostumbraban a hacer el pesebre en las naves laterales, pero la creatividad de ellos, esta vez nos ha presentado esta escena que me resulta profundamente amable, porque es que, el pesebre se lo inventó por inspiración divina, un gran santo, Francisco de Asís como una manera de predicar.

Y desde que empezó esta bendita costumbre del pesebre..., estas imágenes están a su manera, predicando, están proclamando el misterio de la humildad, de la ternura, de la cercanía, de la alegría, de todo eso tan bello que significa la Navidad. Y de aquí, del medio de este pesebre, yo quiero repetir esa enseñanza de Navidad.

Dios ha querido estar cerca de nosotros. Abre sus brazos, como el Niño Jesús. La imagen del niño nos abre los brazos, ¿A quién no se le abre el corazón con los ojos de un bebé?. Dios ha querido a través de este niño abrir nuestros corazones para que nosotros recibamos una palabra fundamental: -la Palabra del amor de Dios manifiesto a los hombres-.

La Navidad es la fiesta del nacimiento de Cristo, un nacimiento que sucedió como escondido. Testigos de ello fueron los ángeles y los pastores. Pero Dios quiso que en los comienzos de la vida terrena de su Santísimo Hijo hubiera, por decirlo así, primicias de esa gran cosecha de salvación que Cristo iba a recoger de los cuatro puntos cardinales.

Nosotros somos parte de esa cosecha, nosotros que creemos en Cristo, que le adoramos, que nos entregamos a Él con lo mejor de nuestras fuerzas, hemos sido conquistados, no por la violencia de las armas, no por la prepotencia del dinero, no por la altivez que da el poder; nosotros hemos sido conquistados por la sonrisa de este niño, por la humildad de este profeta, por la santidad de este Cristo que desde el principio de su vida en Belén hasta el final de su vida en Jerusalén, sólo nos ha dado amor, amor y más amor. Hemos sido conquistados por Él, su Palabra poderosa, su gracia esplendorosa, la hermosura de sus milagros y lo que hemos visto que realiza en la gente, nos ha conquistado.

Pero hay que saber que antes que a nosotros, este Niño Bendito ha conquistado generaciones y generaciones de corazones, porque para eso vino, para ser el Salvador, y su nombre significa eso -El Salvador-, Dios salva.

Hoy, en la fiesta de Epifanía, estamos celebrando el comienzo de esa manifestación de Cristo a los pueblos que no pertenecíamos a la herencia de Abraham, según la carne y la sangre. Es lo que hemos escuchado en la segunda lectura. Dice aquí el apóstol Pablo: -La revelación es esta, que vosotros los gentiles...- Esos ¿quiénes seran? -Pues nosotros-, gentiles, llama la Biblia a los que no tienen origen en el pueblo de Abraham, es decir, a los no judíos; ¡nosotros!.

-La revelación es esta: que vosotros, aceptando el Evangelio, participáis en Cristo Jesús de la misma herencia, del mismo cuerpo y de las mismas promesas que el pueblo de Israel-. Esa es la maravilla de la fiesta de hoy, que este Cristo que desciende según la carne y la sangre de David y de Abraham, viene no solo para ese pueblo, sino que viene como luz de las naciones.

Por eso esta epifanía es una fiesta de luz, donde nosotros recibimos la manifestación del Hijo de Dios. ¡Qué ternura la de Cristo!, ¡Qué misericordia la de su Padre! A través de ese signo en los cielos, estos magos de Oriente fueron conducidos hasta el pesebre.

Yo creo que Dios ha enviado muchas estrellas a nuestra vida., Yo creo que Dios nos está dando muchas pistas... Revise su memoria, Dios nos está dando muchas pistas y quiere atraernos a todos aquí al pesebre. Desde aquí, desde la humildad de la infancia de Cristo, Papá Dios está clamando, está llamando a todos y diciendo: -Vengan, que tengo para ustedes regalos de gracia, de conversión. Lo que parece imposible para los hombres no es imposible para mí-.

Hace poco hablaba con un caballero que me decía: -Padre, no me siento capaz de dejar mi modo de vida-, está viviendo en pecado, -no me siento capaz de dejar mi modo de vida; yo creo que Dios no me puede exigir eso., no me siento capaz-, tiene toda la razón, caballero..., no se sienta capaz porque usted no es capaz. Ni yo tampoco. Nadie es capaz... Pero Dios nuestro Padre, si es capaz, Dios si puede sacarnos de nuestras lejanas tierras y puede conducirnos con estrellas de luz, de sabiduría y de amor, y puede llevarnos a la humildad de Cristo.

No somos capaces de dejar muchas cosas. De pronto nuestro egoísmo, de pronto nuestra comodidad, de pronto nuestros resentimientos, de pronto los placeres ilícitos que encharcan nuestra vida. No nos sentimos capaces, no hay que desfallecer. Dios tiene estrellas de amor, tiene caminos de providencia, tiene ángeles, tiene luces, tiene palabras, tiene sentimientos que darte, tiene una fortaleza que no te imaginas y te va a llevar donde Cristo para que tú y yo y todos, un día nos postremos ante él y le adoremos.

Ese es el cuadro ¡espectacular! que nos ha presentado la primera lectura. -Levántate, sonríe, Jerusalén, que ya llega tu luz-. El profeta Isaías, que vivió tantos siglos antes de Cristo, ya entreveía esa victoria del amor y de la gracia de Dios. Y por eso, mirando entre las brumas del futuro, la victoria de Dios, escribió este oráculo: -Levántate, sonríe Jerusalén. Jerusalén, ya llega tu luz, brilla en ti la gloria del Señor. A tu luz acudirán los pueblos, los reyes buscarán el brillo de tu aurora-. Y luego viene lo más hermoso, aquí es donde nos menciona la Biblia, mire:, -Alza la vista, mira alrededor, ¿Cuántos vienen en tropel hacia ti?, Te inundarán caravanas de camellos, vendrán multitudes de Saba cargadas de oro y de incienso proclamando las alabanzas del Señor. Cuando aparezca en el último día Jesucristo, nos reuniremos en procesión desde todas las naciones. Será un acontecimiento único. Caminaremos desde todos los pueblos y llegaremos al trono del Cordero y cantaremos las alabanzas del Señor-.

Eso es lo que anticipadamente celebramos en ese acontecimiento tan pequeñito. Dice la tradición que fueron tres, tres magos de Oriente que llegaron donde Jesús. Pues ya ellos son la anticipación del día grande. Cristo va a reinar. Cristo es el Rey y todos nosotros, de todos los pueblos de la tierra, iremos donde Él cantando, danzando, proclamando sus alabanzas y diciéndole: Todas mis fuentes están en ti.

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