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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La Epifanía.

Homilía epif001a, predicada en 19960107, con 17 min. y 0 seg.

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Transcripción:

Epifanía, llamamos en la Santa Iglesia esta solemnidad. Palabra con la cual, decimos "Manifestación del Señor". Ya se había manifestado a María y a José que así aparecen como los primeros evangelizados. Ya se había manifestado a los pastores, que eran como la especie de escoria del pueblo, del pueblo de Israel. No estará mal que repitamos que los pastores del tiempo de Jesús tenían pésima fama, de ser gente despreciable, mentirosa, ladrona, abyecta; pues a esa gente le envía Dios, una legión de ángeles para que la Gloria del cielo sea en la faz de la tierra. Y ya Jesús se había manifestado así a estos pastores.

Lo nuevo, entonces, que trae la Epifanía, no es en sí misma la manifestación, sino la manifestación a pueblos no judíos, la manifestación a los pueblos gentiles. En este caso, esos pueblos están representados por estos extraños y pintorescos personajes de Oriente a los que el Evangelio llama unos magos. Luego la tradición ha dicho que eran tres y que eran al mismo tiempo reyes; esa tradición, aunque sea antigua, parece tener más de leyenda, que de apoyo -como para complementar lo que nos dice el Evangelio-.

De modo que el origen del misterio que estamos celebrando, es esa visita que estos extraños personajes hacen saliendo de su tierra, saliendo de su cultura para buscar a ese rey. Esta manifestación de Jesús a los gentiles, esta primera manifestación de Jesús a los gentiles, tiene especial significado para todos nosotros, precisamente los que no provenimos según la carne y la sangre del pueblo judío.

También nosotros de alguna manera hemos tenido y seguimos teniendo que salir de nuestras ideas, incluso ideas religiosas, incluso ideas sapienciales, y hemos tenido que esperar una señal. Y también para nosotros ha habido una estrella, y también para nosotros ha llegado la ocasión de asomarnos a la casa de Jesús, de María, de José, para adorar al niño y para regalarle, para ofrendarle de lo mejor que produce nuestra tierra, de lo mejor que ofrece nuestra cultura.

De modo que en esta festividad celebramos los orígenes de nuestra fé; para ese como un primer punto de este comentario o conversación sobre las lecturas que la Iglesia nos ofrece. Un segundo punto es este: Epifanía significa manifestación: -Si lo pensamos bien-, toda la vida de Cristo es Epifanía. Hay una manifestación de la Gracia; podemos decir igual una evangelización.

Hay una manifestación de la Gracia a aquella a la que el ángel llama kejaritomene, a la que el ángel llama "agraciada, predilecta, muy amada, muy favorecida". Ahí hay una manifestación, ahí hay una Epifanía. En este caso, para María Santísima. El nacimiento de Jesús es una Epifanía. La visita de estos personajes de Oriente es una Epifanía. Pero luego hay otras dos Epifanías importantes que la Iglesia asocia, sobre todo por la tradición oriental, más que por la de occidente, que la Iglesia asocia con esta festividad. Ellas son el bautismo del Señor y el milagro de las bodas de Caná.

De pronto nos hemos extrañado quienes tenemos la fortuna, la gracia de orar con la Liturgia de las Horas; nos hemos extrañado de que en las antífonas de este día, que para nosotros es el día de los Reyes, simplemente, -o en la mayoría de los casos es solo eso-, nos hemos extrañado de que en este día, que es el de la visita de los Reyes, se hable de tres prodigios; el agua convertida en vino, alusión a las bodas de Caná, la voz del Padre en el Jordán, "Este es mi Hijo amado", la visita de los reyes.

Esos tres prodigios de este día son más bien la comprensión que la Iglesia tiene de que un mismo día, con mayúscula, de que un mismo misterio envuelve a estos acontecimientos: La voz del Padre en el Jordán manifiesta el misterio de ese que se estaba bautizando y que hasta ese momento, para la gente que estaba ahí solo podía ser otro pecador. El milagro de las bodas de Caná es una manifestación, es aquella primera señal, de acuerdo con lo que dice el Evangelio de Juan es una manifestación sobre quién es Jesucristo, en este caso una manifestación a los discípulos. Y este milagro o esta sucesión de milagros, de hechos hermosos y prodigiosos que acompañan la visita de los Magos de Oriente, también son una manifestación a los gentiles.

De manera que la Iglesia con corazón contemplativo, reúne esos tres misterios que son todos ellos epifanía del Señor. Como diciendo que Cristo vino para ser la manifestación de la Gracia y Gloria del Padre. ¿A quiénes?, a los discípulos que se convierten como en los verdaderos herederos de las promesas hechas a Israel, y así Jesús es el cumplimiento de todas las profecías, la plenitud de toda la antigua Alianza. Jesús es la manifestación de la Gracia y Gloria del Padre para los gentiles, como lo expresa en palabras inmortales el apóstol San Pablo en el texto que hemos escuchado de la carta a los Efesios. Este es el misterio que estaba oculto. El misterio que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos y que ha sido revelado por el Espíritu de Dios ahora, -que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo, partícipes de la misma promesa-.

Entonces Epifanía es también manifestación a nosotros los gentiles, a nosotros los no judíos. Y Epifanía es también manifestación de acuerdo con esa voz del Padre en el Jordán, especialísimamente para los pecadores. Ahí donde hay pecado, con arrepentimiento, está cerca el perdón con la Gracia.

Qué bien caen aquí las palabras de un pensador, ni siquiera cristiano, pero por tantos aspectos, cercano al pensamiento y a la revelación cristiana. Hablo de Séneca cuando decía: "Al que de veras le duele haber pecado, es casi inocente". Y cuando uno piensa en esa manifestación de Cristo en el Jordán, uno siente que donde hay verdadera contrición, no está lejos, sino que ya ha empezado la obra de la Gracia, porque la contrición ya es Gracia.

Estas consideraciones nos invitan, digo mejor, nos obligan a levantar el corazón más allá de lo anecdótico, más allá de los reyes, al pie del pesebre, más allá de los regalos, como se acostumbra, por ejemplo, en España; bueno, y esta fecha está mejor para regalos que la Navidad. -Digo yo aquí como comentario suelto-. Pero más allá de la anécdota de los reyes y de los regalos, esta solemnidad invita, obliga a abrir y levantar el corazón a Cristo como Epifanía del Padre. Y nos dice qué es lo que podemos esperar de Cristo. Podemos esperar: Gracia para los judíos que pueden encontrar en Él, el cumplimiento de toda promesa. Gracia para los gentiles, que por un inefable misterio de la misericordia divina hemos sido incorporados a este Cristo y Gracia para los pecadores tomados de los judíos y de los no judíos. Gracia para todos ellos por la Gracia del bautismo.

Cuando se ve la grandeza de esta celebración, en estos términos, uno puede hacer una tercera consideración...., y es que en cierto modo, esta festividad, vista así repito, en toda su magnificencia, en todo su despliegue, de algún modo supera incluso a la misma Natividad. Y será por esto que en las iglesias orientales tiene casi más peso y tiene más esplendor la celebración de la Epifanía que la misma celebración del nacimiento del Señor.

Ante este Cristo manifestado, ante este Cristo insignia de salvación para judíos y no judíos y para pecadores; la fé de los cristianos de Oriente y de Occidente reconoce con agradecimiento y alabanza la misericordia del Padre. Y esto quizá explique también este énfasis, en la Epifanía que tienen las iglesias orientales, esto también explique la orientación, por decirlo así, tan profunda y al mismo tiempo tan connatural de su liturgia y de su teología; hacia los aspectos neonatológicos y escatológicos de nuestra fé.

San Pablo nos ha dicho: Se trata de un misterio revelado por el Espíritu. El que no recibe gracia del Espíritu, el que no recibe voz de ángeles o ruta de estrellas, ambos en el cielo, como para que aprendamos que de lo alto viene toda dádiva? El que no recibe voces de ángeles o luces de estrellas, no encuentra a Jesús. Y de verdad que del cielo nos viene, más allá y más hondo que cualquier voz de ángel, siendo tan bellas y tan sabias y tan humildes sus voces, más allá que cualquier voz de estos santos espíritus y más allá que cualquier trazo en las antiguas leyes, de los cielos, nos viene la Gracia del Espíritu, y no hay Epifanía sino en el Espíritu, y no hay Epifanía, sino cuando el Espíritu cae sobre nosotros y adueñándose de nuestro entendimiento, lo ata a la carne de Cristo, lo enamora de esa carne que destila Gracia, lo deja prendido y prendado de esa manifestación de Dios.

Solo el Espíritu de Dios puede tomar nuestro entendimiento y abrazarlo dulcemente y sin violencia, convencerlo de que toda salvación y toda sabiduría están en Jesucristo. Solo el Espíritu de Dios puede tomar nuestro corazón y con cadenas de amor y con lazos de Gracia, -como diría San Agustín- Apretarlo al Corazón de Cristo para que nada nos pueda separar de ahí, y para que ninguna duda ni por nuestros pecados, ni por los afanes que tiene el peregrinar en esta tierra, ni por graves y escandalosas que sean las tentaciones que nos acechan, podamos separarnos de ese amor, que está ahí, en ese corazón.

Por eso una espiritualidad centrada en la Epifanía del Señor es una espiritualidad con las manos tendidas a lo alto, con los ojos fijos en lo alto, en el cielo. Y con la boca deseosa de cantar de una vez y para siempre las alabanzas que no acaban. Porque los ecos de Navidad se extinguieron, y bien pronto, después de la aparición de aquellos ángeles, el silencio volvió a la campiña de Belén, y la tiniebla volvió a cubrir lo que antes estuvo lleno de luz.

En cambio, el que desea la plena Epifanía desea esa victoria definitiva del día de Cristo sobre nuestras noches. Uno no puede estar centrado en la Epifanía del Señor, sin desear el cielo, sin desear esa última, esa última manifestación de la Gloria de Cristo, ese día último al que ya no le sobrevendrá noche alguna. Y por esto, repito, los cristianos de Oriente, que en tantas cosas nos enseñan, nos invitan desde lo profundo de su espiritualidad a ser de veras espirituales, esto es, a tener y esperar nuestra vida sólo del Espíritu Santo. Y en ese Espíritu aguardar la manifestación que no acaba: la eterna Epifanía en la cual contemplaremos para siempre, -así lo conceda Dios- la Gloria del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Así sea.

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