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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

De la cruz del Señor brota la claridad de lo que es el pecado y lo que hace, nos muestra que el pecado no tiene la última palabra y nos deja ver el designio del Padre que es una sobre abundancia de amor de Él por nuestra salvación.

Homilía cruz023a, predicada en 20240503, con 6 min. y 22 seg.

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Transcripción:

Entre tantas imágenes de Cristo crucificado. Me llama la atención de esta, ese intenso color dorado que hace que uno sienta que de la cruz sale la luz. Y de ello precisamente quisiera decir algunas palabras en esta fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz que tenemos, pues en el caso de Colombia y de muchos otros países es el Tres de Mayo. Mira esto, de la cruz brota la luz. ¿Qué luz? Pues yo creo que se debería decir ¿Qué luces? porque son varias las luces.

La primera luz que brota de la cruz es la claridad sobre lo que hace el pecado. El pecado es lo mismo que la serpiente bíblica, gusta de esconderse, gusta de reptar, gusta de obrar de modo solapado porque su engaño es su fuerza, su capacidad de engañar es su fuerza. Ese es el pecado. Pero la cruz nos muestra con claridad lo que hace el pecado. El pecado hace que los amigos traicionen a los amigos. El pecado hace que los discípulos abandonen al Maestro. El pecado hace que las multitudes pidan la cruz, pidan la tortura y la muerte para el benefactor más grande que han podido encontrar. Eso es lo que hace el pecado. Y luego, en el cuerpo llagado de nuestro Señor, en el cuerpo de Cristo, destruido, despedazado, vemos lo que hace el pecado. Eso es lo que hace. Esa es la primera luz.

La segunda luz, es que el corazón de Cristo, que tanto sufrió. No se rindió al poder del pecado. Es decir, Cristo sufrió los pecados sin pecar. Escribe eso que te conviene. Cristo sufrió los pecados, nuestros pecados, los pecados de abandono de sus discípulos, los pecados de la injusticia del Sanedrín, los pecados de la ineptitud y comodidad de Pilato. Cristo sufrió los pecados sin pecar. Entonces la segunda luz es que el pecado no tiene la última palabra. Que hay un poder más grande que el pecado, y que ese poder más grande, ese poder vital, es el que después vence precisamente a la muerte. La vida vence sobre la muerte, y esa victoria empieza en la cruz. Esa es la segunda luz.

La tercera luz que tal vez es la más difícil de descubrir. Es que detrás del sacrificio de Cristo está el designio del Padre. Varias veces, especialmente en el Evangelio de Juan, encontramos que Cristo dice que Él ama al Padre y obedece. Por ejemplo, en el capítulo catorce. Bueno, ahora dudo sobre el número, me disculpo. Cuando Cristo les dice que mi alegría esté completa en ustedes, les dice también, ya se acerca el príncipe de este mundo. No es que el príncipe de ese mundo tenga ningún poder en mí, pero es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre y hago lo que Él me dice. Así como Cristo pide de nosotros amor y obediencia, Él es el primero en vivirlo. Amor al Padre y obediencia al Padre. O sea que en la cruz hay un designio del Padre. Ese designio del Padre. Se proclama solemnemente en el pregón pascual. Quizás todavía tenemos la memoria de esa pieza lírica tan preciosa que es el pregón pascual. Y una de las frases que se dice en el pregón pascual es para salvar al esclavo entregaste al hijo. ¿Y eso a quién se lo decimos? El Hijo es Cristo. Entonces, ¿A quién le decimos para salvar al esclavo entregaste al Hijo? ¿A quién se lo decimos? Al Padre Celestial. O sea que la cruz es la expresión más perfecta del designio de Dios, de la manera como nos ha amado Dios, así nos amó Dios. Eso es lo que tenemos que decir. Así nos amó Dios, y por eso la cruz tiene esos tres potentes haces luminosos.

En primer lugar, nos declara sin ambages lo que es el pecado y lo que hace el pecado. En segundo lugar, nos muestra que el pecado no tiene la última palabra. Y en tercer lugar, la cruz nos muestra cuál era el designio del Padre y cómo el designio del Padre es una sobreabundancia de amor por nuestra salvación. Y, por consiguiente, recordar aquí las palabras de Pablo en la carta a los Romanos. El que no perdonó a su propio Hijo. No perdonó en el sentido de que no le ahorró el sufrimiento de la cruz. El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros. ¿Cómo no nos dará con Él todas las cosas? Ese es el Padre Celestial. Alabanza a nuestro Padre Dios y a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Amén.

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