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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El misterio central de la cruz es que en ella hemos sido amados, perdonados, liberados, redimidos y adoptados; y por eso afirmamos que es la cruz de la gloria de Dios Uno y Trino.
Homilía cruz017a, predicada en 20180503, con 4 min. y 42 seg. 
Transcripción:
En muchos lugares de Latinoamérica celebramos el día de hoy la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Es un buen momento para recordar que hay toda una guerra contra la cruz en muchos lugares de este planeta. Así, por ejemplo, el laicismo, el secularismo extremo, toman una postura de hacer desaparecer los símbolos religiosos. Entonces, las cruces que están en los espacios públicos, quitarlas. Las cruces en los hospitales, quitarlas. Cruces en las escuelas, cruces en los despachos de los funcionarios, van para afuera. Hay una guerra contra la cruz.
Estos tan enemigos de la cruz, a nombre de una ideología que tenemos que llamar laicista, resultan, probablemente sin desearlo expresamente, resultan aliados de otros que han sido enemigos de la cruz desde hace mucho tiempo, a saber, los musulmanes. Para los musulmanes, la cruz es como una burla a Dios. Que se diga que Jesucristo es Dios es intolerable para los oídos de los musulmanes. Y que se diga que ese Jesucristo Dios, ha muerto en la cruz por nosotros. Eso es completamente inaceptable. Es repugnante y tiene que ser prohibido. Así que esa es la manera como miran ellos las cosas. Hay una guerra contra la cruz. En otros sectores también hay oposición a la cruz. Así, por ejemplo, en algunos sectores del hinduismo se detesta la cruz. Pero lo que uno no puede olvidar es que la cruz es, en primer lugar, detestada y a la vez temida por el demonio. Y esto tiene que hacernos pensar. Es decir, que los laicistas extremos, los musulmanes, algunos hinduistas y muchos otros, se opongan a la cruz, es cosa que lo pone a uno a pensar. Porque el primero que se opuso a la cruz porque en ella tuvo su peor derrota fue el demonio. Eso tiene que hacernos pensar.
Yo le doy gracias a Dios porque a medida que pasan los años me convenzo de la grandeza de la cruz. Ya sabemos hace tiempo que la cruz no es adoración del sufrimiento. La cruz es reconocimiento agradecido del amor. Amor que llega hasta el extremo. Lo dice el Evangelio de San Juan Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Entonces la cruz tiene que ser para nosotros lo mismo que fue para san Pablo un motivo de verdadero orgullo. Yo no me avergüenzo, decía Pablo. No me avergüenzo de la cruz. Y por qué no se avergüenza. Porque es fuerza de salvación. Es el lugar donde más he sido amado. Es el lugar donde he sido liberado. Es el lugar donde el fardo de mis pecados ha caído. Es el lugar que me ha abierto las puertas del cielo. Es el lugar que ha traído la máxima verdad a mi vida. La verdad de que soy un pecador. Pero la verdad de que soy un amado y un redimido. Y todo eso me lo ha dado la cruz. Y por eso yo no puedo apartarme del misterio de la Cruz.
Y por eso estos tiempos en los que estamos son tiempos para que nosotros, con la misma o incluso mayor fuerza que ellos odian la cruz, nosotros la amemos y la portemos siempre con respeto, siempre con veneración. Hay que tener cuidado de volver a la cruz, simplemente un adorno o casi un juguete. Algunas cruces que funcionan como joyas son tan ridículas por su tamaño o porque se pone el valor simplemente en el material del que está hecha, que desvía la atención del misterio central de la cruz. No es el diseño bonito, ni mucho menos el material. El misterio central es el que ya se ha dicho: Hemos sido amados, perdonados, liberados, redimidos y adoptados en la cruz. Y por eso saludamos con amor la cruz en este momento y decimos que es una cruz gloriosa. Es cruz de la gloria del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

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