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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La palabra que nos ayuda a pasar de la cruz como frustración y fracaso a la cruz como bendición y gloria es: donación de amor.
Homilía cruz015a, predicada en 20160503, con 5 min. y 21 seg. 
Transcripción:
La cruz, instrumento de tortura utilizado por los romanos, aunque no fueron ellos los primeros en matar seres humanos de esa manera, es signo de oprobio en la antigüedad, signo de terror. Podríamos decir que en nuestra época retoma ese significado por las crueldades del Estado Islámico, pero en otros lugares, como es el caso de nuestra sociedad y nuestro ambiente, más que por ese aspecto de tortura, es más bien por el sufrimiento y por el sentido de fracaso por el que quizás resulta antipática o distante la cruz. Evitamos la cruz, evitamos incluso la imagen del Crucificado. Esa resistencia es explicable porque el dolor es desagradable siempre y es contrario a nuestras expectativas y deseos. Por eso podemos decir que esta fiesta va en contravía de lo que el corazón humano usualmente desea. Uno no quiere ni que le vaya mal, ni que tenga que sufrir. No quiere verse fracasado ni rechazado y sobre todo, no quiere morir.
La palabra más importante, creo yo, para introducir esta fiesta de la Cruz es la palabra donación. Hay que ver en esa sangre no solamente el drama de la traición de Judas, el abandono de los apóstoles o la ineficiencia del sistema jurídico romano. Hay que ver en esa sangre un acto de amor hasta el extremo, un acto de donación. Y es donación porque asumiendo el misterio de la Cruz, el Señor se pone en contacto directo con los muchos frustrados, solitarios, dolidos, abandonados. Podríamos decir que en la cruz nuestro Señor Jesucristo sale al encuentro de aquello que el Papa Francisco ha llamado las periferias. Es un acto sublime de amor, pero un acto eficaz. No es un puro sentimiento, es un acto que le ayuda al que se siente derrotado a encontrar exactamente a su lado a ese hermano bendito, a ese pastor bueno que le tiende sus brazos y que lo recibe en su pecho.
Este misterio de la cruz del Señor también nos está indicando la abundancia de la paciencia y la misericordia divina, porque Cristo en la cruz es ofrenda, es hostia, es un intercesor. Las palabras que se recuerdan de Él, esas que llamamos las siete palabras, son sobre todo oración. Oración con los Salmos, oración de intercesión, acto de caridad con el discípulo amado y con su propia Madre María. Así que necesitamos, me parece, volvernos a ese sentido de donación que tiene la Cruz, para también asumir de modo distinto nuestros propios esfuerzos. Toda vida humana, toda vida cristiana, va a requerir momentos de negación. Uno tiene que negarse, aún en cosas pequeñas, sencillas. Uno tiene que aprender a decir no todo va a ser según mi gusto, según mi deseo, según mis planes. Y por eso la cruz se constituye no sólo en hogar, donde se recibe al pecador y en hospital donde se sana el enfermo, sino que la cruz se vuelve también escuela, escuela para nosotros.
Y por falta de predicación sobre la cruz estamos sufriendo mucho paradójicamente, en la Iglesia. Porque si no se asume, por ejemplo, la vida religiosa, si no se asume con un sentido de cruz, muy pronto los votos se vuelven imposibles. ¿Yo por qué me voy a negar esto? ¿Yo por qué voy a hacer eso? ¿Yo por qué tengo que doblegarme ante el deseo o las pretensiones de otro? ¿Yo por qué no puedo tener lo que yo quiero? Es imposible la vida religiosa, imposible si no se abraza la cruz de Cristo. Santa Catalina lo decía con frecuencia a las vocaciones de ese tiempo. Entonces recuperemos ese sentido de la cruz. Por supuesto que no como un derrotismo ni un dolorismo, sino más bien como una donación valiente, generosa, bella, que siempre necesaria en el camino de la vida cristiana y sobre todo, de la vida religiosa.

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