Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Predicación sobre la Cruz, con ocasión de la Fiesta del Señor de los Milagros, en el Perú.

Homilía cruz013a, predicada en 20141028, con 17 min. y 32 seg.

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Transcripción:

Para nosotros los cristianos, la cruz es ante todo un lugar de encuentro. Me parece que una frase de San Agustín es especialmente útil al hacer esta meditación. Habla este gran santo del encuentro entre nuestras miserias y las misericordias del Señor. Nuestras miserias y las misericordias del Señor. Nuestro pueblo, sencillo, de una manera espontánea, profunda, amorosa, hace ese ejercicio contemplativo cuando ve las llagas de Cristo. El pueblo se reconoce llagado por las distintas carencias, por los padecimientos, por las enfermedades, pero viendo a Cristo llagado, lo sienten al mismo tiempo tan cercano y tan potente. Cercano porque está llagado como nosotros. Potente porque el que pende de la cruz no es otro, sino el Señor de los milagros. Es el que hace maravillas. Por eso Cristo en la cruz es puente, es lugar de encuentro.

Cada uno también en particular, ha de hacer ese ejercicio. La única manera eficaz, la única manera provechosa de contemplar la cruz del Señor es haciendo ese ejercicio, es decir, reconociendo cuáles son nuestras llagas para unirlas a las llagas de Jesucristo, reconociendo nuestras necesidades para verlo a Él tan necesitado y al mismo tiempo tan generoso con nosotros. Si no se hace ese ejercicio, lo único que se ve en la cruz es la contradicción de un sistema judicial injusto. Lo único que se ve es el absurdo de la muerte de un inocente. Lo único que se ve es un episodio vergonzoso en la historia de la humanidad y sin embargo, tantas veces repetido Así que hemos de pedir al Señor que nos conceda la gracia de tener estos ojos contemplativos y tener este corazón humilde. Porque si nos acercamos con ese corazón en gran solidaridad con nuestro pueblo sencillo, también nosotros obtendremos abundante fruto.

Este es el primer punto de meditación en este día, las llagas de Cristo como expresiones de misericordia y al mismo tiempo como expresiones de esa mano que se extiende de parte de Dios para tocar nuestras miserias, invitándonos por consiguiente a ser sinceros. Nosotros venimos ante Dios, no como campeones. Venimos ante Dios como mendigos, tal vez como necesitados. Uno por qué hace retiros espirituales. Uno no hace retiros para recibir. Denme la medalla, denme el premio que me merezco. No, llegamos como gente necesitada todos. Gente necesitada. Y esa actitud del corazón necesitado, del corazón indigente, es la que nos da también ojos contemplativos.

Pasemos a un segundo punto. La primera lectura nos ha presentado el episodio de la serpiente de bronce. Lo que más llama la atención es el hecho de que la gente quedaba liberada del veneno de la serpiente que le picaba, viendo a la serpiente levantada en el estandarte. Una mirada que sana. Una mirada que es capaz de vencer al veneno. Si lo miramos bien, si lo pensamos bien, es algo muy extraño. Dios no dice que tienen que tomarse algo, algún bebedizo o que tienen que untarse algo donde fueron mordidos por la serpiente. El remedio consiste en ver. El remedio consiste en mirar. Es un remedio muy extraño y es un caso único en la escritura. Aunque luego hay otros pasajes que nos hablan de ese tipo de mirada. Por ejemplo, el profeta Zacarías nos dice: Mirarán al que traspasaron. El libro de las Lamentaciones dice: Mirad si hay dolor semejante a mi dolor. Y ahora Cristo, en el Evangelio de hoy, dice que Él tiene que ser levantado para que todo el que cree en Él tenga vida eterna. Mostrando así que aquel que contempla con fe al Cristo levantado, al Cristo crucificado, obtiene remedio.

Preguntémonos ¿Cómo es que una mirada puede sanar? ¿Qué tipo de mirada es esa que sana, que cura del veneno de la serpiente? La serpiente es un animal astuto que logra buena parte de su propósito precisamente escondiéndose. El movimiento silencioso es preparación para el ataque certero. La serpiente logra su victoria ocultándose. Y esto es precisamente lo propio de la tentación y lo propio del pecado. El pecado siempre es veneno que se esconde detrás de una seducción. Lo que se presenta es agradable. Lo que se presenta es hermoso. Pero ahí viene el veneno, ahí está el veneno. Esta es la estructura de la tentación y el pecado. La tentación es atractiva y el pecado es venenoso. Pero el pecado, para acercarse lo suficiente a nosotros, como la serpiente, tiene que estar oculto. ¿Qué es entonces la serpiente puesta sobre el estandarte? Es el desenmascaramiento. Es el pecado desenmascarado. Es la realidad cruda. Es la realidad patente del daño que causa el pecado. Por eso, en el proceso de sanación tiene que darse una fase en la que uno ve, en la que uno contempla, contempla ¿qué?, la realidad del pecado uno tiene que ver a la serpiente desenmascarada. Eso es lo que representa esa serpiente de bronce sobre ese estandarte de madera. Representa al pecado desenmascarado y el pecado desenmascarado ya no hace más daño.

Si apareciera toda la realidad de las consecuencias del pecado, yo creo que uno pecaría muchísimo menos. Imaginémonos una persona que es muy aficionada, por dar un ejemplo muy sencillo, muy cotidiano. Imaginémonos una persona que es muy aficionada, podríamos decir adicta a beber alcohol. Imaginémonos que esa persona se toma una copita, quizás de un buen pisco peruano, se toma su copa y con la primera copa se le produce un salvaje dolor de cabeza, una sensación de mareo, un malestar en todo el cuerpo. Es decir, lo que es propio de lo que en algunos países llaman cruda, es decir, la resaca, lo que da al otro día cuando la persona se emborracha. En Colombia se utiliza una palabra rara para eso, se le llama guayabo. El guayabo, la resaca, la cruda, lo que da al otro día, la persona se emborrachó y al otro día tiene esa sensación horrible. Imaginémonos que la persona se toma el primer sorbo de su pisco y de inmediato se le dispara ese dolor de cabeza, náuseas, malestar. Estoy seguro que esa persona no sigue porque ya vio las consecuencias.

Lo mismo podríamos aplicar a otro tipo de pecados. Imaginémonos una muchachita coqueta que está por ahí en jueguitos y tocamientos. Hay una cosa ambigua con su novio. Y bueno, estando en ese jueguito tan peligroso van a ver una película y la película es cómo se realiza un aborto. Muy probablemente eso la hace reflexionar, porque lamentablemente muchos de esos jueguitos terminan en embarazos y muchos de esos embarazos indeseados son puerta precisamente para el aborto. Ver las consecuencias. Ver la serpiente desenmascarada. En esto es en lo que voy a terminar. Y en esa película sale una mujer que habla de cómo se siente de haber abortado y del dolor que tiene y llora ante las cámaras. Yo estoy seguro de que esta muchachita ya no le parece tan simpático ese jueguito, ese coqueteo, ese tocamiento en el que estaba, porque ya ve las consecuencias.

Entonces ahí encontramos nuestro segundo punto de meditación. La cruz desenmascara al pecado, muestra crudamente la realidad del pecado. Por eso es tan importante que nuestras cruces hablen del dolor de Cristo y muestren las llagas de Cristo, porque esa es la manera de desenmascarar. A veces se presenta, por lo menos fue una moda que hubo en mi país, una cantidad de Cristos resucitados en las capillas, en las iglesias, mostrar, Cristos resucitados. Aunque hay una cierta justificación en el sentido de mostrar la victoria del Señor, también hay un peligro. Y es que el Cristo resucitado, que parece un señor recién salido de la ducha o que parece uno que está entrando al gimnasio, son unos cuerpos espectaculares los de esos Cristos resucitados y las llagas prácticamente no se ven por ahí. Un manchón que no se sabe si es un lunar que tiene. Eso no desenmascara el pecado. El pecado tiene que ser desenmascarado, tiene que verse la consecuencia del pecado.

Yo siempre me acuerdo de Teresa de Jesús, que tuvo su gran conversión siendo ya religiosa de muchos años en el convento, tuvo su gran conversión, precisamente viendo una imagen de Cristo en su pasión, un Cristo azotado, y al ver esa sangre que corre, ella como que cayó en cuenta, qué cosas serias el pecado. El pecado tiene que ser una cosa seria. Si Cristo tuvo que llegar a tales extremos por salvarnos, el pecado tiene que ser una cosa seria. Seguramente que si Teresa en vez de ver ese Cristo azotado, vea un Cristo recién salido del gimnasio, un cuerpo espectacular y perfecto, pues lo único que hubiera pensado es quién sabe si hice bien entrando al monasterio. Así que es importante esta dimensión del Crucificado. Es importante esta dimensión de la cruz. En la cruz se ve la serpiente vencida y a la vez queda desenmascarada esa serpiente. La cruz desenmascara el pecado y la cruz muestra el pecado ya vencido.

Ese es el oficio que realiza y por eso nosotros vamos a nuestros días de retiro, para eso, para encontrar nuestra realidad de pecadores. No vamos a encontrar otra cosa, no vamos a hurgar en otras vidas. Queremos hurgar en el propio corazón y queremos encontrar ahí la realidad nuestra, pero sobre todo para encontrar esa realidad vencida. No es un ejercicio de autocastigo, es un ejercicio de esperanza. No importa cuál sea mi pecado, no importa cuál sea mi situación. La serpiente ya está vencida. Ese es el segundo punto.

Tercer y último punto en nuestra meditación de hoy. La cruz como lugar privilegiado del amor. Hemos dicho en nuestro primer punto que se trata de un encuentro. Pero fíjate que es un encuentro de amor. La frase final del Evangelio de hoy lo declara abiertamente. Tanto amó Dios al mundo, que entregó su Hijo único, para que no perezca, sino que tenga vida eterna. O sea que la cruz nos habla de amor. ¿Cómo nos habla de amor? Porque nos habla de entrega. Es un Dios que se entrega. Es una oferta de amor. Ahí está el Señor, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Esa entrega es oferta, es ofrecimiento de amor. Así que hoy es un día hermoso para decirle al Señor te recibo, recibo tu entrega de amor. Acepto el amor que me has tenido desde siempre. Quizás hemos estado buscando otro tipo de satisfacciones, otro tipo de amores, muchas veces engañosos.

Hoy, Señor, acepto tu ofrenda o mejor, tu oferta de amor. Y al recibir ese amor de Cristo, experimentamos que el centro de nuestra existencia lo tiene a Él como único Rey y como único Salvador. De esa manera, los demás amores, las demás opciones encuentran su lugar. Cuando Cristo tiene su trono, todo lo demás queda en orden. Cuando Él por fin recibe su lugar en nuestro corazón, todos los demás afectos, todos los demás recuerdos, todos los demás proyectos, todos los demás anhelos encuentran también su sitio. Dale a Cristo su sitio y todo lo demás encontrará su propio lugar. Así lo dice el Señor en este día y en los días siguientes de nuestro hermoso retiro espiritual.

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