Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Un camino desde el servicio.

Homilía cruz006a, predicada en 20080914, con 20 min. y 11 seg.

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Transcripción:

Cuando uno piensa en las grandes obras de Cristo, seguramente recuerda los milagros, como eso de haber multiplicado los panes, haberle dado vista a los ciegos o incluso haber sacado de su sepulcro a uno que ya llevaba tres días muerto. Lázaro. Para nosotros esas son como las grandes obras, las obras más memorables de Cristo. La segunda lectura de hoy, tomada de la carta a los Filipenses, nos muestra un cuadro distinto. Nos dice que Cristo es aquel que se humilló y el momento más profundo de su abajamiento, de su anonadamiento. El momento más desconcertante de su misión fue el momento de la cruz. Desconcertante porque los discípulos mismos, a pesar de haberlo oído a él tantas veces, a pesar de haber vivido con él tanto tiempo, quedaron completamente confundidos, asustados y huyeron. Esta es la reacción humana más natural frente al misterio de la cruz. Cuando vemos tanto dolor, no sabemos qué hacer. El dolor, aunque sea de otra persona, nos enfrenta a nuestra propia impotencia.

Yo recuerdo, por ejemplo, una vecina de nuestro convento, el de los dominicos allá en Colombia, en Bogotá. Esta mujer, siendo joven y muy exitosa profesionalmente, sufría de un cáncer. En alguna ocasión fui a visitarla y estábamos hablando una conversación muy amigable, una conversación animada cuando por alguna razón se disparó el dolor de ese tumor que ella tenía. Y esta mujer, estábamos los dos en una habitación. Suspende la conversación, empieza prácticamente a gritar, por no decir, y lo hablo con respeto, aullar de dolor, a retorcerse. Yo creo que es de las ocasiones en mi vida en que me he sentido más dolorosamente impotentes. Es algo exasperante. Quieres hacer algo por la persona. Llamas a la familia. Bueno, tienen que aplicarle alguna droga, tienen que hacer algo, pero los minutos se te hacen eternos. El dolor nos desconcierta, el dolor nos derriba. Y lo mismo le pasó. Lo mismo le sucedió a los apóstoles. Ellos también quedaron completamente desconcertados frente a ese momento de la cruz, el momento en el que todo parecía caer en el absurdo, todos los sueños de ellos que eran sueños de victoria y que eran sueños de la restauración del Reino de Israel, todo se volvió pedazos. No entendían por qué Cristo, siendo tan poderoso, no hacía nada, no entendían por qué había que pasar por eso. Ese momento, ese momento de la cruz, es, sin embargo, el gran momento.

En la segunda lectura de hoy nos dice San Pablo, que el Hijo de Dios presentándose como uno más, presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar la muerte y muerte de cruz. Ese es el momento más profundo de su abajamiento, repito, y es también el momento que nos desconcierta. Pero la historia no acaba ahí. De ese momento, de ese hoyo tan oscuro, hay una salida. Y el texto de San Pablo continúa diciendo. Por eso Dios lo exaltó. Claro, la parte más interesante es que San Pablo diga por eso, como indicando que sin la humillación tampoco existe la exaltación. Como indicando que sin ese abajarse tampoco sería posible la proclamación de su gloria y el reconocimiento de Cristo como Señor. Esto, si se quiere, nos desconcierta todavía más, porque para nosotros lo que quisiéramos, creo que la mayoría de nosotros no es un camino que primero baje y luego suba, sino un camino que solamente suba aunque sepamos que alguna vez tiene que bajar. Las personas que tienen éxito en esta tierra lo que hacen es un movimiento de subir y luego bajar. Suben porque escalan el poder y luego bajan porque envejecen, enferman o los derriban o lo que sea, y entonces ya bajan. Y lo mismo la belleza y lo mismo el éxito en la música. Ninguna estrella de la canción o ningún actor o actriz permanece por los siglos de los siglos.

No crecen en su popularidad, alcanzan como un pináculo y luego empiezan a descender. La lógica del mundo es esa, que hay que subir todo lo que se pueda hasta que el cuerpo no dé más. Hasta que la inteligencia no dé más. Hasta que el dinero se agote o hasta que la popularidad se extinga. En ese momento nos derribarán. Y entonces para abajo. Esa es la situación con todo lo de este mundo. Incluso uno puede hablar de las teorías científicas o filosóficas de esa manera. Hace poco estaba leyendo un artículo porque me gustan mucho los temas de ciencia. Estaba leyendo un artículo sobre Albert Einstein, el genio más grande de la ciencia en el siglo veinte. Pero en los últimos veinte años de su vida no hizo nada prácticamente. Y decía un gran científico que estudió y trabajó en Princeton, New Jersey, donde estuvo Albert Einstein, decía que él fue a ese lugar porque quería como recorrer los campos donde había estado Einstein y se encontró con uno que había sido compañero de trabajo de Albert Einstein y le preguntó Bueno, ¿y cómo era? Y le dijo Era. Era una pena. Era una pena verle. Y mostró de los papeles que escribió el gran genio. El genio de la relatividad especial y la relatividad general. Los papeles del gran genio Einstein en sus últimos años, no meses, años. Y dice: No valen más que una pila de basura. Einstein quería lograr lo que se llama la teoría del campo unificado. No lo consiguió y empezó a aislarse del resto de la comunidad científica. El hecho concreto es que incluso en ese terreno tan serio de la intelectualidad, lo que hay es la subida y luego la bajada.

No tengo que citar ejemplos, creo yo, del campo de las artes o de la filosofía, o de otros, o de otras actividades humanas. Pero lo que Jesús propone es lo contrario. No, primero subir para que luego nos derriben y venir en picada a hundirnos en el olvido o en el desprecio. Lo que Cristo vivió y de alguna manera lo que Cristo propone, es lo contrario. Es primero la bajada y luego la subida. Por supuesto, esto va en total contravía con la lógica del mundo, pero no cabe duda de que eso fue lo que Cristo, de una manera muy consciente, asumió. Así entendió Él su misión, como ese caminar hacia Jerusalén, sabiendo que allá no estaban sus entusiastas seguidores, allá estaban sus enemigos acérrimos, y hacia allá se dirigió, y allá en Jerusalén, predicando en el templo. No estaba haciendo otra cosa, sino atrayendo lo que finalmente sucedió el complot y la muerte y la muerte humillante. Y de nuevo nos quedamos sin entender nada. ¿Por qué eso?

Mire, Cristo llegó a ser bastante popular. Ustedes saben que, por ejemplo, después de la multiplicación de los panes, la gente estaba dispuesta a proclamarlo rey. Faltó, faltó un genio ahí, alrededor de Cristo que le dijera Capitalicemos esta popularidad. Este es el momento. Este es el momento. Mire, organicemos aquí un gobierno, un gobierno provisional en Cafarnaún, y luego nos vamos conquistando la gente de Herodes. Y luego hacemos un gobierno alternativo en Samaría. Y luego hacemos un ejército y luego vemos qué hacemos con los romanos y ante cualquier problema, pues tú extiendes tu mano, le dices a tu papá que tire fuego del cielo y se acabó el problema y seguimos avanzando en victoria. Pero Jesús no quiso eso, Jesús no quiso eso, no quiso ser otro Alejandro Magno no quiso ser otro Julio César. Jesús escogió una cosa muy distinta este camino que San Pablo describe como el servicio, la humillación hasta el extremo, la muerte ignominiosa, la frialdad del sepulcro, en vez de hacer lo que dicta el mundo que es, trepe, suba, escale todo lo que pueda, suba y suba y suba, como hacen todos los cantantes y las cantantes. Eso tienen cincuenta años de edad y todavía mueven esa cadera y le dan. Y todavía yo soy la reina y todavía me tengo. Y espéreme otro poco la cara y verá que todavía. Pero saben que inevitablemente cuando tengan ochenta años yo creo que ya no cabe más botox, creo yo. Ya no se puede más botox, ya no hay más operaciones. Pero mientras me dure la gasolina, mientras mi cuerpo se pueda mover, yo quiero ser la reina. Y finalmente se acaba la gasolina y la persona decae. Jesús tomó el camino opuesto. Vamos a desaparecer, vamos a bajar y vamos a bajar desde el servicio.

¿Por qué Jesús hace esto? ¿Qué significado tiene? Tiene un profundo significado, un significado inmenso para nosotros. ¿Cuál es ese? Mis hermanos, resulta que cuando Jesús hizo milagros, eso los podía hacer Él. Y hay otras personas que han hecho milagros. Eso los podía hacer él y algunos otros, pero la mayoría de nosotros casi no vemos milagros y casi no hacemos milagros. Yo no he oído, por ejemplo, así de alguno de ustedes haciendo milagros, no he sabido. Por lo menos no me han contado. No es algo que esté muy al alcance de nosotros para la mayoría de nosotros. Una enfermedad es una enfermedad y las curaciones instantáneas no las vemos mucho, aunque yo sé que Dios las hace. Yo personalmente creo en milagros. No tengo problema en creer en milagros. Llámame precientífico si quieres. Y luego conversamos sobre el Large Hadron Collider. Pero yo creo en milagros. Yo en eso creo. Lo que también sé es que esos no pasan mucho. Entonces Jesús escoge un camino distinto.

Si nosotros recordamos las horas de la cruz, ahí no hubo muchos milagros y el único milagro que hubo en ese tiempo fue un milagro más desconcertante que todos los demás. Cuando ya llegaban a prender a Jesús en el huerto de Getsemaní, entonces Pedro tenía una espada. Él dijo esta es la mamá de todas las batallas. Aquí hay que sacar la espada, aquí hay que pelear. Y le cortó de un tajo la oreja a un soldado que se llamaba Malco. Y Jesús se le ocurre hacer el milagro absurdo de curarle la oreja al soldado. No sé. No sé qué pasaba en la cabeza de Jesús. En vez de estar dándole fuerza a los de su lado, se le ocurre curar a los del otro lado. ¿Qué pasa? ¿Qué lógica tiene eso? Tiene la lógica del amor sin límites, a Jesús lo que le interesa en la cruz, lo que le interesa, como lo muestra el evangelio de hoy, es la revelación plena del amor de Dios a escala humana, y el amor se revela a escala humana, no tanto cuando uno se concentra y se concentra para conseguir resultados mágicos o milagrosos. Anda por ahí, por ejemplo, un libro del cual siempre que puedo alguna crítica hago y tengo mis razones. Un Curso de Milagros se llama, es una cosa de nueva era y no es católico. En todo caso, el famoso libro empieza a enseñarte cómo tienes que hacer tú los milagros, cómo tienes que concentrarte, fijar tu mente en un punto, relajarte, respirar profundo, acumular tu magnetismo, poner la mano y entonces empiezan a suceder cosas. Eso lo puede decir el curso de milagros. Jesús. Jesús no es eso. Jesús no es un curso de milagros. Jesús es la revelación de ese Dios que ama hasta el extremo. ¿Y por qué es necesario mostrar que Dios ama hasta el extremo? Porque nosotros los pecadores, necesitamos precisamente esa revelación de amor. Cuando yo me siento deprimido, derrotado, destrozado, arrojado del escenario de la vida a un rincón, tirado como un guiñapo humano, a mí qué me sirve que alguien me diga concentre su magnetismo. Yo lo que necesito es una mano que sea lo suficientemente compasiva para levantarme, para abrazarme.

Alguien que no sienta asco de mí, alguien que sea capaz de decirme: Aún queda una esperanza en tu vida. Nosotros. Nosotros los pecadores, lo que necesitábamos y lo que seguimos necesitando. Es un Dios que nos ame a pesar de. Ese es el Dios que Cristo nos revela, el Dios que nos ama más allá de todo. Y por eso curándole la oreja al soldado que viene a ponerlo preso. Jesús está diciendo: Lo que hay dentro de mí es más grande que tu odio. Rezando, orando por aquellos que lo estaban crucificando, Jesús está haciendo un canto de victoria. El amor que hay en mí es más grande que todo este espectáculo de odio que me rodea. Jesús, intercediendo por la mujer pecadora que derramó el perfume poco antes de la pasión, está diciendo: Todos pueden ser recibidos en mi pecho, que es amplio para acogerlos a cogerlos a todos. Jesús prediciendo el paraíso para el ladrón arrepentido y que llamamos el buen ladrón, estaba anunciando si es posible la conversión. Así tu vida haya sido un desastre. Es decir, que la explicación de todos los absurdos de la cruz se resume en esto Cristo obró así porque nos amó así, y Cristo obrando así y amando así nos ha revelado ese Dios que tú y yo necesitamos, el Dios que nos ama hasta el extremo. Como dice el texto de hoy Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único para que tuviéramos vida. Y por eso la cruz parece un absurdo a todo el mundo, menos a los que pasamos por el dolor, por la soledad, por la tentación, por el pecado. Si uno lo mira desde la frialdad de un escritorio y dice que es lo lógico. Pues lo lógico es lo que dice el mundo subir, subir. Más poder, más dinero, más prestigio, más fama, más aplausos Hasta que el cuerpo no dé más, hasta que no quepa más botox, entonces sí, al hoyo. Ya se acabó.

Si uno lo piensa con esa lógica, eso es lo que hay que hacer. Pero si uno. Si ustedes y yo pertenecemos a toda esa población que sabe reconocer que tiene dificultades y tentaciones y problemas y pecados. Si alguna vez te has sentido verdaderamente tronchado, verdaderamente fracturado. No estoy diciendo que alguna cosa te salió mal. Estoy diciendo que te sientes fracturado por dentro, que sientes que no va más, que sientes que casi lo único que te queda es la muerte o la locura o la desesperación. Si tú alguna vez has pasado por eso. Tú entiendes este lenguaje. El Dios que yo necesito no es el Dios que me dice: Reúna sus fuerzas, concéntrese, concéntrese. No es el Dios que te dice: Estoy dispuesto a amarte también en ese hoyo, también en ese abismo a donde tú mismo te has metido. Ahí estoy, dispuesto a amarte. Ese es el Dios que necesitábamos. Y por eso ese es el amor que vence. Y por eso lo que hoy celebramos de la Cruz no es tanto y tanto dolor, sino tanto y tanto amor. Que estas palabras, mis hermanos, y sobre todo la acción del Espíritu Santo, nos ayuden a comprender más la riqueza de la cruz para sentirnos felices y agradecidos de haber sido tan amados. Amén.

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