Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cristo rompe la paz falsa para traer la verdadera paz

Homilía co20009a, predicada en 20190818, con 26 min. y 6 seg.

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Transcripción:

Yo espero que ustedes tengan sentimientos de compasión hacia mí, porque este es el evangelio de este domingo y todo el lenguaje que hemos tenido, en estos retiros es lenguaje de familia, de unidad, de reconciliación. Y después de todas esas meditaciones, llega este Evangelio y dice que va a haber divisiones, -que el Padre contra el Hijo, el hijo contra el padre, la suegra contra la nuera, la hija contra la madre; todo el mundo dividido-. De modo que es una predicación difícil, pero como hemos orado, ustedes han orado, yo también lo he hecho. Confiemos en que el Señor nos va a guiar y nos va a llevar a una comprensión un poco más profunda.

Podemos decir que, hay una paz falsa y hay una paz verdadera. Hay una paz falsa que más bien la deberíamos llamar como una especie de -tranquilidad- , y que consiste básicamente en que, no aparecen los problemas, no aparecen los conflictos?; esa paz falsa es la que no le gusta a Jesús, esa paz falsa es la que Cristo rechaza, y esa paz falsa es la que Cristo destruye.

¿Cuándo se da esa paz falsa? Tiene varias versiones, y en esto me apoyo en lo que nos muestra el Concilio Vaticano Segundo, por ejemplo, en la Constitución Gaudium et Spes. Por ejemplo, una paz falsa es, -el equilibrio de fuerzas hostiles-. Esa es una paz falsa. Un poco lo que sucedió hace unas cuantas décadas, en ese período que se llamó la Guerra Fría. -Usted tiene tantas bombas nucleares, yo tengo tantas bombas nucleares; nos detestamos, pero sin embargo no sucede nada... porque hay tanta capacidad de destrucción en usted; tengo tanta capacidad de destrucción yo, que vamos a dejar las cosas así. -Pero esa no es una verdadera paz-. Es simplemente una especie de equilibrio de fuerzas hostiles.

Hay otra paz que también es mentirosa: Es la paz en la que hay algún tipo de tirano, algún tipo de opresor que mantiene en silencio a todos los demás. Entonces, en la época peor de la Unión Soviética había un tirano llamado: José Stalin y en esa época no había revueltas, no había protestas, no había conflictos. Pero es que la gente tenía muy claro que cualquiera que intentara decir, estoy descontento, no me gusta lo que estoy viviendo, sería ¡Ejecutado!, de una manera espantosa, sería condenado al exilio, seguramente a Siberia y moriría en oscuridad y en medio de una situación absolutamente desgraciada; entonces es la paz que proviene del miedo.

Vamos identificando los modos falsos de paz. Una es la paz como equilibrio de hostilidades. Otra es la paz que se produce por la opresión; es la paz del dictador.

Una versión sofisticada de la paz del dictador:, es lo que se llaman, -los esclavos felices-, cuando se mantiene a la gente en las cadenas de distintas adicciones, es posible mantener una sociedad bastante tranquila. De hecho, ese es un modelo de paz que se está implantando, en muchos sitios y es una de las razones, por las que nuestros gobiernos tienen tanto interés, en abrir las puertas al vicio. ¿Por qué, por ejemplo, la Corte Constitucional en Colombia, abre las puertas al consumo libre, de drogas en espacios públicos?, porque: cuanto mayor sea el número de personas que son adictas, ya sea a la droga o a la pornografía, o al juego, o a cualquier otra cosa, esas personas adictas, son personas fáciles de manejar. El adicto tiene una cadena pesadísima en su cerebro, que hace que solamente piense, en aquello que le resulta atractivo, en aquello que le resulta deseable. Entonces, el que es adicto al juego está pensando en el juego y en la próxima partida, o en el próximo póker o en la próxima carrera de caballos; y la persona, como tiene su pensamiento concentrado en eso, no tiene tiempo, ni energía, ni fuerzas, ni cabeza para pensar, por ejemplo, en que le están cobrando, lo que no necesita, o en que no le están respetando sus derechos. Esa sociedad también es muy tranquila, muy, muy tranquila.

Me decía un amigo que estuvo en un país considerado bastante desarrollado, no me atrevo a decir su nombre, por el hecho de que no tengo fuentes externas que confirmen lo que voy a decir que es espantoso. Este es un país muy desarrollado y la ciudad donde estuvo mi amigo sacerdote, es una ciudad muy tranquila, parece una ciudad pacífica. Pero resulta que es una ciudad donde hay una gran cantidad de personas drogadictas, las cuales, en medio de su locura y en medio de su adicción, resultan en las calles; son los famosos sin techo, los homeless, como se les llama; y entonces a estas personas, el gobierno les da albergues, el gobierno les da sus dosis, les da sus raciones de drogas, los protege en la crudeza del invierno. Pero resulta que después de cada invierno aparecen menos en las calles. Es decir, parece que hay programas activos de eutanasia y estas personas nunca ponen problemas.

Entonces esa es la paz que se llama la paz de los esclavos felices. Por favor, vaya llevando la cuenta de las paces falsas, -la paz del equilibrio de hostilidades-, -la paz del déspota-, tenemos también, -la paz de los esclavos felices-. Cuando hay esclavos felices, entonces la sociedad se siente tranquila; es una paz sin problemas, pero en realidad es una paz sin problemas, porque los problemas están subterráneos, porque se han enterrado los problemas.

Hay otra paz que tiene otro tipo de hostilidad, no es la hostilidad de la amenaza, sino es la hostilidad de la indiferencia y del -caso perdido-. Lamentablemente esto sucede en las familias; la expresión más sencilla de esa paz, sucede en los niños y en las niñas de temprana edad. Cuando una niña tiene seis o siete años y pelea con una compañera y le dice: -no te hablo y la otra le responde yo tampoco- Ya no hay peleas entre ellas, pero en realidad se están tratando como, dos asesinas. En el fondo de ese -no te hablo- es -tu dejas de existir para mí- y el, yo tampoco, significa -tu tampoco vas a existir para mí-.

Entonces, hay familias y hay lugares y hay situaciones en las que parece, que no hay problemas. No hay problemas, porque no hay una discusión, porque nadie golpea a nadie; todo parece tranquilo, pero en realidad es una tranquilidad que está muy próxima a la muerte. Es una tranquilidad de muerte. Es un ambiente pesado, es un ambiente frío, es un ambiente marcado por la indiferencia. Y yo creo que el Papa Francisco tiene razón cuando dice que el gran pecado de nuestra época es la indiferencia.

Entonces esa también es una paz falsa, esa es -la paz falsa del silencio de contrarios-. ¡Tú no me hablas!, ¡tú no te metes conmigo!, ¡yo no me meto contigo!. Algunas veces las peleas que se presentan dentro de la familia se resuelven de esa manera. Tú no te metes, yo no me meto; y entonces aquí ya no hay más problemas. En realidad, no hay más problemas, pero sigue habiendo un profundo problema que está ahí metido, que está profundamente inserto en los corazones de estas personas.

Ahí tenemos ejemplos de modos artificiales, modos falsos de paz. Ese modo? esos distintos modos de paz, pueden ser incluso deseados por algunas personas. El corazón humano se cansa del conflicto y cuando nos cansamos del conflicto, buscamos algunos de estos modos de paz: el equilibrio de hostilidades, la paz del opresor, la paz de los adictos o esta paz de la indiferencia. -Buscamos ese tipo de paz falsa-.

Cristo viene a decir que esa paz, es la que Él no admite. Cristo viene a decirnos que esa paz no es la que Él quiere. Tú recuerdas seguramente aquel pasaje del Evangelio donde el Señor dice: "La paz les dejo"..., -lo repetimos en cada Misa-, "la paz les dejo, mi paz les doy" Y el pasaje del Evangelio dice: -La paz que yo les doy ¡no es como la que el mundo da!, ¡no es como la que el mundo da!. La paz que da el mundo suele parecerse a estos cuatro modelos falsos que he presentado. Y esos cuatro modelos falsos son los que Cristo no acepta. Entonces, cuando Él dice: -¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división-. Es decir, que Cristo viene, -y aquí tengo que citar otra vez aquella expresión tan famosa del Papa Francisco, Cristo viene a hacer lío-. Cristo viene a complicar la vida; pero esa complicación no es un objetivo final, no es un propósito final. Es decir, la meta de Cristo, no es el conflicto per se. De lo que se trata no es simplemente de que haya conflicto, de que haya problemas, por supuesto que ¡no! de lo que se trata, y este es el camino, es de romper la paz falsa, atravesar un camino de dificultad y llegar a la paz verdadera.

Es decir, hay una transformación que es necesaria; Y esa transformación necesaria supone que se acabe la paz falsa. Usualmente..., yo he mencionado aquí estos cuatro tipos de paz falsa, y usualmente lo que uno encuentra es una combinación, por ejemplo: una combinación de la paz, de la indiferencia y la paz, de la opresión o una combinación de la paz, de las hostilidades, del equilibrio de hostilidades, y de la paz de las adicciones, por decir algo.

Entonces, realmente el camino no es fácil, porque el camino tiene que empezar, por un examen de qué tanto tiene cada uno de nosotros. Típicamente, por ejemplo, dentro de una familia, ¿qué tipo de paz mentirosa se ha metido en mí? ¿Cuál es la parte de paz mentirosa que se ha entrado en mí? Como es una transformación, se necesita un elemento, que empuje ese cambio, que empuje esa transformación, ese elemento es el que Cristo menciona al comienzo de su Evangelio. Dice Él "He venido a prender fuego, en el mundo, y ojalá estuviera ya ardiendo".

La razón por la que Cristo, desea este fuego en el mundo es porque lo propio del fuego es limpiar y lo propio del fuego es transformar. Si nosotros vemos el poder que tiene el fuego, es exactamente ese, es poder para limpiar y es poder para transformar.

Entonces el cuadro completo, por lo menos hasta donde creo que puedo exponerlo hoy, es éste: En el mundo hay muchos modos falsos de paz, y esos modos falsos de paz tienen que quebrarse, tienen que detenerse, para entrar en un proceso de transformación, que va a llevar a una paz verdadera. Ese proceso de transformación es el que viene a suceder por la obra del fuego. Entonces, el fuego del que nos habla Cristo, -es fuego transformador- que va destruyendo la paz falsa y que va conduciendo hacia, la paz verdadera. Ese es el, -llamémoslo así-, el camino que nos propone este Evangelio tomado del capítulo número doce de San Lucas.

Entonces ahora tenemos que preguntarnos, ¿qué tipo de fuego es ese? ¿Qué clase de fuego es ese? Tenemos algunas indicaciones, por la relación que hay entre la acción del Espíritu Santo y la acción del fuego. Definitivamente, este fuego tiene que ver con la acción del Espíritu, y podemos decir que es el Espíritu, el que tiene que presidir, la obra de nuestra transformación. Ese es el primer dato que tenemos sobre este fuego. Es necesario pedir, esa gracia del Espíritu Santo, porque todo el tiempo uno está trabajando con su voluntad, con sus gustos, con sus miedos, con su afán de poder o con sus heridas, en fin, cada uno de nosotros es una montaña de cosas y cada uno de nosotros tiene muchas veces un revuelto, muy grande adentro. Uno hace un día de retiro como ustedes han tenido ocasión de hacerlo. Uno hace un día de retiro y uno empieza a darse cuenta que tiene por dentro cantidad de cosas; Uno tiene cantidad de miedos, cantidad de heridas, cantidad de pecados, cantidad de problemas. Uno tiene cabos no resueltos, uno tiene muchas cosas. Entonces, será el don del Espíritu Santo el que presida esa transformación.

Ese Espíritu Santo es el que podrá ir purificando lo que nosotros tenemos. Necesitamos purificar nuestras intenciones. La acción del Espíritu, implica purificación y la primera purificación, es la purificación de las intenciones. ¿Qué es purificar la intención? Purificar la intención es: buscar no solamente el bien, sino buscar ¡el mejor bien! y buscarlo como Dios lo quiere. Porque uno puede querer muchos bienes, especialmente cuando se trata de las relaciones entre padres e hijos; La frase que va a decir todo papá es: -yo solo quiero el bien de ellos-. Sí, estoy seguro, y de ninguna manera te lo discuto.

Pero es que se trata de buscar el mayor bien y como Dios lo quiere. Y es ahí donde uno se equivoca. Es exactamente ahí donde uno se equivoca; Uno está buscando algo bueno, pero es que tú no estás trabajando con materia inerte. El problema, pero también, la grandeza del ser humano, es que es un ser vivo, que tiene iniciativa, que tiene opciones, que tiene gustos, que quiere tomar decisiones. Entonces, si tú tratas a ese ser vivo como materia inerte, en la cual tú vas a plasmar el bien que a ti te parece, pues en el fondo, con la mejor de las intenciones, vas a violentar a esa persona, vas a violentar. Y eso nos pasa a todos.

A nosotros los sacerdotes nos pasa continuamente. Me acuerdo del mejor libro de dirección espiritual que yo he leído, sin que yo me considere un director espiritual, pero lo mejor que decía era: "el dueño de las vidas, es Dios". Por consiguiente, usted acérquese, nos dicen a nosotros los sacerdotes, acérquese a la persona, sabiendo que esa persona tiene dueño, y acérquese a la persona sabiendo que usted es un servidor de una obra que usted no empezó y no va a terminar. No importa quién sea usted, no importa incluso si usted es, con el debido respeto, el papá, la mamá, esa persona es de Dios. Es Dios el único dueño de las vidas. Es el único. Y tenemos que acercarnos a las personas desde esa perspectiva de respeto.

Entonces, ¿qué es lo primero que nos va a traer el fuego del Espíritu? Purificación y la purificación ¿en qué consiste?; En primer lugar, la purificación de la intención; En segundo lugar, la purificación de los medios. Hubo una época en que la gente creía que golpear, insultar, humillar eran recursos pedagógicos, eso se creía así; se creía que si se ¡golpea!, ¡pégale duro!, porque si no, no aprende. Era la época en la que se decían cosas brutales, como: -la letra con sangre entra-, ¡hay que darle duro!, (parece que aquí a mucha gente le dieron duro), -la letra con sangre entra-, ¿Qué significa eso? Que se contaba con unos recursos, y esos determinados recursos, muchas veces pasaban por la humillación. Y si tú le hubieras preguntado a ese papá, ¿por qué golpea de esa manera a ese hijo?, entonces hubiera dicho: -No, es que es por su bien, por su bien, porque si no, no aprende, es por su bien-.

Se cometieron terribles injusticias, ¡terribles!. Solo quiero recordar dos de ellas. Aquellas personas que preferían utilizar la mano izquierda, -los zurdos-, se les amarraba la mano; hubo niños que tuvieron que aprender y niñas que tuvieron que aprender a escribir con la mano derecha porque se consideraba que era un problema ser zurdo. Y hubo niños que tuvieron que pasar meses de terrible llanto y humillación y problemas por esa condición.

Entonces hay que hacer una purificación de los medios, pero esto solo lo puede hacer cada uno. Es cada uno, el que tiene que hacerse esa pregunta y tiene que decir: -lo que yo estoy haciendo-, ¿le gusta a Dios? ¿Esto que estoy haciendo le gusta a Dios? Esta manera de tratar, esta violencia, o esta agresión, o esta manipulación, o esta presión, ¿esto le gusta a Dios?. Porque si nosotros no, sometemos, al fuego de Dios, nuestros medios, aunque nuestras intenciones, hayan sido las mejores, posiblemente vamos a cometer graves errores, muy graves errores.

Entonces seguimos. El Espíritu Santo, Fuego de Dios, es el Espíritu que ha de ¡purificarnos! y la purificación es purificación de la intención en primer lugar, es purificación de los medios, en segundo lugar, y es purificación de las metas, en tercer lugar; ¿por qué hay que purificar las metas?; Porque los seres humanos, ya lo hemos dicho muchísimas veces, somos muy complejos, y es muy fácil que uno empiece a proyectarse, en otras personas -muy, muy fácil-, Les repito, esto no es simplemente porque ustedes tienen hijos o tienen hijas, es porque es parte de lo que uno, es como ser humano. Quienes no tenemos hijos biológicos, nos pasa también. Es decir, tú conoces una persona y tú quisieras un futuro para esa persona. -¡Uy! esto sería, pero maravilloso , para ella, si esta persona fuera así..., es que sería...- Y se hacen unas torturas psicológicas espantosas porque se le asigna una meta a la persona.

Para mí el caso más humillante no ha sucedido en las familias biológicas, sino que ha sucedido en la Iglesia, especialmente en el ámbito de las vocaciones religiosas y sacerdotales. Me refiero específicamente a aquellos ambientes en los que la -Madre Superiora o el Padre Abad- o el que sea..., le ve una tremenda vocación a esa jovencita, -y esta tiene que ser religiosa-. Pero resulta que ella en su proceso, pues no se siente llamada para ser religiosa; ella quiere ser otra cosa; probablemente quiere tener media docena de hijos, probablemente quiere encontrar un príncipe; falta ver, si existe el tal príncipe o con quién va a resultar; pero quiere buscar ese príncipe, -eso es lo que ella quiere-. Y una vez más, cuando se nos olvida que estamos tratando con seres vivos que tienen sus propios gustos, sus propios, sus propias cabezas y sus propias decisiones. Entonces empezamos a tomar decisiones por las personas.

Y cuál era la terrible manipulación en muchos conventos y en muchos lugares de la iglesia, era que: ¡¡cuidado!! con darle la espalda a su vocación, porque usted no será feliz y pone en peligro su salvación. Entonces, imagínese si a uno, más o menos cada mes le están haciendo un retiro espiritual cuyo tema, pues va cambiando: una vez es la condenación, otra vez penas del infierno, otra vez ¿cómo evitar la condenación?; el otro es, gente que se condenó. Y entonces, si eso es el retiro mensual y luego le dice a uno, el Padre Abad o le dice a uno, la Madre Superiora, usted va a poner en peligro su salvación..., Entonces la persona queda dominada por eso; pero le han asignado una meta. Le han asignado una meta.

Hay que purificar las metas. Entonces la meta, ¿cuál es entonces? La meta es: -¿cuál será la voluntad de Dios para esta persona, para este discípulo, para este amigo, para esta amiga, para este hijo, para esta hija?-; ¿cuál será la voluntad de Dios?

Entonces, en resumen..., tratemos de hacer el resumen de todo lo dicho: El mundo predica y practica una falsa paz que tiene varias versiones; hemos mencionado cuatro de ellas; seguramente existen más. Cristo no cree en esa falsa paz y cree que esa falsa paz en realidad es, cadena para nosotros. Por eso Cristo dice: -Yo vengo a poner problemas, vengo a poner problemas, porque voy a destruir esa falsa paz-; ¿como un fin último de la misión de Cristo?, claro que no, porque Él mismo dice: -Yo les voy a dar mi paz-. Entonces quiere decir que Él quiere sacarnos de la falsa paz y quiere llevarnos por un proceso, de conversión, transformación y crecimiento para llegar a la ¡verdadera paz!.

Ese proceso de transformación está marcado por la palabra -fuego- y el fuego hace muchas cosas, de las cuales, nos hemos centrado solo en una: -El fuego purifica-, y ¿qué necesitamos que se purifique en nosotros?; pues necesitamos que se purifique la intención, que se purifiquen los medios que utilizamos y que se purifiquen las metas. Esto no significa desentendernos de las personas. Esto significa, todos los días reconocer, que nuestro amor necesita subir. Que no estamos amando todavía, como Dios ama y mira a la gente que nosotros amamos.

Y ese continuo ascenso es lo que el apóstol San Pablo llama: -la superación de un amor puramente carnal-; porque el amor que se concentra, en mis intenciones, el amor que se concentra, en los medios que a mí me parecen, el amor que se concentra, en mis metas o lo que yo quiero para esta persona, este hijo, esta hija, ese amor, en el fondo es un amor carnal. Amor carnal que significa, entre otras cosas, un amor en donde yo quiero encontrar una recompensa para mí, una satisfacción para mí, una justificación de mí mismo. Quiero justificar de alguna manera mi vida, quiero justificarla ¡yo!.

Entonces el Señor, a través del fuego del Espíritu, va levantándonos de esa carnalidad y va llevándonos poco a poco a una lógica distinta, un modo distinto de amar. ¿Ha habido maestros que sean así?, clarísimamente, ¿ha habido predicadores, apóstoles que sean así?, -El Señor los ha dado-; ¿ha habido papás y mamás que sean así?, -¡por supuesto que sí!-.

La opción que el Señor nos plantea es que nosotros seamos también, de esas personas y que llenos así del Espíritu, seamos verdaderos servidores. Porque si Dios te dio el regalo de tener hijos o de tener hijas para esto, te los dio, no te los dio para otra cosa, no te envió un hijo o una hija como un remedio para ti, no te lo dio como un derecho tuyo, no te lo dio para que sea la pieza que te hacía falta a ti. Si te lo dio, te lo dio como un encargo y una misión para que sea plena la obra suya, en ese hijo o esa hija, en ese discípulo, en esa discípula.

Créanme que con esto luchamos todos y luchamos todos los días, porque finalmente de lo que se trata es: de -amar y soltar-. Y parece que hubiera, como una contradicción, entre esos dos verbos; pero es así: Finalmente es así lo que Dios quiere.

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