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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Profeta Jeremías, víctima del desprecio.
Homilía co20001a, predicada en 19980816, con 15 min. y 13 seg. 
Transcripción:
Muy estimados amigos: La experiencia que vivió el profeta Jeremías, fue pavorosa; él estaba predicándole al pueblo, que se convirtiera a Dios. Ese pueblo era, el pueblo de Judá; que había hecho una alianza con Dios, -un pacto-, pero no vivía, de acuerdo con ese pacto, sino que le había dado la espalda a Dios. Y Jeremías, advertía al pueblo: -Nosotros estamos incumpliendo la parte del trato que hicimos con Dios-; -Nosotros no estamos viviendo el pacto que hicimos y por esta razón nos van a caer muchas desgracias-. Pero entonces la gente importante del pueblo, los nobles del pueblo de Judá, se disgustaron con esa predicación de Jeremías; y fueron a donde el rey que se llamaba: Sedecías o Sedequías, dicen otras Biblias; fueron a donde el rey y le dieron esta acusación al rey: -Jeremías está desmoralizando a los ejércitos de Judá, y por eso es mejor que callemos esa voz: mejor es que salgamos de ese profeta, porque ese profeta le trae tristeza, le trae división, le trae incomodidad a la gente, mejor salir de esa voz incómoda-. Fíjate la actitud de los nobles de Judá: como Jeremías les estaba denunciando en la cara, los problemas, -cierto-, los pecados, las incoherencias que estaban cometiendo, porque habían prometido una cosa y no la cumplían. Entonces mire la solución de esos nobles: -Acabemos con esa voz que nos recuerda cómo deberíamos ser, qué nos recuerda, cuál es el parecer de Dios-. Pero esto no solo pasó, en tiempos de Jeremías. Esto sigue pasando en muchas naciones, en muchos pueblos y también en nuestra patria y también en nuestra época. Con mucha frecuencia, las personas que denuncian el mal, las personas que recuerdan el respeto a la vida, el respeto a la justicia; se convierten en personas incómodas, y, a veces preferimos que, se callen esas personas, que se vayan esas personas o que se mueran esas personas, -para nosotros seguir viviendo-, en la mediocridad o en el crimen o en la injusticia. Afortunadamente para nosotros esa lectura no terminó solamente ahí, porque a Jeremías lo echaron en un pozo que no tenía agua; y Jeremías se hundió en el fango. Jeremías, hundido en el barro, es una imagen, muy fácil de recordar y muy impresionante para nosotros; el estado de postración y de miseria en el que se encontraba ese pueblo. Jeremías, encerrado en el barro, solo, en un pozo, sin luz, sin agua, sin alimento para que se muriera, para que se pudriera allá; Esa es la imagen del rechazo a la Palabra de Dios. Pero Dios no abandonó a Jeremías, como dice el Salmo: -lo sacó de la charca fangosa-. Es muy interesante ver, que Dios salvó a Jeremías, a través de un extranjero, -a través de un etíope-. Mientras que los que acusaron a Jeremías eran de su propio pueblo y de su propia raza: -eran los nobles de Judá-, los nobles judíos. El que ayudó a salvar a Jeremías fue un hombre de otra raza y de otro pueblo, -un etíope-. Y aquí también hay una enseñanza para nosotros: Muchas veces la salvación nuestra; cuando nos ponemos de parte de Dios, parecerá difícil, parecerá imposible, pero Dios tiene caminos que nosotros no conocemos; Dios tiene instrumentos, que nosotros no conocemos y de la manera más extraña, a veces Dios salva nuestra honra, salva nuestra vida, salva nuestra paz. Dios sabe quién le sirve: y Dios no va a abandonar en la charca fangosa al que le sirve. Todavía hay una enseñanza que sacar acá: Este rey de la época de Jeremías, ese rey que se llamaba Sedecías o Sedequías, era un títere-; aunque se llamaba el rey, él no tenía ninguna autoridad. Cuando llegaron los nobles judíos, los adversarios de Jeremías, a hablarle, ¡mira! con qué palabras tan blandas, tan faltas de carácter, de autoridad y de personalidad, les responde: -está bien, haced con él lo que queráis; el rey no puede nada frente a vosotros-. ¡Esto se llama la incompetencia del gobierno!. Esta es la incompetencia de un gobierno, que cuando se va a perseguir al inocente, que cuando se va a perseguir o a oprimir al que hace: -consiente el mal-, el gobierno dice: -haced lo que queráis, yo no puedo nada contra vosotros-... Tan débil era este gobierno que cuando llega el extranjero, el etíope aquel, Ebedmelek y le dice: -hay que sacar a Jeremías- y dice: -Ay, sí, sí, saquemoslo-: ¡Era un monigote!, ¡era un títere!, era un payaso ese rey Sedequias, ni era gobierno ni era nada? Porque llegan unos y le dicen: -hay que matar a Jeremías-. Ah, bueno, sí, matémoslo; llega otro, le dice: -no, saquemoslo: ah, bueno, sí, saquémoslo? De manera que aquí también hay una enseñanza para que aprendamos lo que significa ser líder, ser gobierno. Y esto, no es solo para decirle a la Alcaldía de Bogotá o a la Presidencia de la República. Un padre de familia tiene una función de autoridad en su casa y tener autoridad no es: pegar tres gritos, ni regañar a los niños, ni pegarle a la mujer...; -eso no es tener autoridad-; muy fácil esa autoridad. Tener autoridad no es hacerse servir uno; tener autoridad es ponerte de parte del bien y es ponerte de parte, del que necesita la autoridad. A veces nosotros queremos, que el gobierno se fije en nosotros, que somos pobres, que somos marginados, que somos descuidados; pero yo le pregunto a usted, padre de familia o madre de familia, y ¿usted se pone de parte del más pequeño, del más débil en su casa? Si usted tiene un niño o una niña que está enfermo, que está descuidado, que necesita cariño, que necesita atención, que tal vez es el más débil, ¿usted se pone de parte del más débil?. ¿Por qué? usted, sí quiere que el gobierno y que la iglesia estén de parte suya, porque usted se siente débil; pero ¿usted se pone de parte de los débiles?. ¿Para qué? y ¿cómo?; ¿Para qué y cómo utiliza usted la autoridad?. Piénsenlo también los profesores; pensémoslo nosotros, los sacerdotes y los predicadores; y aún en las cosas pequeñas, pensémoslo: en la escuela, en el colegio, usted, en su escuela, en su colegio, ¿usted se pone de parte del que necesita?, o usted, ¿se pone a que le sirvan? y se pone de parte de sus intereses...; ¿cómo manejamos la autoridad y de parte de quién estamos? ? La parte de la Biblia que hemos leído hoy, no nos cuenta cuál fue el final de la vida de Sedequías, pero fue un final muy triste; a Sedequías se lo llevaron desterrado, perdió su país, perdió su raza, perdió su gobierno y murió en tierra extranjera sin nada, porque él no había sido capaz de gobernar la casa de Judá. De modo que hoy hemos aprendido tres cosas: Primera, -que a veces el mundo rechaza al que le dice la verdad y quiere callarlo, y quiere encarcelarlo y quiere matarlo-; pero tenemos ejemplos maravillosos como, el de Jeremías. Y tenemos el ejemplo y la gracia de Cristo, para saber que también nosotros, tenemos que ponernos de parte de la verdad. Segundo, -hemos aprendido, que a quien se pone de parte de Dios, Dios no lo va a abandonar-. Claro, el caso más triste es el de Cristo: cuando uno ve a Cristo en la cruz, azotado, despreciado, muerto en la cruz, uno dice: -¡Dios lo abandonó!-. Pero ese mismo Cristo fue resucitado, por el poder de la diestra del Padre. Y el mismo Cristo que murió orando en la cruz, despertó alabando al Padre en la resurrección. -El que se pone de parte de Dios recibirá el auxilio de Dios;. Esta es la segunda enseñanza. No podemos seguir negociando con la mentira, ni con la mediocridad. La colcha de nuestras mentiras es la que le sirve de cobija a la impunidad. Y en tercer lugar, hemos aprendido que: desde lo pequeño, hasta lo grande hay que -saber administrar- y aprovechar la autoridad de buena manera. -Ya hay autoridad entre el hermano mayor y el hermano menor-; ya hay autoridad en un profesor, en un diácono, ya hay autoridad en un padre o en una madre de familia. Esa autoridad, cuando se aprovecha para el bien, sabe defender los intereses de Dios, que son también los intereses de los más pequeños y de los más pobres. ¡No pidamos justicia para nosotros! si no empezamos a construir también justicia nosotros; no pidamos ser muy considerados y recibir mucha misericordia, si no tenemos también en lo pequeño, en nuestro barrio, en nuestra acción comunal, en nuestra parroquia, en nuestra casa, sobre todo, ¡esa defensa de la vida y esa defensa del más pequeño!. Estas palabras, amigos, se dirigen sobre todo a los pequeños. Esta niña, -por ejemplo-, que se encuentra aquí, o esta otra niña que está acá, o, esos otros niños que estaban allá atrás; -algunos incluso conversando-; esos niños y esas niñas los tengo muy dentro de mi corazón cuando digo estas palabras... Porque el reto es que cuando tú vayas a hacer un hogar..., cuando tú vayas a hacer un hogar, cuando ¡tú! vayas a hacer tu casa, tú sepas: que ser hombre, que ser papá, que ser esposo, es una cosa distinta y mejor de lo que tal vez has conocido. El reto maravilloso, la verdadera promoción de nuestra comunidad está, en que los males que hemos cometido se corrijan y sobre todo, los nuevos hogares, las nuevas parejas, las nuevas familias no repitan las mañas, los vicios, las malas costumbres. Amiguito, amiguita, todo lo malo que tu hayas visto de pronto, incluso en tu casa, -porque en todas partes hay problemas-, es para que aprendas lo que ¡¡no!! se debe hacer. Tú más que criticar, más que hundir a tus papás, a tus mayores, aprende de ellos: qué hacer y qué no hacer y aprende de la Palabra de Dios: ¡Cómo construir juntos una sociedad donde el nombre de Dios sea respetado! Algunos serán o seremos perseguidos, algunos tal vez pasaremos por la charca fangosa, pero creemos que el poder de Dios nos va a sacar de ahí, y creemos que la gracia de Cristo nos conducirá a un mañana mejor.

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