Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Oremos por el ministerio del Papa con insistencia. Pidamos al Señor que pueda guiarnos, que su palabra sea acertada y que cada una de sus decisiones sea para la gloria de Cristo.

Homilía catp015a, predicada en 20200222, con 8 min. y 30 seg.

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Transcripción:

El Veintidós de Febrero nuestra Iglesia Católica celebra la fiesta de la Cátedra de San Pedro. La palabra cátedra alude a esa silla especial que tiene el maestro o que tenía el maestro en la enseñanza clásica medieval. La Iglesia donde está la cátedra es la Iglesia Catedral. Es conocida precisamente como la Catedral. ¿Y por qué celebramos la Cátedra? Bueno, no celebramos un objeto. Lo que nosotros celebramos es lo que sucede a partir de la cátedra, es decir, la enseñanza, el servicio de enseñanza que tiene el Papa, el sucesor de Pedro. Hoy es un buen día, entonces, para hablar de por qué es importante y por qué es única la enseñanza del sucesor de Pedro, es decir, del obispo de Roma.

¿Por qué esa enseñanza es distinta en calidad, de cualquier otra palabra que se diga en la Iglesia? A ver el Evangelio, ¿cómo se propagó? ¿Cómo llegó a nosotros el Evangelio? El Evangelio llega a nosotros a través de la predicación de los apóstoles. ¿Qué es lo que hace únicos a los apóstoles? que fueron los discípulos más cercanos a Cristo, elegidos por el mismo Cristo, testigos de su vida y ministerio, antes de la pasión y testigos de la verdad de la resurrección. Estas son las tres características que hacen únicos a los apóstoles. Características que hacen también que el número de los apóstoles esté cerrado. Son doce y no más los que propiamente tienen el nombre de apóstoles. ¿Cuáles son esas características? Las repito: Primero discípulos cercanos, o sea que vieron, conocieron de un modo único al Maestro. Segundo, fueron elegidos por Él para una misión específica. Tercero, fueron testigos de su servicio, de su ministerio antes de la cruz, y después pudieron dar testimonio de que Él estaba vivo, que había resucitado verdaderamente. Es decir, que el mismo que colgó de la cruz vive, su cuerpo, su alma. Él vive revestido de poder y majestad. Estos son los apóstoles.

Es evidente, entonces, que toda verdad y toda doctrina en la Iglesia tiene que referirse a la palabra de los Apóstoles. Ellos son el criterio de qué es lo que nosotros creemos. La unanimidad entre los apóstoles, los apóstoles de Cristo está fuera de toda discusión si leemos los escritos del Nuevo Testamento. Pero luego resulta que obviamente, como seres humanos, ellos entregaron su vida en su mayor parte como mártires. ¿Quién sigue entonces en ese servicio, esencial para la Iglesia, el servicio de custodiar el depósito de la fe? Como los apóstoles, fundaron distintas comunidades con la gracia, con el poder del Espíritu. Y como los apóstoles, además de fundar estas comunidades, nombraron encargados en esas mismas comunidades. Esos responsables, esos inspectores con autoridad, eso es lo que significa la palabra epíscopos, son indudablemente los depositarios de la verdad. De donde uno entiende que estos apóstoles y sus sucesores son los que pueden servir de criterio para la verdad del Evangelio, es decir, para saber si algo realmente corresponde o no corresponde a lo que Cristo quiso para su Iglesia.

Ahora bien, las comunidades, Bendito sea Dios, van creciendo, se van extendiendo. El número de sucesores de los apóstoles, es decir, el número de obispos, va creciendo, va aumentando. Y entonces la pregunta es ¿y ahí qué sucede? Pues es evidente que estos sucesores de los apóstoles, considerados colegialmente, considerados en su conjunto, conservan ese depósito de la fe. Pero lamentablemente, como lo muestra la historia, algunos de estos sucesores de los apóstoles se apartaron de la norma y empezaron a enseñar cosas que no corresponden a la verdad del Evangelio. Entonces, hubo discusiones y divisiones entre obispos. Eso sucede también en nuestra época. Qué va a hacer o qué tiene el Espíritu Santo como respuesta a esa situación. Es decir, si unos sucesores de apóstoles y algunos obispos dicen algo y otros obispos dicen otra cosa. Bueno, pues parece que una buena solución es que se reúnan, que discutan, que oren, que disciernan. Y eso, pues debe llevar a una conclusión, eso debe llevar a una decisión. Ese tipo de reuniones se llaman concilios.

Pero un momento, ya sucedió en la Iglesia, por ejemplo, con la crisis de una herejía llamada arrianismo. Ya sucedió en la Iglesia que incluso un número notable de obispos tenían ideas contrarias a la fe. Y además, hay un problema. En el Concilio ¿cómo vas a decidir las cosas si hay algunos que se obstinan en que no? No vas a obtener necesariamente unanimidad perfecta. Y si no obtienes unanimidad perfecta, entonces, ¿qué va a suceder? ¿Vas a definir la verdad por votación? En la práctica, eso es lo que sucede en el mundo anglicano. Los anglicanos, en la práctica obran así. Ellos tienen tres cámaras de decisión o de discernimiento; la de los laicos, la de los presbíteros y la de los epíscopos los obispos. Y en todas esas cámaras las cosas suceden por votación. De manera que si una propuesta, por decirlo de algún modo, pasa por esas tres cámaras y recibe mayoría de votación, pues eso es lo que cree la comunión anglicana. ¿Te resulta satisfactoria esa manera de pensar? A mí no. Es ahí donde nosotros afirmamos que, como última instancia, óyeme que subrayo eso; como última, última, últimisima instancia, es decir, en un caso absolutamente extremo. Es el sucesor de Pedro el que puede y tiene la gracia de discernir las cosas en lo que tiene que ver con la fe y las costumbres. Es decir, no cualquier afirmación, mucho menos afirmaciones banales o puramente disciplinarias. No en las afirmaciones sobre lo que es la fe. Ahí, ahí, el que tiene realmente la última palabra es el obispo de Roma. Eso, en ese caso, absolutamente extremo, extremo del extremo. Eso es lo que nosotros los católicos entendemos por infalibilidad papal.

Oremos por el Papa. Oremos por el Papa, en este Veintidós de Febrero. Oremos por el Papa con insistencia, porque el ministerio que él tiene, la responsabilidad que él tiene ante Dios, es colosal. Es difícil incluso de imaginar o de pensar. Oremos mucho por él. Pidamos al Señor que pueda guiarnos, que su palabra sea acertada y que cada una de sus decisiones sea para la gloria de Cristo. Amén.

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