Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La verdad sin misericordia, o la misericordia sin verdad, son ambos ajenas a la vida y al mensaje de Cristo.

Homilía catp010a, predicada en 20140222, con 9 min. y 55 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos, nuestra Iglesia Católica celebra hoy la Cátedra de San Pedro. Con la palabra Cátedra, se está representando de una manera, podemos decir visual, el Magisterio. Una de las características más importantes de todos los obispos y especialmente del Obispo de Roma, es decir, su deber, su vocación, su llamado y su derecho de enseñar. Los Hechos de los Apóstoles nos cuentan que la gente, que la multitud era fiel a la enseñanza de los apóstoles. Y hoy, al recordar el Magisterio, la enseñanza del apóstol San Pedro, por supuesto hacemos una oración especial, por los sucesores del apóstol Pedro y en concreto por el Papa Francisco, felizmente reinante. Tenemos que pedir a Dios que en él, de un modo especial, que en Francisco, de un modo especial, esté obrando siempre esa gracia del Espíritu para que su palabra nos confirme en la fe a todos.

Precisamente la figura de Francisco, el Papa Francisco nos invita a reflexionar y es lo que quiero hacer ahora, sobre la relación entre dos palabras que parece que están como en tensión la una con la otra. La palabra Verdad y la palabra Misericordia. Porque cuando se habla del magisterio del apóstol Pedro se habla de la solidez de una roca. Precisamente Cristo quiso que Pedro se llamara Pedro por referencia a Petra, a la roca. Es una roca, una roca firme y la firmeza, la firmeza de la roca nos habla de la estabilidad en la verdad, pero también nos habla de la radicalidad que necesitamos para permanecer en esa verdad. Y aquí es donde surge la pregunta. Si la vida cristiana tiene su perfección y tiene su plenitud en el amor. Y si el amor tiene su expresión quizás más bella y la más necesaria en la misericordia, ¿cómo puede uno, al mismo tiempo ser profundamente verdadero y profundamente misericordioso? Ese es el punto que nos preguntamos, porque a veces parece que la verdad excluye y a veces parece que la misericordia siempre incluye. La verdad excluye porque en el momento en el que decimos realmente lo que es cierto es cierto, y lo que es mentira es mentira. Y eso puede parecer a veces excluyente.

Por ejemplo, cuando tenemos que decirle a una persona que se encuentra viviendo mal. Mira, con los negocios que tú estás llevando, con la vida que tú estás llevando, con esa unión de adulterio que tú tienes, pues de verdad, tú no debes comulgar. Eso parece muy duro. La verdad parece ahí como excluyente. Mientras que la misericordia parecería ser incluyente siempre. La persona divorciada, vuelta a casar o la persona que es víctima de una adicción, o la persona que está en una circunstancia tal vez irregular, debería sentirse acogida. Entonces, ¿cómo hacemos para que la misericordia incluya, sabiendo que la verdad a veces excluye? Y por eso digo que hay una tensión entre la verdad y la misericordia. La realidad es que esta tensión, esta especie de contrapeso entre la verdad y la misericordia, hay que saber entenderla.

Porque mira, la verdad que parece excluir, en realidad nos está poniendo en camino para que seamos verdaderamente incluidos en el Señor. Notemos que acercarse a Cristo siempre implica excluir cosas de la propia vida. Por ejemplo, cuando Jesús perdona a aquella mujer adúltera, está haciendo un acto de misericordia, pero también le habla con verdad y le dice Yo no te condeno, pero ¿cómo le dice? no peques más. O sea, la sitúa en la verdad. Jesús no le dijo Yo no te condeno, y entonces sigue adulterando. Impulso por favor, mantener el impulso, mantener el swing y seguir adulterando. No. La verdad y la misericordia se juntan precisamente en el corazón y en la enseñanza de Cristo. Entonces yo te admito al perdón, pero hay una verdad, una verdad que tiene que marcar tu vida de aquí en adelante. Y esa verdad es la verdad de la conversión. Hermanos, si alguien nos propone una verdad sin misericordia no viene de Dios. Si alguien nos propone una misericordia sin verdad, no viene de Dios. Es únicamente en Dios, únicamente en el Dios con nosotros, que se llama Jesucristo, donde encontramos verdaderamente la unión entre verdad y misericordia. Y tienen que darse las dos.

Qué agradable es para una persona que está en pecado encontrar un sacerdote así, un poquito medio liberal, medio progresista, que le dice mire, yo no le veo ningún problema a eso, usted no se preocupe por eso, pero la misma persona, estoy seguro que se da cuenta, este cura no me dijo lo que me tenía que decir. Porque en el fondo sabemos que del sacerdote se espera la enseñanza, como dice la Palabra de Dios. Entonces es muy importante saber eso. El sacerdote que me hable con la verdad, pero que me habla sin misericordia, no me está haciendo un favor. Pero el sacerdote que me habla con muchísima misericordia, pero que me tapa, la verdad, tampoco me está haciendo un favor. Lo que necesitamos es predicadores, sacerdotes, obispos, Papas que cuando nos hablen nos muestren de tal manera nuestra verdad, que nos pongan en el camino para ser recibidos por la misericordia. La palabra caminar es muy importante en esto. Yo no necesito que Dios me diga que estoy bien. Yo necesito que Dios me muestre el camino para estar mejor. Eso es lo que yo necesito. Entonces no esperemos de Dios simplemente aprobaciones, abrazos, aplausos y no hay problema. Tenemos que esperar de Dios su acogida, su cariño, su ternura, pero también la certeza de que hay cosas que tienen que cambiar en nuestra vida.

Estamos terminando con esta Eucaristía nuestro retiro, en donde hemos hablado fundamentalmente sobre la desobediencia y nos hemos dado cuenta que la desobediencia arruina la vida. No es misericordia callar el lenguaje de la desobediencia. No es misericordia dejar de denunciar el pecado. No es misericordia dejar que la gente siga comprando pan si el pan está envenenado. Si tú supieras que lamentablemente un lote de pan que llegaba a cierto pueblo, un pan muy delicioso y muy económico que llegaba a ese pueblo, resulta que tiene un veneno y tú sabes que eso está envenenado y tú te quedas callado por no dañarle el desayuno a la gente, porque seguramente su desayuno va a ser muy desagradable si les digo que está envenenado el pan. Si tú los dejas comer pan envenenado, eso no es misericordia. Si tú callas el pecado, si tú dejas de denunciar el pecado, eso no es misericordia.

No consideres que falta a la misericordia, el sacerdote que denuncia el pecado, en público o en privado. No consideres que falta a la misericordia, el predicador que te hace ver en dónde está tu mal. Es desagradable, claro que es desagradable, porque nuestro yo, nuestro ego, lo que siempre quisiera, es caricia y aplauso y no hay ningún problema. Y por eso hay sacerdotes que se vuelven populares, porque su único lenguaje es que todo te salga bien. Que Dios te bendiga, que todo vaya muy bien. El Señor va a estar contigo. No pierdas el impulso, nunca te desanimes. Claro, así es muy fácil hacer millones y millones de amigos. Pero del sacerdote se espera la enseñanza y el sacerdote que no advierte dónde está el pan envenenado, tendrá que darle cuentas a Dios de los que se envenenen. El sacerdote tiene que mostrar dónde está el pan envenenado. Y proporcionalmente lo mismo vale para el profesor, lo mismo vale para el catequista, lo mismo vale para el padre de familia. Si un papá, si una mamá no advierten en dónde está el pan envenenado, no están amando a los hijos. Si por no producir una mala cara en tu hijo o en tu hija dejas de contarle que el almuerzo resulta que está envenenado y dejas que se coma ese almuerzo, eso no es amar a tu hijo.

Entonces, nos damos cuenta que la verdad y la misericordia no están tan distantes. Porque la verdad lo que hace finalmente es contarnos en dónde estamos, para que sepamos por qué camino debemos ir, a dónde tenemos que estar. Y esa luz nos la da la verdad. Entonces, no hay que rechazar la luz de la verdad, no hay que rechazar esa corrección, no hay que rechazar esa denuncia, pero tampoco hay que quedarse solo en la denuncia. Lo maravilloso de Jesucristo es que no se queda en la denuncia. Por volver al ejemplo de la mujer que fue pillada en flagrante adulterio, lo que hace Cristo no es quedarse en la denuncia y decirle pero ¿Usted qué opina? ¿Pero cómo así? ¿Pero por qué hizo esto? ¿Pero por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? No, ya está claro el pecado. Jesús no tiene que hundirla simplemente en la culpa, le da esperanza, le da la mano, la levanta, la llena de amor, la fortalece y al mismo tiempo la pone en el camino que es. Ese es Jesucristo y esa es la labor que también nosotros tenemos.

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