Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El apóstol Pedro enseña sobre las intenciones, metas y métodos de un verdadero pastor, según el corazón de Jesucristo.

Homilía catp007a, predicada en 20110222, con 18 min. y 39 seg.

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Transcripción:

Tres consejos da el apóstol San Pedro en la primera lectura de hoy. Tres recomendaciones que son útiles para todos los que tienen el cuidado pastoral del rebaño de Cristo. Primero, gobernar no a la fuerza, sino de buena gana como Dios quiere. Segundo, no por sórdida ganancia, sino con generosidad. Tercero, no como déspota sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndose en modelos del rebaño. Son las tres recomendaciones. O quizás, debo decir, los tres mandamientos de un pastor, de un buen pastor para el rebaño de Cristo. Hay tres no es y hay tres sí es. No a la fuerza. No por sórdida ganancia. No como déspotas.

Cuando se dice no a la fuerza, en el primer caso, no se refiere a la fuerza sobre el rebaño, porque eso está en la parte de los déspotas, sino no a la fuerza, como quien se siente forzado. Ahí se refiere a la fuerza que a veces uno tiene que hacerse para lograr algunas cosas. Cuando se dice no por sórdida ganancia, se entiende como sórdida, es decir, como sucia cualquier ganancia, que no tenga los intereses de Cristo. Es decir, sólo hay una ganancia que es limpia para el pastor, y esa es la gloria de Cristo. Y cuando se dice no como déspotas, evidentemente se excluye que el pastor se vuelva centro de su propia vida. Recordemos aquellas críticas que hace Ezequiel en su sermón contra los malos pastores y dice que se apacientan a sí mismos. Pues algo parecido está aquí. El déspota es el que se apacienta a sí mismo, el que está centrado en sí mismo.

¿Cuáles son entonces las áreas de la vida del pastor que son cubiertas por estos consejos o mandatos de San Pedro? Lo primero se refiere a la motivación, lo segundo se refiere a la finalidad y lo tercero se refiere al método. La motivación o la intención es lo primero. La finalidad o propósito es lo segundo. El método es lo tercero. O sea que es una enseñanza bastante completa. Se trata de purificar la intención, de tener clara la meta y de utilizar el mejor de los métodos.

La intención tiene que purificarse hasta el punto de encontrar esto, que en la traducción al español dice, de buena gana. Lo contrario de obrar de buena gana es obrar de una manera forzada. La intención tiene que purificarse hasta que se sienta, hasta que se reconozca esto, que llamamos aquí de buena gana. Y esta buena gana, pues tiene que ver con aquello que Dios ha querido, es decir, lo primero que necesita el pastor es sintonizarse con el querer Salvador de Dios. Tiene que tener esa sintonía fundamental para sentir las alegrías de Dios y las tristezas de Dios y el celo por la causa de Dios. Además, en esa buena gana se entiende la mirada bondadosa, la mirada caritativa que reconoce la fragilidad del rebaño, que reconoce las heridas del rebaño, que reconoce la sed del rebaño. Esa buena gana, esa benevolencia, entonces, tiene que ver con el celo por la casa de Dios, con la sintonía con su corazón y con esa simpatía profunda, esa conexión al mismo tiempo humana y piadosa hacia el rebaño. De ese modo, el pastor siente que su tarea tiene sentido y siente que la bondad de Dios derramada sobre el rebaño, también lo colma a él.

No que su objetivo esté en primer lugar en sí mismo, sino que al transmitir la bondad de Dios, también él queda transformado. Como aquel refrán que dice algo de perfume queda en el que reparte rosas. Así también el pastor, dando la bondad de Dios con generosidad, pues se impregna él mismo de lo mismo que comunica. Entonces, en cuanto a la intención, hay que buscar la sintonía con Dios, saber y sentir que las alegrías del Señor son las propias y tener esa especie de profunda conexión y profunda comprensión de la fragilidad y la necesidad humana. Eso fue la primera parte, la intención.

Luego, la finalidad. La finalidad, la meta tiene que estar clara. Y la claridad empieza cuando se considera ganancia triste, sucia, indigna, cualquiera que no sea la gloria de Jesucristo. Al rechazar la sórdida ganancia el pastor se vuelve generoso. Porque lo que mata la generosidad es buscar las ganancias mediocres, pasajeras, perecederas. Eso es lo que mata la generosidad. Pero cuando el pastor deja atrás esas motivaciones, cuando pone en su corazón, cuando instala en su corazón como única meta el reinado de Dios, la gloria de Jesucristo, el bien de la Iglesia, el peregrinar todos juntos hacia la casa del Padre. Cuando estas son sus motivaciones, entonces las demás cosas inmediatamente palidecen. Parecen casi despreciables. ¿Cómo se puede recibir como precio algo que cubra lo que vale la sangre de Cristo? Aquí recordamos a San Carlos Borromeo cuando dice: Si te dedicas al cuidado pastoral, recuerda con qué sangre fueron lavadas esas almas. No hay nada que pague la sangre de Cristo. Entonces el verdadero pastor, urgido por la caridad de Cristo, fascinado por el ejemplo de Cristo, entusiasmado con la tarea de llevar a todos hacia Cristo, considera o debe considerar como pequeño, indigno, despreciable, cualquier otro premio, cualquier otra paga. De esa manera, la finalidad queda clara. Cuánto más clara esa finalidad, más generoso el pastor, y de esa generosidad necesita ciertamente el rebaño para poder confiar en su pastor. Aquella expresión que utiliza Santa Catalina dirigiéndose a Cristo Eres dulce, sin mezcla de amargor. Indica algo parecido. Porque amargor, amargura, decepción es lo que siente la gente cuando ve que sus pastores tienen otras motivaciones. Si todo lo que hacen lo hacen por dinero, o por conquistar afectos, o por buscar privilegios, por subir posiciones o aún por cosas peores como placeres ilícitos, lo que se siente es amargura, entonces, qué cuento de evangelio, entonces, qué cuento de cielo, entonces, qué cuento de Cristo todo es hipocresía, todo es mentira. Por eso es tan necesaria esta finalidad, que esté clara. Que esté neta y clara en la mente y en el corazón del pastor.

Así hemos hablado de la intención y de la finalidad, pero aún teniendo una intención recta y teniendo una finalidad tan elevada y tan clara, hay que pensar en el cómo, hay que pensar en el método. Porque uno puede tener buenas intenciones, pero puede no darse suficiente cuenta que el bien que uno está ofreciendo es un bien espiritual. Y espiritual, en este caso significa que lo da el espíritu, es decir, nuestros alaridos, manoteos, nuestro ejercicio de poder no es lo que va a comunicar el don del Espíritu a los demás, porque realmente la tarea pastoral es esa. La tarea pastoral no es reemplazar el espíritu, sino servir al espíritu. Lo que siempre se dice de los directores espirituales cabe aquí. Un buen director espiritual no tiene que reemplazar a Dios, sino tiene que facilitar la obra de Dios. ¿Cómo? Quitando obstáculos. Esto lo enseña Santo Tomás en más de un lugar en la suma. Por ejemplo, refiriéndose al papel que la razón tiene con respecto a la fe. Dice la razón no puede dar la fe. Pero la razón sí puede remover obstáculos que impedían creer. Por ejemplo, obstáculos puestos por los enemigos de la Iglesia. Esos obstáculos se pueden quitar y eso facilita la llegada de la fe. Pero la fe como tal es un regalo que viene de lo alto.

Fíjate que el método que sugiere San Pedro aquí, lo podemos traducir un poco informal y graciosamente de este modo. Tú no tienes manera de inyectarle el bien a nadie. El bien no es algo que uno pueda inyectar. Uno no puede producir el bien en otro corazón. Observemos lo que se dice aquí la heredad es de Dios. Nosotros no podemos ser déspotas sobre la heredad de Dios. Y aquí se descarta no solamente el egoísmo, porque el egoísmo ya debía estar descartado hacía tiempo, cuando se limpió la intención. Aquí quizás el apóstol no se refiere solamente al caso del déspota egoísta, sino también del déspota bienintencionado, pero sigue siendo déspota. ¿A qué llamo yo un déspota bienintencionado? Al que cree que puede inyectarle el bien a la gente, como se dice de alguno de los generales norteamericanos en la Guerra del Pacífico contra el Japón. Decía yo a estos japoneses; les inculcó la democracia, así tenga que matarlos. Entonces, ¿existen los déspotas bienintencionados que creen que pueden inyectar, que pueden meter el bien en el corazón? No, lo que nosotros podemos hacer es remover los obstáculos y mostrar la hermosura, la belleza y el bien de lo que Dios trae.

Entonces, con la sabiduría de las palabras que quitan las objeciones y obstáculos, y con el esplendor de una vida santa, el pastor hace su tarea. Sabiduría en las palabras para quitar lo que no es de la heredad de Dios. Santidad en la vida para presentar el atractivo de esa obra del Señor. Pero finalmente, el único que puede hacer la transformación es el Espíritu. Por eso quizás debemos completar estas recomendaciones y mandatos de San Pedro con aquello otro que nos dice el profeta. Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo. Fíjate qué rostro tan bello, qué perfil tan admirable de un pastor el que nos resulta aquí. Una persona que se ha sintonizado con el corazón de Dios y que tiene viva conciencia de su fragilidad y de la de sus hermanos. Su corazón es compasivo y quiere ayudar a sanar esas heridas. Quiere alimentar esa hambre profunda del corazón y así su intención se ha rectificado. Luego está fascinado, infinitamente agradecido, se siente en deuda eterna con Jesús y quiere la gloria de Jesús y la llegada del Reino, y que todos avancemos hacia la casa del Padre. Y por eso considera indigno cualquier pago. Y luego, no solamente ha dejado atrás el egoísmo, sino que tampoco cae sobre él aquello de ser déspota, bienintencionado. Es consciente de su propia limitación y lo que hace es con sus palabras, remover obstáculos y con la santidad de su vida, presentar un ejemplo mientras ora insistentemente para que el Espíritu y solamente el Espíritu haga la obra en los corazones.

Que Dios nuestro Padre, nos regale pastores según su corazón, porque los necesitamos. Y también nosotros, en la medida en que tenemos alguna participación de la labor pastoral que aprendamos de Cristo el Buen Pastor. Cuando aparezca el Supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita. Nosotros también tenemos quizás no la plena labor pastoral, pero estamos salpicados de esta clase de responsabilidades. Cuando tenemos una labor directiva, cuando tenemos que dar un consejo o incluso, y sencillamente cuando con una corrección fraterna ayudamos a que alguien sea más fiel al corazón de Jesucristo. O sea, que también este texto nos toca a nosotros, a todos nosotros. Gracias a Dios por palabras como las de este apóstol y sobre todo porque habiendo predicado así, lo llevó a plenitud hasta su martirio.

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