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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cuatro imágenes de lo que es "templo" se iluminan mutuamente: (1) Cristo y su Cuerpo, presente particularmente en la Eucaristía; (2) Las construcciones materiales que llamas iglesias o capillas; (3) La Comunidad de creyentes, en quien habita el Señor; (4) El cuerpo de cada uno de nosotros, lugar de habitación del Espíritu Santo.
Homilía blet013a, predicada en 20161109, con 16 min. y 36 seg. 
Transcripción:
Con motivo de esta fiesta de la dedicación de un templo, que es la Iglesia Catedral del Obispo de Roma y por consiguiente es la Basílica del Papa, la Basílica de San Juan de Letrán. Con motivo de esta celebración, es hermoso fijarnos en las lecturas que fueron proclamadas en donde aparece el tema del templo. En esta oportunidad hemos oído de la primera carta de San Pablo a los Corintios, Capítulo Tercero. Hemos oído del Salmo Cuarenta y cinco en la numeración de la liturgia, Cuarenta y seis en la numeración de la Biblia. Y hemos oído del Evangelio de Juan Capítulo Dos. Y encontramos tres veces la palabra templo, o tres contextos en que se habla de templo. Y todavía un cuarto contexto en sentido amplio, si nos vamos al salmo.
Empecemos por el Evangelio. Tal vez tenemos ese gran templo, el templo de Jerusalén, que recibe el día de hoy la visita de Jesucristo. Pero no cualquier visita. Cristo, con un celo ardiente, quiere limpiar esa casa, porque es la casa de Dios. Dice nuestro Señor Jesucristo: No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre. Es decir, que la razón de su celo, por ese lugar es porque es la casa de su Padre. Entonces, ahí está un templo. Es el templo físico hecho de ladrillo de piedra. Ese es un sentido de templo, como este recinto, más bien humilde que nos acoge el día de hoy. Es el recinto físico. Luego, en la misma lectura, nos aclara el evangelista, él hablaba del templo de su cuerpo. El cuerpo de Cristo es templo, es el lugar donde habita Dios de una manera única. Por algo dice San Pablo que Cristo es la imagen visible del Dios invisible. Entonces, ahí está el segundo sentido de templo. El primero, la construcción, el segundo, el cuerpo mismo de Jesucristo.
Y luego, en la lectura de San Pablo a los Corintios, entonces también se habla de que nosotros somos edificio de Dios, somos edificio de Dios. Conforme al don que Dios me ha dado, yo coloqué el cimiento, otro levanta el edificio, pero nosotros somos edificio de Dios. Entonces, la comunidad es templo. Fíjese, la construcción, el cuerpo de Jesucristo, la comunidad es templo. Y todavía Pablo nos da otro sentido donde dice ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él. Y cuando Pablo habla de esta manera, ya no está refiriéndose únicamente a la comunidad, sino que cada uno de nosotros, individualmente considerado, también es templo. De ahí la pureza, la santidad que tiene que acompañar el cuerpo del cristiano, porque nosotros somos templos del Espíritu Santo. Esto es muy bello, por ejemplo, para transmitirlo en la catequesis. Qué hermoso recordar o enseñar especialmente a las jóvenes, que sus cuerpos son templos, porque vivimos en una sociedad que trata al cuerpo humano, sobre todo al cuerpo de la mujer, como un juguete, como un entretenimiento, como una caja de placer para sí misma o para los demás. Para su pareja, que con el desorden que hay hoy en el mundo, puede ser hasta pareja de otra mujer. Entonces, qué hermoso tomar estas palabras de San Pablo y recordar la dignidad que tiene el cuerpo humano.
Entonces, ya llevamos cuatro, cuatro sentidos de templo. El templo como construcción. El templo que es el Cuerpo de Jesucristo, cuerpo Santísimo con el que comulgamos. El Templo que es la comunidad cristiana en la cual habita Jesús, se hace presente donde estén dos o tres, ahí estoy yo. Y el templo que es cada uno de los bautizados, que lleva en sí una gran dignidad y que por eso está llamado a ser tratado con respeto, con delicadeza.
No hace mucho, hace unas pocas semanas. Ustedes saben que salió un documento muy interesante, un documento del Vaticano sobre cómo tratar los despojos mortales. Porque resulta que se estaba metiendo un poco en todas partes la costumbre de tratar las cenizas humanas de unos modos sumamente exóticos. Entonces, gente con las cenizas del abuelo, del bisabuelo. Entonces, ahí, por ahí, en cualquier parte de la casa. Otros diciendo que esparzan mis cenizas al viento, otros convirtiendo los restos humanos en abono. Entonces, las cosas que le toca a uno leer en Facebook es terrible, porque uno se encuentra con personas, incluso católicas, yo digo más entre comillas, que dicen eso. No, si mi cuerpo que lo vuelvan compost. Compost es un término internacional para referirse al abono que se prepara a partir de un cadáver. Entonces, que me vuelvan abono y encima mío, pues plantan un árbol. De manera que mis riñoncitos, mi hígado, mi piel pueda florecer en un arbolito y eso les parece lo máximo. Y otros, en cambio, dicen que echar las cenizas en los ríos. ¿Cuál es el gran argumento? Si ustedes miran ese documento del Vaticano que es muy interesante sobre esto de las cenizas y los restos mortales. Dice, la dignidad de la persona humana reclama un tratamiento diferente. Algunos dicen bueno, pero si yo tengo las cenizas, por ejemplo, de mi madre, yo tengo las cenizas ahí en la casa. Pero el documento, de un modo muy inteligente, responde también a eso. Dice, pasada la primera generación de los deudos de los parientes, estos restos mortales empiezan a ser tratados como cosas. Y ese es un tema un poco triste.
Yo tuve ocasión de ofrecer un curso de formación permanente con mis hermanos dominicos en esta zona del extremo Oriente, Kaohsiung allá en Taiwán y también en Hong Kong y también en Macao. Estuve por esa región. Los padres, muy amables me hicieron, por supuesto, algunos recorridos para que conociera algo de la cultura del lugar. Toda esa zona está muy marcada por tres religiones, sino son cuatro. Está marcada por el budismo, está marcada por el taoísmo y está marcada por el confusionismo. Entonces, esas son las tres religiones. A mí me explicaba uno de esos orientales que ellos no ven conflicto en esas religiones. ¿Por qué? Porque el taoísmo lo miran como un sistema de pensamiento que te ayuda a una aproximación religiosa al cosmos. Eso, el taoísmo. El budismo te enseña a tener unos principios vitales de serenidad y como podríamos decir, como una guía para cómo llevar tu vida, el budismo. Y el Confucionismo, nombre que por supuesto se deriva del filósofo Confucio. El confucionismo ayuda a orientar las relaciones sociales. Entonces, como que cada religión tiene su propio ámbito. Budismo para lo personal y la búsqueda interior. Confucionismo para las relaciones en la sociedad. Porque una de las obsesiones de Confucio es el tema de la jerarquía. Cómo hay que organizar la sociedad para que sea estable y funcional. Y el taoísmo para lo que tiene que ver con las grandes preguntas sobre el sentido de la vida y el cosmos. Y esas tres religiones influyen de maneras muy complejas. Toda esa zona, lo mismo que según me dicen, sucede en buena parte de China continental. Allá no estuve yo. Yo no estuve en China, pero me dicen que funciona de la misma manera, que estas tres creencias están ahí.
Bueno, el confucionismo, ¿esta historia va a qué? a que el confucionismo regula, como ya expliqué, las relaciones interpersonales, las relaciones sociales y para el confucionismo es muy importante no solamente las relaciones con los vivos. No solamente es el concepto de autoridad como quien tiene el poder, sino es la autoridad como aquel de quien yo provengo, aquel que es mi raíz. Entonces, allá con alguno de los padres, visitábamos algunos de estos lugares marcados por el confucionismo y ellos tienen sus famosos altares, lo que nosotros podríamos llamar altares. En los altares, obviamente hay algunas velas que arden normalmente, otras veces se agrega algo de incienso, pero lo esencial de los altares no está en eso que son adornos, flores, velas. No son adornos. ¿Lo esencial qué es? Lo esencial, según el confucionismo, son unas tabletas donde están los nombres de los antepasados. Entonces, eso normalmente lo van poniendo como por filas, de manera que en el caso mío, por ejemplo, mi padre vive, entonces todavía no está la tableta de él ahí, pero mi mamá ya murió, entonces, ahí debería estar la tableta con el nombre de mi mamá. En la fila de arriba, los nombres de los abuelos, en la otra fila, los bisabuelos y ahí van acumulándose tablas que tienen a veces siglos. Y a veces ya la gente no sabe decir nada de esas tablas porque ya nadie se acuerda del tatarabuelo que vivió por allá en la guerra, de quién sabe quién, contra quién sabe qué. Nadie se acuerda de eso, pero ahí está la tableta con el nombre. Entonces, ya incluso eso se vuelve una cosa irrespetuosa, porque nada más están ahí. Les prende una vela, pero nadie sabe ni quién es ese nombre ni quién era esa persona.
Esto es para decir que tiene razón el documento del Vaticano, cuando dice que a medida que nos vamos alejando de los difuntos se va perdiendo esa relación que en un momento dado pudo haber sido de respeto, de cariño frente a esas personas. Bueno, ¿qué tenemos? Tenemos cuatro manifestaciones del templo. No entremos en el tema del Salmo. Cuatro, manifestaciones del templo. Repito por última vez. La construcción, el cuerpo de Jesucristo, la comunidad cristiana y mi propio cuerpo. ¿Qué es lo hermoso de esto? Que esas cuatro expresiones del templo se iluminan mutuamente. Así, por ejemplo, la santidad del cuerpo de Cristo, más presente en la Eucaristía que en cualquier imagen. Pero las imágenes ayudan a nuestros sentidos. La santidad del cuerpo de Cristo me hace pensar en la manera como trato mi propio cuerpo. Por eso, siempre en la Iglesia ha habido un tremendo respeto hacia la Eucaristía y una gran conciencia de que no se debe comulgar de cualquier manera. Ahora, tristemente, hay algo de confusión en algunas personas, confusión que no ha sido realmente resuelta como debería ser por las instancias más altas en la Iglesia, no ha sido resuelta. Entonces, hay confusión. Pero, digamos, la tradición más pura de nuestra Iglesia Católica es que, por ejemplo, una persona que está en adulterio, una persona que está en unión libre, no debe comulgar. ¿Qué quiere decir eso? Que la santidad del cuerpo de Jesús choca con la impureza que yo estoy viviendo. Entonces, la santidad del cuerpo de Cristo, llama a la santidad de mi propio cuerpo. Se iluminan mutuamente.
Luego otra que es muy bonita. No nos obsesionemos únicamente con la pureza individual. No se trata simplemente de ser castísimos sobre toda castidad, porque es que resulta que Cristo vive también en la comunidad. Entonces, si estamos obsesionados nada más en la pureza personal, pero estamos causando divisiones o estamos lastimando a los demás, también esa es una herida contra el cuerpo de Cristo. También es una contradicción contra la teología del templo. Entonces, fíjate cómo se iluminan. Y así uno podría ver otras comparaciones. Por ejemplo, cuando se entra a esos templos que los hay tan majestuosos, tan bellos. Yo tengo cierto gusto por las iglesias de tipo gótico, esas iglesias quizás así un poquito como en penumbra, grandes, majestuosas, con las luces que entran. Eso le lleva a uno a pensar, le lleva a pensar en la grandeza del Señor. Le lleva a uno a pensar en la experiencia que tuvo Isaías, que precisamente, según cuenta el Capítulo Sexto del libro que lleva su nombre, tuvo una gran experiencia mística en el templo de Jerusalén. Sintió la presencia del Dios que habita en ese templo.
Entonces, quedémonos con esa enseñanza, que ahí esas cuatro imágenes del templo y que si uno aprende a mirarlas, cada una va iluminando a la otra. Me acuerdo aquí de un sermón muy bonito que precisamente es el del oficio de lectura del día de hoy. Donde dice el autor, que se me escapa. Dice, prepara tu corazón, como quieres encontrar la casa de Dios. O sea, utiliza esto que estamos diciendo. Entonces, dice cómo quisieras tú que estuviera el templo, él se refiere ahí a la basílica. Cómo quisieras que estuviera la Basílica ¿La quieres desaseada ? No, claro que no. Tú quieres que la iglesia esté limpia. Conserva limpio tu corazón. Tú quisieras que se utilizaran unos ornamentos de mala calidad, ordinarios, raídos, sucios. No. Entonces, vístete también con las virtudes. Está haciendo ese juego, comparando una imagen del templo con otra imagen. Que estás múltiples presencias del templo, que todas se iluminan mutuamente, nos ayuden a vivir con mayor fidelidad y con mayor alegría en la presencia de Dios. Amén.

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