Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Nuestro altar es verdadera fuente de vida, que ha de sanear cada lugar adonde vayamos.

Homilía blet007a, predicada en 20121109, con 6 min. y 34 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, a partir de las cosas que vemos, como por ejemplo un edificio, podemos llegar a las cosas que no vemos. Por ejemplo comunidad, iglesia. La Iglesia no está hecha de ladrillos. Nuestra Iglesia Católica está hecha de piedras vivas, que somos nosotros mismos. Pero mirando piedras y ladrillos y mirando la hermosura de los templos, podemos levantar el pensamiento para descubrir también la hermosura del templo de Dios que es la Iglesia. Ese es el propósito de las lecturas de hoy. Ese es el propósito de esta celebración. Podríamos pensar en cualquier iglesia, por ejemplo, esta tan alta, tan bella, pero por tener una una determinada en la mente nos vamos con el pensamiento a la ciudad de Roma, donde derramaron su sangre los apóstoles Pedro y Pablo. Y principalmente porque Pedro, el príncipe, el primero entre los apóstoles, entregó su vida en la ciudad de Roma y por consiguiente, el sucesor de Pedro fue también cabeza de esa iglesia local allá en Roma.

Por eso nos interesa Roma, por eso nos interesa la Iglesia que sirve de catedral al sucesor de Pedro. Buen día es este, para aprender que la palabra catedral viene de cátedra. Y la cátedra es la silla que tiene un maestro. Por eso también se utiliza a veces la palabra un catedrático. Es decir, el que tiene una cátedra, el que enseña. Es muy propio de los obispos y, por supuesto, es propio del obispo de Roma enseñar. Mantenernos en contacto vivo con la verdad de Cristo. Digamos una palabra sobre la primera lectura de hoy. Esa agua que sale del altar, que luego sale del templo y que saliendo del templo va creciendo y haciendo maravillas. Ese torrente está mostrando la fuerza de vida que brota desde el templo y que se convierte después en medicina y en alimento. Toda una enseñanza para nosotros. Porque en esa visión que tuvo el profeta Ezequiel, él pensaba en el templo de Jerusalén, donde se ofrecían animales.

En cambio nosotros tenemos este altar donde no se ofrece otro, sino solamente Jesucristo, el Hijo del Dios vivo. Así que hay que creer que del altar para llegar a nuestras vidas brota un torrente de agua, y que nosotros, lo mismo que en la visión que tuvo Ezequiel, tenemos que llevar ese torrente de agua cada vez con más fuerza para sanar las aguas estériles que encontraremos afuera del templo. Porque es una cosa maravillosa la que se cuenta aquí. Aquí se dice, que el agua que sale del templo es capaz de sanar el agua muerta. Sabemos que en la Tierra Santa hay un depósito de agua que está muy profundo, más bajo que el nivel del mar. Y ese depósito se llama el Mar Muerto. Es un mar que tiene tanta acumulación de sal que resulta extremadamente sencillo flotar en esa agua. Pero está prácticamente sin vida. Y dice esta lectura que el torrente que sale del templo es tan santo, es tan extraordinario que puede sanar esa agua muerta. Dígame ese milagro tan grande. ¿Cuándo se ha visto que uno mezcle agua limpia y agua sucia y que el agua limpia le gane al agua sucia y todo quede siendo agua limpia? Eso no se ha visto nunca. Lo que uno ve es que si el agua limpia se revuelve con el agua sucia toda se vuelve sucia. Pero esta agua que sale del templo tiene esa virtud tan fuerte que es capaz de vencer al agua muerta, al agua dañada. Y así tenemos que ser los cristianos saliendo del templo.

No tenemos que tener miedo de las cosas que encontremos, sino que tenemos que saber, como dijo el apóstol San Juan en su primera carta: El que está en nosotros es más fuerte que el que está en el mundo. Y por eso llevamos dentro la fuerza para sanar tantas cosas enfermas que vamos a encontrar en esta tierra. Qué Jesús, que purificó el templo de Jerusalén, nos limpie también a nosotros por dentro. Que limpie y purifique a su Iglesia para que esa agua de vida llegue a nosotros y a través de nosotros llegue a nuestros hermanos.

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