Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El secreto del adviento consiste en tener hambre y certeza de Cristo a la vez.

Homilía ba04007a, predicada en 20111218, con 25 min. y 10 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, vamos llegando al final del tiempo del Adviento. Tiempo de preparación. Y llama la atención lo que hace la Iglesia para prepararnos. ¿Cómo se prepara uno para recibir a Jesús? ¿Qué tiene que hacer uno? La respuesta es sencilla tiene que sentir necesidad de Jesús, hambre de Jesús. Por eso el camino del Adviento es un camino que empieza por despertar. Para darnos cuenta, para descubrir que nos hace falta Jesús. Es descubrirlo ausente para luego poder descubrirlo presente. En nuestra vida cristiana hermanos, nunca tiene cabida la desesperación ni tampoco la angustia.

Una de las cosas hermosas que trae el Adviento es que le ayuda a uno a mirar de otra manera los problemas de la vida, los problemas de la familia y los problemas del mundo. Porque ¿Qué es tener problemas? Es tener necesidades, es tener preguntas. El Adviento nos enseña que es bueno tener preguntas, es bueno tener necesidades, es bueno estar en camino. Para nosotros, hombres y mujeres de fe, la necesidad no es una tragedia. La necesidad es un motor para el camino. Para nosotros, hombres y mujeres de fe, la necesidad no es el final, sino que es el comienzo de la acción de Dios. En un entrenamiento para vendedores, les decía el instructor a los futuros vendedores. La venta comienza cuando el cliente dice ¡No! Ahí empieza la venta.

Es decir, el no que tantas veces tiene que escuchar un vendedor, no es el final, el no es el comienzo. Como diría ese instructor, ahí es donde la cosa se pone buena. Ahí es donde usted muestra su talento como vendedor, porque usted como vendedor tiene que ser un vencedor. Lo mismo nos pasa a nosotros. Y esta es la primera lección que quisiera que recibiéramos del cuarto domingo de Adviento. La próxima vez que tengamos una dificultad, la próxima vez que la vida nos dé una cachetada, la próxima vez que sintamos que hay como una muralla delante de nosotros, tenemos que pensar ahora es que viene lo bueno. Ahora es cuando voy a conocer mejor el poder de mi Dios. De hecho, son las dificultades las que nos hacen crecer.

¿Cómo se entrena un boxeador? ¿Cómo se entrena un atleta? ¿Cómo se entrena un campeón? Poniéndole delante dificultades. Las que parecen imposibles de vencer para nosotros son apenas el entrenamiento para un gran soldado, para un gran atleta o para un gran campeón. Ese es entonces el primer mensaje para hoy. El Adviento es un entrenamiento, y el Adviento nos ayuda a leer nuestra vida como Adviento. Nuestra vida entera es Adviento, porque nuestra vida entera es camino hacia Jesús para descubrirle, para recibirle, para celebrarle y para servirle.

Pasemos al segundo punto. La segunda lección. Cristo resulta que ya está presente. Esta Iglesia, este templo, en su arquitectura, nos muestra muchas maneras de presencia de Cristo. Permítanme que las enumere, aunque sea brevemente, porque muchos de ustedes vienen a esta iglesia con frecuencia. Y creo que a ustedes les puede suceder lo que le pasa a todos los seres humanos, lo que nos pasa a todos los seres humanos. La costumbre nos vuelve ciegos. Y terminamos por no apreciar lo que tenemos frente a los ojos. Fíjate que en su misma disposición y arquitectura esta Iglesia nos habla de la presencia de Cristo.

Al centro, el altar. Cristo es sacerdote, víctima y altar. El altar nos habla de Cristo, nos habla de su sacrificio y nos recuerda que esta es la mesa de la familia de Dios. Así como también nos invita a esperar el banquete en el Reino de los Cielos. Tenemos al fondo la imagen de Cristo crucificado. Se trata del mismo sacrificio que celebramos sobre el altar, solo que en el altar le llamamos sacrificio incruento. Es un sacrificio en el que no se derrama sangre, pero atrás está el crucifijo, para recordarnos que sí se derramó sangre por nosotros. Esa cruz de Cristo nos recuerda que ahí está el Señor para abrazarnos, para recibirnos. A la entrada de esta iglesia está ese letrero inmenso ¡Welcome home! Bienvenidos a casa. Pero quién nos está dando esa bienvenida es Jesús.

En cada cruz, en cada crucifijo, Jesús nos está recordando que su corazón está abierto, Sus brazos extendidos. Las manos de Cristo, si ustedes las miran, están en la posición de Aquel que bendice, porque este es el lugar donde tú recibes la bendición del Señor para llevarla a tu trabajo, para llevarla a tu descanso o para llevarla a tu casa. Detrás de la cruz hay un fondo precioso que lo puedes llamar el mar. Mar de la Misericordia Divina. O lo puedes llamar el cielo, porque el Cristo al que nosotros celebramos no es un Cristo muerto, es un Cristo vivo. Pasamos por la cruz, pero para llegar al océano de la misericordia divina pasamos por la cruz, pero para llegar a la alegría del cielo.

Hay cuatro enormes columnas que están a ambos lados de la cruz del Señor. Quizás no se alcanza a ver desde donde tú te encuentras, pero si miras con detalle en las bases de esas grandes columnas están los nombres de los cuatro evangelistas Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Contándote ellos la historia de Jesús, enseñándote a mirar al misterio de Cristo. Pero luego hay otras columnas que están como en el cielo, columnas que te hablan de la nueva ciudad que Dios va edificando. Y esta vez no son cuatro, sino que son siete pilares. Esos siete pilares te recuerdan que la vida del Espíritu solo se construye con los dones del Espíritu. Esa ciudad santa, la ciudad celestial, se construye con la acción del Espíritu. Y hoy ves ese espíritu en forma de paloma, volando presuroso.

Es hermosa la postura en que se encuentra esa paloma, porque casi siempre, al representar al Espíritu se le representa descendiendo sobre Jesús. Este, en cambio, es un espíritu que sale de Jesús para ti, es un espíritu que está ocupado bendiciéndote. Es un espíritu que va presuroso a visitarte, a ungirte, a sanarte. El Espíritu aparece también como brotando no solo del amor de la cruz, sino brotando de ese triángulo que es un modo elemental de representar el misterio de misterios. El misterio de la Trinidad. Porque esta es la Iglesia de la Santa Trinidad. Mira cuánto simbolismo en tantas cosas. Tenemos también otra presencia de Cristo. La Palabra. Palabra que leemos, palabra que celebramos, palabra que escuchamos. Esto es presencia de Cristo.

Tenemos presencia de Cristo, porque en la parte de atrás ustedes ven que hay unos confesionarios. Y en esos confesionarios el que absuelve no es el padre Alfonso el que absuelve, no es el padre Patrick el que absuelve es Jesús. Jesús gasta horas absolviéndote tus pecados ahí. Jesús es el que le da vida a esa agua del bautismo. Ahí está Jesús. Decía San Agustín, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Y luego tienes. El tabernáculo. Luego tienes el Sagrario, donde está Jesús, del modo más perfecto que lo tenemos en esta tierra su presencia eucarística para que puedas visitarlo. Y ya sabes que aquí en "Blessed Trinity" si está cerrada, la Iglesia grande, siempre está abierta la capilla de la Adoración perpetua 24 horas al día. El mismo Jesús también ahí está presente.

Jesús está presente también en las imágenes de los santos, porque estos santos nos están recordando la vida del Evangelio. Mire esa Virgen bellísima que está ahí. Nos está diciendo el Evangelio es posible, el Evangelio funciona. Eso es lo que nos está diciendo. Y para que no se nos olvide el origen irlandés de los sacerdotes que han estado aquí y especialmente el padre Patrick. Aquí tienes a San Patricio. Modelo de evangelización a quien yo mismo he aprendido a querer por los años que viví también en Irlanda. Los santos nos están recordando que el Evangelio es posible. ¿Si ves cómo estamos rodeados de Jesús por todas partes? Pero no solo eso. El Señor dijo "Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo". Es decir, que ustedes mismos son presencia de Jesús, especialmente los que tienen alguna necesidad. Porque Jesús dijo: "Lo que hagas a uno de mis humildes hermanos, me lo hiciste a mí".

Entonces, en la persona de los niños, los enfermos, los ancianos, los que padecen depresión, los que tienen alguna limitación en sus facultades mentales, Especialmente en ellos, en los desempleados, en los frustrados, en los que han sido machacados por la vida. Ahí está de manera viva el mismo Cristo que aquí lo representa la escultura del crucifijo. O sea que en toda la asamblea, pero especialmente en sus miembros, que han sufrido más o que sufren más. Ahí también está Jesús. Y menciono por último, porque debo hacerlo. Está también Jesús, de modo particular en la persona del sacerdote realizando un servicio. El servicio de presidir a la Asamblea. Quien preside esta asamblea no soy yo. Jesucristo nos preside a todos. Yo en nombre suyo, tengo el deber de realizar también mi parte. Así que el segundo punto, hoy, mis hermanos, es estamos rodeados de Jesús, estamos sostenidos por Jesús, estamos cobijados por Jesús, estamos defendidos por Jesús, somos alimentados por Jesús y es Jesús quien nos instruye. La vida cristiana es vivir de Jesús, vivir en Jesús. Esa es la vida cristiana.

Pasamos a nuestro tercer punto. Ahora nos hacemos la otra pregunta: Si la vida cristiana es esa y si tenemos tantas presencias de Cristo como las acabamos de enumerar, entonces ¿Qué nos hace falta? Si Cristo está tan presente en nuestro templo, en nuestra casa, en nuestra vida, en nuestros sacramentos. ¿Qué es lo que nos hace falta? Pues lo vemos inspirándonos en el Evangelio de hoy. Se acerca el ángel a donde está María, la saluda, "El Señor está contigo. . . Y le dice . . . Vas a concebir y dar a luz un hijo". Pero la concepción no sucede sin el sí de María. Y el sí de María es el que hemos oído al final del texto de hoy. Allí donde ella dice: "Yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mí . . . " Cuando ella dice esa palabra, le da permiso a Dios para que haga toda su obra, para que realice su plan.

Esa es la Palabra que desata las bendiciones del cielo. Esa es la palabra que abre los torrentes majestuosos de la gracia divina para que lleguen, y para que Dios, con su poder, con su bondad, con su sabiduría, haga lo que Él sabe hacer, lo que Él quiere hacer, lo que Él puede hacer. Es verdad, como lo vimos en el segundo punto, es verdad que estamos rodeados de Cristo. Eso es totalmente cierto. Es verdad que estamos sumergidos en Él. Pero si yo estoy en este océano de aire que necesito para vivir y yo sello mi nariz con una cinta para asfixiarme, pues tristemente me puedo asfixiar. Por eso advierten a los papás que nunca permitan que sus hijos jueguen, los niños pequeños jueguen con bolsas plásticas porque el niño inadvertidamente se puede asfixiar.

Yo puedo estar metido en este océano maravilloso de aire que es vida para mis pulmones y para todo mi ser. Pero si yo sello no me entra el aire de la vida. Mis hermanos, estamos sumergidos en Cristo. Cristo ha hecho todo para que podamos conocerle, para que podamos servirle. Para que podamos experimentar el tamaño de su amor. Cristo ha hecho todo para que eso sea realidad en nosotros. Pero si permanecemos con esa venda, si no le damos permiso a ese aire para que entre a nosotros, entonces nos asfixiamos. Y entonces a veces renegamos de Dios y entonces decimos ¿Dónde está Dios? Y no nos damos cuenta que hace falta quitarse la venda, quitarse la cinta, dejar que entre ese aire. Y ese es el ejemplo que nos está dando María el día de hoy: "Yo soy la esclava del Señor, dice ella cúmplase en mí lo que me has dicho". Y con estas palabras María le da permiso a Dios, porque Dios te creó libre y Dios no va a destruir su creación, no va a contradecir su obra creadora, retirándote la libertad para imponer su presencia.

Él dice claramente en el Apocalipsis "Estoy a la puerta y llamo, llamo. Si alguno me abre, entro y ceno con él". Pero hay que abrir la puerta y eso es lo que María ha hecho. Y por eso el Adviento de María se convierte en fiesta, en gozo de Navidad. Porque ella abrió su corazón, porque ella abrió la puerta. Pasemos al cuarto y último punto. Recordemos el contraste entre María y Eva. Eva también abrió sus oídos a un ángel. María abrió sus oídos al ángel Gabriel. Eva abrió sus oídos al ángel de las tinieblas, a la serpiente antigua que el libro del Apocalipsis identifica como el diablo. Y Satanás es un ángel caído. Eva abrió su oído al ángel caído. María abrió su oído al ángel santo. Y ya sabemos lo que sucedió.

Esa amistad dulce que Dios había formado con la humanidad y con Adán y con Eva. Se perdió. Eva entró en desobediencia con Dios. Entró en rebeldía. Porque oyó, porque prestó atención al ángel caído. Terminemos entonces nuestra reflexión haciéndonos una pregunta que tiene que ver con el retiro que tuvimos ayer con varios de ustedes queridos amigos, ¿A quién le estamos dando oídos? ¿Para quién están abiertos nuestros oídos? Están abiertos únicamente para las voces del comercio, para las voces de la venganza, para las voces del egoísmo, para las voces de la lujuria o de la envidia; ¿A quién le abres el oído? ¿A quién le regalas tu corazón? Es la misma pregunta. María es saludada en las Letanías Lauretanas como la Virgen Prudentísima, prudente porque sabe a quien abre su oído, porque sabe a quién escucha. Y esta es también la virginidad espiritual de María. No menos importante que la virginidad corporal de la que también goza, es virgen en su cuerpo, pero sobre todo su corazón es virgen.

Su corazón tiene esa prudencia. Así como la virginidad del cuerpo es virtud propia del que no se entrega o la que no se entrega a cualquiera. Así también la virginidad del corazón es primera y más importante porque consiste en responder a esta pregunta ¿A quién le voy a dar mis oídos? ¿A quién le daré oído? Porque a quien yo le dé oído, le daré mi corazón. Que el ejemplo de María, a la que hemos saludado con ese canto precioso de entrada que yo no conocía. ¡Lindísimo! Que el ejemplo de María, madre y protectora de la Iglesia, nos ayude a tener nuestros oídos abiertos a las santas inspiraciones, cerrados, a las insidias del enemigo, listos para recibir el Evangelio, prontos para acoger el amor de Dios, de modo que podamos también nosotros proclamar la grandeza del Señor, alegrarnos en Dios nuestro Salvador.

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