Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Para la misión la Iglesia necesita personas que sean voz que anuncien la Palabra, prediquen el arrepentimiento y luego anuncien la gracia de la conversión y la vida nueva.

Homilía ba03009a, predicada en 20171217, con 7 min. y 31 seg.

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Transcripción:

¡Feliz domingo para todos!

Este es ya el tercer domingo de Adviento y las lecturas de hoy nos invitan a descubrir la semejanza, pero también la diferencia entre Juan el Bautista y Jesucristo el Señor. Esta comparación tan provechosa como vamos a ver, la vamos a hacer a partir de tres distintos caminos: El primero, la imagen descriptiva. El segundo, la forma de bautismo y el tercero la misión propia. La imagen descriptiva. En el caso de Juan es la voz, la imagen descriptiva, la que condensa lo que hace Jesucristo en la historia de la salvación es la palabra. Hermosamente predicó sobre esta relación entre la voz y la Palabra San Agustín. Nos enseña este gran doctor de la Iglesia que mientras que la voz es ese clamor que pasa, la palabra es el bien, es la verdad que queda.

Y así también el ministerio de Juan estaba llamado a ser pasajero. Y por eso también nos enseña San Agustín ¡Qué bien llegan al ejemplo de Juan Bautista aquellas palabras que él mismo utiliza! "Conviene que yo disminuya". Porque él es la voz. Conviene que Cristo crezca, porque Él es la Palabra. Efectivamente, la voz ha de disminuir en bien de la palabra que crece y que ha de asentarse, ha de habitar en nosotros. O sea que la primera relación, el primer modo de comprender la relación entre el Bautista y Jesucristo, es a través de estas dos imágenes la voz y la Palabra. Por cierto, también nosotros estamos llamados a ser precursores del Señor.

Nos dicen los Evangelios en otro lugar que Jesús envió a algunos de sus discípulos para que fueran a aquellos sitios donde Él pensaba ir después. Es decir, que también los discípulos de Cristo tendrán una cierta misión de precursores del Mesías, y por eso también a nosotros nos corresponde en ciertos momentos ser una voz, es decir, con la altura de nuestra vida y con la sabiduría de nuestras palabras atraer la atención de todos, pero comprendiendo que el único al que realmente necesitan es a Él, a Jesucristo. Nosotros, como el Bautista, tendremos que disminuir para que Cristo, que es la Palabra, crezca y permanezca. Luego, en cuanto a los bautismos, aparece en el texto de hoy que fue tomado del Evangelio según San Juan. En el capítulo primero.

Un grupo de fariseos le pregunta al Bautista precisamente por qué bautiza, "Si no eres el Mesías, por qué bautizas? Y entonces Juan responde: Yo bautizo con agua, pero detrás de mí viene uno que no conocéis, que bautiza con fuego. Lo propio del bautismo de agua de sola agua es limpiar, es quitar el pecado, quitar la suciedad. Lo propio del bautismo de fuego es transformar. Eso es lo que esperamos del fuego a través del calor hace dúctiles los metales y transforma las cosas mismas que echamos al fuego, que llegan a ser otra cosa. Por eso, por ejemplo, cocemos nuestros alimentos, porque queremos que tengan mejor sabor, son transformados por el fuego. El fuego que purifica, el fuego que transforma, el fuego que bien utilizado, es aliado nuestro. Es la imagen del bautismo de Jesucristo.

Por cierto, nuestro bautismo, el que recibimos en el Sacramento es como lo anunció San Juan Bautista, es bautismo de fuego. Utilizamos ciertamente agua, pero invocamos la fuerza del Espíritu Santo. Y lo que hace la obra en el sacramento del bautismo no es simplemente el agua como elemento, es la fuerza interior, la fuerza propia del fuego. Esto nos lo explica también San Agustín cuando dice que es la palabra que viene al elemento, la que hace el sacramento. El elemento en este caso es el agua y es la fuerza de la Palabra, la fuerza de Cristo, el Ungido, la que hace que nosotros seamos criaturas nuevas en el bautismo. Así que lo propio del bautismo de Juan era buscar el arrepentimiento, y lo propio del bautismo del Señor es concedernos la gracia. Precisamente estas dos palabras, arrepentimiento y gracia, son como el resumen de la misión de uno y otro.

Lo que buscaba el Bautista era fundamentalmente que nosotros reconociéramos nuestra condición de pecadores. Lo que busca Jesucristo es que así, humildes pecadores, aprendamos a poner nuestra confianza en la gracia abundante que Dios Padre nos da. Precisamente nos la da a través de Cristo. De manera que arrepentimiento y gracia nos condensan en una sola palabra la obra que realizó primero el Bautista y luego Cristo. Nos damos cuenta que hay una complementariedad, hay una secuencia, hay una continuidad a pesar de la diferencia. Y esto es importante porque en la predicación de la Iglesia, aunque el ministerio de Juan ya en cierto sentido pasó porque ya llegó el Mesías, en otro sentido no pasa nunca porque necesitamos que el Mesías siga llegando a nuestras vidas.

El gran San Bernardo de Claraval, refiriéndose a la venida de Cristo, dice: -Hay tres venidas de Cristo. Una la que se realizó en Belén. Otra, la última al final de los tiempos. Pero entre estas dos venidas, enseña San Bernardo, hay otra venida-. El Mesías está siempre viniendo a aquellos que quieren acoger su mensaje, a aquellos que reciben el Evangelio. Y para esta venida intermedia que nos enseña San Bernardo, para esta venida, ciertamente requerimos de precursores. Así como antes dijimos que para la misión era indispensable que hubiera nuevos Juan Bautista que fueran voz que anuncia la Palabra, así también en el camino de acoger al Mesías en nuestras vidas, necesitamos continuamente el ministerio de Juan. O dicho en palabras más sencillas, la Iglesia siempre necesita predicar el arrepentimiento, porque la Iglesia siempre necesita anunciar la gracia de la conversión y de la vida nueva. Así nos lo conceda el Señor en este santo Adviento.

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