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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Ser testigo es recibir y poder contar. Ser testigo de la luz es identificar lo que uno no es para encontrar en Cristo lo que uno sí es.
Homilía ba03006a, predicada en 20111211, con 43 min. y 11 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos, hay tres personajes que nos han venido acompañando y nos van a seguir acompañando en el Adviento. Son el profeta Isaías, Juan el Bautista y la Santísima Virgen, la Madre de Jesús. Las lecturas de este tercer domingo de Adviento resaltan en buena parte la figura de Juan, especialmente en el Evangelio. Juan el Bautista. Por supuesto, él no se llamaba así. Él se llamaba Juan. Pero el bautismo, el hecho de bautizar, estaba tan unido a su nombre y a su misión que la gente terminó por llamarlo Juan, el de los bautismos. Juan, el que bautiza, Juan el bautizador, Juan el Bautista. Así resultó llamándose Juan Bautista por el oficio que hacía. Es decir, su misión pasó a formar parte de su nombre. ¿Qué podemos aprender de Juan en el Evangelio de hoy? Lo primero es que se le da un título. Juan es el testigo de la luz, testigo de la luz. Y aquí recuerdo yo una predicación que escuché hace mucho tiempo sobre qué significa ser testigo. Podemos decir que el testigo tiene dos momentos. Podemos hablar de un testigo en voz pasiva es aquel que se encuentra en el lugar preciso en la hora precisa. Por ejemplo, Dios nos libre. Hay un accidente. La persona que está ahí, en esa esquina donde hubo el accidente y vio todo, es testigo. Testigo porque estuvo ahí, Testigo porque recibió directamente lo sucedido. Eso se llama testigo en voz pasiva. Hay otro testimonio, testigo en voz activa para seguir con nuestro ejemplo. Supongamos que este hombre es llamado a una corte judicial, a un juzgado, y le preguntan: -Usted. ¿Qué fue lo que vio en ese momento? La persona habla. La persona cuenta lo que ha visto, lo que ha conocido. Ahí decimos que es testigo. En voz activa. Testigo en voz pasiva es el que está ahí para recibir. Testigo en voz activa es el que cuenta lo que ha presenciado, lo que ha recibido. Uno se da cuenta también que para ser testigo en voz activa, para poder hablar, uno necesita primero ser testigo en voz pasiva. Es decir, primero tenemos que recibir, primero tenemos que escuchar, primero tenemos que experimentar. Cuando hemos experimentado, recibido, cuando conocemos de primera mano el poder de Dios, nos volvemos testigos suyos. Y entonces, en un segundo momento, podemos en voz activa contarle a los demás lo que hemos visto, lo que hemos oído. Así vemos, por ejemplo, en el libro de los Hechos de los Apóstoles vemos que Pedro y los demás apóstoles hablan con un gran valor y dicen por ejemplo: -No podemos dejar de contar lo que hemos visto-. Y en la primera carta de Juan encontramos estas palabras en el capítulo primero, el prólogo de la primera carta de San Juan dice: "Lo que hemos oído, lo que hemos visto, lo que tocaron nuestras manos acerca de la palabra de vida, eso os lo anunciamos. . . Es decir, . . .como hemos recibido, podemos dar como hemos conocido". Podemos hablar como hemos experimentado, podemos compartir la experiencia que hemos tenido. Todo cristiano está llamado a ser testigo en voz pasiva y en voz activa. Todo cristiano tiene que ser testigo en voz pasiva, porque todo cristiano tiene que tener una experiencia personal, vigorosa, alegre, profunda, duradera, consistente del amor de Dios. Por eso hay una canción que dice: "Y aunque todos me digan que eso no es verdad, yo lo siento en mi vida aún más, mucho más". Es decir. ¿Es decir qué? Que si uno, ha tenido la experiencia del amor de Dios, si uno se ha sentido perdonado, sanado, restablecido, levantado, liberado, si uno se ha sentido amado por Dios, aunque el mundo entero te diga que eso no es verdad, que eso es tonto, que eres un inmaduro, que tú no sabes nada, que ahora la ciencia es la que domina todo, aunque te digan que tu fe es inútil, aunque te digan que está pasada de moda, aunque te digan lo que te digan, si tu experiencia, si tu profunda experiencia del amor de Dios, si tu profunda experiencia del amor de Dios verdaderamente ha escrito una palabra de salvación en tu corazón, eso no te lo arranca nadie. Eso se llama ser verdadero testigo. Bueno, ese es el primer punto el día de hoy. Primer punto: Ser testigos. ¿Por dónde empieza el ser testigos? Por ser testigos en voz pasiva, es decir, testigos que reciben, testigos que acogen, testigos en los que Dios escribe su palabra de salvación. Ese es el principio. Por ahí se empieza. Vamos al segundo punto: Juan el Bautista no es llamado solamente testigo. Se le llama testigo de la Luz. Testigo de la luz. Pero también se alaba en la persona de Juan Bautista que dio testimonio abiertamente. ¿Cuál es la luz que trae Juan? La luz está en un no y en un sí. Él dice: -Yo no soy el Mesías-. Ese es el no. Pero también hay un sí, -Pero el Mesías sí está en medio de ustedes. Yo bautizo con agua. Él bautizará con el Espíritu Santo y con fuego-. Ser testigo de la luz es un no y un sí. Un no. ¿Por qué es importante el no? Porque el cristiano tiene que reconocer lo que no es. Yo no soy el Mesías, dijo Juan. ¡Yo no soy! El pecado siempre intenta sacarte de lo que eres y llevarte al terreno de lo que no eres. El demonio siempre tiene dos estrategias, hundirte diciéndote tú no vales nada, ó exaltarte y decirte, tú te mereces todo. Son las dos estrategias del demonio. El demonio es el artífice y el artista de la confusión. El demonio te levanta, luego te baja, luego vuelve y te levanta. Luego vuelve y te baja. El demonio hace eso para romperte. Cuando yo era niño. Aprendí esta lección. Si tú tomas un alambre, que puede ser incluso un poco grueso, pero que tú lo logres doblar, lo doblas hacia abajo, luego lo doblas hacia arriba. Luego vuelves y lo doblas hacia abajo. Luego lo doblas hacia arriba. hacia abajo, hacia arriba, hacia abajo, hacia arriba, hacia abajo. hacia arriba. Bien. ¿Qué pasa después de unos minutos? Se rompe. Eso es lo que el demonio quiere hacer contigo hacia abajo. Eres despreciable. No vales nada. No vale lo que tú haces. Estás perdiendo tu tiempo. Tú no puedes traerle ningún cambio al mundo. Tus esfuerzos serán perdidos. Hacia abajo, hacia abajo. No valgo nada. El demonio ataca mucho al sacerdote de esta manera. Su palabra está perdida, Padre. Hoy nadie cree. Su Evangelio no sirve para nada. Algunas veces el sacerdote es tonto y le cree al demonio. Y el sacerdote que le cree al demonio cree que cambiando el Evangelio sí va a lograr que lo escuchen. Es un error gravísimo que cometen algunos sacerdotes y se ponen a cambiar el mensaje del Evangelio. Error gravísimo. El sacerdote no tiene que cambiar al Evangelio. El sacerdote tiene que cambiar con el Evangelio al mundo. Entonces el demonio intenta bajarte, bajarte, bajarte, llevarte a la depresión, al aburrimiento, al sentido del absurdo. Mi vida no vale nada. Soy algo así como un virus de cucaracha. Eso es lo que yo soy. No soy nada. No valgo nada. No logro nada. No puedo nada. Depresión. Sentido del absurdo. Espíritu de fracaso. Complejo de inferioridad. Cristianos acobardados, acomplejados, escondidos, asustados, metidos en su casa con una sensación: -El mundo, nos ganó, que pesar ola-. Eso quiere el demonio, que seamos cristianos acurrucados. A ver si me logro acurrucar más aquí. Cristianos acurrucados, asustados. No pude nada, no logré nada. Qué pesar hubiera sido siquiera budista. Alguna cosa, pero perdí todo el tiempo. El demonio quiere asustarnos, acurrucarnos, meternos en las sacristías, que no salgamos a la calle, que no le contemos al universo, que no le contemos al mundo que el amor está vivo. El demonio quiere disminuirnos. Troncharnos. Para abajo. Pero acuérdate que el alambre. ¿Cómo se rompe? Para abajo, para arriba, para abajo, para arriba, para abajo, para arriba, para abajo, para arriba, para abajo, para arriba, para abajo. Y así se rompe el alambre. Entonces el demonio, después de que te ha llevado a esa depresión profunda y tú sientes. Yo soy un virus de cucaracha. En ese momento, te exalta. ¿Cómo es la exaltación que trae el demonio? Con mis amigos jóvenes, yo no sé si los jóvenes me quieren a mí, pero yo sí los quiero a ellos. Con mis amigos jóvenes se nota muy bien. -Eres joven. Haz lo que tú quieras. Que nadie te ponga barreras. Tú no tienes límites. Tienes que vivir a tope-. Dicen en España. Que hay que vivir a tope y vivir a tope es experimentarlo todo, vivirlo todo. Tengo derecho a todo y que nadie se atraviese en mi camino porque su patada se va a llevar. Y llega la Iglesia y dice mira, tú no puedes vivir así, no hagas eso, no destruyas tu salud, no destruyas tu cuerpo. Quite de ahí Iglesia, su patada se lleva la Iglesia. Y si bien el Papa le doy su patada al Papa y yo quito a todo el mundo porque yo hago lo que yo quiera. El joven que habla así está en un trance de embriaguez, se considera el emperador sin límites. Yo hago lo que yo quiera. Yo hago lo que me plazca. Yo soy dueño de mi vida. Y de una vez les enseñan a las jovencitas de la edad de esta niña. De una vez Les enseñan ¿A qué? A que repitan los siguientes estribillos. Acuérdate que eres dueña de tu cuerpo. ¡Ay, si soy! ¿Cómo es que tengo que decir? Soy dueña de mi cuerpo. Soy dueña de mi cuerpo. Ya sé lo que tengo que decir. Soy dueña de mi cuerpo. Soy dueña de mi cuerpo. Soy. Soy. Soy dueña de mi cuerpo. Les enseñan los estribillos y las muchachas tontas repiten esos estribillos. Soy dueña de mi cuerpo. Puedo hacer todo lo que yo quiera. Soy dueño del universo. Tengo que vivir a tope todas las experiencias. Los deportes extremos, los lugares exóticos. Y entonces la persona. El alambre. Ahora va para arriba, para arriba, para arriba, para arriba, para arriba. Y ahora yo soy el dueño del mundo. Yo puedo hacer lo que yo quiera. Puedo andar a la velocidad que yo quiera. Me puedo subir a una motocicleta, subir la velocidad ciento setenta, ciento ochenta, ciento noventa kilómetros por hora. No tengo límites. Soy Dios en la carretera. Avanzo a la velocidad que yo quiera. Puedo tener una novia que. Una, dos, tres, cinco novias. La que yo quiera. Puedo emborracharme. Uno, dos, tres, veinte días. Los que yo quiera. Puedo ganar dinero. Puedo hacer todo. Yo lo logro. Soy Dios. Las mentiras del demonio. Al día siguiente, ese que se emborrachó, dice. No valgo nada. Soy un virus de una cucaracha. No valgo nada. ¡Ay, vida puerca! Esta, ay la vida es un asco. Me siento deprimido. Pásame el libro ese de Cioran y el libro de Schopenhauer de una vez. Los dos. Los dos al tiempo. Oh, la vida es una porquería. Léeme otra vez esas páginas de Sartre. Léeme eso otra vez. Dos días abajo, tres días arriba, Un día abajo. Tres horas arriba. Dos horas abajo. Un día arriba. El demonio quiere hacer eso contigo. Repetirte por un oído No vales nada. No importa lo que hagas, no traerás ningún cambio. Tu esfuerzo importa poco. Y por el otro oído puedes hacer todo lo que quieras. El cielo es el límite. Busca experiencias extremas. Vive a tope. No vales nada. No importa lo que hagas, nunca conseguirás nada. Eres un dios. Eres un emperador. Es explicable que esa experiencia termina rompiendo el sentido de la verdad en los corazones y en la mente de nuestros jóvenes. Entonces al final van tomando una cara de escépticos. Ya no creen en nada, ya miran así como de lejos, estoy más allá del bien y del mal. No creo ni en lo que me como. Están así de lejos. ¿Y por qué tienen esa mirada triste, torva, penumbrosa, cínica? Porque el sentido de la verdad se les ha reventado en la cabeza, en la mente, en el corazón. Su sentido de la verdad se les ha reventado. Porque dos días arriba, tres días abajo, cinco horas arriba, dos horas abajo, una semana arriba, dos meses abajo. Eso revienta a cualquiera. Ahora, mi querido amigo, ahora entiendes la importancia de lo que hace el Apóstol, el apóstol no, el gran profeta, el Precursor, Juan el Bautista. ¿Quién eres tú? Yo no soy el Mesías. ¿Eres Elías? ¡No! ¿Eres el profeta? Tampoco. Él sabe lo que no es. Y hoy yo digo a todos, pero especialmente a mis amados jóvenes, que yo ni sé si me quieren. Les digo a todos, les digo esto: aprendan. -Yo no soy ese virus de cucaracha. Y yo tampoco soy el emperador omnipotente. ¿Qué soy yo entonces? Fíjate que cuando uno descubre lo que no es, empieza a descubrir lo que sí es. Yo no soy un fracaso del mundo. Yo no soy un fracaso de mi país. Yo no soy un fracaso de la humanidad. Yo tampoco soy emperador del universo. Yo tampoco soy rey del mundo. Yo tampoco soy un Dios omnipotente. Lo primero es lo que no soy. Porque ser testigo de la luz es. Aprender a diferenciar. El sí y el no. lo que no soy y lo que sí soy. Mis ejemplos a menudo tienen que ver con los jóvenes, pero esto le pasa también a la manera como algunos hombres tratan a la mujer. Y de esto hay que corregirse. Recordemos que nuestros obispos en el Paraguay nos han puesto una ruta que se llama La familia. Hay unos hombres que tratan a la mujer de esa manera. Es un tratamiento que yo lo llamo el de la pelota de tenis. Primero la suben y después. Su raquetazo. Ayer, por ejemplo, por una serie de circunstancias, estuve oyendo algunas composiciones del folclor paraguayo. Había una canción. A la mujer paraguaya. Te idolatro. Te amo. Eres tan bella. Eres lo que siempre quise. Eres lo más grande. Eres lo más hermoso. ¿Qué pasa? ¿Que no lava esa ropa? ¿Qué pasa? ¿Que no arregla la casa? ¿Qué pasa; qué. . . ? Entonces a tratarla como una reina. La suben y la suben. ¿No? Es una reina. Mi reina idolatrada. Pero después esclava inmunda. Sirva para algo. Imagínate lo que le haces a tu mujer cuando la tratas así. Primero la exaltan. La mujer tan bella es una mujer tan hermosa. Eres casi tan hermosa como la otra. Eso es destruir a la mujer. Por eso, si yo fuera paraguayo. O mejor, si yo fuera paraguaya y me empezaran con el cántico ese de que te idolatro. Ángel del cielo, reina querida, emperatriz, no sé cuánta cosa. Yo le preguntaría. ¿Voy a hacer todo eso todo el día y toda la noche; o hasta cuándo? Claro, ustedes tienen que parar a los que les vengan con esos cánticos melodiosos. Párenlos. ¿Por cuánto tiempo voy a ser tu emperatriz? Claro. Esa estrategia es horrible. Entonces la mujer al fin no sabe qué es. ¿Soy su reina preciosa o soy su esclava inmunda? ¿Qué soy al fin? ¿Ve? ¡Mujeres! No se dejen tratar así. Luego otra. Con los hijos pasa lo mismo. No le ponen cuidado al hijo porque hay que hacer plata. Hay que hacer dinero. El que no hace plata no tiene nada. Entonces tenemos esos papás que uno les pregunta ¿Y cómo están tus hijos? Y los papás dicen. ¡Como así! Porque siempre los ven acostados. Siempre los ven acostados. Sale el papá temprano en la mañana y el hijo por allá. Buenos días, papá. Hasta luego. Hasta luego. Hijo, Tengo que ir a producir plata. ¿Y por qué, papá? ¿Por qué? Porque si no, no ahorro para el psicólogo que tendré que pagarte por no tener papá. Entonces fíjate, tratan a los hijos como que no valen nada porque al hijo lo tiene que criar la empleada, lo tiene que criar, la abuela, lo tiene que criar la tía, el hijo es como una mochila que se lo tiran. A ver tía, allá va. Tú luego se lo pasas a la abuela y el muchachito se siente mochila. Pero claro, después de meses y meses y meses de enviarle al hijo el siguiente mensaje, porque ese es el mensaje que se le está mandando: -Vales tan poquito en mi vida que no mereces mi tiempo-. Eso es lo que le está diciendo. Después de meses y meses y meses de enviarle ese mensaje, llega Navidad. Toca comprarle un juguete carísimo. Otra vez el mismo juego. ¿No? Para abajo, para abajo, para abajo. No vales nada, hijo mío. No vale la pena. No merece la pena gastarte tiempo, hijo. Para abajo, para abajo, para abajo. Y el hijo siente que no vale nada. Es una mochila que se la tiran. Voy para la tía. Voy para la abuela. Ahora voy para el televisor. Es una mochila. Ese hijo no vale nada. Para abajo y luego para arriba. Mira, hijo, te he comprado esto. Me ha costado no sé cuántos millones. Sirve para que tú te acuerdes de tu papá. Todo lo que te quiere tu papá. Y resulta que a veces el papá ya ni siquiera conoce al hijo. Había un papá que era tan ocupado, pero tan ocupado, tan increíblemente ocupado, que se tenía que separar de la esposa. Pero no tenía tiempo de ponerse a hablar con los hijos porque él tenía que hacer cosas más importantes. Finalmente decidió ir al colegio para decirle al hijo ahí entre dos clases. Decirle al hijo que se iba a separar. Entró el papá al colegio, llamó al hijo. Estaban en recreo, en descanso, vio al niño y lo llamó. Oye, mira tú, disculpa que te diga esto así, un poco deprisa, pero es que tengo una reunión muy importante. Es para decirte que me toca separarme de tu mamá. Y el hijo le dice señor Sánchez, pero es que yo no soy su hijo. Y el hombre mira el reloj y dice: Bueno, a ver qué hacemos. Bueno, corre la bola. Cuéntaselo, cuéntalo ahí que ahí le llega la noticia. Así tratan a sus hijos. Eso significa que el hijo no vale nada y después todo se quiere arreglar con una fiesta cara, con un regalo costoso. El regalo. Óyeme, papá. El regalo que quiere tu hijo lo quiere en cuotas. Y cada cuota es tiempo. Dale tiempo a tu hijo. Dale tiempo a tu hijo. Ese es el regalo que él quiere. Entonces fíjate. El demonio juega el juego de confundirnos. No valgo nada. Lo puedo todo. Soy la Emperatriz. Soy ni más ni menos que paraguaya. Pero al mismo tiempo soy una esclava a la que ni siquiera se voltea a mirar y que se puede cambiar por cualquier otra. Fíjate qué juego horrible, qué juego perverso. Soy una mochila que tiran de un lado para otro y al mismo tiempo me dan un regalo costoso. La luz que trae Dios es la luz que permite decir, ni tan abajo, ni tan arriba, ni tan abajo como para que me digas que no valgo nada. Ni tan arriba como para que vengas con historias de que yo mando y que yo soy emperador o emperatriz de nada. Entonces, ¿Quién soy yo? Yo soy uno que reconoce a Jesús. ¿Qué fue lo que dijo Juan? Fíjate lo que dijo Juan. -¿Quién eres? Le preguntaron, ¿Quién eres para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?- "Soy una voz. Allanen el camino del Señor. Bautizo con agua, pero en medio hay alguien al que ustedes no conocen. Él viene después de mí". Qué maravilla ésta. Lo único que Juan asegura de sí mismo es, "Yo sé que viene el Mesías". ¿De dónde viene entonces? Y vamos terminando. ¿De dónde viene entonces mi verdadero valor; para que yo no me deje hundir, machacar? ¿De dónde viene mi verdadero valor y de dónde viene mi verdadera humildad, para que yo tampoco me deje subir? Ni más ni menos que paraguaya soy yo. Para que yo no me deje exaltar por allá donde no pertenezco y para que yo no me deje hundir. ¿Qué es lo que le da un centro a mi vida? Que yo conozco a Jesús. Decía Juan criticando a estos fariseos: "En medio de ustedes hay uno que ustedes no conocen. Él bautiza con Espíritu Santo y con fuego", con Espíritu Santo y con fuego. ¿Quién es el que le da el valor justo a tu vida? Jesús, ¡Jesús! Yo no valgo nada. He perdido toda mi vida. Soy un virus de cucaracha. ¡No! Valgo precio de la sangre de Jesús. Soy muy valioso, ¡Muy valioso! A mí no me vengan a torcerme para abajo. ¡No Señor! Valgo demasiado, por mí derramó su sangre El Hijo de Dios, me amó y se entregó por mí. ¡No!, a mí no me confunden. Yo valgo demasiado. ¡Ah!, entonces puedes hacer lo que tú quieras. Eres el emperador. No tienes límites. Hay que vivir a tope, ir a lugares exóticos y tener experiencias extremas. No. Ese que derramó su sangre por mí es mi Señor y mi experiencia extrema es conocerlo a Él, y mi lugar exótico es su corazón y el tope de mi vida es sufrir con Él para reinar con Él, porque Él es mi Salvador. ¡Jesús! Jesús es el que le da el tono a tu vida. Ni muy abajo ni muy arriba. El demonio quiere troncharte hacia abajo. Eres una esclava inmunda. Troncharte hacia arriba. Eres emperatriz idolatrada. ¡Oh, niña preciosa del Paraná! Nada de eso. Soy redimida por Jesucristo, amada por Jesucristo, sierva de Jesucristo. Amén. Cristo es el que te mantiene en la medida precisa. En la medida precisa. No valen la pena mis esfuerzos. ¿Cómo vas a decir eso? Si San Pablo dice, -Si sufrimos, sufrimos con Él-. Cada dolor tuyo, cada lágrima tuya, cada gotita de tu sudor es preciosa ante Dios, porque tú estás unido a Jesucristo. Jamás vuelvas a decir que tu vida no vale nada, que tu esfuerzo es perdido. Tú estás con Cristo. Tu vida es preciosa. ¡Ah! Entonces yo puedo hacer lo que yo quiera. ¡No!, hermanos, vuestra vocación es la libertad. Gálatas 5. No una libertad para que se aproveche la carne. Al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Resumen: Ser testigos. Primero en voz pasiva, experimentando para luego poder contar. Segundo Juan Bautista, testigo de la luz. Ser testigo de la luz empieza por no dejarse uno confundir con lo que no es, ni muy abajo ni muy arriba, me hace el favor. Los vicios funcionan así. ¿Usted por qué bebe? Para olvidar. ¿Qué tiene que olvidar? Que soy un pobre borracho. ¿Lo ve? Los vicios son así. El obrero que siente que no vale nada se llena de licor para sentir que lo vale todo y pierde el dinero. Y entonces siente que no vale nada. Y entonces se emborracha para sentir que lo puede todo y así pierde más dinero. Entonces siente que no vale nada. Entonces se emborracha para sentir que lo puede todo, pero luego siente que no vale nada. Un día el hígado le dice Permiso, yo me bajo. Perdón. Hasta aquí llego yo. Se acabó la vida. Se perdió la vida. Los vicios funcionan así. El que busca la prostitución, el que busca la pornografía, el que busca el licor. Funciona así, Cristo es el que te mantiene en la medida precisa. Todo en mí es valioso. Todo, mi cuerpo y mi alma, mi pasado y mi presente y mi futuro. Mis dolores, mis sueños, mis proyectos. Todo lo mío vale. Todo lo mío le importa Cristo. Pero yo no soy un Dios. El Dios y Señor es Él. Yo soy únicamente su siervo, termina diciendo Juan Bautista. Y con eso terminamos también nosotros. Él viene después de mí. Yo no soy digno ni siquiera de desatar la correa de sus sandalias. Los enemigos de Juan no lograron confundirlo. Juan tenía su centro en Cristo, y el que tiene la mirada en Cristo no se deja confundir. Eres precioso, Eres maravilloso, hermano mío, vales tanto, eres precioso. Pero tu gran precio es sobre todo, descubrir a qué Señor perteneces. Tienes en Él, en Cristo, la razón de tu vida, en el Señor de señores, en el Rey de los reyes, a quien es la gloria en el tiempo y la eternidad. Amén. Amén.

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