Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El reto del predicador.

Homilía ba03002a, predicada en 19991212, con 11 min. y 48 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos. Esta iglesia, así como es de hermosa a los ojos, así es de difícil para el sonido. No hace mucho estuvieron tres ingenieros de sonido distintos y coincidieron en que esta arquitectura tan completamente lisa. El espacio de una sola nave. El piso plano sin rugosidad alguna hacían especialmente difícil que el sonido llegara apropiadamente. Esa incomodidad que a ustedes les hace sufrir a veces y que a mí me hace sufrir a veces como hoy. Esa incomodidad puede servir para que apreciemos las lecturas de hoy. Hoy se nos está hablando de un predicador, Juan el Bautista. Él se llamó a sí mismo voz.

Él sintió que toda su vida era una voz. Se aplicó un texto de Isaías: -La voz que clama en el desierto, preparad un camino al Señor-. La divina obsesión de Juan el Bautista fue que La Palabra pudiera llegar. Él no tomó el lugar de La Palabra. Era muy fácil que el pueblo creyera que él era el Mesías. Pero él negó abiertamente: "Yo no soy el Mesías. Está entre ustedes uno que ustedes no conocen. . . " Su papel, su vocación, su vida, fue servir de precursor. Preparar el ambiente, Preparar el camino, Abrir la vía para que cuando llegara La Palabra pudiera alcanzar hasta el último. Una vez leía un estudio que hacía un orador y él daba como criterio éste: Tanto en lo físico como en lo psicológico como en lo emocional, un verdadero orador dirige sus palabras hacia los que están más lejos. No solo los que están más lejos físicamente.

Yo tengo que preocuparme de que mi voz alcance a los que están en las últimas filas. Qué hermoso ser predicador. Pero no solo para llevar la voz a los que están más lejos físicamente. Tal vez usted vino a esta Eucaristía, pero usted se siente lejos de Dios o lejos de la Iglesia. Tal vez usted siente que los ritos de la Iglesia Católica se le van quedando un poco a la distancia. Si usted está lejos, mi problema, mi negocio, mi asunto es hablar de tal manera que usted no se vaya de aquí sin tener por lo menos una palabra, sin haber sido alcanzado por lo menos por alguna palabra. Este es el maravilloso reto que tiene uno como predicador. Este es el reto que seguramente van a asumir muchos de estos jóvenes que están a punto de entrar a la Orden Dominicana. Como yo tuve la gracia hace quince años.

Hablar no para el que está cerca, buscar al que está lejos. Cuando estoy en pie aquí tengo que pensar no en la gente que ya está súper convencida, en la gente que se siente feliz de su fe. Tengo que pensar primero en aquel que tal vez le está dando la última oportunidad a Dios, aquel que tal vez ha dicho antes de entrar por esa puerta voy a asistir a esta misa a ver qué pasa. Ese que está afectivamente, emocionalmente, espiritualmente lejos. Ese es el que más me interesa. Juan el Bautista es un modelo de predicadores. Anunció el arrepentimiento de los pecados. Esa es una maravilla. Si Juan el Bautista se hubiera presentado en medio del pueblo hebreo diciendo traigo medallas, premios y recompensas para todos los que se portan bien, ¿Qué hubiera pasado con los que estaban lejos de Dios? Hubieran dicho, ése mensaje no es para mí.

Pero Juan el Bautista trajo una predicación que era exactamente la que se necesitaba para aquellos que estaban más retirados. Vengo a predicar el arrepentimiento. Vengo a predicar la vuelta hacia Dios, vengo a predicar el retorno a Dios y vengo a decir que Dios nos está llamando para que volvamos. Ese mensaje de conversión, ese mensaje de arrepentimiento, tenía que llegarle más precisamente a los que estaban más retirados, y así fue. La gente que se consideraba muy piadosa, muy religiosa, muy buena, como los fariseos, porque creían que estaban viviendo muy bien su religión. O como los saduceos, porque sentían que tenían esta vida resuelta con el poder económico, político y religioso. La gente que se sentía muy cerca le hizo poco caso a Juan el Bautista.

Pero todos los que se sentían lejos sintieron que Dios les estaba hablando a ellos. Dios me está llamando para que yo vuelva. Dios quiere que yo regrese. Dios me está esperando. Dios tiene un lugar para mí. ¿Por qué están estas lecturas? ¿Y por qué están estas meditaciones en este domingo? Porque está próximo. Está próximo el nacimiento de Jesucristo. Es mucho lo que Cristo tiene para darte. Pregunta ¿Está abierto el camino? ¿Está abierta tu puerta para que Jesús pueda darte lo que quiere darte? Para eso es este tiempo de Adviento, y para eso es la voz de Juan el Bautista, y para eso es el arrepentimiento de los pecados. Si como fruto de la predicación, como fruto de la oración, como fruto de la voz de Juan Bautista, tú sientes que hay algo que hace falta a tu vida, que hay alguien que hace falta a tu vida, y ese alguien es Jesús.

Tu hambre abre el camino, tu deseo de salvación abre la puerta al Salvador, porque Dios puede traerte el mejor de los banquetes. Pero si no hay hambre en ti, o si no abres la boca, no hay cómo alimentarte. Vino Juan el Bautista a llamar sobre todo a los que estábamos lejos. Vino a convocarnos a los que no nos interesaba tal vez este mensaje. Vino a llamarnos a arrepentimiento para que descubriéramos en nuestros mismos pecados. ¡Oh maravilla! La necesidad, el camino para el Salvador. Lo grandioso de Juan el Bautista fue que utilizó la misma miseria humana que es el pecado como instrumento, como pavimento para abrirle un camino a Jesucristo.

Hermanos, ya está cercana la Navidad. Aprovechemos este llamado de Juan. Un corazón humilde, un corazón arrepentido, un camino pavimentado por la humildad y por el arrepentimiento y la puerta siempre abierta. Jesús está cerca y viene y salva y sana, particularmente a aquellos que estaban tal vez muy lejos, y que creían que la Navidad era para otras personas. Si la Navidad tuya siempre ha sido la Navidad de otros. Si este tiempo siempre ha sido para que otros tengan su Navidad. Tal vez Dios, por la palabra del Bautista y por el arrepentimiento de los pecados, quiere que esta sea tu Navidad, la tuya.

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