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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
No bastaba a los judíos con regresar a Jerusalén si Dios no regresaba con ellos dándoles nueva vida.
Homilía ba02007a, predicada en 20141207, con 10 min. y 22 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos. Con alguna frecuencia se compara la vida humana con un camino. Un camino que vamos recorriendo a medida que crecemos. También las lecturas de hoy nos hablan de un camino y de un caminante. Pero esta vez el caminante no soy yo. No eres tú el que viene en ese camino, es el Señor. Y el camino que ahí se describe no es el camino que nosotros hacemos en nuestra vida, sino es el camino que el Señor quiere hacer con nosotros y que quiere hacer en nosotros. Miremos la primera lectura tomada del capítulo 40 del profeta Isaías. La escena para que nos ubiquemos es el tiempo del retorno. Después del destierro. Los israelitas fueron desterrados, llevados a Babilonia. La ciudad de Jerusalén fue saqueada violentamente, quemada, llevada a ruinas. Unos 70 años después, los judíos pudieron volver a su ciudad. Hicieron un camino ellos desde Babilonia hasta Jerusalén, y llegaron a la Ciudad Santa. Pero, por supuesto, lo que encontraron fue absolutamente devastador. Para hacernos una idea, recuerda las fotos después de la Segunda Guerra Mundial. Piensa lo que significa trabajar sobre ruinas, sobre recuerdos tristes. Piensa lo que significa volver a empezar. Y los israelitas, aunque habían hecho el camino y aunque ya estaban en su ciudad, no sentían fuerzas. Una parte de lo que ellos vivieron se describe muy bien en un libro de la Biblia, el libro de Nehemías. Ahí se cuenta la actitud de la gente, el desaliento y una cosa muy peligrosa: el individualismo. Cada quien a duras penas se preocupaba por su casita, por sus cosas, pero la ciudad como tal no prosperaba. El camino de los judíos, volviendo del destierro, fue un camino que hablaba de la victoria de Dios, porque lograron sobrevivir a ese punto tan bajo de su historia, pero necesitaban algo más. Y es ahí donde aparece este capítulo 40 de Isaías trayendo el consuelo de Dios. Entonces, lo que les dice el profeta es: -No solamente son ustedes los que han caminado, ahora Dios también quiere hacer camino-. Dios quiere venir y lo que hay que hacer es levantar los valles, abajar las colinas, enderezar lo que está torcido porque Dios quiere venir. Dios quiere ayudarte. Dios quiere ser tu fuerza, tu alegría y el sentido de tu tarea, de tu esfuerzo. Y ahí podemos conectar con la segunda lectura tomada de la segunda carta del Apóstol San Pedro, en el capítulo tercero. Me gusta tanto cómo nos habla el apóstol Pedro y quédate con esta frase: Dice Pedro, "Esperen y apresuren la llegada del Señor". Parece una contradicción, esperar. Uno diría que es simplemente aguardar, dejar que pase el tiempo. ¡No! Pedro nos dice, esperen y apresuren; que es lo mismo que dice la primera lectura. Dice el Señor, viene, pero, agilízale la marcha. Apresura su llegada. Eso de levantar los valles y de abajar las colinas. Eso de enderezar lo que está torcido es "Apresura el camino" para que llegue pronto el que es tu fuerza, tu alegría, tu redención, tu alimento. Ahí puedes ver la conexión que hay entre las dos lecturas. Isaías nos está diciendo Viene el Señor para que tú puedas levantarte, incluso si estás en ruinas, para que tú puedas empezar de nuevo, incluso si te sientes cansado, para que tú tengas un nuevo comienzo, así tú pienses que estás en el final, viene el Señor, pero hay que apresurar esa llegada. Por eso hay que levantar los valles, hay que abajar las colinas, hay que enderezar lo que está torcido. Es esperar y es apresurar. Y ese es el mensaje que nos ha dicho también el apóstol Pedro "Esperen y apresuren la llegada del Señor". El Evangelio nos habla también de la llegada, la llegada del Mesías, y nos presenta de una manera central a un hombre, un gran profeta. El más grande de los nacidos de mujer. Fue el elogio que dijo Cristo de él, Juan el Bautista. Juan el Bautista es el que nos enseña cómo se levantan los valles, cómo se abajan las colinas, cómo se endereza lo que está torcido, cómo se hace una calzada recta para que Dios venga. Nosotros no podemos reemplazar a Dios. Nosotros no reemplazamos a Dios. Pero sí hay una cosa que podemos hacer. Quitar los obstáculos. Esto se parece mucho a lo que dice Santo Tomás de Aquino sobre la razón y la fe. La razón no puede demostrar a Dios. Pero la razón sí puede quitar los obstáculos que impiden creer en Dios. Para Santo Tomás. Y ese pensamiento lo ha hecho suyo a la Iglesia Católica. La razón no solamente no es contraria a la fe, sino que es la gran aliada de la fe. En los mismos términos se expresó el Papa Benedicto por lo menos una vez: "La razón y la fe corren la misma suerte, dice Benedicto. No, no son enemigas. Más bien la razón rectamente utilizada quita los obstáculos para favorecer la fe". Nosotros no podemos demostrar a Dios, no podemos explicar su acción, no podemos terminar de entenderlo con nuestra cabeza. Pero nosotros sí podemos utilizar nuestra inteligencia para quitar los obstáculos, y eso es hacer una calzada recta para que venga el don de Dios. Sin embargo, lo que dice Juan Bautista no alude únicamente a un proceso intelectual o a un análisis de razones. Es la vida misma la que tiene que enderezarse. Tú no puedes reemplazar a Dios, pero sí puedes quitar ídolos, si puedes quitar las malas costumbres, si puedes arrancar la mala hierba. Y si nosotros arrancamos la mala hierba, si quitamos nuestras vanidades, si quitamos nuestros vicios, hasta donde es posible, si ponemos lo mejor de nuestra voluntad en allanar el camino, entonces el Señor llega y entonces el Señor hace su obra. Y ese es el sentido del Adviento. No reemplazamos a Dios, simplemente nos preparamos lo mejor posible, quitamos todos los obstáculos, enderezamos el camino y le decimos, Señor, aquí estamos y te estamos aguardando. Quitar los obstáculos es lo que San Pedro nos dijo apresurar. Y después de quitar los obstáculos, nuestra oración y el anhelo de nuestro corazón le van a decir, -Te necesitamos, te estamos esperando-. Y Él cumple su promesa, y viene y hace nuevas todas las cosas.

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