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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Adviento nos enseña la oración de clamor: aquella que proviene de esta certeza: No te merezco, Señor, pero te necesito. Si así lo practicamos recibimos grandes frutos: humildad, conversión, esperanza y misericordia para con el prójimo.
Homilía ba01013a, predicada en 20231203, con 41 min. y 0 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos queridos, estamos abriendo hoy un año nuevo. Un año nuevo está empezando un nuevo año litúrgico. Entonces, como los veo un poquito serios, voltéese y dígale a la persona que tiene al lado, ¡Feliz año!, a ver qué cara hace. Dígale, ¡Feliz año! Estamos empezando el año litúrgico. Ese señor siguió muy serio vuélvanle a decir por favor, eso. Estamos empezando el año litúrgico. ¿Y cómo empieza el año un cristiano católico; cómo lo empieza? Las lecturas de hoy nos dan la clave. La primera lectura. Tomada del capítulo 64 de Isaías, 63 y 64 tiene una súplica. Y yo le voy a contar que hay una diferencia sutil pero muy importante, entre una petición y una súplica. Yo creo que usted se da cuenta que una súplica es algo más intenso. Por ejemplo: -Ese empleado le suplicaba al jefe que no lo despidiera-. Una súplica, es algo muy intenso. Una amiga le dice a otra amiga, -Pues yo no seguí con mi novio. A lo último él me suplicaba pero yo ya no le creía-. La súplica es algo intenso. Y en esta lectura encontramos súplica. Mira, por ejemplo, estas frases: -Vuelve por amor a tus servidores y a las tribus de tu herencia. Si rasgaras el cielo y descendieras-. Son palabras de una intensidad. Son palabras de una profundidad. Son palabras que no brotan únicamente de la boca. Salen de las entrañas y salen del corazón. Sobre todo me impacta la segunda frase que hemos mencionado. "Si rasgaras el cielo y descendieras. . . " Porque a veces, mis hermanos, a veces nos sentimos solos en la vida. Pero cuando uno tiene una necesidad y uno tiene a dónde acudir, se siente menos solo. Si uno tiene una necesidad y no tiene a dónde acudir ni quién lo escuche, uno siempre tiene como último recurso que no debería ser el último, solamente orar al Señor. Pero en el libro del Deuteronomio. Se tiene esta palabra durísima. Está en el capítulo 28 del libro del Deuteronomio: -Si desobedeces al Señor, ¡Es una amenaza! Si te vuelves a los ídolos, entonces. . . - y empieza a contarle todo lo que le va a suceder a la persona que se aparta de Dios. Dentro de las muchas cosas que dice, hay una que cuando tuve ocasión de leerlo con atención, incluso de estudiarlo un poco, ¡Me sacudió! Porque dice el libro del Deuteronomio: "Si te apartas, si le das la espalda a Dios, si te endureces en la idolatría, el cielo se volverá de bronce para ti". Y esa es una de las frases más duras de toda la Biblia. Porque cuando uno tiene un problema, uno busca amigos, apoyos, aliados y si le fallan los aliados y los apoyos y los amigos, entonces uno levanta la mirada al cielo, que no debería ser el último lugar para ver. Uno levanta la mirada al cielo. Y entonces uno dice Señor, escúchame. ¿Pero cuál era la amenaza que traía el libro del Deuteronomio? -El cielo se volverá de bronce-. Como una pared impenetrable para tu adoración. Tú le diste la espalda a Dios. El profeta Isaías. O alguien discípulo de Isaías trae esta súplica que hemos escuchado en la primera lectura. "Ojalá rasgaras el cielo y bajaras". ¿Por qué tiene que rasgarse el cielo? Porque la persona que está orando aquí siente que ese cielo está como cerrado, que ese cielo se ha vuelto de bronce. ¿Y por qué se ha vuelto de bronce? Nos lo explica él mismo. ¿Por qué permitiste que nos desviáramos de tus caminos? ¿Por qué permitiste que se endurecieran nuestros corazones y dejaran de temerte? Es decir, el que está orando aquí es una persona que tiene conciencia, plena, conciencia de su pecado y como tiene conciencia del pecado, también tiene conciencia de que le ha dado la espalda a Dios y que ha cerrado el cielo. Porque Dios no se va a imponer en la vida de nadie. Tú te alejaste de Dios, fue tu elección. Pero si así te alejaste, cerraste el cielo. Y por eso aquí el profeta ora y dice: -Rasga ese cielo, rómpelo, ábrelo, porque siente que ese cielo está cerrado. -¿Por qué se cerró? Por mi propia incredulidad. Por mi propia arrogancia. Por mi propia indiferencia. Porque Dios no me importaba. Porque yo creía que yo podía solo. Porque yo creía que yo era muy inteligente, porque yo creía que yo tenía muchos amigos, porque yo creía que todo lo podía arreglar con dinero, porque yo creía que yo iba a vivir mil años, porque yo creía, porque yo creía. . . Pero todo eso que yo creía, todo ese mundo de mentira que es el mundo del pecado, todo eso ya se derrumbó. Y lo triste del pecado es que cuando ya se derrumba el pecado, las consecuencias del pecado siguen. Hermanos, por extraño que pueda parecer, esa es la actitud que requiere el Adviento, es decir, un corazón que tiene conciencia. Conciencia; de que se ha apartado, de que se ha endurecido, un corazón que tiene conciencia, de que se ha apoyado demasiado en sí mismo. Y por eso, al abrir el Adviento, es bueno que cada uno de nosotros se pregunte en dónde ha puesto su certeza, su apoyo, su esperanza, su fortaleza. ¿En dónde he puesto yo mi fortaleza? En que tengo dinero, en que soy de una familia de clase alta, que tengo muchos amigos, que tengo muchos estudios, que estoy en el poder. Que soy muy inteligente. ¿En qué me he apoyado yo? Y hay que darse cuenta que cuando nos hemos apoyado en nosotros mismos, a través de cualquiera de las cosas que he dicho, el dinero, el poder, la posición, la familia, nosotros hemos cerrado el cielo. Y por eso este hombre está suplicando y dice: -Rasga, por favor, abre ese cielo-. Es una súplica, es un clamor. Es la conciencia de la persona que puede decir y que tiene que decir: -Señor, no te merezco, pero te necesito-. No te merezco, pero te Necesito, y esa frase es una manera de interpretar lo que hemos leído de Isaías. Esa frase es la actitud justa para el Adviento, tomar conciencia de que no merecemos. Pero tomar conciencia de que sí necesitamos. No te merezco, pero te necesito. Y cuando uno toma esa conciencia, ¿De qué manera ora? Fíjate que cuantos más derechos tiene uno. La petición se hace mucho más suave. Cuando yo siento que estoy en buenos términos con un amigo, yo no tengo que hacer una gran súplica. Tengo un buen amigo. Necesito que me preste su movilidad. Yo no tengo que llegar donde él implorarle y decirle por favor, hermano, por favor. No; somos amigos. Estamos en buenos términos. Simplemente le explico. Mirá, me pasó esto. ¿Me puedes prestar tu movilidad para tal día? Ya está. Pero cuánto más, y esta es la ley del Adviento. Cuanto más indigno uno se siente, uno va cambiando el tono. Entonces vamos a suponer. Encuentro con mi amigo. Usted es mi amigo. Me encuentro con mi amigo. Estamos en buenos términos. Somos grandes amigos. Hablamos con frecuencia. Y yo le voy a pedir un favor a usted. Eso no tiene problema. Pero ahora suponga que usted me prestó su carro, su movilidad. Me lo prestó el año pasado. Yo le estrellé el carro. Pérdida total. El seguro finalmente pagó, pero se le dañó la cuota del seguro a usted. En el juzgado estaban preguntando quién era el conductor para ver si había que llevarlo a la cárcel. Usted tuvo que ir a quince oficinas. Y yo sé que yo le hice ese daño a usted. Pero otra vez necesito la movilidad. Ahora dígame cómo le voy a pedir. Entonces ya yo llego con una humildad muy grande. Mira, hombre, se me cae la cara de vergüenza. No sé, es que no tengo más que decirte. Yo sé que he obrado mal. ¿Ve? Ya me cambió el tono. ¿Te diste cuenta? Me cambió el tono. ¿Por qué? Porque yo sé que yo lo he ofendido. Y él, que es una persona buena, por lo menos tiene cara de buena persona, dice; pues sí, se lo voy a prestar otra vez. Entonces, ahora que me prestó el carro. Yo invito a la hija de él, que no sé si tiene hijas, pero es que me estoy inventando la historia. Yo invito a la hija de él, que es menor de edad, sin permiso de él. Me la llevo en el carro de él. Nos estrellamos y la hija se fracturó. Pero al otro año tengo que pedirle otro carro. Ahora imagínese cómo llego yo arrastrándome. Oiga, yo sé que me equivoqué. Es que obré muy mal. Y es que no tengo otra posibilidad porque. Porque es que tengo que llevar a mi mamá de emergencia al hospital. El hombre se conmueve de mí. Ya le dañé un carro. Ya le dañé otro carro. Ya fracturé a la hija. Tercera vez. Me presta el carro. Se lo devuelvo. Perfecto. Intacto. Pero el hombre se da cuenta que yo no iba a llevar a ninguna mamá al hospital, que todo era mentira. Al cuarto año voy a pedirle prestado otro carro. Usted me está entendiendo lo que le estoy diciendo. Eso somos nosotros con Dios. Hay una pregunta que yo le oí una vez a una persona cuando se estaba confesando. Y como trato de ser sensible, yo me sacudí escuchándolo. La persona se confesaba y me decía -Padre, yo creo que todo lo que me ha dado mi Dios, todo lo he dañado, lo he perdido, lo he ensuciado, he usado mal mi cuerpo, he usado mal mi inteligencia, he descuidado mi salud, no he apreciado a mis padres. Esa es la historia mía con la movilidad de este señor. Todo lo que me has dado, todo lo he maltratado. Y por eso, Señor, por eso ¿Cómo llegamos nosotros ante Dios? "Vuelve por amor a tus servidores y a las tribus de tu herencia". Este que está orando aquí le dice a Dios ¡Vuelve!, pero no pone como argumento ningún mérito suyo que no lo tiene. ¿Cuál es el argumento que tiene por amor a los que sí te han servido bien, señor? Es un texto interesante, porque en el fondo lo que está aquí es la intercesión de los santos. Por amor a tus servidores. ¡Vuelve! Está poniendo como intercesores a los santos. -Vuelve por amor a las tribus de tu herencia, por el amor que tú le tienes a la Iglesia, no nos abandones, como decimos en la Misa, -No mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y conforme a tu Palabra, concédenos la paz y la unidad-. Y luego dice: Si rasgaras el cielo y descendieras, ¿Por qué le dice a Dios que descienda? Porque se cumple aquí lo del Salmo 130. Porque la persona se siente en un hueco, en un hueco desde lo hondo. "A ti grito Señor, Señor, escucha mi voz. Estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica. Si llevas cuentas de los delitos, Señor, quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón y así infundes respeto. Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra. Mi alma aguarda al Señor más que el centinela la aurora. Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora. Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa" . Esto que acabo de recitar es el Salmo 130, y esa es la oración de una persona que está en el hoyo, que está en el hueco, que está en la tumba, que está en el foso, que está hundido, como yo cuando tengo que volver a pedirle un favor a usted. Y yo sé que yo estoy caído, que yo estoy mal, que yo no tengo argumentos, que yo no sé qué hacer. Esa es la manera de clamarle al Señor esa es la manera de suplicar. Esa es la manera de vivir el Adviento, esa es la manera. Es reconocer uno, Señor, yo no te merezco, pero yo te necesito. Y si uno llega con esa actitud, suceden cuatro cosas maravillosas. Acuérdese, la actitud se resume en la frase: "Señor, yo no te merezco, pero te necesito" para que no se nos olvide. Vamos a repetirla. ¿Cómo es? Lo decimos todos: Señor. Yo no te merezco. Pero te necesito. Ese es el Adviento. Si usted toma ese camino del Adviento, que es el camino de la súplica, y nunca se le olvide el problema de los cuatro carros que yo le dañé a este hombre. Si yo tomo esa actitud, la actitud humilde, suceden cuatro cosas maravillosas que son las cuatro grandes promesas del Adviento. La primera de ellas es que precisamente la humildad le quiebra el cuello al papá de todos los pecados, que es la soberbia. Porque lo que nos vuelve impermeables a la bendición de Dios es la soberbia. No lo digo yo, lo dice la escritura. Oiga lo que dice la Biblia: "El Señor da su gracia a los humildes, pero resiste a los soberbios". Así que, mis hermanos, el blindaje que impide que el amor de Dios nos alcance, el paraguas tristemente impermeable que no deja que te lleguen las lluvias de bendición, es la soberbia. Pero si tú vives el Adviento con una frase que dice, ¿Cómo es que dice la frase? Esa frase la voy a hacer repetir varias veces, porque con esa frase usted va a recorrer el Adviento. Y acuérdese que el Adviento de este año es bien cortito. Ya estamos a tres de diciembre y esto se acaba el 24. O sea, este es un adviento cortico cortico y hay que vivirlo con buen ritmo. Esto tiene que ser con ritmo, ritmo, mis hermanos, porque si no se perdió el Adviento y si se le perdió el Adviento, ya empezó mal el año. Entonces, el primer fruto de Adviento bien vivido es la humildad, que es maravillosa, porque la humildad le quiebra la cabeza a la serpiente, le quiebra el cuello a la soberbia. Y la soberbia no solamente es la mamá de todos los pecados, sino que la soberbia es la fuente de todas las divisiones en la familia. Segunda bendición que trae esa frase. Esa frase nos pone en la ruta de la conversión. Y quiero recordarte que la conversión es tan importante para Jesucristo, pero tan importante para Jesucristo; que cuando no hay conversión. Cristo declara su frustración y el castigo que se le viene a la persona, así haya recibido milagros. ¡Ay, qué palabras tan horribles con las que salió este padre! No son mías, son del Evangelio. Oiga lo que dice el Evangelio: "Jesucristo, después de hacer muchísimos milagros en toda la región de Galilea, a poco tiempo de salir de Galilea, cuando ya le quedaba poco tiempo, soltó esta frase, ¡Ay de ti, Corozaín! Pequeña población de Galilea. ¡Ay de ti, Betsaida! Otra población de Galilea, porque si en Tiro o en Sidón se hubieran hecho los milagros que se hicieron en ti, hacía tiempo, se hubieran convertido". O sea que Cristo nuestro Señor no es simplemente un hacedor de milagros. El milagro es bello, el milagro es hermoso. El milagro es poder de Dios. Pero el milagro es el paso uno. Paso uno, de un montón de pasos. Y Cristo quiere que no te quedes en el paso uno, sino que avances ¿Y que es avanzar? Conversión. Y sigue diciendo Cristo, para que usted vea que las palabras del Señor hay que tomarlas en serio: "Y tú, Cafarnaún, ¿Tú crees que vas a escalar el cielo? ¡Al infierno te vas!" -Son palabras de Cristo. Porque si en Sodoma y Gomorra, que ustedes saben que son la imagen misma del pecado en la Biblia-. "Si en Sodoma y Gomorra se hubieran hecho los milagros que se hicieron en ti subsistirían hasta hoy. Por eso les digo, va a ser más suave el último día para Sodoma y Gomorra que lo que va a ser para ustedes, habitantes de Cafarnaún". ¡Ese es Cristo! ¡Ese es Cristo! Así habla Cristo, con Cristo no se juega, con el Evangelio, no se juega, con la conversión no se juega. Y a mí me encanta que Dios hace maravillas y que Dios hace sanaciones y milagros. Dios es tan grande que incluso ha hecho milagros a través de oraciones mías. Calcule eso. Dios es poderoso, pero el milagro es el paso uno, paso uno y son muchos pasos y hay que llegar a la conversión. Y si no hay conversión, el milagro grita contra ti. No se le olvide esa frase. Veo gente escribiendo, gracias a Dios. Otros tienen una memoria portentosa. -Si no hay conversión, el milagro gritará contra ti-. Y es que es lógico, es que es lógico, porque cuando llegue el día del juicio, Dios le dirá a aquella persona que recibió el milagro y no se convirtió. Me pediste una prueba de mi amor, y te di ese milagro. Te di esa sanación. Te di esa obra. ¿Qué pasó contigo, hombre? Qué vamos a decir. Entonces la segunda maravilla de vivir el Adviento, guiados por una frase que dice Señor, yo no te merezco, pero te necesito. Señor, ¿Cómo es? Señor, yo no te merezco, pero te necesito. La maravilla. La segunda maravilla es que te pone en la ruta de la conversión, porque de tanto ir a prestarle carros a este hombre, yo al fin ya me siento avergonzado. Ya digo no, yo pues tengo que cambiar de vida. Yo no puedo seguir estrellando carros. Llega un momento en el que uno ya quiere cambiar porque ya le da vergüenza, aunque solo sea por eso. Hermanos amados, un Adviento bien vivido te pone en la ruta de la conversión. Tercero, un Adviento bien vivido te pone en la ruta de la esperanza. Porque los seres humanos nos cansamos. Yo estoy seguro que después del quinto carro ya ese señor no me quiere volver a ver. Y esto lo demuestra la Escritura, porque alguna vez le dijo el apóstol Pedro a nuestro Señor Jesucristo. -Señor, una preguntita nomás. . . Si mi hermano me ofende, ¿Cuántas veces lo tengo que perdonar? ¿Hasta siete?- Fíjate la pregunta que hace Pedro cuando él dice hasta siete; ¿Qué quiere decir? Que tiene un límite. Que ya Pedro estaba diciendo -Ya le aguanté cinco, ya le aguanté seis. Espere a ver cómo estamos de nudillos. Ya le aguanté siete. ¡Ahora sí! Que venga. Ahora sí, que venga, venga a ver. El ser humano tiene un límite, pero el que se acerca al Señor descubre que Dios no tiene límite, no tiene límite. Ya he contado en otras ocasiones una experiencia que viví hace muchos años. Me fui a confesar yo todo avergonzado, porque confesarse es como volver a pedirle prestado el carro al hombre. Yo me voy a confesar con el padrecito que no fue este padre, pero era así, serio como él. Yo me iba a confesar. Y el padre me atendió como un buen pastor realmente. Pero lo que te quiero contar es que cuando salí después de la absolución. Yo sentí como la voz de Jesús. Como la voz de Jesús, mis hermanos en mi corazón. Y eso me ha pasado muy pocas veces en la vida. Y era como la voz de Jesús que me decía ¿Y tú por qué temías? Y añadió esta frase: "Mil millones de veces tus pecados, yo también perdonaría". Ese es Jesús, ¡Ese es Dios! -Mil millones de veces tus pecados; yo también perdonaría-. Y por eso, si vivimos bien este Adviento, mis hermanos. Y vivir bien el Adviento se vive con esa frase que yo hoy no sé si ya, se les olvidó, si se les olvidó. Yo vuelvo a empezar la homilía. ¿Cómo dice la frase? "No te merezco, pero te necesito". No hay como amenazar a la gente para que se le mejore la memoria. Óigame bien, el día que usted descubre lo que dice el Salmo 130, de ti viene la misericordia, la redención copiosa por lo que dice la Escritura en varios lugares, que "El Señor es lento a la cólera y rico en clemencia". Una vez que tú descubres que Dios, por su amor, es capaz de rasgar el cielo como el que se abre el pecho y así se lo abrió Cristo. Una vez que tú descubres que Dios es capaz de rasgarse con tal de que tú tengas casa donde hospedar tu miseria, porque ese es el Corazón de Jesús. Una vez que tú descubres ese amor, en ti nace una esperanza invencible, una esperanza que está más allá de cualquier palabra humana. Porque nosotros, los seres humanos, sí nos cansamos. Nosotros, los seres humanos, siempre ponemos un límite, como Pedro, que dijo ¿Hasta siete veces? Entonces, ¿Cuántos regalos de Adviento llevamos? El primero, ¿Cuál era? La humildad. El segundo, ¿Cuál era? La conversión. El tercero. ¿Cuál era? La esperanza. Todo guiado por una frase que es muy importante porque es la frase que impide que la homilía se recicle. ¿Y la frase es. . . ? -Señor, no te merezco, pero te necesito- Esa frase. Y ahora viene el cuarto regalo que trae un Adviento bien vivido. Si este hombre ha tenido tanta paciencia conmigo. Si ha tenido tanta misericordia. Eso también lo contagia a uno. Como decía una vez el Papa Juan Pablo II predicándonos a nosotros los sacerdotes, decía San Juan Pablo II. El sacerdote debe confesarse. Me parece que lo dijo en una de sus cartas de los jueves Santos, decía él, el sacerdote debe confesarse y debe confesarse con frecuencia. Porque la experiencia de la misericordia lo hará comprensivo y misericordioso. Entonces, si yo vivo un Adviento en clave de arrepentimiento y de misericordia. Algo de esa misericordia me puede contagiar. No es un proceso automático, pero si sucede. Entonces vamos a vivir este Adviento y vamos a experimentar la misericordia del Señor. Y a medida que vamos entendiendo que Él nos ha tenido y nos tiene tanta, tanta paciencia, tanta, tanta misericordia, empezamos a ser más misericordiosos, empezando por la casa, por nuestros grupos parroquiales, nuestros grupos de oración. A veces somos tan duros. ¿Y qué sabemos mis hermanos? ¿Qué sabemos de las circunstancias de otra persona? Con tanta frecuencia nuestro juicio es implacable. Éste es un peligro. . . Esa mujer es un peligro. . . Esa es una bruja, a la otra. . . Ese tipo es una amenaza. . . El otro. Somos tan proclives. Somos tan fáciles para calificar a las personas. ¿Qué sabemos nosotros de sus luchas? ¿Qué sabemos de sus dificultades, de sus heridas, de sus vacíos? Hermanos. En algo más de treinta años de sacerdocio, quizás algo he aprendido yo de eso. Un poquito. Debo haber aprendido. Que las circunstancias de las personas muchas veces no las conoce nadie. Hace poco me hablaba una amiga allá en mi país. Y mire el descubrimiento que ella hizo: -Durante años. Le tuve rabia a mi papá porque era injusto, porque era violento, porque era grosero, porque yo sé que él fue infiel. Yo le tenía rabia. Me trataba duro. Yo apenas pude también lo puse en su sitio. Yo hablaba mal de él. Pasaron los años. Un día, no sé cómo se dieron las circunstancias. -Esa parte no la sé-. Un día se pone mi papá a hablar de cómo había sido su infancia, básicamente fue criado entre palos y azotes. Eso no justifica que él haya sido grosero ni que haya sido infiel. Claro que no. No estoy justificando. Lo que te estoy diciendo. Es que uno desconoce las circunstancias de las personas. Y aunque es verdad que debemos tener un juicio moral claro sobre qué es bueno y qué es malo en cuanto a las personas, es demasiado difícil emitir un juicio, demasiado difícil. Tú no sabes lo que ha pasado en la otra persona. A veces, entre esposo y esposa ni siquiera conocen cosas. Yo he sabido cosas del esposo, de la esposa que sé que el cónyuge no lo conoce. Pero solemos ser muy duros, muy implacables, implacable con el sacerdote, implacable, con el vecino, implacable, con el director del grupo de oración, implacable con el recién llegado. Nuestra boca. ¿Cuántas veces peca mis hermanos. Por eso dice la carta de Santiago: "Se han dominado muchas fieras, pero parece que nadie puede dominar la lengua". Con qué facilidad vamos soltando unos juicios terribles sobre las personas. -Uy! Yo con esa mujer, Mmm, la tengo por casquivana. Ese hombre me parece un peligro. Y quizás sí es un peligro. Quizás sí lo es. Y quizás la otra es una casquivana. ¿Pero sabes por qué? Si tú supieras la vida que le ha tocado a esa persona. Si tú supieras todo lo que le ha faltado. Lo que nunca le llegó. Si tú supieras lo que ha sufrido, Las heridas por las que ha pasado. Te aseguro que bajarías el volumen y te aseguro que tú hablarías como solamente habla una mamá que ama. Por lo menos esa fue la terapia que encontró San Francisco de Asís para enseñarles a los frailes cómo tenían que tratar a las otras personas. Les decía San Francisco a esa primera generación de frailes: "Trátalo como lo trataría la mamá que más lo ama". Y una mamá puede darse cuenta de que su hija es muy superficial, que le falta pudor, que está en la boca de todo el pueblo. ¿Pero cómo habla esa mamá sobre la hija? Aunque sepa eso, aunque lo reconozca, ¿Cómo habla de esa hija? Te aseguro que trata de ser lo más prudente. Así tenemos que ser nosotros. ¿Dónde se aprende eso? Se aprende en un Adviento bien vivido. Porque en el Adviento, bien vivido, ese Adviento que me ha hecho consciente de mi necesidad, de mi miseria, de mi pecado. Ese Adviento por el que tuve que pasar suplicándole por séptima vez; ya son siete los carros. Suplicándole por séptima vez. Hombre, présteme otra movilidad. Pero usted ¿Otra vez por aquí? Es que no tiene cara. Yo cara sí tengo. Lo que no tengo es carro. ¡Ah! Hermanos, el Adviento tiene cuatro grandes regalos que te están esperando y son los siguientes: Número uno, humildad. Número dos, conversión. Número tres, esperanza. Número cuatro, ¡Misericordia! No habíamos dicho la palabra. Pero es eso. La misericordia. Y la clave para un buen Adviento está en una frase que tiene que ser súplica. Súplica, acuérdese siempre el ejemplo de los carros, que eso no se le olvida a uno, tiene que ser súplica. Viva el Adviento en súplica. Y la súplica se resume en una frase, frase que ahora toda la asamblea va a decir en voz alta para evitar que se repita la homilía. La frase dice: "No te merezco, pero te necesito" esa mis hermanos, es una manera muy bella de vivir el Adviento. La gloria para Jesucristo. Pongámonos de pies.

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