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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Adviento nos prepara para recibir a Cristo del mismo modo que el hambre nos prepara para el alimento. Tres palabras claves: esperanza, escucha y disponibilidad.
Homilía ba01012a, predicada en 20231203, con 33 min. y 6 seg. 
Transcripción:
Hermanos queridos. ¿Por qué existe esto que llamamos Adviento? ¿Por qué existe esto? ¿Por qué el pueblo de Dios sintió la necesidad de que hubiera un tiempo de preparación antes de la gran celebración que recuerda el nacimiento de Cristo? Esa pregunta nos va a contar mucho, sobre cuál es el sentido del Adviento que estamos empezando con alegría y con espíritu de Iglesia el día de hoy. Hay tanta sabiduría en esto del Adviento, pero la mejor respuesta que conozco tiene que ver con la manera como nosotros mismos, como nuestro cuerpo, nuestro mismo cuerpo funciona. Mira, por ejemplo, que para aprovechar y disfrutar los alimentos uno tiene que tener hambre; una persona sin hambre come poco y de mala gana y también poco le aprovecha, pero cuando una persona está saludable y tiene hambre, come lo suficiente y lo disfruta; podemos decir que hay una relación entre el hambre y el alimento, el tener hambre y el alimentarse. Lo mismo podríamos decir de otras situaciones de la vida, por ejemplo, cuando uno está cansado por un día de trabajo; qué agradable llegar a la casa y reposar, al trabajo le sigue el descanso, al hambre le sigue el alimento; es la vida humana, es la dinámica de la vida humana. Nuestra Iglesia Católica, que es madre y es maestra, toma esta dinámica: Podemos decir que el Adviento es como el tiempo para recuperar el hambre. Luego vamos a explicar mejor esa frase, es el tiempo para recuperar el hambre. Y así, llenos de esa hambre espiritual, llega el tiempo de Navidad y el tiempo de Navidad nos ofrece a Cristo que bien es llamado pan de vida. Y esa hambre que hemos recuperado con el Adviento, ese deseo que se ha acrecentado con el Adviento, encuentra luego su respuesta y su plenitud en el tiempo de Navidad. O sea que hay una relación complementaria entre el Adviento y la Navidad. Un Adviento sin Navidad sería una cosa espantosa. Sería como estar aguardando a alguien que nunca llega. Pero una Navidad sin ambiente, sin Adviento es como darle comida al que no tiene hambre. Y lamentablemente eso le está pasando a mucha gente. Empiezan los centros comerciales a presentarnos a un personaje gordito de saco rojo. -Jo, jo, jo, jo, jo- Y se supone que eso representa Christmas, que eso representa Navidad; pero es una Navidad que no ha tenido Adviento y por eso la gente se queda sin el alimento de Cristo, nos quedamos sin el alimento de Cristo porque no hubo Adviento. Quizás los destellos de unas alegrías, de unos regalos, de unos vestidos, de unas decoraciones; pero nos quedamos sin Cristo. Solo vive la Navidad, solo disfruta la Navidad, solo aprovecha la Navidad el que ha vivido el Adviento, si quieres tener una buena, alegre y santa Navidad, entonces aprovecha desde el día número uno, que es hoy, desde el día número uno del Adviento, aprovecha este tiempo litúrgico para recuperar el hambre. Sigue esa frase, -recuperar el hambre-, hay que recuperar el hambre de Cristo. Y a medida que vamos recuperando el hambre de Cristo, estamos preparando nuestro cuerpo, nuestro corazón, nuestra alma, para cuando llegue el gran anuncio, el anuncio del ángel en la noche de Belén: -Os traigo una gran noticia, hoy en la ciudad de David ha nacido el Señor, el Mesías-. Eso solo tiene sentido, eso solo trae alegría al que lo estaba esperando. Si yo te digo, a cualquiera de ustedes, si yo digo a cualquiera de ustedes, -quedas libre de moverte por todo Santa Cruz- Tú me miras y dices: ¿Qué? Yo ese problema no lo tenía; pero si una persona está en la cárcel y lleva años en la cárcel y yo le digo: -quedas libre, esa persona salta de gozo como si estuviera en un encuentro de La Mansión. Ahí sí salta de gozo la gente. Entonces uno tiene que darse cuenta de que ha estado prisionero, uno tiene que darse cuenta de que ha estado y está enfermo. Uno tiene que darse cuenta de que ha vivido bajo la tiranía del pecado, y eso exactamente es lo que queremos decir con la expresión -Recuperar el hambre-. Las lecturas de todo el tiempo de Adviento, las predicaciones de todo el tiempo de Adviento y las oraciones de todo el Adviento tienen el propósito de que tú recuperes el hambre, es decir, que te des cuenta todo lo que te hace falta. Alguien podría decir: -Pero yo creo que no me hace falta nada, yo creo que estoy bien-. La persona que considere que está muy bien, esa es la que más necesita. Una amiga mía decía, una señora que ya murió hace unos años, decía: -Lo más difícil en la Iglesia es la conversión de los buenos-. El que cree que no tiene problemas, el que cree que no tiene pecados, porque la autosuficiencia es el blindaje más efectivo contra Cristo. Así que el Adviento es el tiempo de quitarnos el blindaje, es el tiempo de quitar esa falsa armadura. Es el tiempo de bajarnos de todos nuestros orgullos y vanidades para descubrir nuestra profunda, profunda, muy profunda necesidad de Cristo. Y así como sea tu Adviento, así será tu Navidad. Cuanto más descubras de tu necesidad, más descubrirás a Cristo capaz de renovarte, de sanarte, de bendecirte, de iluminarte. Y cuanto mayor sea la obra de Cristo en tu corazón y en tu vida, mayor será tu gozo y mejor cristiano serás para compartir con otros lo que el Señor ha hecho en ti. Entonces, ¿Cómo tenemos que vivir el Evangelio? Cómo tenemos que vivir el Adviento quiero decir, ¿Cómo tenemos que vivir este Evangelio de hoy y cómo tenemos que vivir nuestro Adviento?. Tres palabras nos van a ayudar, tres palabras: La primera palabra es la palabra esperanza, la segunda palabra es la palabra escucha, y la tercera palabra es la palabra disponibilidad. Si tomamos esas tres palabras como guías nuestras en este tiempo de Adviento, estoy seguro que lo vamos a vivir con mayor profundidad que quizás en otras ocasiones. La palabra esperanza. ¿Cómo se puede crecer en la esperanza? ¿Cómo se puede afianzar uno en la esperanza? Hace años, hace siglos, la Iglesia encontró la fórmula para que pudiéramos crecer en la esperanza. Y esa fórmula, es la que nos va a acompañar en las Misas de todo el Adviento, especialmente hasta el 17 de diciembre. La fórmula maravillosa que tiene la Iglesia Católica para que tú crezcas en la esperanza es utilizar el binomio: -promesa cumplimiento-. Tú vas a escuchar muchas veces en los próximos días, especialmente si tienes la saludable costumbre de asistir a la Santa Misa, tú vas a escuchar muchas veces textos que están en futuro, que se refieren a promesas. Porque las promesas, por supuesto, aluden al futuro. ¿Cómo es esto del futuro y de la promesa? Pues mira, por ejemplo, en esta primera semana de Adviento que está empezando hoy, vas a ver que dentro de pocos días esto sucede en la Santa Misa: Va a aparecer una lectura de Isaías, a Isaías lo vamos a oír mucho estos días y en esa lectura de Isaías se nos dice: -El Señor va a preparar un banquete-. Esa va a ser la primera lectura de aquí a unos poquitos días, 3 o 4. Y el evangelio de ese día nos presenta a Jesús, preparando el banquete, multiplicando panes para una inmensa multitud. ¿De qué tamaño era la multitud en la multiplicación de los panes? Era más o menos como un encuentro de La Mansión, como unas cinco mil y tantas personas. Bueno, creo que mucho más. Haz de cuenta como un encuentro como el que tuvimos ayer, una cosa así parecida. Y Cristo multiplica los panes. Entonces, esa es la estrategia que tiene nuestra Iglesia para crecer en la esperanza. La Iglesia te muestra mira que Dios lo prometió, mira que Dios lo cumplió. Dios prometió un banquete, El banquete se realizó en Cristo. Otro texto que vas a oír, pero para esto hay que ir a la Misa, o por lo menos leer las lecturas, otro texto que te vas a encontrar, dice: que el Señor va a sanar al ciego, al cojo y lo dice en futuro; es una promesa. Pero luego llega el Evangelio y el Evangelio nos cuenta que Jesús sana a los paralíticos, da vista a los ciegos. . . Esa es la manera de crecer en la esperanza. Dios lo prometió, Dios lo cumplió, Dios lo prometió, Dios lo cumplió. Y a medida que tú vas oyendo ese lenguaje, Dios lo prometió, Dios lo cumplió, Dios lo prometió, Dios lo cumplió. Tú te vas acostumbrando a que lo que Dios promete, lo que Dios promete, Él lo va a cumplir. Mira lo que nos dijo la segunda lectura de la primera Corintios, capítulo 1, -Él los mantendrá firmes hasta el fin, para que sean irreprochables en el día de la venida de nuestro Señor. Mirad al futuro-. Dios es fiel, y Él los llamó a vivir en comunión con su Hijo. ¿Cómo crece uno en la esperanza? Recordando. -Dios lo prometió, Dios lo cumplió-. Eso hay que aplicarlo al pueblo de Dios en la Biblia, eso hay que aplicarlo a la Iglesia, y eso tienes que aplicarlo a tu vida. Mira en tu propia vida cómo el Señor ha hecho su obra, cómo muchas veces el Señor te muestra lo que va a hacer y lo hace. Y a medida que uno va descubriendo que Dios es de fiar, uno va creciendo en la esperanza. Porque la esperanza cristiana, mis hermanos, no es vivir de fantasías, no es huir de la realidad, la esperanza cristiana no es una especie de droga; Dios nos libre, una especie de droga para no sentir lo que está pasando. Lo que está pasando es duro lo que está pasando con la familia, es duro, lo que está pasando con las vocaciones religiosas y sacerdotales, es duro lo que está pasando en la economía y en la sociedad de nuestros países, es duro y es amenazante. La esperanza cristiana no cierra los ojos frente a los problemas, pero, recordando que lo que Dios promete lo cumple, lo que Dios promete lo cumple y lo que Dios promete lo cumple. La esperanza cristiana se afianza y le mira a los ojos a los problemas. Nosotros, como comentábamos ayer en otra predicación, nosotros los cristianos no somos gente cobarde ni gente ilusa, nosotros no nos drogamos; incluso hay que tener cuidado cuando a veces un cóctel alto de emociones puede convertirse en una especie de huida de la realidad. No, nosotros no nos drogamos, nosotros miramos los problemas de frente, pero guiados por la luz de un Dios que promete y cumple. Miramos a través del problema. ¿Te acuerdas que lo decíamos? Miramos a través del problema, donde ya asoma la solución. Por eso, lo que tú ves hoy de tu familia no será así para siempre, lo que tú ves hoy de tu país, lo que tú ves hoy de Santa Cruz o de México, o de Perú o de Argentina, no tiene que ser así, no tiene que ser así. Y esta es la rebeldía santa del cristiano lleno de esperanza. El cristiano lleno de esperanza puede ver que se están aprobando leyes criminales de aborto, por ejemplo, puede ver que se desmorona la familia, pero guiado por el profeta Habacuc dice: -Aunque la higuera no eche yemas, y no quedan vacas en el establo, aunque el olivo olvida su aceituna y los campos no dan cosechas, yo exultaré con el Señor. Me gloriaré en Dios mi Salvador-. Me voy a gloriar en Él. ¿Por qué? Porque Él, que promete, cumple y es muy importante, ya que tenemos aquí embajadas de otros países, incluyendo mi amada Colombia. Es muy importante que volvamos a nuestros países con un mensaje. Argentina no tiene que ser lo que es en este momento, Perú no tiene que ser lo que es en este momento, Bolivia no tiene que ser lo que es en este momento, Mi familia no tiene que ser lo que es en este momento, porque hay un Dios que está vivo, porque hay un Dios que promete y cumple. Nosotros no cerramos los ojos frente a los problemas, pero vemos a través del problema y más allá del problema, guiados por la luz que nos da el Señor. Esa es la esperanza y esa es la primera palabra. Segunda palabra. La segunda palabra es la escucha. La escucha de la Palabra de Dios. La Palabra de Dios es viva y eficaz. Nos dice la carta a los Hebreos. La Palabra de Dios puede hacer una verdadera diferencia en tu vida. La Palabra de Dios es capaz de liberar, de romper cadenas, pero la Palabra de Dios será absolutamente inútil para el que no la escuche. En estos días escuchábamos al apóstol San Pablo que nos decía en el capítulo décimo de la Carta a los Romanos La fe viene de escuchar y por eso este tiempo de Adviento es un poquito raro. Es un poquito raro, como se nota en la liturgia. ¿Tú te diste cuenta que hoy es domingo y nosotros no cantamos el gloria? No fue un error de quienes prepararon la celebración. Es que en Adviento no se canta Gloria bueno, hay excepciones para las solemnidades, pero en Adviento no se canta gloria. O sea que hay como un tono, ciertamente como penitencial y de recogimiento. Pero lo que me parece tan gracioso del Adviento es que no se canta gloria, ¡pero sí se canta Aleluya! Y mira las vestiduras que tenemos hoy los sacerdotes con este morado penitencial que es tan típico, sobre todo de la Cuaresma. La Cuaresma y el Adviento tienen como colores típicos este morado morado penitencial. Por cierto, dicho sea entre paréntesis, Cuaresma y Pascua son otra vez como hambre y alimento, como trabajo y descanso, como cárcel y liberación. Cuando llegue la Cuaresma por allá el año entrante, por favor, acuérdate de esta celebración. ¿Qué es lo que hacemos en la Cuaresma? Recordar nuestra necesidad de redención para que luego, al celebrar los santos Misterios en la Semana Mayor. Nosotros podamos gozarnos en la libertad que nos da Cristo. Entonces, mis hermanos, la Palabra tiene poder, pero tiene poder para el que la escucha. Hasta ahora no se ha sabido que una Biblia cerrada produzca una conversión. La Biblia cerrada no produce conversión. Entonces es importante que desde el comienzo del Adviento tú abras tus oídos. Pero para abrir el oído a veces hay que cerrar la boca. Por eso el Adviento tiene también un cierto carácter de recogimiento. Esa diferencia encontré yo cuando mi comunidad me envió para hacer el doctorado que yo realicé en Irlanda con mis hermanos dominicos, allá en Irlanda, norte de Europa y me di cuenta que en esos países del norte también es verdad que el invierno ayuda, ¿No? Esos días más apagados, más grises, más breves. Pero en Europa el Adviento tiende a vivirse con mayor recogimiento. Un poquito de cerrar la boca y un poquito de abrir el oído para escuchar. Escuchar la Palabra. La mejor escuela de escucha de la Palabra me parece a mí que son las lecturas que la sabiduría de la Iglesia nos propone para las misas de estos días como ya dijimos. Escuchar la Palabra, la última palabra de las tres que dijimos del Adviento es la disponibilidad. Mira lo que nos dice la primera lectura de hoy del capítulo 63 de Isaías. -Tú, Señor, eres nuestro Padre. Nosotros somos la arcilla y tú nuestro alfarero. Somos la obra de tus manos-. Somos la obra de tus manos. O sea que el Adviento pide de nosotros disponibilidad. ¿Qué significa disponibilidad? Abrirle ampliamente la puerta a Cristo para que Él cambie lo que tenga que cambiar en mi vida, en mi pareja, en mi familia, en mi comunidad. ¿Qué significa disponibilidad? Significa recordar la majestad, la soberanía y al mismo tiempo la ternura y bondad de Dios con la que Él quiere obrar en mi vida. Con un lenguaje tal vez más simple. Déjale obrar a Dios. Deja que Él haga Su obra en ti. Esto da miedo. Esto da miedo. De esto hablaba el Papa Benedicto en aquella Jornada de la Juventud en Colonia. A veces podemos tener miedo. A veces podemos tener miedo de qué es lo que Cristo va a quitar de mi vida. Se cuenta del gran San Agustín que cuando estaba iniciando su proceso de conversión, él, que era una persona que estaba como muy pegada a los pecados de la carne, le dijo a Dios: -Señor, dame la castidad. Él veía que necesitaba la castidad. Dame la castidad, pero no tan pronto-. O sea, uno tiene miedo, uno tiene miedo de que Dios le quite. Le quite ¿Qué? Las ventajas del pecado. Porque el pecado nunca hubiera tenido poder en nuestras vidas si no hubiera traído alguna ventaja. Entonces, muchas veces nosotros tenemos miedo. Muchos años después, ya siendo obispo, San Agustín predicaba como casi retando a sus feligreses allá en Hipona. Retaba a los feligreses y les decía ¿Pero qué clase de cristianos somos nosotros que le tenemos miedo a que venga el Señor? Por eso el Evangelio de hoy va en ese sentido. Dice Él, no saben cuándo llegará el momento. Estén prevenidos, no sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos. Entonces hay un cierto temor. Por eso te digo que el Adviento tiene unas combinaciones así como raras, ¿No? Porque tiene recogimiento, pero también tiene gozo, tiene temor de Dios. Santo, temor de Dios. Porque ¿Quién de nosotros dirá que ya está listo, completamente listo para partir e irse con Él? Como más o menos lo decía el apóstol San Pablo en la segunda carta a Timoteo. Tiene temor de Dios, pero también tiene confianza en nosotros. En todo caso, hermanos, tiene que ganar la disponibilidad, tiene que ganar la disponibilidad. Voy a dejarle a Dios que obre. ¿Y qué es lo que Dios quiere obrar en mi vida? Se llama santidad. El día del bautismo de nuestro Señor se oyó una voz del cielo que decía: -Este es mi Hijo amado-. El día de la transfiguración se oyó una voz en medio de la nube que dijo -Este es mi Hijo amado, en quien me complazco-. "Este es mi Hijo amado". Eso resonó en el bautismo y en la transfiguración, cuando tú recibiste el bautismo. Esa voz se oyó también en el cielo. Cuando tú recibiste el bautismo, tú fuiste configurado, configurada con Cristo. Cuando tú recibiste el bautismo con una ternura imposible de expresar en palabras, Dios Padre te miró y dijo -Este es mi Hijo-. Porque los lentes a través de los cuales Dios Padre nos mira, son los ojos de nuestro Señor Jesucristo. Y por eso, cuando Dios te bautizó, porque también enseña San Agustín, hoy estoy como que más agustino que dominicano, Dios mío. Cuando Cristo nos bautizó. Porque dice San Agustín cuando alguien bautiza es Cristo quien bautiza. Cuando Cristo te bautizó, cuando Dios te bautizó. Dios estaba viendo en ti un santo, un santo que Él quiere que viva para siempre junto a Él, un santo que Él quiere que esté unido a Él. Ese santo, esa santa es lo que Dios quería. El día de tu bautismo y la disponibilidad de la que nos habla el Adviento es decirle a Dios: -Yo quiero recuperar, yo quiero recuperar eso que he perdido por el camino-. Yo te mencioné el bautismo de Cristo y la transfiguración de Cristo, y notaste que Dios Padre dijo las mismas palabras en el bautismo y en la transfiguración. Es decir, que el día de su transfiguración, Cristo nuestro Señor, seguía siendo ese Hijo amado. Podríamos decir que el día de la transfiguración, la luz que brilló en el Señor era todavía el agua del Jordán. El bautismo nunca envejeció en Cristo. El bautismo nunca se apagó en Cristo. El bautismo y la voz del Padre nunca se apagaron en Cristo. Pero en nosotros, particularmente en mí, el bautismo sí se apagó. El bautismo se apagó cuando yo pequé, cuando me aparté de él, cuando fui indiferente, cuando le di la espalda, cuando no amé, cuando no serví a mi hermano, mi bautismo se apagó, mi bautismo se opacó. Basura, cayó sobre la gracia de mi bautismo. Entonces la disponibilidad es volver a esa mirada de Dios Padre el día de mi bautismo. La disponibilidad es volver a ese momento y decirle al Señor -Tú viste en mí un santo, tú viste en mí una santa Señor, ese Santo que yo no he dejado nacer, esa santa que no ha podido crecer. Eso es lo que yo quiero que suceda en mí. Y esa es la obra que solo tú puedes hacer, porque solo Tú, Padre Celestial, por el poder de tu Espíritu, puedes esculpir, puedes modelar santos. Por eso yo, Señor, al iniciar este Adviento, me pongo en tus manos. Al iniciar este Adviento, me arrojo en tus brazos. Padre Celestial, Al iniciar este Adviento te digo lo que dijo la primera lectura y sin temor afirmo Yo soy la arcilla, tú eres mi alfarero. Repita eso, por favor: "Yo soy la arcilla y tú eres mi alfarero". Piensa en Jesús. Piensa en Jesús, que muchas veces con sus manos, como repitiendo el gesto del Padre celestial. En Génesis capítulo uno, reformó la arcilla que estaba enferma, que estaba dañada o que estaba poseída por las tinieblas. Piensa lo que el toque de Jesús puede hacer en tu vida. Piensa lo que el toque de Jesús puede hacer en tu vida y piensa que ese toque bendito de Jesús por su cuerpo y su sangre, por la unción de su Espíritu, por la gracia de su Palabra, lo que quiere realizar en ti, realizar en ti lo que Dios pensó desde el principio. Por eso, hermanos, terminamos en espíritu de oración esta homilía pidiéndole al Padre Celestial que ya que Él nos quiere para Él, ya que Él quiere que vivamos santos en su presencia por el amor, nos dé las gracias que necesitamos para ser disponibles. Y yo me acuerdo. Y yo me acuerdo de la oración de un judío en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Este hombre que estaba sufriendo mucho cuando arreciaba, empezaba a arreciar la persecución, hizo la siguiente oración: -Yo sé que Tú, Señor. Yo sé que Tú, Señor, nos nos vas a ayudar. Yo sé que Tú, Señor, nos vas a ayudar-. Y nosotros podríamos decir Yo sé que Tú, Señor, me vas a transformar. Decía este judío: -Yo sé que Tú, Señor, nos vas a ayudar. Pero mientras llega tu ayuda, ayúdanos. Amén-. Mientras llega tu ayuda, ayúdanos. Y eso hay que pedirle al Señor. Yo sé que Tú quieres hacer de mí un santo. Una santa. No veo cómo, tropiezo, me caigo, me desanimo, me distraigo. Subo, después bajo. Yo sé que tu auxilio va a llegar, pero mientras viene tu auxilio. Auxíliame, Señor. Que la gloria sea para ti, Jesús. Te aguardamos con amor. Aguardamos tu venida. Aguardamos tu poder. Aguardamos tu gracia. Amén.

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