|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Antiguo Testamento termina en un anhelo inmenso que se vuelve súplica; por eso hay que vigilar, porque el corazón purificado por ese anhelo encontrará al final saciedad.
Homilía ba01004a, predicada en 20111127, con 4 min. y 34 seg. 
Transcripción:
Creo que son dos las palabras que especialmente se destacan en este primer domingo de Adviento. Por cierto, bienvenidos a un nuevo año litúrgico. Este año nos va a acompañar especialmente el evangelista San Marcos en los domingos. Y este es el primer domingo de Adviento, porque así empieza el año litúrgico, con el Adviento, palabra que nos habla de una llegada, como cuando se dice el advenimiento, el venir. De eso es de lo que se trata la venida de Cristo. Y el Adviento nos invita, en primer lugar, a esperar la venida definitiva de Cristo, y en segundo lugar, a celebrar, que con tanta humildad hace veinte siglos vino a nuestra tierra. Son dos las palabras: dije al principio que nos acompañan en este primer domingo de Adviento. La primera la podemos asociar con la primera lectura de hoy, tomada de los capítulos 63 y 64 del profeta Isaías. Esa palabra es anhelo: Un anhelo es un deseo, pero un deseo profundo, un deseo madurado, un deseo que ha llegado a formar parte de nuestro ser, no se trata de algo accidental o temporal, uno no dice: -tengo anhelo de almorzar-, uno no dice: -tengo anhelo de echar una siesta-, nuestros anhelos son deseos muy profundos, deseos que han sido madurados en el tiempo, quizás también en los desengaños, quizás en las señales de esperanza que Dios nos regala. Y esa palabra anhelo sirve también para sintetizar lo que nosotros llamamos el Antiguo Testamento, porque todo el camino del Antiguo Testamento termina precisamente en ese anhelo, anhelo que luego se vuelve súplica en los labios del profeta Isaías: -Ojalá rasgaras el cielo y bajaras-. Es decir, se trata del anhelo de Dios y llegar a sentir esa clase de hambre; llegar a sentir esa clase de anhelo, es en sí mismo un regalo. Hasta cierto punto es ese, el propósito, ese es el objetivo de todo lo que ofrecía el Antiguo Testamento. La ley de Moisés, por ejemplo, con toda su sapiencia y con toda su prudencia, en realidad, lo que vino a mostrar es que el ser humano, aunque puede saborear el bien, en su pensamiento, luego está muy lejos de practicarlo y está muy lejos de acogerlo con todas sus consecuencias en el corazón. Y por eso el anhelo. Pero la otra palabra es vigilancia. Jesús nos invita a estar vigilantes; en esa parábola del capítulo 13 de San Marcos, Cristo nos dice que estemos vigilantes porque el dueño de casa vuelve. Y es curiosa esa parábola, porque la llegada, el retorno del dueño de casa, puede ser buena noticia o puede ser mala noticia. Seguramente para el que se ha portado mal, para el que no tiene unas cuentas claras que entregar, pues el retorno del dueño de casa es una mala noticia. Pero para el que no tiene que temer, para el que tiene su conciencia limpia, es una buena noticia. Y vigilar es vigilar en ambos sentidos, vigilar: ¿Cómo está nuestra vida?, vigilar ¿Qué estamos haciendo? y vigilar en el sentido de estar despiertos, porque el Señor vuelve. Bienvenidos. Primer domingo de Adviento.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|