Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Dios Padre nos ha dado a su Hijo y al Espíritu Santo, y una vida cristiana plena está siempre inserta en el misterio de la Trinidad.

Homilía atri010a, predicada en 20200607, con 28 min. y 9 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

Mis queridos hermanos, ¿Por qué con tanta frecuencia el sacerdote saluda de esta manera, como yo acabo de hacerlo? "Queridos hermanos", ¿Por qué saludo yo así? ¿Por qué aparece tantas veces esa expresión, sobre todo en el Nuevo Testamento? ¿Por qué nos llamamos hermanos? ¿Y por qué somos motivo de afecto? ¿Por qué somos tan queridos unos para otros, en cuánto a cristianos? Somos hermanos porque tenemos un mismo Padre. Por eso somos hermanos. La fraternidad no puede desligarse del hecho de que somos hijos. En la Revolución Francesa, tres lemas tuvieron mucho éxito y se recuerdan hasta hoy: Igualdad, libertad, fraternidad. La gran ironía es que esos tres lemas vienen de la predicación cristiana. Pero para aquellos revolucionarios de finales del siglo XVIII, esa fraternidad es una fraternidad sin padre. Y esa igualdad es una igualdad sin un creador. Y esa libertad es una libertad sin redención.

Podemos decir que en ese momento de la historia, la Revolución Francesa quiso tomar el capital, por así decirlo, el tesoro de la predicación cristiana y presentarlo como una gran referencia, como un gran punto de unión, pero sin Dios. Los bienes de Dios, los bienes de la predicación cristiana, pero sin Dios, sin Cristo y sin la Iglesia. Pero ese no es el centro de nuestra predicación hoy, porque al contrario de aquellos revolucionarios, nosotros nos llamamos hermanos porque tenemos un mismo Padre. Y si ahora nos preguntamos: ¿En dónde hemos aprendido que tenemos un mismo Padre? Y si nos preguntamos: ¿Cómo es que nosotros somos hijos de ese padre?, inmediatamente tenemos que abrir las páginas de la Escritura y nos damos cuenta que fue gracias a uno llamado Jesucristo, fue gracias a Cristo como nosotros llegamos a ser hijos de Dios y por consiguiente a llamarnos y a ser verdaderamente hermanos unos de otros.

Fue gracias a Cristo. Es por Cristo por quien nosotros somos hijos de Dios. Y por eso, porque tú eres Hija, porque tú eres Hijo, porque tú eres Hijo de Dios. Por eso nosotros nos llamamos hermanos, por eso somos hermanos. Ahora bien, ¿Y cómo hizo Cristo para que nosotros llegáramos a ser hijos de Dios? Porque más bien parecíamos discípulos de Judas, del cual dijo Cristo: ". . . es el hijo de la perdición". Nosotros éramos hijos de ira dice también San Pablo, Nosotros éramos hijos de perdición, como dijo Cristo. ¿Cómo fue que llegamos a ser hijos de Dios? Pues el motivo es este, que cuando nosotros estamos unidos a Cristo, en Él; unidos a Él, llegamos a ser hijos de Dios. Por eso se dice hoy bellamente: -Nosotros somos hijos en el Hijo-. Es decir, unidos al amor de Cristo, unidos al Corazón de Cristo, unidos a la oración de Cristo, llegamos a ser hijos. Es lo que se recuerda en cada Eucaristía cuando el sacerdote levanta ese cáliz y dice: "Por Cristo con Él, y en Él". Ésa es la redención.

Es decir, nosotros llegamos a ser hijos porque nos injertamos, porque estamos insertados unidos a Jesucristo y Él es el verdadero Hijo. Es decir, que la revelación de Cristo como Hijo es la que hace que nosotros, uniéndonos al Hijo, lleguemos a ser hijos. Es decir, somos hijos porque Él primero es Hijo. El nombre que Él tiene es el Hijo Unigénito, porque es Hijo desde toda la eternidad. Es Él. Él es el único engendrado. Y sin embargo, como dice Pablo en la carta a los Romanos: "Él ha querido ser primogénito, pero Él es primogénito, sin dejar de ser unigénito, porque Él es primogénito de todos nosotros, que somos sus hermanos, y que así llegamos a ser hermanos unos de otros".

Él es el primogénito, pero ya sabemos que nosotros llegamos a ser hijos solamente insertados en Él, injertados en Él. En esa unión con Él. De modo que Cristo se puede decir que era el Unigénito, y sigue siendo el Unigénito. Y podemos decir que, en cierto sentido, Dios Padre solo tiene un Hijo, y en ese Hijo nos tiene a todos. Porque nosotros, unidos por el amor de redención a Cristo, entramos en el misterio de aquello que Cristo es. Es decir, gracias a lo que Cristo hizo, llegamos a insertarnos injertarnos en lo que Cristo es, y gracias a lo que Cristo hizo, nosotros llegamos a ser, a conocer el ser de Cristo y a unirnos al ser de Cristo. Así lo quiso el mismo Cristo, así lo quiso.

Porque cuando los apóstoles le dijeron: -Enséñanos a orar- ¿Qué dijo Él? Que utilizáramos la misma palabra que Él utilizaba en su oración. Por eso, como lo hemos ponderado muchas veces, debemos ver al Padre Nuestro como la oración en la cual Jesús nos abrió su corazón, porque estamos entrando en el secreto de Cristo. Mis hermanos amados, no hay nada más íntimo en el corazón de Cristo que su amor perfecto, sublime, irrompible, inquebrantable, glorioso. El amor que Él le tiene a Papá Dios.

Y Ése que es su secreto. Eso fue lo que Él nos dio cuando nos dio la oración del Padre Nuestro. Por eso hoy vamos a cantar de modo solemne esa oración, porque es importante que sintamos lo que significa poder llamar a Dios Padre. No nos atreveríamos jamás a utilizar esa expresión si Cristo no nos hubiera autorizado, diciéndonos: "Cuando oréis, decid Padre nuestro que estás en el cielo", o -Padre nuestro del cielo, o Padre nuestro en los cielos-. Todas esas expresiones son equivalentes al término griego: -Pater hemón ho en tois uranóis-. Entonces, amados hermanos. Cristo es el que nos ha revelado, por una parte, nuestro ser más profundo, nuestra vocación más profunda como hijos de Dios.

Pero al revelarnos nuestro ser de redimidos, nos mostró su ser de Hijo eterno, y por eso en lo que Él hizo, llegamos a conocer lo que Él es y en lo que Él hizo, hermanos míos nos injertó, nos introdujo en el misterio de su Ser eterno. Y fue así como llegamos a saber que Él es Hijo de Dios y que Él es Hijo de Dios desde siempre, y que Él es Hijo de Dios en todo semejante a la gloria del Padre. De modo que todo lo que tiene el Padre lo tiene el Hijo. Todo lo que tiene el Hijo lo tiene el Padre, menos el ser Padre que da origen y el ser hijo que es originado. Por eso nos llamamos hermanos. ¿Y por qué decimos, queridos hermanos? ¿Es una expresión de cortesía? Más o menos como cuando un locutor dice en la radio: -Queridos amigos, los estamos saludando aquí desde. . . - Es un saludo de cortesía. Es una manera de ser amables o ¿Hay una realidad más profunda? ¿Por qué tú puedes ser querido por mí? Si no te conozco, si no sé otra cosa, sino que tú eres cristiano, ¿Por qué tú puedes ser querido por mí?

La respuesta es porque tú has recibido el mismo amor que yo he recibido. Y ese amor se describe en el capítulo quinto de la Carta a los Romanos: "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado". Dios te amó. Dios te dio su Espíritu. Dios derramó sobre ti su amor. Dios derramó sobre mí su amor. El amor que está en ti, el amor que está en mí. Ese amor que nos comunica. Que hermosamente se llama: -Comunión de los santos-. Ése amor que nos une. Ese amor que nos conecta. Ese es el que le da sentido y le da autenticidad a la expresión: "Queridos hermanos". Es decir, si tú resultas, querido, amado, en el nombre de Cristo por mí. No es porque me caigas bien. Perdona que te lo diga, no es porque me resultes muy simpático o muy agradable, o porque estamos haciendo un trabajo y necesitamos apoyarnos. No.

La razón de nuestro amor, la razón del amor fraterno, la razón por la que hay un fondo de autenticidad en la expresión: -Queridos hermanos-, es ese amor que ha llegado a ti y que ha llegado a mí. Por eso. Por eso ese amor se hace presente en nuestras vidas. Por eso ese amor es el que está en nuestras expresiones de fraternidad. Ese amor y ese amor. Quien nos lo dio, nos lo dio el Espíritu Santo. Entonces te das cuenta cómo gracias a Cristo somos hermanos y gracias al Espíritu somos hermanos queridos. Por eso somos queridos hermanos, porque hemos recibido ese mismo Espíritu y porque hemos sido destinatarios de esa misma obra de redención.

Entonces, a través de Cristo y del Espíritu, nosotros hemos llegado a conocer el misterio de Dios. Eso, amados hermanos, eso es exactamente lo que dice la oración del día de hoy, la oración colecta de la Santa Misa de hoy. Mira lo que dice: -Dios Padre Todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la verdad, ése es Cristo, y el Espíritu de la santificación, ese es el Espíritu Santo-. Entonces Dios Padre nos ha enviado a su Hijo y nos ha enviado al Espíritu. Y enviándonos a su Hijo y al Espíritu que ha pasado, para revelar a los hombres tu admirable misterio. Es lo que estamos tratando de decir en esta homilía.

Es decir, que a través de darnos a su Hijo y de darnos a su Espíritu, nosotros hemos llegado a saber que hay un solo Dios, pero que ese Dios que es único, es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Terminemos esta sencilla reflexión dando alguna indicación sobre cómo el cristiano tiene que tener una relación personal, porque son divinas personas el Padre, el Hijo y el Espíritu. Y es necesario que el cristiano tenga una relación personal con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu. Es lo propio de nuestra fe cristiana. ¿Cómo puedo tener yo una relación personal con Cristo? Ciertamente, como en Cristo, se nos ha revelado el misterio del Padre, de algún modo Cristo es el más cercano a nosotros.

La relación personal con Cristo se concreta en el momento en el que tú le dices a Jesucristo: -Tú eres mi Señor, te acepto, te recibo como Señor y Salvador de mi vida, te acepto, te recibo como mi buen pastor, no eres el buen pastor solamente que lo eres, si no eres mi buen Pastor. Tú eres mi Redentor, Tú eres mi Salvador y sobre todo aquella expresión, -Tú eres mi Señor-. En el reconocimiento de que Él es mi Señor. Ahí adquiere una relación personal con Cristo. Esa relación luego se profundiza a través de la oración, por supuesto, invocando a Cristo. Señor Jesús, guía mis pasos. Señor Jesús, perdona mis pecados. Señor Jesús, guíame en este trance. Cuando tú tomas así en serio a Cristo. Cuando tú traes a Cristo, que ya de hecho está presente a tu vida. Ahí tienes una relación personal con Él, y eso incluye todas las áreas de tu vida.

Estás en una conversación. Piensa Ahí está Cristo también. No como un oyente chismoso, sino más bien como un protector de tu libertad y como un protector de tu corazón. Porque tu corazón hay que protegerlo, porque tu mente hay que protegerla, porque tu vida y tu eternidad hay que protegerlas. Por eso ahí está Cristo. Cristo no está como un entrometido, decía este ateo y enemigo de Cristo. Jean Paul Sartre, el filósofo existencialista, decía: -El infierno son los otros-. Y Sartre no veía en la mirada otra cosa sino vigilancia, fiscalización, entrometimiento, estorbo. Por supuesto, huyendo de todas las miradas, de la primera mirada de la que quería huir Sartre, era de la mirada de Dios, al que negó de todas las maneras posibles.

Pero ahora preguntémonos algo: Qué tal que yo esté enfermo; ¿Huiré de la mirada del médico? Qué tal que yo quiera aprender un idioma; ¿Huiré del buen maestro, del buen instructor que me lo puede enseñar? Qué tal que yo esté extraviado, que yo esté extraviado en una ciudad que no conozco; ¿Huiré de quien me puede dar una orientación? ¿No es verdad que los ojos de ese médico o de ese maestro o de ese orientador, son exactamente lo que yo necesito? Por eso, queridos hermanos, nosotros tenemos una relación personal con Cristo. Cuando lo tomamos realmente presente en todo lo que hacemos, y eso significa, por ejemplo, las lecturas que hacemos. Eso significa los lugares de Internet que visitamos. Eso significa lo que publicamos en nuestras redes sociales.

Si tú tienes que taparle los ojos a Cristo para que no vea lo que acabas de publicar, la foto o el chiste, o lo que acabas de publicar en una red social tuya, entonces dime ¿Cuál es la relación personal que tienes con Cristo? O Cristo ¿Es nada más para meterlo en una caja y sacarlo de ahí a que te arregle un problema y después volverlo a recluir? La relación personal con Cristo está entonces ¿En qué? Oración, reconocerlo como Señor, y saberlo siempre presente. Ésas tres cosas son las que indican una relación personal con Cristo. Segundo, ya sabemos que Cristo nos revela al Padre Celestial. ¿Cómo puedo tener yo una relación personal con Dios, que es mi Padre? ¿Qué es lo propio de una relación personal con Dios Padre? Gracias a Dios tenemos santos que nos orientan, especialmente hay dos amigos, Francisco de Asís y Clara de Asís, que entre todos los santos brillaron por una relación intensísima.

Yo sé que todos los santos tienen una relación muy profunda con Dios, pero es que lo de Francisco de Asís era impresionante. Él realmente sentía su filiación, su calidad de hijo. La sentía, la sentía, la vivía. Y clara, amiga y discípula de Francisco, indudablemente descolló entre muchas mujeres por ésa manera de amar. O sea que si tenemos ejemplo, ¿Cómo podemos nosotros acercarnos a esa relación verdaderamente cercana, próxima? Bueno, lo primero es que si somos hijos, entonces no somos mercenarios, no somos empleados, no somos simples siervos. El mercenario o el empleado trabajan por la paga, Por la paga únicamente por eso, por lo que esperan recibir ellos. En cambio, el que es verdaderamente hijo no trabaja por la paga. ¿Cuál es la única recompensa que quiere el que es verdaderamente hijo? La única recompensa que quiere es la alegría y la satisfacción de su padre.

Porque si tú haces algo por tu papá, pero lo haces solamente porque te va a dar dinero o porque te va a dar un permiso, porque te va a dar alguna otra cosa, más que hijo, pareces un empleado, un empleado de ese papá. Eso no es ser hijo. Entonces, para aprender a ser hijos lo primero que hemos de pensar es que nuestra vida sea agradable a Dios. Con motivo de muchas oraciones que se han hecho este año. Un movimiento muy bonito que se llama Mater Fátima ha promovido varios santos rosarios en distintas fechas y a veces utilizan una expresión que de lo mismo tierna, casi que es muy dulce para mí. Casi digo excesivamente dulce, dicen ellos: -Haz sonreír a la Virgen-. Pero ¿Sabes una cosa? Eso está bien. Es decir, alegrar a mamá Está bien. Algo parecido de lo que estamos diciendo aquí.

Alegra a papá. Alegra a tu Papá Dios, alegralo, dale alegría. Y eso significa, en primer lugar tu vida y en segundo lugar, tu alabanza. Sigamos el ejemplo de Jesús que Hijo Como Él, no hay otro. Esa alabanza a la que se entrega Cristo, termina el milagro, se va la gente y Jesús se va a solas a la montaña, seguramente a interceder por los mismos a los que acaba de socorrer. Pero también se va a la montaña a orar y nos dice San Lucas en alguna ocasión: "Y pasó la noche en la oración de Dios". Si un hombre como Francisco de Asís, un hombre pecador, podía pasar la noche prácticamente repitiendo solo estas palabras -Deus meus et omnia-, mi Dios y mi todo, mi Dios, mi Dios y mi todo. Éso es crecer en el sentimiento de hijos. Entonces, ¿Qué debo hacer para tener una relación personal con Dios Padre? Mis hermanos, lo que debo hacer es. . .

Primero pensar en la alegría de mi Papá, porque yo no voy a trabajar solo para que me pague. Quiero que mi vida le alegre. Quiero en lo que hago, en lo que digo. Quiero alegrar a mi Padre. Segundo, la alabanza, el amor de adoración, gratitud y alabanza. ¿Cómo estás, en ese sentido? ¿Cómo está tu oración? Hablemos seriamente. ¿Cómo está tu oración? Tú, a solas, como dice Cristo, a solas en tu habitación. ¿Tú alabas a Dios? ¿Cómo es tu oración? O tu oración ¿Es pura oración de mercenario? Es pura oración de dame, dame, dame, ¿Cómo es tu oración? Claro, yo digo esto hacia afuera, pero me lo pregunto aquí también ¿Cómo está mi oración? Oración de gratitud. Oración de alabanza. Oración de adoración.

Bueno, ¿Y cómo puedo cultivar una relación personal con el Espíritu Santo? Tres puntos, de Dios Padre dijimos dos. Buscar la alegría de Papá Dios. Algo que le alegre cada día y oración de gratitud, alabanza y adoración. Ahora vamos con el Espíritu Santo. ¿Cómo puedo establecer una relación personal con el Espíritu Santo? Bueno, lo primero es invocarlo. La semana pasada, el domingo pasado, estábamos celebrando Pentecostés. Vuelve sobre esos himnos. Vuelve sobre esas oraciones, Tenlas cerca. Yo conozco personas que se han aprendido varios de esos himnos y los dicen con frecuencia. Bien, bien. Eso es. -Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre don en tus dones. Espléndido. Luz que penetra las almas. Fuente del mayor consuelo-. ¡¡Qué hermosura!! Esas oraciones tienen que estar cerca de ti.

Invoca con frecuencia al Espíritu Santo. Número uno. Número dos. Nos dice San Pablo al final del capítulo 12 de la Primera Carta a los Corintios ¡¡Pidan!! Nos dice el apóstol Santiago en su carta ¡Pidan sabiduría! Concretamente. Pablo lo deja un poco más abierto Aspiren a los dones superiores. Y pone como camino más sublime del amor Pide los dones, pide los carismas para que lleguen los frutos del Espíritu. Pide los dones del Espíritu. Pídelos. Si ves que tu vida es una vida fría, como me ha pasado a mí tantas veces, pídele al Señor Señor, dame el don de piedad, que es precisamente el que lo hace sentir a uno Hijo. Espíritu Santo, dame el don de piedad. Dámelo.

Si te das cuenta que tu vida se está volviendo cínica y que estás en el campo casi de la indiferencia frente a los mandamientos de Dios, pide el don de temor de Dios, y así con los otros, pide los dones. Eso es lo segundo. Entonces, primero con el Espíritu, invocarlo con frecuencia. Segundo, pedir sus dones específicamente. Y tercero, que nos lo han enseñado varias veces nuestros papás, nuestras mamás. Mi mamá era muy constante en eso. En cualquier trance pide. En ese instante pide al Espíritu Santo. Así sea solamente decir esa expresión: -Espíritu Santo-. Si te entra una duda, ¿Esto debo decirlo o no decirlo? Esto debo publicarlo o no publicarlo? Si te entra una duda, esta amistad ¿Me conviene o no me conviene? Será que me meto en este negocio ¿Sí o no?

Además de todo el discernimiento que quieras hacer, pide el auxilio del Espíritu. Mira, empezarás a experimentar una protección del Espíritu. Empezarás a experimentar una amistad con el Espíritu Santo. Resumen entonces: A través del don de Cristo y a través del don del Espíritu, que los Padres de la Iglesia llamaban como los dos brazos de Papá Dios, Papá, Dios nos ha abrazado. Papá, Dios nos ha unido a Él y por eso hemos llegado a conocer el misterio del ser mismo de Dios. Esa fue la primera parte de la predicación. Segunda parte: Establecer una relación personal con el Hijo, con Cristo, con el Padre y con el Espíritu Santo.

Ahora, mis hermanos, renovemos nuestra fe.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM