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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Aunque el misterio de Dios nos rebasa completamente tampoco puede ser completo nuestro silencio sobre su misterio porque ello daría ocasiona que se propagaron enseñanzas falsas sobre quién es Dios.
Homilía atri008a, predicada en 20170611, con 21 min. y 47 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos. Una semana después de Pentecostés, nuestra Iglesia celebra el misterio mismo de Dios. Esta es la Solemnidad de la Santísima Trinidad. El misterio más alto, el más profundo, el más bello, el misterio eterno de Dios. Necesariamente nos reconocemos pequeños y reconocemos nuestras palabras insuficientes para hablar de quién es Dios. Un hombre tan sabio y tan santo como Santo Tomás de Aquino decía: "De Dios es mucho más lo que no conocemos que lo que conocemos". Y puede haber la tentación de simplemente callar. Puede haber la tentación de no decir nada, pero la Iglesia no quiere que callemos. Las palabras que nos enseña la Iglesia sobre el misterio eterno de Dios. No intentan atrapar, ni siquiera delimitar. No intentan comprender el misterio divino, sino algo así como poner límites a las especulaciones y a las ideas humanas. De modo que las afirmaciones que la Iglesia hace sobre la Trinidad vienen a ser como los límites que uno ve en una carretera. En una buena carretera hay unas líneas a cada lado y a veces hay líneas también en el centro para decirle a uno por dónde debe ir. Si usted se pasa de esa línea, usted se está saliendo de la carretera. Seguramente puede acabar en un accidente, No se salga por ahí. Entonces, las afirmaciones teológicas profundas, precisas que dice la Iglesia sobre la Trinidad tienen esa función. No se salga por ahí. ¿De dónde vienen esas líneas? ¿Cómo ha aprendido la Iglesia poner esos límites y decir ¡Cuidado con esto! ¿Dónde ha aprendido? Lo ha aprendido en el camino de su propia historia. Voy a dar un par de ejemplos para que se vea cómo ha sido la historia la que le ha servido a la Iglesia para poner esos límites. Existió en el siglo tercero de nuestra era, o sea, hace como 1.700, 1.800 años existió un sacerdote de la ciudad de Alejandría, en el norte de Egipto. Este era un sacerdote muy fervoroso, buen predicador, que además tenía un buen número de seguidores y de seguidoras. Entre las seguidoras, había unas mujeres consagradas, algo parecido a las religiosas que hoy conocemos. Y este sacerdote, que era muy buen predicador. Él hablaba con mucho amor y con mucha devoción de cómo hay que darle la honra y la gloria a Dios y cómo Dios es nuestro Padre y cómo Dios es el Padre de Cristo. Hablaba muy bien. Pero él estaba tan entusiasmado con eso de darle la gloria a Dios y que solo Dios merece la gloria, que entonces Él empezó a enseñar esto que una cosa es la honra y la gloria que merece Dios Padre y otra cosa es la honra y la gloria que merece el Hijo. Y dijo que no se podía comparar al Hijo con el Padre, y dijo que una cosa es adorar al Padre y otra cosa es reconocer al Hijo. Y empezó a enfatizar la diferencia entre el Padre y el Hijo. Ese sacerdote se llamaba Arrio. Arrio y todas esas amigas consagradas que él tenía que ese es el peligro de las monjas. Empezaron a entusiasmarse con las enseñanzas de Arrio. Y ellas tenían muchos cantos. Eran catequistas, muchas de ellas, y tenían cantos. Y a través de sus cantos y esto iban difundiendo las ideas de Arrio, las ideas de que el Hijo no es igual al Padre. El Padre es mucho mayor que el Hijo, y el Hijo dijo Arrio El Hijo es grande, el Hijo es excelso, el Hijo es bellísimo, el Hijo está por encima de las demás criaturas. Uy! Esa frase. El Hijo está por encima de las demás criaturas. O sea que según Arrio, el hijo era una criatura. Y entonces Arrio ya se fue radicalizando más. Y dijo que hubo un tiempo en el que estaba Dios Padre solo, y que en un cierto momento Dios Padre decidió crear al Hijo, y luego, a través del Hijo, que es su Palabra, creó todo el mundo. Ya Arrio empezó a enseñar eso que al principio estaba Dios Padre solo y que luego con el tiempo creó al Hijo y que luego a través del Hijo creó lo demás. Y por eso el Hijo era tan grande, tan importante, tan bello, tan puro. Entonces la gente que escuchaba a Arrio veía que el hombre era bien elocuente. Pero así no es. Eso no puede ser. Es decir, por ejemplo, cuando uno abre la Biblia en el Evangelio de San Juan, dice En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios. Entonces, Señor Arrio, ¿Qué hacemos con lo que usted enseña? Y entonces Arrio tomaba otro pasaje de la Biblia. Por ejemplo, allí donde Cristo dice sobre el día final, Cristo dice el día y la hora nadie lo sabe, ni el Hijo, sino solamente el Padre. Y entonces Arrio decía: -¿Se da cuenta? El Padre es más grande que el Hijo. Pero luego otro le decía un momentico, porque en el mismo San Juan dice El Padre y yo somos uno. Entonces sí son iguales. Y entonces Arrio decía No, porque en el mismo Evangelio de Juan dice que el Padre es mayor que todos. Y empezó una discusión, una discusión muy complicada, una discusión muy dolorosa, porque resulta que los textos de la Biblia a veces parece que dicen una cosa, a veces parece que dicen otra cosa. Entonces esa discusión se fue poniendo cada vez más tensa y decidió el que era emperador en esa época. Esa no fue una decisión del Papa ni de un obispo, sino fue decisión de un emperador. El emperador se llamaba Constantino y Constantino dijo Nosotros no podemos seguir en esta pelotera. No fue exactamente la palabra que usó, pero parecida. No podemos seguir con esta cantidad de discusiones. Hágame un favor. Llámeme a todos los obispos del mundo, de todo el mundo habitado. Donde haya gente y haya obispos, llámelos. Mundo habitado. Se dice en griego "Oikumene" y entonces llamar a los obispos. Se llama "Concilio". Concilio quiere decir reunión y eso significa: -Concilio Oicuménico- Concilio ecuménico. "Llámeme a todos los obispos". Y entonces, en el año 325, se reunieron todos los obispos en una ciudad que queda en la actual Turquía. Esa ciudad se llama Nicea. Se reunieron todos los obispos ahí, o por lo menos los que alcanzaron a llegar y se pusieron a hablar sobre este tema a ver qué hacemos. Porque Arrio dice que al hijo no se le puede dar la misma gloria que al Padre. Y Arrio dice que el Hijo es una criatura. ¿Verdadero o falso? Arrio estaba presente ahí y Arrio se puso a dar sus enseñanzas y tal. Pero había un personaje en ese mismo concilio que no era obispo, sino asesor del obispo. Ese personaje era del mismo lugar que Arrio, es decir, de Alejandría. Y ese personaje se llamaba Atanasio. Atanasio no era sacerdote ni era obispo, era un diácono, pero realmente un hombre muy iluminado por Dios, con una inteligencia portentosa. Pero no es solamente la inteligencia, es la unción. Y entonces Atanasio empezó a argumentar en ese Concilio de Nicea, empezó a argumentar; porque el problema no es simplemente decir el Hijo es igual al Padre. El problema no es solamente decir el Hijo es una criatura, la primera de las criaturas, pero creado. ¡No! ese no es el problema. El problema es qué hacemos con los textos bíblicos que parece que contradicen una u otra expresión. Entonces Atanasio se puso en la tarea de ir explicando esos distintos textos. Según él los comprendía. Y hubo una cosa que quedó clara: -Lo único que puede tener valor para perdonar nuestros pecados tiene que ser de la escala de Dios, porque es Dios quien ha sido ofendido por el pecado-. Porque en el Antiguo Testamento tenemos una cantidad de gente santa, tenemos gente muy valiosa, tenemos verdaderos héroes de la fe, algunos de ellos murieron heroicamente manteniéndose en la fe, pero nosotros no somos perdonados en el nombre de Jeremías, ni en el nombre de Isaías, ni en el nombre de David. Somos perdonados en el nombre de Cristo. Luego debe haber en Cristo algo que no existe en ningún otro. Debe haber en Cristo algo que es absolutamente único y que es de la escala de Dios. En resumen, Atanasio dijo: -No se le puede dar al hijo menor gloria que al Padre, y el Hijo no es una criatura, no fue creado. Usted se acuerda que en el Credo que lo vamos a recitar dentro de unos minutos, decidimos las palabras de Atanasio. Por eso decimos: -Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero, de Dios verdadero. ¿Y luego qué sigue? Engendrado, no creado-. El Hijo no fue creado. El Hijo es eterno como el Padre. Repito, hay textos bíblicos que parecen ir en una dirección y hay textos bíblicos que parecen ir en otra dirección. Pero lo que logró Atanasio y lo que lograron muchos otros después de él, entre los cuales destaca Santo Tomás de Aquino, fue mostrar que si tú tomas la posición de que el hijo fue creado. Hay muchos textos que simplemente no los puedes explicar de ninguna manera. Quedan negados y eso no puede ser. En cambio, si tú afirmas que Cristo es eterno como el Padre, si tú afirmas que el Hijo es eterno como el Padre, y que por su eternidad merece la misma honra y alabanza que el Padre, entonces los textos que parecen contradecir, si se pueden explicar. Por ejemplo, Santo Tomás de Aquino nos enseña que cuando Cristo dice: "El Padre es mayor que el Hijo. . . " o frases parecidas, eso es verdad, pero eso es verdad en la condición de encarnado que Él tiene, porque Él es el Verbo encarnado. Y efectivamente, en cuanto Verbo encarnado, Él es verdadero hombre como nosotros, y ciertamente en cuanto hombre es, su naturaleza humana es inferior a la del Padre. Lo que quiero decir es que los textos difíciles se pueden explicar aunque cueste trabajo. Se pueden explicar si nosotros admitimos que el Hijo es eterno como el Padre. En cambio, si yo tomo la postura de Arrio, y si yo digo que el Hijo es una criatura y que no es igual al Padre, hay textos que francamente no se pueden explicar. Sobre todo que no son simples versículos, sino que es la manera de comportarse Jesús. Como dice el Papa Benedicto XVI en su obra -Jesús de Nazaret-. Cristo toma prerrogativas divinas. Cristo le dice a personas -Tus pecados son perdonados-. Y entonces la gente decía -Pero, ¿Quién puede perdonar pecados sino Dios? Y Cristo no se retractó de la frase que dijo. Le doy otro ejemplo, Cristo dice: "El Hijo del hombre". Expresión que le denota a Él mismo: -El Hijo del Hombre es Señor del sábado-, ¿Quién puso la institución del sábado, la ley del sábado quién la puso? Dios. Ese es el tercer mandamiento de la ley de Dios. ¿Cómo puede una persona decir que es Señor del sábado? Eso lo dice Benedicto. ¿Cómo puede alguien decir: -Yo soy Señor del sábado-, si el sábado es ¿De institución divina? Y Cristo dijo eso y no se retractó. Otra expresión todavía: Resulta que dice Nuestro Señor Jesucristo: -las obras que yo hago son las mismas que hace el padre-. ¿Cómo puede decir eso? Y no se retractó. Y luego, cuando ya lo estaban persiguiendo para matarlo, Jesucristo es acusado de lo siguiente: Él les pregunta a sus adversarios. . . "¿Por qué obra buena me van a apedrear?" Y ellos le responden: -No te apedreamos por ninguna obra buena, sino porque siendo hombre te haces igual a Dios-. En ese momento Cristo hubiera tenido que decir: -No, no, no, yo no soy Dios. Esperen, cálmense-. Pero Cristo no se retractó. Así que, repito, para que esto nos quede claro, hay que admitir que la Biblia es difícil de entender a veces. Hay que admitir que hay textos que parecen sugerir que el hijo es inferior al padre y que fue creado en el tiempo, como enseñó Arrio. Hay que admitir eso. Hay algunos textos que parecen sugerir eso. Hay otros textos que parecen sugerir lo que es la enseñanza oficial de la Iglesia, que efectivamente el Hijo es eterno como el Padre. Pero ¿Cuál es el problema? Que si yo tomo la postura de Arrio, me empiezan a salir una cantidad de textos que no hay manera de entenderlos. No hay ninguna posibilidad de entenderlos. Entonces Arrio no puede estar en lo correcto. Entonces tomamos la otra postura, que es la que ha tomado la Iglesia Católica desde el Concilio de Nicea en el año 325, y nos damos cuenta que efectivamente, desde esos textos sí es posible entender el resto de la palabra. Nosotros empezamos esta reflexión diciendo que el dogma de la Trinidad es como líneas pintadas que le dicen a usted, no se salga. Arrio fue de los que se salió. Y después de Arrio hubo muchos arrianos y sigue habiendo algunos arrianos y semiarrianos en nuestro tiempo, conscientes o inconscientes. ¿Y entonces qué sucede? Que esas líneas ¿De donde salieron? De estas controversias que estoy diciendo, de este tipo de problemas que estoy diciendo, ¿Quiere decir que nosotros tenemos completa claridad de cómo es que el Padre engendró al Hijo antes de toda la eternidad? ¿Hay alguien entre nosotros que pueda explicar eso? Nadie. ¿Hay alguien entre nosotros que pueda saber cómo era Dios o cómo es Dios antes de toda creación? O ¿Por qué en su infinita libertad y amor quiso crear? ¿Hay alguien que pueda explicarlo? No. ¿Hay alguien que pueda explicar por qué Dios nos ama de una manera tan incomprensible, tan bella, tan profunda, como aparece en el Evangelio de hoy? -Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único-, ¿Hay alguien que pueda explicarlo? No. Entonces, el dogma de la Trinidad y la fiesta de la Trinidad no significa que nosotros entendemos a Dios, solamente significa que a lo largo de duras controversias hemos aprendido que hay cosas que se pueden decir de Dios y hay cosas que no se pueden decir de Dios porque no son verdad, porque ya sabemos que no son verdad. Hay muchísimas cosas que ya sabemos que no son verdad. Si una persona, por ejemplo, viene a decir que el hijo fue creado y que hubo un tiempo en que estaba el padre, no estaba el hijo. Ya sabemos, así no es. Eso no significa que entendemos a Dios. Significa, como dijo Santo Tomás, que ya nos damos cuenta que hay cosas que no se pueden decir de Dios. Por supuesto, habría que hacer todo un curso. Es un curso que se hace en las facultades de Teología y que se llama: -Misterio de Dios-. Ese curso dura todo un semestre y ese curso que se llama Misterio de Dios es estudiar esto que hemos dicho aquí. Aquí solo hemos dado como un aperitivo. Hemos dado un pequeño sorbo. El curso que se llama Misterio de Dios, lo que analiza es esto que estamos hablando hoy. Cómo a lo largo de los siglos, poco a poco la Iglesia fue descubriendo qué se puede y qué no se puede decir de Dios. Y la gran conclusión ¿Cuál es? Que, por supuesto, el misterio divino nos rebasa infinitamente. Pero, aunque Dios nos rebase de esa manera, no significa que cualquier cosa que se diga de Dios vale. Por ejemplo, si una persona dice que la creación es una emanación de la sustancia divina, no, así no es. Si una persona dice como enseña la Nueva Era, -En lo profundo de tu ser, tú y Dios son lo mismo-. No, así no es. O sea que hay muchas cosas que sabemos sobre Dios. Si usted quiere ver qué tipo de cosas sabemos sobre Dios, la única obra que le puedo recomendar que está al alcance de todos, que es gratuita en Internet, es nuestro querido Catecismo de la Iglesia Católica. Vaya usted a la exposición del Credo que se hace en el Catecismo y usted puede ver a lo largo de páginas y páginas. No son poquitas. Usted puede ver qué es lo que significa creer y qué significa creer en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. No abarcamos a Dios. No tenemos a Dios metido en la cabeza. No cabe en la cabeza de nadie, pero sí hay muchas cosas que sabemos que se pueden decir y muchas cosas que sabemos que no cabe decir sobre el misterio divino. ¿Qué queda al final? Al final, lo que queda en cada uno de nosotros es gratitud, porque el Espíritu Santo ha guiado a la Iglesia, humildad por el misterio que a todos nos rebasa y amor que quiere abrirse al misterio del amor que tanto nos ha amado. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

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