Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Breve exposición de la resonancia del misterio trinitario en el ser humano, según san Agustín: el entendimiento tiene hambre de la Verdad del Verbo; la voluntad tiene hambre del Bien del Espíritu; la memoria tiene hambre de la solidez insondable del Padre.

Homilía atri005a, predicada en 20110619, con 17 min. y 15 seg.

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Transcripción:

Las búsquedas humanas y las ofertas divinas.

Ese es el título que tal vez podría darle a esta fiesta un gran santo de nuestra Iglesia Católica. Su nombre: Agustín. San Agustín. Él murió en el año 430, lo cual significa que nos separan de él casi 1.600 años. Pero su palabra honesta, profunda y bella sigue haciendo un bien inmenso a la Iglesia. San Agustín es conocido, entre otras cosas, por sus meditaciones y escritos sobre la Santísima Trinidad. Es uno de los misterios que atrajo profundamente su pensamiento y su corazón. Una de las maneras de exponer el misterio trinitario según San Agustín, es mirar lo que nosotros mismos somos. Lo que nosotros los seres humanos somos, lo que llevamos dentro.

Porque tú recuerdas que la Biblia dice que somos imagen y semejanza de Dios. Si Dios es misterio trinitario, es posible entonces que también nosotros llevemos la huella de la Trinidad en lo que cada uno es. Y este es el desarrollo que hace San Agustín. San Agustín se da cuenta que llevamos en nuestro ser íntimo la huella de Dios. Por ejemplo, tenemos una serie de potencias o de facultades. Facultades que no tienen propiamente los animales, sino que son exclusivas de nosotros, los seres humanos. Hay que presumir que en esas facultades está la huella de Dios.

La primera de esas facultades es indudablemente el entendimiento. No es simplemente lo que hoy se llama inteligencia. Hoy los psicólogos suelen llamar inteligencia a la capacidad de resolver problemas. Entonces, si una hormiga, o mejor, si las hormigas de un hormiguero encuentran la mejor manera o el mejor camino para lograr alimento para el hormiguero, entonces dirán que las hormigas son inteligentes. Si un chimpancé apila una serie de cajas a manera de escalera y se sube por esas cajas para lograr una deliciosa banana, dirán que el chimpancé es inteligente. Pero en realidad la inteligencia es mucho más que eso. No es simplemente la solución de problemas.

Lo que es propio de la inteligencia es el preocuparse por lo que las cosas son en sí mismas, no solamente en cuanto me afectan a mí. No conocemos muchas vacas astrónomas. Tampoco hay muchos perros astrónomos, ni caballos astrónomos, ni lombrices astrónomas. Caballos, perros, gatos, amebas, peces, delfines, ballenas. Han reptado caminado, corrido, nadado, volado sobre esta tierra por siglos y siglos. Y todos esos seres, todos esos animales han tenido sobre sus cabezas las luces. Esas luces que nosotros llamamos estrellas y planetas. Pero como esas luces no tienen un impacto directo en las necesidades de ellos.

Es decir, esas luces ni se comen ni se huelen, esas luces ni se tocan, ni tienen aroma. Entonces esas luces no importan en absoluto a las lombrices. No importan en absoluto a las vacas. Quien conozca una vaca astrónoma, por favor, pase al frente. En cambio, los seres humanos, sí. Los seres humanos sí nos preocupamos por lo que las cosas son en sí mismas, incluso si no nos afectan a nosotros. Desde antiguo, los seres humanos miraron esas luces y empezaron a encontrar, por ejemplo, que había unas que permanecían como fijas, mientras que había otras que erraban, eran erráticas, como si estuvieran dando un paseo.

El que camina así erráticamente, en griego se dice planeta, y de ahí viene la palabra que nosotros usamos. Es decir, que ya la humanidad desde antiguo descubrió que había estrellas y planetas. Muchos siglos después se descubre que esas estrellas, las más visibles, conforman lo que llamamos una galaxia. Y luego resulta que hay racimos de galaxias y las galaxias están a millones de kilómetros unas de otras y se alejan o se apartan a velocidades fantásticas. ¿Para qué sirve esto? ¿Por qué nos hacemos estas preguntas? Nos hacemos estas preguntas porque no podemos dejar de hacerlas.

Porque hay en nosotros un apetito que no es apetito únicamente de leche, arroz, dulce, carne. Hay un apetito de verdad. Al chimpancé le sirve apilar las cajas para lograr su banana, pero es por la banana, pero es por el aroma, el color y el sabor de la banana. Pero el chimpancé no se preocupa por el ser de la banana. Nosotros tenemos apetito del ser. El apetito de conocer el ser se llama entendimiento. Tenemos también otra potencia según San Agustín, esa otra potencia se llama la voluntad. Alguien podría decir que voluntad también tienen los animales. Incluso uno ve que hay, por ejemplo, algunos carneros que son voluntariosos. Hay novillos que son voluntariosos. Uno se da cuenta que los perros o los gatos dirigen sus acciones de acuerdo con determinados objetivos, y uno podría decir que ellos tienen voluntad porque uno ve cómo hacen las cosas, pero, ¿Realmente es así?

Un pensador alemán dijo esta frase que me parece interesante, dijo: "El ser humano es el único entre las especies visibles que es capaz de decirse no a sí mismo". Decirse no quiere decir, por ejemplo, hacer un ayuno. Nosotros, cristianos católicos, tenemos algunos días de ayuno. Son pocos, pero espero que los vivamos bien. ¿Qué es hacer un ayuno? Hacer un ayuno no es pasar hambre. Hacer un ayuno es poder comer y decir ¡No! Eso es voluntad. Yo tengo un propósito superior. En este caso un propósito religioso, y por eso me digo ¡No! ¿Han visto ustedes alguna marrana haciendo dieta? La marrana no es capaz de decirse ¡No! En cambio, incluso los que estamos un poquito robustos o rollizos, pues sí podemos decirnos que no muchas veces.

Hoy, por ejemplo, al almuerzo estaba yo en un monasterio y las monjas, con gran generosidad, me sirvieron como si yo fuera un adolescente muerto de hambre. Yo no podía comer todo eso, pero además tampoco quería comer demasiado. Entonces, aunque ahí estaba la comida y aunque yo tuviera hambre, yo podía decir no. Pero no es solo la capacidad de decir ¡No! Es la capacidad de decir sí o decir no con un propósito. Por ejemplo, un animal puede dormir menos horas de las previstas. Si tú fuerzas a un perro a despertarse muy temprano porque vas a ir con él de cacería, el perro finalmente se despierta. Pero lo interesante no está en que se logre vencer el sueño, sino en que se logre vencer el sueño por un propósito.

Entonces un estudiante se despierta muy temprano para ir a su universidad y tiene que hacer un esfuerzo, tiene que poner de su voluntad, porque tiene una meta y esa meta proviene del conocimiento, no proviene de ningún olor, sabor, sonido, no proviene de nada de eso. Eso se llama tener voluntad, tener un propósito más allá de lo evidente. Ese propósito puede ser adelgazar, lograr una carrera, lograr que alguien se interese por ti también. Eso es voluntad. Entonces, la voluntad no es el simple querer o no es simplemente apetecer. Es querer con un propósito, es querer por una razón. Eso es voluntad. Y esa potencia la tienes tú y la tengo yo. Y llevamos dos potencias: Tenemos el entendimiento y la voluntad. Pero hay una tercera potencia que llama la atención a San Agustín.

Esa tercera potencia es la memoria. Seguramente tú dirás: -Ahí no hay nada que hacer, porque los elefantes tienen mejor memoria que nosotros-. Por algo se habla de memoria de elefante. Efectivamente, los animales pueden tener mucha memoria. Además, desarrollan aspectos de la memoria que nosotros no tenemos. Por ejemplo, los animales, digamos un perro tiene muy afinado el sentido del olfato y la memoria olfativa. El perro se puede acordar después de muchos meses, después incluso de años, el olor característico de su amo. O sea que los animales tienen memoria. Pero así como dijimos que los chimpancés tienen una forma de inteligencia. Y así como dijimos que los gatos tienen una forma de voluntad, así también aquí decimos que los elefantes tienen una forma de memoria.

Pero resulta que la memoria humana es distinta. Es distinta de varios modos. Nosotros tenemos una memoria colectiva. Por ejemplo, tenemos memoria como pueblo, tenemos una historia que contar y la historia que nosotros contamos es la historia que permite construir una cosa fantástica que se llama cultura. Gracias a que tenemos memoria como pueblo podemos construir una cultura. Cultura incluye la transmisión de destrezas, de narraciones, de valoraciones que van pasando generación tras generación. Tenemos una memoria colectiva, pero no solo eso. Hay algo más maravilloso en la memoria. La memoria nuestra nos permite sacar experiencia de lo vivido y la experiencia nos permite no solamente evitar lo que pudiera hacernos daño, como por ejemplo un gato no vuelve donde le han echado agua caliente.

No solamente evitarlo, sino descubrir el por qué. Fíjate cómo todo está ligado con la razón y con la verdad. Así que nuestra memoria es superior a la de los animales, no porque sea más fina, no porque tenga mayor capacidad necesariamente, sino porque nuestra memoria, número uno, es colectiva y número dos, nos permite sacar experiencia, enseñanza, sacar la enseñanza de. . . Por ejemplo, cuando una niña es regañada por el papá, puede recordar dos cosas; estamos hablando de una jovencita, tiene doce o trece años, el papá la regaña por algo, la regaña, por ejemplo, porque por estar jugando con las amiguitas es una irresponsable y le va muy mal en el colegio.

Entonces el papá, perdiendo un poco la paciencia, levanta la voz y le dice a la niña: -¿Hasta cuándo ¡¡¡Tengo que explicarle, que no pierda el tiempo con esas muchachitas?- La niña que oye ese regaño puede recordarlo de dos maneras. Puede recordarlo simplemente como un dato: -Uy, mi papá se puso bravo- o puede sacar la enseñanza. La enseñanza es: -Mi papá tiene razón. Algo tengo que hacer porque yo no puedo pasarme la vida jugando-. Esa es una memoria humana. Sacar la enseñanza. El perro no, el perro se queda únicamente con el volumen de voz con el que se le habló. El gato se queda únicamente con la temperatura del agua que le echaron encima, pero en cambio, el ser humano puede sacar la enseñanza.

San Agustín entonces, nos enseña qué tenemos entendimiento, voluntad y memoria. Tenemos una trinidad, Tenemos una trinidad en nosotros. Porque resulta que los anhelos humanos están ahí. ¿Qué es lo que uno apetece a través de la facultad o potencia del entendimiento? Uno tiene apetito de verdad. La verdad del ser. ¿Qué es lo que uno apetece a través de la voluntad? Uno tiene apetito del bien. A uno le parece mejor estudiar y graduarse que simplemente dormir y dormir y dormir. Entonces uno tiene apetito de un bien mayor. ¿Y qué es el apetito? ¿Cuál es el apetito propio de la memoria? Esto es un poco más abstracto y no lo vamos a explicar. Uno tiene ansia y apetito de ser. Uno quiere ser y querer el ser es fundamental.

Entonces nosotros tenemos tres apetitos. Tenemos apetito de verdad. Tenemos apetito de amor o bien apetito del bien, y tenemos apetito del ser. Y resulta que estos tres apetitos tienen que ver con la manera como Dios se ha mostrado a nosotros. Porque Jesucristo es la verdad del Padre, porque el Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo, y porque Papá Dios es la fuente del ser. Entonces, de acuerdo con San Agustín, hay una trinidad psicológica, una Trinidad que es nuestra, tuya, mía. Tú llevas la Trinidad adentro ¡¡¡Tú estás hecho para la Trinidad!!! Estás hecho para la Trinidad. ¡Qué cosa tan bella! ¡Qué hermosura! Estoy hecho para Dios. Estás hecho para Dios. Así como nuestros abrazos.

A ver, ¿A ti no te ha pasado? Cuando abrazas a una persona que tú quieres y que te quiere, que sientes como que ¿Todo encaja perfectamente? Tú no sientes en esos abrazos como que los dos cuerpos que se abrazan están hechos para eso, para abrazarse? Eso es lo que San Agustín quiere que nosotros sintamos con Dios. Estoy hecho para Dios. Mi voluntad anhela el bien y el bien es el que llega a mí con el don del Espíritu. Mi entendimiento anhela la verdad, y la verdad es lo que llega a mí en la sabiduría, que es Cristo, el logos del Padre. Mi memoria anhela la solidez del ser y la fuente del ser es lo que yo encuentro cuando puedo pronunciar ¡¡¡Abbá!!! ¡¡¡Papá!!! Ahí encuentro la fuente del Ser. Estoy hecho para la Trinidad, Estoy hecho a imagen de Dios. Estoy hecho para Dios.

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